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¿Qué es un sefardí? Brevísima guía para venezolanos, por Isaac Nahón Serfaty

¿Qué es un sefardí? La pregunta resulta pertinente en estos días que podríamos calificar de “furor sefardí”.  Casi seis mil quinientos venezolanos han pedido la ciudadanía española por tener algún vínculo con Sefarad, como se llama a España en hebreo. Sobre el tema ya escribí un artículo que pueden leer aquí. El historiador Tomás Straka escribió otro texto magnífico sobre las implicaciones históricas de este “largo camino a Sefarad” que muchos han emprendido al reconocerse descendientes de aquellos judíos que fueron expulsados de España en 1492 por decreto de los Reyes Católicos Fernando e Isabel. Así que la respuesta fácil a la pregunta planteada al principio es: todo aquel descendiente de los expulsados se podría considerar como sefardí. Pero la cosa no es tan simple. Veamos porqué. 

El pueblo judío está dividido en dos grandes tradiciones: la asquenazí (ashquenaz en hebreo quiere decir Alemania, lo que incluía históricamente ciertas regiones de Francia) y la sefardí, que en principio se identifica con los judíos que vivieron en la Península Ibérica, pero que se extiende muchos más allá, incluyendo, al menos desde la perspectiva del ritual y las leyes religiosas, a los judíos originarios de los países árabes, conocidos también como mizrajim (es decir “orientales”). Los sefardíes, así como los mizrajim, tienen una serie de tradiciones, rituales y observancias que, si bien comparten un tronco común con los asquenazíes, les son particulares. 

Muchos sefardíes, especialmente los que vivieron en Turquía, Grecia, el norte de Marruecos, los países balcánicos (que formaban parte de la antigua Yugoslavia), Bulgaria, e incluso en ciudades como Alejandría en Egipto, mantuvieron un vínculo lingüístico con la España que los había expulsado. Hablaban un dialecto del castellano antiguo llamado ladino (conocido en Marruecos como jaquetía) que fue incorporando palabras y expresiones en hebreo, turco, griego, árabe, y otros idiomas de los que países que los acogieron. Ese vínculo también incluía un imaginario que se expresaba en viejos romances que recitaban y cantaban estos judíos, en los que se evocaban los paisajes míticos de Toledo y Granada. Hay en estos poemas una nostalgia por un pasado idealizado, a pesar del maltrato y la violencia de la “madre España” contra sus “hijos sefardíes”.

Los sefardíes hicieron contribuciones muy importantes al pensamiento y las leyes del judaísmo rabínico que tuvieron un gran impacto en todas las comunidades hebreas, incluyendo a los asquenazíes. Maimónides (1135-1204), conocido en hebreo por el acrónimo Rambam, médico, filósofo, codificador de leyes y rabino nacido en Córdoba, quiso reconciliar la Torá (tanto la escrita recogida en la Biblia judía, como la oral recopilada en el Talmud y otras fuentes) con el pensamiento de Aristóteles. Su Mishné Torá es el primer intento sistemático de codificar todas las prescripciones religiosas contenidas en los cinco libros de Moisés (el Pentateuco) y en las múltiples tradiciones orales.  Otro personaje muy influyente fue Yosef Caro (1488-1575), rabino nacido en Toledo, que sistematizó e hizo aun más accesible las prescripciones religiosas en su libro Shulján Aruj (o la “mesa servida”), que se convirtió en la fuente autorizada de leyes para todo el pueblo judío.

En Venezuela los sefardíes hicieron grandes contribuciones al país en todos sus ámbitos: económico, cultural, educativo, científico y político. Muchos apellidos sefardíes hoy están totalmente integrados a la sociedad venezolana, y que ya no se identifican como judíos pues están asimilados a la mayoría católica, han marcado la historia del país: Maduro, Capriles, Curiel Henríquez, De Sola, Chumaceiro, Senior, Ricardo, Bencomo, Fonseca, De Lima, son algunos de ellos. 

Otros han dejando su impronta en las artes y la literatura. Podemos mencionar al escritor Isaac Chocrón Serfaty, autor de extraordinarias novelas como Rómpase en caso de incendio (probablemente su texto más sefardí) y de obras de teatro memorables como Animales feroces. La cineasta Margot Benacerraf, directora del premiado documental Araya y fundadora de la Cinemateca Nacional.  Amador Bendayán, actor y animador de televisión. Otros lo hicieron en la ciencia, como el Dr. David Lobo, médico pionero del diagnóstico biológico del embarazo en Venezuela. O el desarrollo urbano. Es el caso del arquitecto Mario Benmergui, fundador el Taller BMPT, que estableció los lineamientos arquitectónicos para las estaciones del Metro de Caracas y quien fue responsable y director del diseño de ocho estaciones del mismo sistema subterráneo. En el mundo académico como el profesor Carlos Guerón, experto en política exterior y que fue director de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV. O en la política, como Paulina Gamus, quien ha tenido una destacada carrera de servicio público en la era democrática. Así podríamos nombrar a muchas personas de origen sefardí que tuvieron un impacto en la vida nacional. La obra de referencia en este sentido es el Diccionario de la cultura judía en Venezuela de Abraham Levy Benshimol y Jacqueline Goldberg en el que se recopilan reseñas biográficas de los judíos (tanto asquenazis como sefardíes) que contribuyeron al desarrollo de Venezuela. El Dr. Levy Benshimol también escribió Dejando huella. Aproximación a la judeidad venezolana en el que presenta 19 esbozos biográficos de judíos venezolanos.

