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La calma en el caos ..., por Orlando Viera-Blanco

 

Lo que reforcé en India: amar a la familia, a tu gente, a tu país, es un valor superior que no justifica maltrato, desprecio ni orgullos. Es respirar la libertad. El es comprender que lo material es banal...”

Vine a la India de trabajo. Pero la política y las ciencias sociales comparadas no me sueltan. Es inevitable centrar la atención en nuestra realidad cuando entramos en contacto con unos de los pueblos más complejos del planeta en lo étnico, religioso, histórico y demográfico. Pero conviven en paz. Eso es India: tolerancia en medio de la miseria, respeto en medio de grandes carencias, belleza rodeada de anarquía  y amabilidad a pesar de sensibles dolencias…

Ellos los indios. Nosotros los estresados…

Cuando llegué al hotel (2:00 am) nuestro anfitrión nos dice: “debemos esperar un poco por vuestra habitación”. Al rompe irritable le digo con tono inquisidor: ¿Cuál es el problema amigo mío? El hombre con mirada noble me ve cálidamente. “No hay ningún problema señor. Sólo queremos estar seguros que su habitación esté como lo merece” Sin más llamó a su colega quien se acercó aceleradamente y nos llevó casi de su mano: “Acompáñeme Sr. Viera-Blanco. Queremos obsequiarle un té. En ese instante mi esposa interrumpe deteniendo cualquier injusta intemperancia, me mira con ojos de censura y le dice: “Muy amable, con gusto”. (…) En su habitación sólo falta nuestra nota de bienvenida. Sentimos hacerle esperar, sentenció…¿Nota de bienvenida, pensé? Mi vergüenza se disparó. Así soy. ¿Así somos?

Un pequeño episodio que en 10 minutos representan dos mundos, dos culturas, dos dimensiones, dos versiones de suficiencias o carencias. Las de ellos plenas de paciencia, respeto, comprensión. Las nuestras: reactivas, indómitas, caribes. Al final se impone la calidez, la mirada suave, cordial, de apariencia sumisa (que no lo es). Y responde nuestra camaradería, nuestro acervo maternal, nuestra mujer…

Llegamos pronto a la habitación: Nos esperaban flores, una nota de bienvenida (escrita a mano) y otra de disculpas. ¿En que tiempo escribieron sus dispensas? Me sentí reprendido sin que haya mediado un sola reproche. Así son ellos, así somos …

Las costumbres y la política…

Delhi es una ciudad anárquica. Exuberante pero desbordada. Caminar por una autopista de día o de noche ¡es normal! Contrastan los inmensos palacetes y sedes de gobierno con indigentes debajo los puentes. Pero no se sienten así. Es lo que Dios les concedió. Un pasaje de la vida. No sentí inseguridad en ningún momento. La democracia en India [BHARAT]-liderada por elites-avanza trepidantemente en medio del caos, utilizando la tecnología como estrategia de inclusión. Y se siente la potencia del desarrollo, entre vacas y carretas…

Invadido de mística, de la gracia de un saludo continuo a manos juntas [Namaste]”, de sonrisas a toda hora, no he sentido más que paz y afecto. Confirmo que es la cordialidad la que contagia la empatía y convierte la miseria en un hecho pasajero y superable. Magnanimidad espiritual que destierra la violencia. Única manera que 1.2 billones de mortales convivan en una centrífuga de lenguas, dialectos, mitos, religiones y modos, suevamente …

 

Una lagrima en la mejilla del tiempo…

Deli, Agra y Jaipur. El triángulo de oro. Cruzar India es vivir la abundancia de un país de inmensas extensiones de arroz, pimienta, trigo y lentejas [lo que más comen]. La miseria no hace mella en la cotidianidad del Indio porque su filosofía de vida no tolera sufrimiento por lo material. Para el Indio la vida no es un valor permanente.  Es un tránsito por este mundo que aceptan como venga.  A fin de cuenta no se es pobre o rico. Se es un alma que levita felizmente y debe hacer el bien porque así será recompensado en otra vida.

En India conviven regias mansiones con casas humildes. Un indio se puede hacer rico y levantar su  palacete en el mismo terreno donde vivió. Sabe que sus vecinos no le envidiarán o atacarán por ser rico … India es la calma en el caos. El tráfico es una locura. Es ver un camión contravía en una autopista o esquivar personas como pines! Pero nada detiene su vocación de felicidad porque las cosas más simples, más pequeñas, más básicas, más humanas, son su luz infinita de su humildad.

