El Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat) oficializó que el Registro de Información Fiscal (RIF) deja de tener fecha de vencimiento.
La medida fue publicada en la Gaceta Oficial N.º 43.435 mediante la Providencia SNAT/2026/00084, que derogó la normativa previa (SNAT/2024/000121) y entró en vigencia de forma inmediata.
Durante años, el RIF impreso incluía una fecha de caducidad —generalmente de tres años— que obligaba a los contribuyentes a renovarlo periódicamente. Con la nueva providencia, el Seniat establece que el número de RIF asignado a cada ciudadano o empresa es único, permanente y no pierde validez con el tiempo.
El superintendente Román Maniglia explicó que la eliminación del vencimiento responde a “revisiones técnicas y legales exhaustivas” que concluyeron que la fecha de expiración era una condición “poco relevante” y generaba trámites innecesarios.
¿Por qué ya no se vence?
Que el RIF ya no tenga fecha de vencimiento obedece a tres razones principales; la primera, es la Ley Orgánica para la Celeridad y Optimización de Trámites Administrativos anunciada por el Gobierno para eliminar la burocracia, agilizar procesos y reducir plazos en la gestión pública.
La renovación del RIF cada tres años para personas naturales y jurídicas se convirtió en un trámite sin impacto real en la identificación fiscal del contribuyente.
El número de RIF funciona como un indicador fiscal permanente, similar al número de cédula por lo que, según el ente, ya no requiere actualización por vencimiento sino solo por cambios en los datos del contribuyente.
Cabe recalcar que as exigencias para los contribuyentes con RIF no han cambiado. Se mantiene la obligación legal de emitir y exigir factura o comprobante fiscal por cada venta o prestación de servicio.
Falta por definir
El Seniat aún no ha publicado el texto sustitutivo con las nuevas pautas técnicas para desarrolladores y proveedores de sistemas de facturación. Se espera que estas reglas se aclaren en las próximas semanas.
Mientras tanto, la recomendación es mantener el RIF actualizado y seguir las comunicaciones oficiales del organismo.
Hay fotografías que conservan la respiración de un segundo y otras que nacen con la obstinación de impedir que un país desaparezca bajo el polvo del olvido. Esta pertenece a las segundas (*). No inmoviliza solamente un abrazo: guarda el instante en que una nación dispersa volvió a encontrarse en el corazón mismo de la desgracia.
La primera vez que vi la fotografía, creí estar viendo a dos amigos. Nadie abandona el peso entero de su tristeza sobre el hombro de un desconocido. Ningún cuerpo se desploma de ese modo sin la confianza que solo concede una vida compartida. Había en aquella escena la intimidad antigua de quienes han aprendido a sufrir juntos: un muchacho con los ojos cerrados, derrotado por el llanto, y otro sosteniéndolo con la serenidad silenciosa de quien sabe que existen dolores frente a los cuales la única respuesta posible consiste en no marcharse.
Días después descubrí mi error. No eran amigos. Nunca lo habían sido. Ni siquiera conocían el nombre del otro. Aquella revelación transformó la fotografía en algo mucho más hondo que el registro de un gesto compasivo. Comprendí entonces que existen tragedias capaces de presentar primero a las personas y después a los nombres; catástrofes que derriban todas las ceremonias de la vida cotidiana y levantan, en apenas unos minutos, una hermandad allí donde antes solo habitaban los desconocidos.
El terremoto había estremecido a Venezuela el día anterior. La noticia atravesó la diáspora con la velocidad de las desgracias que todavía conservan un hogar al cual regresar. No descendió desde los grandes titulares ni desde la solemnidad de los noticieros. Caminó de teléfono en teléfono, de un mensaje de WhatsApp a otro, de un video enviado en silencio a una llamada quebrada por la incertidumbre.
Jefferson Sucre paseaba perros por las calles de Bogotá cuando comenzó a advertir que algo invisible recorría la ciudad. Personas inmóviles en las aceras miraban fijamente la luz de sus teléfonos; algunos lloraban sin pudor, otros insistían en marcar números que permanecían mudos. Nadie alcanzaba todavía a comprender la magnitud de lo ocurrido. Solo al regresar a la habitación donde vive encontró la respuesta. Los mensajes se acumulaban preguntándole si sabía qué estaba pasando en Venezuela. Al revisar su teléfono comenzó el desfile interminable del desastre: edificios abiertos, calles cubiertas por un polvo que parecía haber envejecido de golpe, familias escarbando entre los escombros en busca de voces de auxilio, hombres removiendo concreto con las manos desnudas.
—Sentí que el mundo se me venía encima —diría después Jefferson.
Toda su familia seguía en Venezuela. También sus hijos. Pero el dolor no nacía únicamente de la distancia. Brotaba de descubrir que esa distancia podía convertirse, de un instante para otro, en la forma más cruel de la impotencia.