La comunidad judía de Venezuela ha hecho aportes para rescatar y difundir el legado y las tradiciones sefardíes. La Asociación Israelita de Venezuela, el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, la revista Maguén-Escudo y el Museo Sefardí Morris E. Curriel han sido y son todavía bastiones de la cultura judeo-sefardí. La Semana Sefardí de Caracas, los libros, los artículos, los discos, las conferencias, las exposiciones, son testimonio de una identidad judeo-sefardí dinámica y floreciente a pesar de todas las limitaciones y dificultades del momento actual. Y esta tarea de rescate y cultivo del legado sefardí está asociada con nombres fundamentales como Moisés Garzón Serfaty, Jacob Carciente, Amram Cohén, Abraham Botbol, Abraham Levy, Isaac Benarroch, Aquiba Benarroch Lasry, Miriam Harrar, Priscilla Abecasis, Federica Palomero, Alberto Moryusef, Néstor Garrido, entre muchos otros.    

¿Qué es un sefardí? Alguien que trasciende las contingencias del momento. Es más que una búsqueda frenética de la nacionalidad española. Es toda una historia conectada ciertamente con España, pero también profundamente enraizada en Venezuela, y con el destino de todo el pueblo judío y la tierra de Israel. 

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El obsceno cinismo (del socialismo del siglo XXI), por Antonio José Monagas

NO SOLAMENTE EL CINISMO SE HA CONCEBIDO como la exacerbación de lo impúdico con la intención de actuar sin menoscabo de lo que la dignidad, en consonancia con la moralidad, puede instar como comportamiento o actitud de vida. Por eso, bajo esa acepción, el cinismo está emparentado con la ironía desde el mismo momento en que recurre al engaño para lograr groseras maquinaciones. 

Pero también del cinismo, cabe agregarse lo que representó como corriente filosófica cuyo más excelso conductor fue el griego Diógenes de Sinope. Igualmente conocido como Diógenes, el Cínico. Aunque el cinismo que desarrolló esa escuela, no devino en lo que la dinámica social y cultural convirtió luego en actitudes sarcásticas que apuntaban a exhibir la desvergüenza como conducta. De ahí que el reconocido poeta y dramaturgo Oscar Wilde, infiriendo de este cinismo una alusión al desparpajo, llegó a expresar que “un cínico es un hombre que conociendo el precio de todo, no da valor a nada”. Ya Friedrich Nietzsche, en su obra: Más allá del Bien y del Mal, había señalado que “el cinismo es la única forma bajo la cual las almas bajas rozan lo que se llama sinceridad”.

Distinto de lo que la tradición filosófica expuesta por Diógenes de Sinope, cuando exaltaba al cinismo como aquella virtud del ser humano la cual le concedía la voluntad para libarse de los lujos innecesarios y así purificar su espiritualidad ante la frivolidad, del cinismo también puede decirse que bajo su égida reside el ejercicio de la política (ramplona). Pues su praxis rebasa las fronteras de la hipocresía, apostando a asumir una actitud de expresa complicidad con antivalores de toda índole lo cual hace que el cinismo sea acentuadamente perverso y malintencionado.

No cabe la menor duda que la revolución bolivariana, actuando en nombre del “socialismo del siglo XXI”, se maneja con un guión cuyos criterios conducen y animan ese tipo de conducta. Sobre todo, al momento de verse hurgada por la inmediatez, los recursos escasos y al afán de enquistarse en el poder. Todo ello, a sabiendas que su espacio se ha acortado a consecuencia de la torpeza y deshonestidad de quienes se han prestado para actuar como gobernantes de un régimen no sólo usurpador. También, inepto y embaucador. 

El cinismo político es el instrumento mediante el cual, los revolucionarios de mentira y los politiqueros de oficio utilizan como medio para demarcarse de lo que puede ser posible en términos de todo lo que en realidad pone a prueba sus capacidades de gente proba. Por eso, “el socialismo del siglo XXI” se convirtió en mecanismo de especulación cuyo valor de uso y valor de cambio sirvieron para arrollar condiciones democráticas. Y para ello, se valió de la exaltación de la infamia, la malicia y de la obscenidad como recursos del ejercicio de la política en curso. De ahí la importancia que para el funcionario oficialista tiene el hecho de actuar cínicamente al momento de exponer su retórica ante medios de comunicación que favorezcan su imagen de engañosa erudición.