La historia del Taj Mahal descrito por el poeta persa Rabindranath Tagore como “Una lagrima en la mejilla de los tiempos”, es trágica y hermosa a la vez. Un califa Mogol, musulmán (guerrero) que en medio de la pérdida de su amada esposa,  Arjumand Banu Begum, le construye un templo de mármol a orillas de rio Yamuna (1631), tapizado de piedras preciosas y oro.  Un emperador que llegó al poder tras matar a sus hermanos y que al final de su vida fue encarcelado por su hijo menor que también mató a su hermano mayor para gobernar. El emperador Shah Jahan gastó la fortuna de su dinastía-hoy equivalente a un billón de dólares-para honrar el amor de su vida. 20.000 obreros y 24 años volcados a una obra irrepetible por su perfección simétrica, el alma de India…

Lo que reforcé en India: amar a la familia, a tu gente, a tu país, es un valor superior que no justifica maltrato, desprecio ni orgullos. Es respirar la libertad. El es comprender que lo material es banal … Es amar en medio del caos y redimir en medio del rencor. Mucho que aprender de India como por ejemplo, maltratarnos menos y respetarnos más, aun en medio de nuestras sufridas tragedias e indómitas miserias … Salut!

@ovierablanco 

Las cosas más bellas, por Carolina Jaimes Branger

LA MUERTE DE UN SER QUERIDO, paradójicamente, nos acerca a la vida. Porque tener la muerte tan cerca nos pone a reflexionar sobre las eternas preguntas: de dónde venimos, quiénes somos y adónde vamos.

El jueves pasado falleció mi tía Nancy Consalvi de Branger. Una mujer bella por fuera, pero mucho más bella por dentro. Generosa como pocos. Dejó cariño dondequiera que estuvo. Era sencilla en extremo. Le encantaba ayudar a la gente. Nunca nadie concurrió a ella sin salir con una solución, un abrazo y una sonrisa luminosa.

La vida de mi tía me hace pensar en qué es lo verdaderamente importante. No sé si ella alguna vez pensó en cómo quería ser recordada, pero yo quiero ser recordada como hoy la recordamos a ella: como una mujer que rompió paradigmas, que vivió a su manera y que hizo todo el bien que estuvo a su alcance. Que nunca tuvo miedo en decir lo que pensaba. Como una mujer que conoció y amó a su país profundamente. No hubo un rincón de Venezuela que ella no hubiera conocido. Teniendo la posibilidad de irse –por tener familia fuera- siempre dijo que ella no se iba de aquí.

Sin pretender dar consejos, quisiera animarlos a no esperar tener la muerte cerca para decirle a alguien querido que lo quieren. Aunque crean que lo sabe, díganselo. No hay cosa más reconfortante que sentirse amado. Tampoco pospongan el pedir disculpas. El perdón engrandece a quien lo pide y da paz a quien perdona. No gasten su tiempo en quejas… más bien ocúpenlo en buscar soluciones. Y no se empeñen en vivir algo grandioso: lo grandioso ocurre pocas veces a lo largo de la vida. Más bien, vale la pena hacer grandiosas las sumas de las pequeñas victorias y satisfacciones de cada día. Por último, es inútil buscar la felicidad por fuera, porque está dentro de cada uno de nosotros. Hay que aprender a buscarla.

Por eso, queridos lectores, a pesar de los difíciles momentos que estamos pasando, no vivamos esperando un futuro hipotético, sino más bien busquemos las cosas buenas que nos trae el presente. Cada día algo hermoso, algo alentador. En Venezuela hay gente maravillosa, trabajando desde ya en la reconstrucción del país. Eso tiene que llenarnos de esperanza. Muchos se sorprenderán de cuán cerca están esas cosas bellas. Sólo hay que enfocarse en encontrarlas.

@cjaimesb

¡Éramos felices y no lo sabíamos! por Carlos Dorado

PadreEHijo2

En el mundo moderno, la felicidad está rodeada de mitos, y la compresión de la misma, así como también el dónde encontrarla están distorsionadas. Generalmente es el pensamiento y no el acontecimiento real, lo que hace o crea la infelicidad, haciendo que  los sufrimientos se perpetúen como una forma de dolor autogenerado. Sin embargo, la felicidad siempre se encuentra en el aspecto positivo de cada evento y concepto, por muy pequeño porcentaje que ésta tenga en ese evento.

Todo esto viene a colación a raíz de una persona que perdió a su hijo, cuando en una intervención quirúrgica le insertaron una jeringa para introducirle dióxido de carbono. Lamentablemente, la aguja entró unos milímetros demasiado lejos y perforó la arteria femoral, uno de los mayores vasos sanguíneos que trasporta sangre desde el corazón. En unas pocas horas el muchacho estaba muerto.

