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#HistoriasDeMédicos | Explicación de fiebres y epidemias en los inicios republicanos, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

A partir de 1830, después de la desmembración de Colombia, el gobierno trata de manejar en términos científicos los problemas de la salud, y de comunicar a la ciudadanía informaciones solventes sobre las enfermedades habituales. ¿Se manejan con criterios inobjetables, trasmiten datos capaces de conducir a buen puerto en materia de sanidad social?

No sin recomendar cautela, de seguidas veremos varios amagos en la materia, susceptibles de descubrir cómo cojean las patas de las autoridades y de los médicos en un asunto de tanta relevancia.

El primer intento en este sentido, orientado a escala nacional, es la explicación que el Ministerio de lo Interior y Justicia dirige a las gobernaciones para describir los principales males, y para solicitarles la realización de actividades pedagógicas en las regiones, que pudieran  evitar la propagación de enfermedades. El plan se reduce a un primer documento sobre las llamadas fiebres intermitentes, lo cual descubre el pobre fuelle de la iniciativa, pero nos deja una clasificación de las calenturas que conviene recordar.

De acuerdo con el solitario documento, si las fiebres sobrevienen en el lapso de veinticuatro horas se denominan cuotidianas. Deben llamarse tercianas si se presentan un día sí y otro no. Si se manifiestan en el primero y cuarto días, con un intervalo de setenta y dos horas, toman el nombre de cuartanas. También se distinguen por el período de su aparición durante el año, y a la magnitud de sus consecuencias. Expresa el texto oficial:

Cuando se manifiestan en la primavera se llaman vernales, y si en otoño se conocen con el nombre de autumales. Con frecuencia son de larga duración en los países cálidos, resistiendo a toda curación, dando origen a otras afecciones crónicas, particularmente las hinchazones adematorias, y a un aumento más o menos considerable del hígado o del bazo.

Pero lo más notorio de la fuente se observa cuando se detiene en las causas de la fiebre, tan vago como lo que pudieran saber los destinatarios sobre el mal. Leamos:

Parece se halla conocido con bastante generalidad que los mismos pantanos, cuando obra el calor sobre ellos, constituye la más frecuente causa de la enfermedad. Debemos presumir que en los pantanos o tierras pantanosas, se verifica continuamente una putrefacción de materia animal y vegetal, y por tanto casi todos los prácticos han convenido que esta putrefacción comunicaba una cualidad peculiar a las partículas acuosas que se desprenden (…) Todavía no se conocen con exactitud todas las circunstancias necesarias para que estos efluvios provoquen las intermitentes. Según las observaciones que se han hecho en los distintos pantanos, resulta que estando estos mismos diluidos en una excesiva exhalación venosas, como sucede en los veranos de abundantes lluvias, son inertes absolutamente; para cuando son producidos de aguas estancadas y de una suciedad concentrada en consecuencia de la sequedad y excesivo calor que se observa hacia el fin del verano y principios de otoño, entonces obran con mucha violencia y malignidad.

No podemos subestimar este esfuerzo didáctico de 1832, aunque llegue a aseveraciones definitivas sobre el nexo de los pantanos con las fiebres intermitentes, pero conviene resaltar que habla de pareceres y presunciones, y que solo se atiene al juicio de los prácticos.  

El médico de ciudad que trabaja entonces en Maracaibo no se sale del libreto. En correspondencia de 14 de octubre del mismo año, escribe desde el Hospital Público de Caridad:

Los muy controlados casos de enfermedades, pienso que hay que atribuirlos a las características ambientales, que si ligeras llevan a lo ligero, y si fuertes llevan a la propagación de afecciones y desórdenes entre la población.

¿Cabe algo más superficial? Tal vez las letras de un médico de Valencia, quien escribe a la Junta de Sanidad de la Provincia una explicación parecida. Su correspondencia, fechada en 7 de octubre de 1833, dice:

No ha habido enfermedades, debido a la benignidad del ambiente. Las lluvias normales, los vientos templados, las noches iluminadas y el pasadero verano confirman la experiencia de que terminen protegiendo la constitución y fortaleza de los organismos y alejando padecimientos que en situación distinta serían inevitables.

El panorama hubiera cambiado con la inclemencia del calor y con la fuerza de las tempestades, por lo tanto. Pero miremos otra explicación, ahora de 1849, que sale de la medicatura de Ciudad Bolívar. Establece una relación entre el cese de las enfermedades y las costumbres de los habitantes del lugar, que no deja de ser una extravagancia.

A tales males (unas epidemias de reciente data) daban pábulo el mal régimen de vida que entre una gran parte de los habitantes se veía, y cierta constitución atmosférica nociva. (…) No debe pasarse en silencio una circunstancia, la que, en mi concepto, contribuye considerablemente para evitar un gran número de enfermedades o accidentes y sus funestas consecuencias entre una gran porción de estos habitantes. Me contraigo a la mala costumbre de los frecuentes bailes o fandangos que hasta años anteriores tenían lugar casi todas las noches en diferentes sitios de esta ciudad, donde por los diversos excesos cometidos, como son, por ejemplo, las trasnochadas, el excesivo uso de los licores espirituosos, la demasiado agitación corporal y otras varias faltas de moralidad, se originaron graves perjuicios en la salubridad personal de los concurrentes; esa mala costumbre ya no existe, hacen años, y muy palpables son en el día los buenos efectos de la acertada disposición sanitaria de haber prohibido semejantes diversiones, permitiéndose ahora poner uno u otro baile de esta especie una vez a la semana, y esto bajo la necesaria inspección de la ronda de policía para impedir ciertos desórdenes. 

El vínculo que ahora establece un facultativo entre la costumbre de bailar y la multiplicación de los pacientes, entre la moral y la decadencia corporal, forma parte de las aproximaciones que hace la naciente república al crucial asunto de las enfermedades.

La mayoría de las interpretaciones dependen de juicios individuales, como se ha mostrado, de lo que unos profesionales piensan sobre lo que observan en sus contornos sin la influencia de lo que pudieron aprender en la universidad, o en manuales especializados. Como apenas está comenzando el calvario de los flagelos capaces de arrasar con poblaciones enteras, no deja de ser un verdadero portento que los venezolanos de entonces sobrevivieran y se prepararan para los desafíos del futuro.

Dado que ahora apenas se ha mostrado el tramo inicial de un sendero que poco a poco se desbroza, los médicos y los gobiernos encontrarán  soluciones que al principio brillan por su ausencia, pero evitarán que la república se convierta en un gigantesco cementerio nacional.

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