Es cuando en el fragor de tan circunspecta praxis política, surge la figura del cínico politiquero quien, apostando a lo mejor que su talante puede ofrecer, rápidamente cae en su propia trampa. Trampa ésta que si bien le sirvió en algún momento para urdir situaciones o tratar personajes de su misma calaña, no le funcionó para mantener elevada su palabra articulada desde el discurso callejero. Ejemplos de este género de personajes, todos ubicados en los altos niveles del régimen urticante, sobran. 

Cabe decir que este género de cínicos politiqueros, presume de lo que carece. En consecuencia, su actitud raya con la arrogancia y la ridiculez que exhibe cada vez que debe manifestarse públicamente como representante del poder acaparador y fustigante en que se transformó el régimen socialista venezolano. Tales razones lograron accionar, desgraciadamente, una gestión pública que ha sido incapaz de enmendar los errores cometidos (con o sin intención). Tales contra-virtudes sirvieron a todos ellos de excusas para atropellar al venezolano y las legítimas instituciones del Estado. Puede decirse que se desempeñaron como agentes corrosivos que carcomieron y atascaron los mecanismos que, en algunos momentos republicanos le imprimieron sentido, velocidad y dirección a la democracia que -con esfuerzo- había comenzado a activarse.

Sin embargo, más pudo la inercia que descollaba por cuanto resquicio existía, que la dignidad, la moralidad y la conciencia sobre la cual se depara y se arraiga el funcionamiento de un sistema político que busca concebirse como democrático. Lo contrario, dejó verse desde el mismo instante en que desde 1999 el militarismo pretendió adueñarse del país. Y para lo cual se ha servido, siempre acompañado de la corrupción, de lo que puede contenerse bajo el obsceno cinismo (del socialismo del siglo XXI)

La situación internacional y la política de Guaidó, por Luis Fuenmayor Toro

LA POLÍTICA VENEZOLANA, desde hace varios años, tiene un componente internacional que progresivamente se ha hecho fundamental en la acción de la oposición extremista venezolana, la misma que lleva 20 años tratando de derrocar por la fuerza a los gobiernos chavecistas. Ese componente internacional es hoy el que mantiene a Juan Guaidó y a los partidos que le siguen en la palestra política. De la misma manera que el gobierno de Maduro se mantiene en el poder por el absoluto respaldo que le da la FANB, Guaidó se mantiene por el apoyo que tiene de EEUU y casi 60 países que lo respaldan. Ninguno de los polarizados tiene como apoyo real y suficiente a la voluntad del pueblo venezolano. Tan es así, que ambos se niegan a medirse electoralmente en comicios realmente libres.

Pero la situación internacional está muy lejos de ser estable como para considerar que no se produzcan cambios que alteren su correlación de fuerzas. No sé si Guaidó y sus allegados se han paseado por esta realidad, pero el tiempo también conspira contra su propuesta dogmática en relación a la fuerza del apoyo internacional de la misma. La elección de López Obrador como Presidente de México, hace poco más de un año, les quitó el soporte de uno de los países más importantes de la región, que inmediatamente regresó a lo que ha sido su posición histórica: la no intervención en los asuntos internos de ninguna nación. El triunfo del peronista Fernández, en las llamadas primarias argentinas, amenaza seriamente con seguir socavando el apoyo latinoamericano que tienen, y en otro país de una gran importancia hemisférica. 

Pero los sucesos en esa dirección no dejan de producirse. El Presidente hondureño soporta hoy la acusación, hecha por nada menos que un tribunal estadounidense, de recibir financiamiento del narcotráfico. En Perú, país del llamado Grupo de Lima, se desarrolla en estos momentos una crisis institucional que enfrenta a sus poderes Ejecutivo y Legislativo, algo parecido a lo que ocurre hoy en Venezuela. Ecuador, otro país muy beligerante contra Maduro, sufre actualmente protestas populares masivas anta la instrumentación de un paquete de medidas neoliberales aupadas por el FMI. Su Presidente recurre a la declarar el estado de emergencia, para reprimir las protestas populares, tal y como ocurrió en Venezuela con el Caracazo, al inicio del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez.  

Sin duda ninguna que se debilita el Grupo de Lima, por lo que sufre el apoyo internacional de Guaidó. A esto se suma el fracaso parcial de los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, lo que le reduce a Duque su libertad de acción, y la activación del “impeachmente” contra Donald Trump. Todos son elementos dinámicos que pudieran afectar en forma negativa la única fuerza real de Guaidó, la única que lo protege y le permite actuar libremente y retar en forma continua al gobierno de Maduro, haciendo entonces evidente la debilidad del mismo.    

 

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El futuro

Henrique Salas Römer entrega a las generaciones del presente y el porvenir, de modo especial a las venezolanas, su legado de observaciones y experiencias. 