Sin lugar a dudas, que perder un hijo de dieciocho años debe ser una de las experiencias más duras que una persona pueda padecer, sobre todo cuando estaba en la plenitud de su vida, y todo surgió en forma tan inesperada, y debido a un error humano involuntario.

Lo primero que una persona se cuestiona es: ¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué a mí? ¿Cómo se puede justificar sin perder la fe? ¿Qué sentido tiene la vida de ahora en adelante? ¿La vida es injusta? Olvidándose incluso de los otros hijos que tiene y para los cuales la vida continúa, y seguramente van a requerir más que nunca del apoyo y la guía de unos padres, ante la ausencia de su hermano.

Éramos felices y no lo sabíamos”, comentó. Mientras transitaba por las etapas lógicas de este tipo de tragedias. No paraba de llorar, el dolor de perder a su hijo era como un cuchillo permanentemente clavado en el corazón. Por momentos creía enloquecer. No tenía sentido seguir viviendo otro día más. Terminando por destruirle su fe en la vida.  

Hasta que un buen día comenzó a desplazar la atención de lo que su hijo había dejado de ser, por lo que fue. De lo que hubieran vivido, por lo que han vivido. De la tristeza de haberlo perdido, por la felicidad de haberlo tenido. Apeló a los buenos recuerdos con su hijo, y al convencimiento de que ya no había nada que hacer para volver a estar con él, y debía buscar su felicidad y la de su familia sin el hijo. Desesperadamente buscó cosas a qué aferrarse para mantener una actitud positiva, y encontrar el equilibrio contrarrestando todo lo negativo.

Es precisamente “ese equilibrio”; el deseable punto intermedio entre el extremo del exceso y el de la carencia, donde las fuerzas opuestas terminan siendo complementarias. Lo que en las antiguas enseñanzas chinas recibían el nombre de “la vía del tao” y el dúo “Yin y Yang”, que esencialmente es lo mismo que los budistas llaman “sendero”, y los griegos llamaban “el medio dorado”, e inclusive en el Islam recibe el nombre de “camino recto”.

Estas enseñanzas recomiendan que cada quien debe dejar que la mayoría de los acontecimientos de nuestras vidas encuentren su propio equilibrio, ya que la sombra no pudiese existir sin la luz o viceversa; y donde inclusive los rasgos más deseados tendrán que encontrar su equilibrio, como por ejemplo: el valor, que aunque sea una virtud, llevada al exceso podría ser una gran temeridad, o en su ausencia una gran cobardía.

El sufrimiento era una opción; pero no la única y decidió volver a vivir, no quizás con la alegría de antaño, pero tampoco con la tristeza del pasado reciente.

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¡Las pesadillas de ser feliz!, por Carlos Dorado

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Sin duda alguna, que la vida en sus orígenes, fue muy dura para los humanos, y la misma ha venido mejorando poco a poco con el pasar de los tiempos, hasta llegar a un estado de bienestar casi ideal, en una buena mayoría de los países del mundo. 

Hace diez mil años, el Hombre de Cromañón, luego de haber pasado todo el día buscando a un animal para cazarlo y poder alimentarse, quizás a último momento tuvo que abandonar la tarea, y salir corriendo ante la presencia de algún tigre “dientes de sable” que veía en él, su propia comida.

Hace unos dos mil años, algún soldado Romano, perdido en el medio de las montañas de Mongolia, con frío, hambre, cansado y desnutrido, sólo tenía una aspiración: Poder regresar vivo a casa en sus últimos años (en cuya época, la expectativa de vida no pasaba de los cuarenta años).

Hace unos quinientos años, en medio del Atlántico, y tras muchos meses navegando sin destino cierto, y a manos de un italiano loco que decía poder llegar a India por el otro lado, muchos de los ex-prisioneros españoles vivían durante meses, en condiciones inhumanas en una total incertidumbre.

Hace  apenas unos ochenta años, en medio de algún cruce de fuego en plena Siberia; algún alemán, consciente de que la batalla estaba perdida, y arrepentido de seguir los ideales de un demente, sólo aspiraba poder volver a vivir en paz.

Hoy en día, a pesar de que no tenemos que luchar contra otros depredadores para poder comer, o en una guerra en la dura Siberia; los habitantes del mundo occidental, que es la zona de mayor riqueza económica y bienestar económico, están siendo atacados por una enfermedad que se ha propagado a un ritmo alarmante: ¡La depresión!

Únicamente en los últimos veinte años, el índice de suicidios en esta zona se ha incrementado un 30%, y aunque no tenemos la estadística del hombre de Cromañón, ni de la población romana, o el de las naves conquistadoras, o las guerras mundiales; estoy seguro de que no barajaban el suicidio como opción, ni ello les pasaba tanto por la cabeza ¡Al revés, la lucha era por sobrevivir, y no por morir voluntariamente!