Ángel Rodríguez recibió las primeras noticias mientras trabajaba. Al principio creyó que se trataba de otro de esos temblores que terminan convertidos en conversación de sobremesa. Bastó ver algunas imágenes para comprender que aquella vez la tierra había decidido cambiar para siempre la vida de miles de personas. Poco después supo que un amigo había muerto junto a su hijo de diez años y que la casa de su padre había quedado gravemente afectada.
Lo primero que ambos quisieron hacer fue regresar. No físicamente. El exilio posee una lógica despiadada: las distancias no se miden en kilómetros, sino en la imposibilidad de estar donde el corazón hace más falta. El emigrante descubre que puede atravesar continentes para salvar la vida y, aun así, permanecer insoportablemente lejos cuando la tragedia visita el lugar donde siguen sus afectos.
Entonces apareció Bogotá, no solo como una ciudad, sino como una promesa. La Fundación Juntos Se Puede abrió un centro de acopio para recibir ayuda destinada a las víctimas del terremoto. En pocos días dejó de ser únicamente un espacio para clasificar donaciones y comenzó a convertirse en algo mucho más difícil de organizar y mucho más fácil de sentir: una patria provisional.
Jefferson cargó en su motocicleta una bolsa con ropa, compró varias botellas de agua y condujo hasta la fundación, convencido de que bastaría con entregar aquello para aliviar el peso de su conciencia. Apenas apagó el motor, uno de los voluntarios le preguntó:
—¿Vas a dejar eso e irte o te vas a quedar ayudando?
Aquella frase alteró el rumbo de los días que vendrían.
«Si ellos pueden, ¿por qué yo no?», pensó. Y se quedó.
Ángel llegó poco después, respondiendo a una convocatoria publicada en redes sociales. Traía la experiencia aprendida como rescatista y la disciplina que dejan los años de scout. Pero llevaba, sobre todo, una certeza: frente a una catástrofe, las personas dejan de preguntarse quién eres para empezar a preguntarte qué sabes hacer. Desde entonces tampoco volvió a marcharse.
Los días dejaron de medirse por las horas y comenzaron a contarse por los camiones que partían hacia el aeropuerto o la frontera, por las cajas que aún faltaban por cerrar y por las noticias que seguían llegando desde Venezuela. Dormir se convirtió en un lujo. Permanecer despiertos era otra manera de acompañar a quienes, en la zona del terremoto, continuaban removiendo escombros.
Frente a la fundación empezó a levantarse una pequeña Venezuela. Llegaban estudiantes, médicos, comerciantes, albañiles, jubilados, repartidores, familias enteras, colombianos retornados y otros que jamás habían conocido el país vecino, pero comprendían que el sufrimiento nunca ha reconocido nacionalidades. Nadie preguntaba de dónde venía el otro. Bastaba mirar unas manos levantando una caja para comprender que todos hablaban el mismo idioma.
Muchos voluntarios transmitían la labor en vivo por redes sociales. No buscaban audiencia; buscaban auxilio. La respuesta fue inmediata. Desde distintas ciudades comenzaron a ofrecer vehículos, medicamentos, alimentos, recursos y horas de trabajo. La diáspora, dispersa durante tantos años, respondía ahora como un solo cuerpo. Las fronteras seguían separando territorios, pero ya no conseguían dividir la voluntad.
En medio de aquella faena interminable, los teléfonos seguían vibrando. Cada llamada suspendía el aliento de alguien. Podía anunciar que un familiar había aparecido con vida o confirmar una ausencia definitiva. Entonces el silencio atravesaba el centro de acopio y todos comprendían, sin necesidad de palabras, que el dolor acababa de cambiar de rostro.
Aquellas jornadas demostraban que cada caja cerrada contenía mucho más que alimentos o medicinas. Llevaba horas de trabajo anónimo, renuncias discretas y la decisión colectiva de no abandonar a quienes seguían esperando entre las ruinas.
Hubo un instante en que alguien propuso detener el trabajo durante un minuto. No para descansar, sino para honrar. Las conversaciones se apagaron, las cajas quedaron abiertas sobre las mesas y el ruido de la logística cedió su lugar a un denso silencio. Alguien elevó una oración. Otros inclinaron la cabeza. Muchos buscaron, con los ojos cerrados, el rostro de un hijo, de un padre, de un hermano o de un amigo cuya suerte seguía siendo un misterio.
Durante sesenta segundos, aquel centro de acopio dejó de ser un espacio destinado a clasificar ayuda humanitaria y se convirtió en el corazón palpitante de una comunidad herida que compartía la misma esperanza. Fue allí donde ocurrió el abrazo. Nadie lo anunció. Ninguna ceremonia lo precedió. Simplemente sucedió, como suceden las cosas que están escritas en el alma antes que en el calendario.