Aún recuerda mi generación la advertencia que nos hace en la hora previa a las elecciones presidenciales de 1998. Decía que uno u otro – él o Hugo Chávez, pasajeros del mismo tren de la historia y de dos generaciones concurrentes – marcarían con su huella al país y los efectos se verían a 15 años plazo. Casualmente, coincidieron con la muerte del último y su herencia de destrucción. Hoy mejor se comprende tal predicción, a la luz de la obra escrita por aquél, El futuro tiene su historia, que se califica por sí misma. 

El autor, formado en la Universidad de Yale, analiza los hitos y procesos históricos transcurridos por el mundo. Les ancla en 1899 y desanda en 2019, mirando hacia el futuro con propósitos pedagógicos: evitar que el tren de la historia nos deje varados en la estación, como piezas de desecho.

En el tren de la historia, que hace y construye historia en un momento dado, siempre viajan dos generaciones que la marcan, cada una ocupando 15 años y ambas sumando 30 años con sus experiencias e interacciones; correspondiéndole a la mayor bajarse en la siguiente estación para que suba otra, y así sucesivamente.

Conservo en la memoria mi encuentro de Roma, en 1993, con Giulio Andreotti, varias veces Primer Ministro y centro de la vida política de Italia desde 1946. Él fallece como Senador a vida en 2013. Le pregunto por la persecución que sufre junto a Bettino Craxi, veinte años menor que él, también ex primer ministro y líder del partido socialista. Sin rodeos y sin pensarlos dos veces, el titán de la democracia cristiana me responde:

“Bettino y yo caminábamos sobre la línea férrea, muy distraídos, muy animados. No nos percatamos que venía el tren de la historia. Nos pasó por encima”.

Salas Römer es cabalmente orteguiano. Sigue al ícono de la ilustración hispana que fuera José Ortega y Gasset, de quien copia el método de las generaciones y lo traslada para su análisis en tiempos de globalización. 

A la generación venezolana que insurge en 2007 le toca trillar hoy con su precedente. Y el caso – esto lo afirmó yo, no lo dice Henrique, sólo sigo sus pasos – es que, en nuestro caso, la actuante en 1989, cuando se agota la República civil de partidos y que echa dientes una década atrás, no abandona sus asientos. Mantiene congestionado y detenido el tren de Venezuela, que probablemente llegue con retraso a su siguiente escala.

¿Es esto un sino y algo fatal, como parece y propio de nosotros, me pregunto? 

Venezuela ingresa al siglo XIX en 1830, con 30 años de retardo, de manos de José Antonio Páez. Lo hace al siglo XX una vez muerto Juan Vicente Gómez, en 1935. El tren de ahora nos ha devuelto al siglo XIX y quiera Dios que podamos retomar nuestra senda hacia el futuro, a más tardar, el 2030. 

Estados Unidos hace aparición en la escena mundial, 110 años atrás. Vive la Gran Depresión 30 años después, e inicia su carrera espacial 30 años más tarde, en 1959. Es este el hito, justamente, en el que finalmente nace nuestra república civil y civilizada, ajena a la república de las armas. 

La realidad que forja el Pacto de Puntofijo la trabajan, 30 años antes, los miembros de la generación de 1928. Se sostiene 30 años hasta 1989, último escalón del sistema de partidos democráticos, pero acaudillados, que nos rige hasta ese momento. Después, como lo dice Salas Römer, mirando hacia afuera y adentro, ocurre el Gran Vacío, que se cierra este año, pasados 30 años.

1989 fue el aldabonazo, en lo global y con efectos domésticos en Venezuela. Cae el Muro de Berlín, se diluyen las tensiones entre el Este y el Oeste, e ingresa la Humanidad, es lo central, a una Era distinta, a algo más que una etapa – un cambio de época como lo refiere Carlos A. Montaner. Llega el tiempo del tiempo con su velocidad agonal, para diluir el significado de la geografía que aún ocupan las cárceles de ciudadanía que son los actuales Estados. Ha lugar, en el vacío de coyuntura, a manifestaciones de “neofundamentalismo” que se aprecian, primero en Alemania, luego en Caracas con los “bolivarianos”. 

Si leemos la obra de Salas Römer constataremos, entonces, que no se trata de “incidentalismo”, menos de conjuras o miserias políticas – que si las hubo y las refiere este – que fuesen las determinantes en la cuestión venezolana.

Estamos “ya” en 2019. Las migraciones cambian la faz de una Europa que renuncia a sus raíces cristianas y se repiten en las Américas; se impone el vértigo, sea en las comunicaciones con el 5G, sea con el tren bala chino de 350 km. por hora o el avión, como lo recuerda Henrique, que cruzará el Atlántico antes de que un pasajero se mueva desde el aeropuerto Kennedy hasta la Gran Manzana. El Oriente – ex Oriente lux – pone su mirada en el Occidente, mientras éste – ex Oriente lex – permanece distraído en su estación y camina sobre los rieles del tren que anuncia su llegada. Ojalá no le ocurra lo mismo que al Onorevole Andreotti.