¿A qué se puede atribuir el hecho de que en teoría estamos pasando por uno de los momentos de mayor bienestar en la historia de la humanidad; pero sin embargo, somos una de las generaciones más infelices?

Quizás la respuesta esté en el hecho de que tenemos tantos medios y tanta tecnología para facilitarnos la vida, que terminan haciéndonos el efecto contrario: ¡Complicándonosla!; a través de una gran vitrina del mundo: Las Redes Sociales.

Donde la gran mayoría, en la desenfrenada búsqueda de una mayor cantidad de amigos, de “likes”, de “followers”, etc.; le van consumiendo su tiempo, y  donde la vida normal y social, es sustituida por la “vida virtual social”, sobresaturándose de “información basura”, rápida, desechable, sin contenido, ni calidad; pero sobre todo empujando a que la gente esconda “su realidad y verdadera personalidad” para que aflore ese otro “yo social virtual”, que pueda garantizarle esos números que lo conviertan en un fenómeno en las redes sociales.

Un fenómeno, que afronta su cruda realidad, cuando apoya la cabeza en la almohada, y en esos minutos antes de dormir se percata de que logró engañar a todo el mundo, sin darse cuenta de que terminaron engañándole a él mismo; al hacerle creer que está siendo feliz.

Pero cada vez, más y más noches dejan de ser de sueños, para irse convirtiendo poco a poco en noches de pesadillas.

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Carlos Dorado Abr 02, 2017 | Actualizado hace 3 años
¿Eres feliz?, por Carlos Dorado

Felicidad

El psicólogo estadounidense e investigador de la Universidad de Harvard, Dan Gilbert, quien dicta conferencias que ya han sido vistas por más de 20 millones de personas, descubrió supuestamente la receta de la felicidad.

Para ello, se basa en casos como el de Moreese Bickham; un ciudadano negro de Luisiana (USA), que en 1958 vio cómo dos policías vinculados al Ku Klux Klan llegaban al porche de su casa, y le metían un tiro en el estómago.

Pese a la herida, Bickham, a sus 42 años, logró tomar en sus manos un arma y defenderse. Mató a los dos agentes. Actuó en defensa propia, pero fue condenado a muerte. Pasó más de 37 años en prisión; 14 de ellos en el corredor de la muerte. Encerrado 23 horas al día en completo aislamiento.

Hasta que fue liberado en 1996. Al salir, sobre su tiempo en la cárcel dijo: “No lamento ni un minuto. Fue una experiencia gloriosa”. Otro caso, es el de Ronald Wayne, quien conjuntamente con dos amigos: Steve Jobs y Steve Wozniak, fundaron en 1976 una empresa para fabricar ordenadores: Apple. Pero por miedo a que el proyecto acabara en bancarrota, Wayne vendió sus acciones por 800 dólares. “Ahora valdrían 62.000 millones de dólares”. Por su parte, Ronald Wayne; que es un ingeniero retirado y vive feliz cerca de Las Vegas, ha declarado “Nunca me he arrepentido de mi decisión”.

El otro caso que menciona es Pete Best; el primer baterista de los “Beatles”; que abandonó el grupo en 1962, justo antes de que se convirtieran en un fenómeno planetario. “Soy feliz con mi estilo de vida” (ha sostenido Best), que siguió tocando la batería en Liverpool, y hoy es un alegre y feliz abuelo.

Gilbert no habla de cómo ser feliz, ni de por qué la gente no es feliz, sino de por qué la gente no sabe lo que les hará felices. “Los seres humanos infravaloran su propia resiliencia (la capacidad que tiene una persona para superar circunstancias complejas como la muerte de un ser querido, un accidente, etc.). No se dan cuenta de lo fácil que será cambiar su visión del mundo si ocurre algo malo. Constantemente sobredimensionan lo infelices que serán ante la adversidad”.

¿Sería feliz si me quedase ciego?, la mayoría diremos que seríamos muy infelices. Pero las personas que se han quedado ciegas, son perfectamente felices. ¿Ganar la lotería nos hará felices? La mayoría, seguramente diremos que seríamos muy felices. Muchos de los que ganan la lotería, terminan arruinados e infelices.

¿Ganar la lotería nos hará felices para siempre; y quedarnos ciegos, infelices toda la vida? ¡Ninguna de las dos cosas es cierta! El ser humano tiene la capacidad de encontrar la felicidad en las condiciones más adversas, y la infelicidad en las beneficiosas; y sólo los verdaderos sabios en el arte de vivir basan su felicidad en sus experiencias de todos los días, y no en cosas materiales y extraordinarias.