Quiera Dios que las generaciones del presente, las venezolanas, hagan un alto en su diario narcisismo digital en modo de cumplir con la otra máxima de Ortega y Gasset, en sus Meditaciones del Quijote: “Sólo cuando nos damos perfecta cuenta de que el paisaje visible está ocultando otros paisajes invisibles nos sentimos dentro del bosque”.

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¡Suelten esa botella de vino chileno! por Alejandro Armas

ESTA COLUMNA SE ACERCA A SU CUARTO ANIVERSARIO. Recuerdo con algo de nostalgia uno de los primeros artículos que escribí para ella. Se acercaban las elecciones parlamentarias de 2015 y argumenté sobre la importancia del voto como catalizador de transiciones políticas en entornos no democráticos. Para ello, me valí de una comparación con el plebiscito de 1988 en el que se les preguntó a los chilenos si aprobarían que Augusto Pinochet siguiera gobernando su país por al menos nueve años más. Muchos pensamos entonces que si la oposición venezolana conquistaba la Asamblea Nacional, sería un cataclismo político que eventualmente obligaría al chavismo a dejar el poder de forma pacífica y ordenada. Luego vino el desengaño y la pérdida de ingenuidad. Quedó claro que el régimen no estaba dispuesto a ceder por tener a la inmensa mayoría del país en contra. Algo más era necesario. 

Desde entonces, la pretensión de usar la transición chilena como una guía para la causa democrática venezolana ha sido duramente criticada. Sobre todo el sector radical de la oposición venezolana ha rechazado hasta la más mínima similitud entre las condiciones de Chile entonces y Venezuela hoy. Para ellos, no existe ninguna posibilidad de que el régimen acepte salir como lo hizo el viejo general oriundo de Valparaíso, y solo la fuerza directa lo apartará. Mientras tanto, otra parte de la oposición insiste en invocar el símil para justificar la participación en cuanto proceso electoral sea convocado bajo el control absoluto del chavismo, ya que “si todo el mundo sufraga, no habrá forma de desconocer el resultado”. ¿Quién tiene la razón en este embrollo? Ninguno. Para variar, lo correcto está en un punto medio entre estos dos extremos.

Tienen algo de razón quienes denuncian el símil entre la dictadura militar austral y el chavismo, puesto que el segundo está implicado en un catálogo de crímenes mucho más diverso que la primera. Pero es falso que los dos no tengan nada en común. Partamos de la premisa de que el pinochetismo y el chavismo son total o parcialmente regímenes autoritarios del tipo burocrático-militar, de acuerdo con la taxonomía del politólogo Juan Linz. El chavismo tiene además elementos del tipo totalitario abortado. Pero ambos tienen su principal sustento en las Fuerzas Armadas. La principal crítica al símil es que, si bien ambos cometieron graves violaciones de DD.HH., el chavismo por añadidura tiene alianzas con grupos terroristas (e.g. el Ejército de Liberación de Nacional colombiano) y está involucrado en denuncias de narcotráfico, por lo que su costo de salida es mucho mayor.

No obstante, esto minimiza las violaciones a los DD.HH. perpetradas por los militares chilenos. Hablamos de miles de torturados, asesinados y desaparecidos. Más que suficiente para que a los responsables les aterrara dejar el poder y quedar vulnerables a la justicia. No era necesario que tuvieran un prontuario tan amplio como el que se atribuye al chavismo para sentirse alentados a gobernar hasta el fin de los tiempos. Aun así, con los incentivos correctos (presión y expectativas de recompensa) la dictadura cedió y aceptó su fin por la vía pacífica. 

El componente desagradable, pero común en este tipo de transiciones, fue la impunidad para Pinochet y compañía. Solo tras la consolidación de la democracia empezaron los procesos de justicia. Tuvieron que pasar tres años luego del fin de la dictadura para que se enjuiciara a Manuel Contreras, director de la infame Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y acaso el peor de los esbirros, mientras que la mayoría de los casos judiciales contra el resto de los involucrados fue abierta entre las décadas de 2000 y 2010. El propio Pinochet no estuvo tras barrotes. Durante su detención en el Reino Unido, en medio de la batalla judicial con España por la fallida solicitud de extradición que formuló el juez Baltasar Garzón, Pinochet estuvo bajo arresto domiciliario. Lo mismo pasó durante el proceso que le abrieron en su propio país. No se pudrió en una cárcel. Falleció en relativa comodidad. Ah, y no crean que llegar a este resultado de laxitud penal fue fácil. La Corte Suprema de Chile inicialmente rechazó la imputación en su contra alegando su incapacidad mental para ser sometido a juicio. Esa decisión fue revertida dos años más tarde, pero en su momento el fiscal Hugo Gutiérrez, a cargo de procesar a los responsables de violaciones de Derechos Humanos durante la dictadura militar, describió la situación con palabras muy acertadas: “Nuestro país tiene el grado de justicia que la transición política nos permite tener”. Es decir, doce, léase bien, doce años después del fin de la dictadura, ciertas consideraciones sobre estabilidad política seguían dificultando la administración de justicia.

Debo ser enfático en este punto: la impunidad por naturaleza es injusta y, por lo tanto desagradable e indignante. Sin embargo, resulta curioso que el sector opositor que más rechaza una hipotética transición negociada en Venezuela, y que justifica esta posición señalando la impunidad que implicaría, manifieste una tendencia a ver en Pinochet un “dictador que no fue tan malo”, puesto que “salvó a Chile del comunismo” y luego entregó el poder de forma pacífica. ¿Entonces la impunidad implícita en esa transición sí fue aceptable? ¿Creen acaso que a los sobrevivientes de torturas y a los familiares de los asesinados no les dolió ver a Pinochet entregar la Presidencia a Patricio Aylwin sin pagar por el dolor inmenso que les causó? O, peor, ¿desprecian su dolor porque la mayoría de las víctimas era de izquierda y hacerlas sufrir fue “un mal necesario”?

Bien, ya vimos el error del sector radical al despreciar completamente la comparación. Pasemos ahora a quienes insisten en usarla de forma abusiva y manipuladora.  El abuso del símil consiste en que no se puede simplemente esperar a que haya un evento electoral como el plebiscito del 88 para derrotar al chavismo y obligarlo a entregar el poder mediante el sufragio. Ya demostraron, repito, no estar dispuesto a eso. 

Los chilenos tuvieron suerte de que la presión para que el pinochetismo aceptara irse fuera relativamente poca. En primer lugar, por el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión Soviética, Estados Unidos dejó de ver necesario respaldar dictaduras anticomunistas. Para 1988, la democracia había sido restaurada en Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia, dejando a Chile y Paraguay como únicas dictaduras militares en América del Sur. El aislamiento internacional iba en aumento. Chile podía terminar siendo un Estado paria, como la Sudáfrica que casualmente por esos días vivía la etapa final de una oligarquía racista. Mientras tanto, puertas adentro la situación social no era del todo positiva. A mediados de la década, la economía fue estabilizada tras la crisis del 82 y el fracaso del experimento monetarista del los Chicago Boys. Pero el daño ya estaba hecho y se manifestó sobre todo en el campo social: cerca de la mitad de los chilenos era pobre.

Este por supuesto no es el caso en Venezuela. El chavismo ha mostrado estar dispuesto a aislar el país con respecto al resto de Occidente y a entenderse solo con aliados como Rusia, China, Turquía, y Cuba. Además, es evidente que las penurias de la población le importan un comino. A eso debemos agregar que las FF.AA. chilenas, a pesar de sus crímenes, eran mucho más institucionales que las venezolanas. 

Para que el chavismo acepte salir pacíficamente del poder hace falta una mayor presión que la que hubo en Chile. A ello aspiran las sanciones internacionales. Dado que a la elite gobernante no le importa mandar sobre una población misérrima, el objetivo de las medidas punitivas es comprometer sus intereses egoístas, dejándolos sin socios con los cuales hacer transacciones, negándoles acceso a los sistemas financieros occidentales, restringiendo sus ingresos y vetando su presencia de los destinos más demandados por razones residenciales, educativas, de negocio o recreativas. En resumen, poniendo su estilo de vida privilegiado en jaque. Así, los aliados internacionales de la causa democrática venezolana esperan lograr un quiebre de la cúpula que precipite una transición. Sin dicho quiebre, no habrá elección que valga. Los “voto o nada” pueden olvidarse de emular a los chilenos prescindiendo de él. Podemos aprender algunas cosas de nuestros vecinos del sur, pero no se emborrachen con el Cabernet Sauvignon del Valle del Maipo. ¡Suelten esa botella!

 

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No hay capítulo de la historia política contemporánea, que no describa alguna realidad caracterizada por diatribas cuyas consecuencias desfiguraron idearios, programas y propuestas alineadas con objetivos de desarrollo político y crecimiento económico. Los tiempos electorales, han sido aprovechados por quienes intentan maniobrar situaciones a fin de agudizar problemas que -cínicamente- convierten en respuestas incapaces de servir. Pues, escasamente, con ellas configuran una narrativa que solamente alcanza a complicar todo antes de asomar un ápice de respiro ante el problema en cuestión.

La economía es profundamente sensible a estas movidas tácticas cuyas bases muestran una especie de estructura dialéctica que da cuenta de meros paliativos dirigidos a desnaturalizar condiciones y deformar procesos funcionales diseñados con no siempre definidos propósitos de regulación de la dinámica económica. Sin embargo, hasta ahí suelen servir. En lo sucesivo, se transforman en mecanismos de alteración y confusión para usufructo de acomodaticias circunstancias.

De ese modo, la economía comienza a extraviarse del rumbo que la teoría económica traza a nivel doctrinario. Aunque en algo pudiera sorprender, el hecho de reconocer que estas prácticas políticas le han valido a los contubernios dominantes algunas razones para mantener posturas verticales que han permitido “justificar” su arraigo en el poder político.