Mi madre que no tenía ni remota idea de los estudios del Dr. Gilbert; siempre solía decirme: “Carlos, no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita, y la verdadera felicidad es precisamente el no necesitar de ella; dependiendo menos de las cosas externas, y más de las interiores. Es el no que querer moverse de donde uno está. Ser feliz es muy sencillo, lo que es difícil es ser sencillo”.

La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir en pocas ocasiones, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.

¿Cuál es el objetivo de la vida? Ser felices… ¿Eres feliz?

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¡Qué bellas las arrugas!, por Carlos Dorado

envejecer

 

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”; solía decirme mi madre ¡Qué gran realidad! Nos acostumbramos a tener y acumular cosas, y con el pasar del tiempo, dejamos de darles  importancia, y las vamos sustituyendo por otras. ¡Somos máquinas de consumo!

Casos podríamos nombrar muchos; pero quizás el más importante, sin lugar a dudas es: ¡La salud! Alguien dijo alguna vez, que el hombre pasa la vida  buscando dinero y sacrificando salud, y termina casi siempre pagando dinero para recuperar la salud.

¿Cómo cambiaría nuestra perspectiva de la vida, si un mal día después de un chequeo médico de rutina, el doctor nos llama y nos dice que lamentablemente nos quedan unos pocos meses de vida?

Me imagino que en esos últimos meses, apreciaríamos las cosas y los momentos, a los cuales antes no les dábamos importancia alguna, y ni  siquiera los notábamos; y seguramente buscaríamos y apreciaríamos hacer cosas y vivir momentos que nunca haríamos, y viviríamos en condiciones normales. ¿Será que tenemos que enfermarnos, para apreciar lo que vale el estar sanos? ¿No es triste que a menudo haya que enfrentarse a la muerte para apreciar plenamente la vida?

Lo anterior, en menor grado se puede llevar a todo lo que tenemos, y lo que vivimos día a día: Desde el primer amor, el cual nos ilusionó y nos hizo perder la cabeza, hasta que el tiempo y la rutina los desvaneció, llegando inclusive a estorbar. El primer trabajo, el primer carro, el primer beso, un atardecer, un baile, una salida a la playa con los amigos.

Cada vez que logramos algo o vivimos algo, comenzamos a perder interés por ese algo, y nos vamos en búsqueda de nuevas cosas y experiencias  ¡Tener lo que buscábamos, termina eliminando el disfrute de lo logrado!

El tenerlo, a veces nos impide el verlo, el no verlo nos impide apreciarlo. Por eso, el saber valorar lo poco o lo mucho que uno pueda tener es un acto de gran sabiduría, que nos evita tener que conocer la miseria para apreciar la felicidad, conocer la oscuridad para apreciar la luz; porque nunca vamos a ser miserables ni ciegos, ya que encontraremos suficientes razones para ver, apreciar y valorar nuestras cosas.

Esa  capacidad para saber valorar y disfrutar lo que se tiene: Un buen estado de salud, la compañía de nuestros afectos y familiares, una buena esposa, unos buenos hijos, el contacto con la naturaleza, una buena conversación, el privilegio de trabajar en aquello que nos gusta ¿No es eso el mejor concepto de felicidad?

Una felicidad que no sólo se basa en esa capacidad de saber valorarlas, sino también en saber en cuánto valorarlas, ya que generalmente solemos cometer el error de sobrevalorar algunas, mientras subvaloramos otras. Las sobrevaloramos al principio, y las subvaluamos al final; sin darnos cuenta de que dejamos que el tiempo nos juegue esa mala pasada de ser nuestro enemigo, cuando debería ser nuestro cómplice ¡Ese maestro que nos va enseñando a apreciarlas día a día, incrementando su valor, por todo lo que nos va dando!

Todo esto vino a mi mente, cuando vi en un spot a una señora mayor con la cara llena de arrugas, que terminaba diciendo: “Respeten mis arrugas, que me llevó toda una vida llegar a tenerlas”

Cuando comprendemos, que hoy o mañana nos vamos a morir y que todo desaparecerá, es que constatamos que la mayor acumulación de cosas no es ni mucho menos, la mayor acumulación de felicidad; pues el saber valorarlas y apreciarlas en su justa medida es la verdadera felicidad.

 

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O lloramos o vendemos pañuelos por José Domingo Blanco

Optimismo

 

Gerardo Antonio, en la plenitud de sus 67 años, me confiesa que aún en las circunstancias actuales, a pesar de lo que ocurre en Venezuela, vive el mejor momento de su vida porque decidió ser feliz. Se siente mejor que nunca. Y en todos los planos. Su afirmación, debo confesarles, me tomó por sorpresa. Pero, también me generó mucha curiosidad. Una curiosidad que debe haberme notado en el rostro. Por unos segundos pensé que iba a confesarme que hacía negocios con el gobierno –porque, si a ver vamos, y muchos tal vez coincidan conmigo, los únicos que en este momento pudieran asegurar que son felices, que viven sin preocupaciones ni apremios de ningún tipo, son los que están aferrados como parásitos, chupando de la teta del poder. Luego, imaginé que me revelaría una aventura amorosa, a lo Caballo Viejo, con una joven de esas que parecen de mentira de lo tan perfectas que son; de esas que contemplas como si fueran diosas y que no entiendes qué les atrajo de ti: si las canas, la sensibilidad o la billetera. Pero, también descarté esa “confesión” rápidamente cuando vi la cara de María Luisa, su esposa, sentada -sonriente y apacible- a su lado. La confesión de un affair, delante de la esposa, por muy modernos que fueran, quedaba definitivamente desechada.

Así de malpensados somos cuando vemos que alguien confiesa que es inmensamente feliz; nos parece una rareza que solo es atribuible a esas dos razones: un flirteo otoñal de esos que suenan a cliché o una comisión jugosa por algún chanchullo con el gobierno. La verdad me costaba creer que alguien, en este momento, sin pertenecer ni trabajar para el régimen, consciente de todo lo que está pasando en Venezuela, me dijera que hoy está mejor que nunca.

Lo primero que me espeta es que todo lo que podía pasarle, le pasó: perdió su negocio, lo estafaron, se quedó sin dinero y prácticamente en la calle, tuvo un primer divorcio traumático… calamidades que, lejos de anularlo y hundirlo en la más profunda de las depresiones, lo alentaron a levantarse, sacudirse las derrotas y comenzar de nuevo. Resiliente, diría mi apreciado amigo el doctor Ricardo Montiel.  Pero, Gerardo Antonio asegura que llegó a una etapa en la vida en la que se decidió apostar a la felicidad ¡y ganar! A pesar de todo: a pesar del país –del que no piensa marcharse-, a pesar del régimen, de la escasez, de la inseguridad. Está consciente, como cualquier venezolano, de la terrible situación que atravesamos; pero adoptó una filosofía muy antigua, en donde la capacidad de rectificar para mejorar y ser feliz, es clave. Metanoia, me explica que se llama la técnica psicológica que le permitió salir adelante. Confieso que era la primera vez que escuchaba el término, por lo que me aseguré de retenerlo bien en la memoria, para buscar su significado apenas llegara a casa. Trae a colación la frase de la legendaria diva mexicana María Félix: “A hombre ido, tres días de duelo. Al cuarto, tacones y vestido nuevo”. Como para que no me queden dudas de que sentirse abatido tiene un tiempo límite, el que cada quien le otorga; pero que, luego de transcurrido ese tiempo, hay que levantarse y dejar de llorar.

Casualmente –aunque hay quienes dicen que nada es casual y que el tiempo de Dios es perfecto- en esos días también conversé con un destacado profesor de la Unimet quien me aseguró que, para poder vivir con tranquilidad en el país que actualmente tenemos, se repite como mantra: “soy lo que pienso”; por tanto, se asegura de pensar sólo en opciones que lo hagan sentir bien. “Y el cerebro les obedece, Mingo. Eso es pura Programación Neuro Lingüïstica. La gente que piensa de esa manera, obtiene todo lo que quiere porque no malgasta energías en pensamientos autodestructivos, compasivos o de derrota; sino todo lo contrario” me dice otra amiga, después de que le echo el cuento de la filosofía de Gerardo Antonio y del profe de la Unimet.

Sé que, a simple vista, no parece fácil. Mucho menos, la recomendación de mis amigos apunta hacia la construcción de una burbuja -que parezca la réplica de Disneyland-  y vivir dentro de ella. La realidad está ahí, y disfrazarla, causa más daños que beneficios. De pronto, me acuerdo de esas entrevistas que le hice a Jazmín Sambrano, una pionera en eso de la resiliencia, el superaprendizaje y las técnicas de relajación. Recuerdo que ella siempre hacía énfasis en la respiración (inhalar, retener, exhalar y esperar para volver a comenzar). Con distintos nombres, en esencia, todos convergen en una misma recomendación: somos nosotros los responsables de labrarnos nuestros éxitos o fracasos.

Y todas estas filosofías de vida -la metanoia, la resiliencia, la programación neurolingüística o los otros nombres que se le puedan dar a teorías similares- me parecen excelentes recomendaciones para que comencemos a aplicarlas a nuestra nación entera. Unirnos todos los venezolanos en un pensamiento que nos impulse a salir de esta situación en la que estamos encallados. O lloramos, o vendemos pañuelos… Yo me decidí por los pañuelos.