Los tiempos coloniales no fueron excusa para que alguna nación o provincia, escapara de tales manipulaciones de las cuales se sirvieron esas mismas componendas políticas para enquistarse en el poder. Y al mismo tiempo, para aprovecharse de las susodichas razones con el perverso objetivo de usurpar figuraciones desde donde, muchos personajes exaltados por pírricas historias domésticas, se hicieron de importantes finanzas con intenciones absolutamente mezquinas y egoístas.

Desde el establecimiento de la Primera República, en 1810, hasta la actual, el escamoteo ha sido problema común cuyos efectos siguieron trastocando la política en su ejercicio del poder político. Para ello, buscó apoyarse en una economía que la  brindara las oportunidades necesarias y suficientes para restarle valor a los reacomodos que requería su dinámica para superar los desvaríos que forzosamente devenían en procesos torcidos. Pero que de alguna forma se ajustaban a subterfugios de manera que las coyunturas pudieran compadecerse de las realidades que derivaban de los correspondientes problemas.

Así, la economía se vio distorsionada por razones que no eran propias de lo que la teoría económica le inculcaba. Fueron entonces las maniobras del populismo que arreció entradas las dictaduras civiles y militaristas del siglo XX, lo que acentúa el descalabro de la economía. Así sucedió, a pesar de ciertos logros que ocasionalmente lograron remontar los socavones que políticas gubernamentales diseñaban con el propósito de abrir los surcos dentro de los cuales estarían escondiendo lo extraído de los procesos administrativos contiguos a lo que la dinámica económica podía infundirle a las realidades comerciales.

Los gobiernos no dejaron de comportarse según la tradición que en un principio le marcó la conducta de la economía “timorata”. Propiamente, de lo que se denominó “capitalismo salvaje”.  Así que esos gobiernos, imbuidos en un comportamiento totalmente agorero en términos de sus pretensiones políticas, terminaban cada período gubernamental desenfocando más aún la visión que la teoría económica pautaba sobre su ejercicio. Y es que dicho problema no ha dejado de hacer el daño que la historia política ha dejado ver.

Por consiguiente, cada gobierno, en aras de su despotismo, busca golpear las fuentes de crecimiento de la economía con la absurda excusa de revertir tal situación en el “largo plazo”. Desde luego, esto hace que la inversión pública se trabe. El gasto público, se exacerba al verse inflado por encima de lo proyectado a instancia de cálculos formales y convencionales. El desarreglo administrativo, fiscal y financiero, lo embadurnan a fin de desaparecer sus fuentes. Las reformas tributarias, así como de índole cambiaria o fiscal, terminan oscureciendo la dinámica económica. Pues sólo así es posible justificar cualquier asomo de coartadas válidas en el terreno de la politiquería. Aún peor, cuando a estas alturas del siglo XXI el irascible escenario político se convirtió en una variable más del espectro de la economía dificultándole su desarrollo natural.

De ese modo, la economía se inmuta, se atrofia, hasta que no le es posible crecer por vías expeditas. Es decir, la economía se entrampa en los laberintos de una política “delincuencial” Sobre todo si cohabita con un Estado malogrado, dado su nivel de corrupción y anarquía. El clima político urde con toda la malicia posible creando la desconfianza necesaria para seguir justificando medidas que solamente desvinculan la realidad de las necesidades que clama el desarrollo económico (y social) de una nación. En consecuencia, la economía resulta atrapada. Y es porque habrá que reconocer la aguda crisis que se vive, cuando se tiene a la economía en el laberinto del “socialismo”.

Sálvese quien pueda, por Brian Fincheltub

CUANDO CAMBIAN LOS GOBIERNOS sucede lo que es normal en las democracias, comienza una transición ordenada, donde quien pierde cede el poder y quien gana lo asume. La suerte de los exgobernantes es generalmente la misma, la mayoría se retira de la vida pública para encontrar refugio en las aulas de clase o en el mundo empresarial. Todos, sin excepción, conservan su estatus de hombres y mujeres de Estado. De hecho, en algunos países estos exmandatarios integran órganos consultivos que son convocados frente a grandes temas nacionales que exigen el mayor de los consensos. Por eso hemos visto expresidentes y presidentes en ejercicio de partidos diferentes reunidos en el marco de Consejos de Estado cuando algunas naciones se enfrentan a temas de gran relevancia.

En las mafias la situación es diferente. La caída en desgracia de una mafia está siempre precedida por delaciones y traiciones. Recordemos las leyes de los mafiosos: una vez que se entra es imposible salir. En las mafias se muere dentro y en honor a la verdad no hay muchas formas de salvarse. Si usted ha pertenecido a una mafia durante años lo más seguro es que su hoja de vida esté bastante manchada y eso implica deudas con la justicia. Es supremamente difícil conseguir perdón o una pena menos severa, al menos que se tenga algo a cambio que ofrecer. Por eso cuando un mafioso dice estar “arrepentido” lo primero que hace es entregar información o entregar a los suyos. Un sálvense quién pueda donde el tiempo es su peor enemigo: si no entrego a nadie quizás terminen entregándome a mi. 