 

@mingo_1

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Felicidad

 

Me preguntas sobre el sentido de la vida. De repente me recuerdas cómo comienza “La Rebelión de Atlas”, ese maravilloso libro escrito por Ayn Rand, que algún día leerás. En algún momento se plantea una pregunta crucial. Se la hacen dos niños que luego serán adultos, pero que en aquel momento tenían tu edad, o la edad que tuviste hace muy poco. Se interrogaban sobre lo que iban a hacer cuando fueran grandes. Ya ellos intuían que de lo que se trataba la vida era de acumular logros, pero que esos logros eran necesarios pero no suficientes. Ellos tenían claro el guión de lo obvio porque todo parecía encauzarlos hacia la obtención de un título universitario, la fundación de una empresa o de acumular experiencias. Sin embargo esa no era toda la respuesta. Había que hacer lo correcto con todos esos dones. Tenían que sacar lo mejor de cada uno de ellos, esforzarse, ganar batallas, transformar sus mundos y hacer la diferencia. ¿Ser sal y luz?

No hay respuestas unívocas. Para hacer lo correcto primero hay que descubrirlo. Y luego tratar de alcanzar la condición y la convicción para transformarlo en un hábito. Porque no se trata de hacerlo una sola vez, y con eso conjurar todas las deudas cósmicas que puedas haber acumulado. Es algo menos espectacular pero más sistemático. Significa vivir de acuerdo con tus convicciones pero con responsabilidad. Max Weber, un sabio alemán, dijo que la política debían vivirla los políticos con pasión, sentido de la responsabilidad y mesura. ¿Solamente los políticos para la política? Yo me atrevería a decir que así deberíamos vivir nuestra vida en relación con los otros, que son diversos, pero que coinciden con lo que somos aquí y ahora. La pasión tiene mala prensa, porque la gente la confunde indebidamente con locura y pérdida de la cabeza. No creo que el talante alemán de Max Weber dé para tanto desvarío. El proponía la pasión en el sentido de positividad, de entrega comprometida y responsable a una causa. Parte del secreto asociado a hacer lo correcto es encontrar más temprano que tarde una razón trascendente a la que podamos entregarnos con pasión responsable, dicho de otra forma, reconciliarnos con nuestras propias metas hasta el punto de lograr que aquello que nos mueva sea también el vector  que organice nuestra vida. ¿Y la mesura? Dice Weber que es para no perder el sentido de realidad, ni la serenidad que se necesita para guardar la distancia adecuada que siempre nos permita apreciar las cosas tal y como son y no como nosotros la queremos imaginar.

La vida se hace con la cabeza, y no con otras partes del cuerpo o del alma. Allí tienes una clave de esa pregunta que tanto te inquieta, porque si pierdes la cabeza, también vas a perder la posibilidad de hacer de tu vida algo que luego te resulte ganancioso. Cuídate por tanto de la vanidad que sin darte cuenta acaba finalmente con tu serenidad y mesura, desviándote de la ruta que te ha fijado la causa que con pasión razonada tienes que abrazar para darle sentido a tu vida. La vanidad podría hacerte confundir entre tu propio yo y tu propósito trascendente. Por eso te pido que en la medida de lo posible no caigas en la tentación de transformar toda tu capacidad  para mejorar al mundo en pura embriaguez personal.

Te confieso que toda embriaguez termina fatalmente en esa condición de desolación fatal en la que ni la mente ni el cuerpo ni el alma se ensamblan apropiadamente. A veces simplemente no tiene nada de divertido el transformarnos en nuestro propósito narcisista, entre otras cosas porque perdemos visión de conjunto –dejamos de ver al otro- y porque nos amargamos en la misma medida en que dejamos de sacar buenas cuentas sobre finalidades y responsabilidades. Te recuerdo que en la vida nunca es cierto que cualquier medio sea bueno para alcanzar cualquiera de nuestras metas. Tampoco lo es que cualquier meta es valiosa. Por eso es qua a aquellos niños les perturbaba tanto ese vacío de certezas sobre lo que finalmente iban ellos a hacer de sus vidas.

No creas que estoy olvidando que lo que me estas preguntando es si aquí, ahora, en estas condiciones y con este país se puede ser feliz. Entiendo que tus incertidumbres estén remarcadas por la estampida de los otros y también porque los demás insistimos en decir que todo esto está perdiendo sentido. Te pueden parecer muchos los que se van pero te aseguro que son más los que se quedan. Estos serán nuestros compañeros de ruta y también los mutuos espectadores del maravilloso espectáculo de realización sensata de cada una de nuestras metas. No juzguemos, simplemente mantengamos el foco en lo realmente importante que es ir descubriendo cual será la causa que nos hará dejar legado. También te pueden parecer más los errores que los aciertos de los que vamos delante de ti. Tal vez eso sea cierto pero no hasta el punto de poder descartarnos. Creo que uno de los pecados que hemos cometido ha sido precisamente el establecer una relación perversa y mutuamente excluyente entre las generaciones que hemos coincidido en esta época. Te explico. Los más viejos creímos que los más jóvenes tenían la capacidad para arreglarnos el mundo y se lo entregamos demasiado temprano. Los más jóvenes entendieron que nada debían y nada más podían aprender de los más viejos. Abrimos un abismo de suspicacias allí donde debían colocarse puentes de confianza. Nos enfrascamos en buscar culpas y  culpables, y este es el resultado: la interrogante abierta como una herida sobre si podemos ser felices aquí.

La ecuación es diferente al egocentrismo excluyente y sectario. También a la estrategia que marca la milla y trata de buscar allá lo que no ha podido crear aquí. El que aquí puedas ser feliz comienza por elaborar argumentos de arraigo y conseguir algo más que ese vacío de realizaciones y de realizadores con el que injustamente calificamos nuestra propia época. El arraigo debe ser más sólido que la evocación del paisaje verde y la frescura de nuestras montañas, pero debe incluirlo. El compromiso debe fundarse en la belleza de esas aves que surcan nuestros cielos y que todas las mañanas nos llenan de alborozo con su alboroto. Cientos de veces las vemos perplejos preguntándonos cómo ellas pueden vivir con tanta violencia a ras del suelo. Reitero que es el paisaje, la poesía y la música. Pero no son suficientes si a toda esa belleza natural no le aportamos esperanza. No bastan si a toda esa contemplación no la recreamos en términos de un futuro mejor que solo va a ser posible si es el resultado de nuestros propósitos. Nadie nos va a regalar la felicidad. No es un don.

Se trata de convocar al esfuerzo constructivo de una casa para todos. Esa casa se llama Venezuela y debería poder ser tan atractiva como para ser parte de los compromisos valiosos y las invocaciones de todos los venezolanos. Ahora no lo es. Sigue siendo una obligación impuesta por las circunstancias que nunca son propicias, pero ahora menos que nunca. Me has oído muchas veces que tenemos que vivir la vida que nos toca vivir. ¿Se entiende? Nacimos aquí y en esta época. No podemos asumir la nostalgia porque ella nos puede hacer encallar en la melancolía. No podemos transcurrir en desventurada espera sin perder en eso la vida y su alegría. No podemos conformarnos con mirar al cielo esperando el milagro, porque nunca va a llegar otra cosa que el desvarío misticista. Se trata de tomar decisiones de vida, convertirlas en proyectos factibles e ir midiendo los pequeños progresos que se logran con el paso de un día tras otro.

La pregunta que me haces es capciosa. Porque me estas pidiendo una solución y un guión. Y no los tengo, y si los tuviera no te los daría porque esa pregunta solo te la puedes formular y responderla tú mismo. Te contemplo y deseo que vayas descubriendo que no hay mejor causa que la realización de la libertad, cuya premisa es tan sencilla como obvia: ser libres es evitar la servidumbre propia y ajena. Ni hincarte ante nadie ni esperar que nadie se hinque ante ti. Ni depender de nadie ni endosarle a nadie la responsabilidad de construir tu propio destino. Usar al máximo tus talentos y no esperar que otros sean tus muletas. Usar siempre la cabeza y desde la cabeza amar y comprometerte con lo que es esencialmente valioso. No caer en la estética de la partida si antes no has llegado a ser autónomo, justo, prudente, fuerte y ponderado. La felicidad es comprender que hay un tiempo para todo, y que estos que lucen tan desoladores son buenos para la esperanza que se nutre de la reflexión y la realización. Ser feliz es vivir en tiempo presente, sin ser esclavo del mito pasado y sin buscar afanosamente ese Dorado que siempre fue y será el mito de la evasión. El tesoro está aquí y ahora, eres tú mismo que has decidido asumir la vida tal y como va viniendo, sin temores, sin espantos, sin desespero y sin desolaciones. Ser feliz es ser libre y encontrar todos los días razones y fuerza para seguir adelante. Y esa condición no debería ser arrebatada por ninguna circunstancia. Pase lo que pase esta es la vida que nos ha tocado vivir y no podemos hacer nada mejor que seguir adelante apostando a la libertad y construyendo un país en el que todos podamos ser libres.

@vjmc