La suerte del chavismo es la suerte de una mafia que se resiste a desaparecer pero que todos, incluso sus mismos integrantes, saben que viven los últimos días. Los cabecillas de la organización criminal están identificados y difícilmente obtengan salvoconducto hagan lo que hagan, pero abajo en la cadena criminal, aunque también están embarrados, hay quienes todavía tienen posibilidades de negociar. Ellos saben que, aunque esta posibilidad se les ofrezca, no es infinita, por eso deben moverse o perderán cualquier chance de escapar y terminarán hundiéndose todos. De allí que comiencen las conversaciones y el todos contra todos donde no gana precisamente el más astuto, sino el más rápido. 

De verdad que lo menos que quisiera en esta vida es estar en lugar del dictador venezolano. Todos negocian su cabeza y a sus espaldas. La mafia chavista quiere no solamente conservar su libertad, sino también salvar sus fortunas. Quizás un exilio dorado sea el sueño de muchos de ellos que hoy, producto de las sanciones individuales de los EE. UU. no pueden utilizar sus tarjetas de créditos ni para pagar sus cuentas en Netflix. Somos testigos del final de una de las más sanguinarias mafias de la historia regional, pero ser testigos exige más que pasividad, exige que estemos movilizados porque, aunque la libertad de Venezuela está por encima de todo, no habrá libertad duradera sin justicia verdadera.

@Brianfincheltub

La destrucción amazónica y la irracionalidad venezolana, por Luis Fuenmayor Toro

Así como las llamadas primarias argentinas se convirtieron en combustible de la lucha política venezolana, sobre todo por la sorpresa y los lamentos de la oposición extremista ante la victoria del peronismo, los incendios que devoran hectáreas de la selva amazónica brasileña también han entrado en el debate político nacional, ésta vez por las denuncias “ecológicas” y la gran “preocupación por el ambiente” del extremismo gubernamental, que ve en Bolsonaro a un capitalista irredento y depredador del pulmón vegetal del mundo. El ministro Arreaza fue el encargado de expresar diplomáticamente, la congoja del gobierno verde de Maduro por la gigantesca extensión selvática destruida ante la indolencia de Bolsonaro, quien no contento con su inacción pasó a acusar a las organizaciones no gubernamentales de Brasil, de ser responsables de generar los incendios señalados.

La posición del gobierno venezolano adolece de un cinismo de marca mayor, que provoca un rechazo de quienes se le oponen y de quienes han denunciado la depredación ambiental de la Amazonía venezolana, generada por la explotación inmisericorde y salvaje del oro hecha por el gobierno nacional. La devastación es extensa y se acompaña de contaminación de los ríos y de la desaparición de los mismos. Además, los incendios en principio no son generados en forma voluntaria por el gobierno brasileño, sino que se dan en forma casuística, por lo que Bolsonaro pudiera ser acusado de un delito de omisión y negligencia al no actuar diligentemente contra su propagación. En el caso venezolano, en cambio, se trata de la comisión de un delito ambiental al ser producto de acciones de explotación minera ilegales e irresponsables por parte del gobierno nacional dirigido por Maduro.

Bolsonaro ha recibido muchas críticas y presiones internacionales por su desatención de la selva amazónica. Se ha llegado incluso a negarle recursos financieros contractualmente pactados para la protección ambiental, pues para los países europeos otorgantes de los mismos, el gobierno actual brasileño ha sido indolente ante lo acontecido y no ha cumplido con los compromisos acordados. Las medidas de restricción financiera equivalentes a varias decenas de millones de dólares, llevaron incluso al Presidente de Brasil a dar una respuesta destemplada, en la cual prácticamente dijo, como lo hacía rutinariamente Chávez en casos de amenazas y presiones que consideraba indebidas, que no necesitaba de esos recursos y que se los podían meter por donde les cupieran.

Pero lo que queremos es llamar la atención hacia el hecho de que los opositores viscerales venezolanos han tomado partido a favor de Bolsonaro, no porque sea un defensor del ambiente sino por estar claramente enfrentado al gobierno de Nicolás Maduro. Ya eso es suficiente, para considerar que todo lo que hace está bien hecho y que quienes lo critican deben ser unos comunistas come niños, cooperadores de la dictadura de Maduro y cosas por el estilo. Es la misma actitud que han tenido en el caso de Macri y su pronosticada derrota electoral. La intención no es realmente defender a Bolsonaro y a Macri por ser buenos gobernantes, sino por ser enemigos de Maduro. Para el extremismo gubernamental, la situación es similar pero en dirección inversa. Bolsonaro es criticado y atacado no por ser indolente ante los incendios, sino por ser adversario de Maduro.

Analizar la política internacional y las gestiones de los gobiernos de los diferentes estados nacionales, en función de sus posiciones frente a la diatriba política venezolana y sus actores es una soberana insensatez.