Jefferson sintió que las piernas comenzaban a ceder bajo el peso de dos días de incertidumbre, de llamadas sin respuesta y de imágenes imposibles de olvidar. No lloraba únicamente por las víctimas del terremoto. Lloraba por sus hijos, por su familia, por la imposibilidad de atravesar la distancia y por esa culpa muda que acompaña a tantos migrantes cuando la desgracia golpea el lugar del que un día tuvieron que marcharse para seguir viviendo.
Ángel advirtió aquella grieta con la intuición de quien también hacía un esfuerzo por mantenerse en pie. No hizo preguntas. Comprendió que existen dolores para los cuales el lenguaje resulta una herramienta demasiado pequeña y, a veces, la única manera de sostener un país consiste primero en sostener a otros. Entonces lo abrazó. No conocía su nombre. Nunca se lo había preguntado. Solo alcanzó a decirle:
—Eres un guerrero, mano. Te necesitamos fuerte.
Aquellas palabras no pedían esconder el sufrimiento. Decían algo más profundo: todos estaban rompiéndose al mismo tiempo y, precisamente por eso, ninguno podía permitirse dejar caer al otro. La resistencia dejó de ser una tarea individual para convertirse en una forma compartida de permanecer vivos.
Semanas después busqué a los dos hombres que aparecían en aquella fotografía para reconstruir la historia de ese instante. Lo más extraordinario fue descubrir que ninguno recordaba con precisión cómo había ocurrido. No sabían quién dio el primer paso, cuánto duró el abrazo ni quién se apartó primero. El dolor había borrado los detalles, pero conservaba intacta la verdad de aquellos segundos: por primera vez desde que comenzó la tragedia, dejaron de sentirse solos.
La memoria, que posee la extraña costumbre de borrar las fechas para salvar lo esencial y que desordena las cronologías, protege aquello que sostiene una vida. Ellos olvidaron la secuencia de los hechos, pero nunca el peso de un brazo sobre el hombro ni la voz que les recordó que todavía debían mantenerse firmes.
No era únicamente el retrato de dos hombres vencidos por la tristeza. Era la imagen de una dimensión del exilio que casi nunca aparece en los informes. Se escriben páginas enteras sobre cifras, documentos, fronteras y estadísticas. Son necesarias porque ayudan a comprender la magnitud de la migración venezolana. Pero existe un territorio que ningún informe consigue medir: el de los vínculos que nacen cuando un pueblo descubre que la única patria verdaderamente invulnerable comienza a edificarse en los otros.
Durante aquellos días, la diáspora demostró que no es solamente una multitud dispersa por distintos países. Es una comunidad capaz de responder al sufrimiento con una rapidez y una generosidad que ninguna frontera ha logrado contener. Cada caja enviada desde Bogotá transportaba mucho más que alimentos, medicinas o ropa. Llevaba noches sin dormir, jornadas anónimas de trabajo y la convicción de que ningún venezolano debía enfrentar aquella tragedia completamente solo.
Cuando un camión emprendía el viaje hacia su destino, alguien comenzaba a entonar las primeras notas del himno nacional y, poco a poco, las demás voces se unían. No era el himno solemne de los actos oficiales. Era un canto quebrado por el cansancio, humedecido por la nostalgia y sostenido por una esperanza que se negaba obstinadamente a morir.
Aquella experiencia obliga también a revisar una idea demasiado antigua. Durante años aprendimos a pensar el país como un territorio, una bandera o un conjunto de instituciones. Sin embargo, aquella fotografía insinuaba otra definición: la patria también puede habitar en unas manos que cargan una caja, en una mujer que entrega la única bolsa de alimentos que puede donar, en un voluntario que organiza medicamentos con la certeza de que el orden también salva vidas o en el abrazo de dos personas que jamás volvieron a preguntarse cómo se llamaban porque, para entonces, los nombres habían dejado de ser necesarios.
El verdadero patrimonio de una nación no descansa únicamente en sus fronteras ni en sus símbolos. Existe una riqueza mucho más resistente que los edificios y más antigua que las banderas: la reserva moral de su gente. Mientras exista alguien dispuesto a aliviar el dolor de otro; mientras la solidaridad deje de ser una excepción para convertirse en una costumbre; mientras un desconocido siga ofreciendo su hombro antes de preguntar un nombre, siempre habrá una posibilidad de reconstrucción.
Las fronteras pueden separar familias. Los terremotos pueden derribar ciudades. El exilio puede alargar la distancia durante años. Pero ninguna de esas fuerzas ha conseguido jamás expulsar la compasión del corazón humano. Esa fue, quizá, la verdadera victoria de aquellos días.
No la cantidad de toneladas enviadas ni la eficacia de la operación humanitaria, sino la certeza de que la solidaridad continúa siendo el idioma más antiguo y más poderoso de nuestra especie.
Por eso aquella fotografía sigue hablándonos con la misma intensidad con la que habló el día en que fue tomada. No porque conserve el recuerdo de una tragedia, sino porque preserva el instante exacto en que dos desconocidos comprendieron que, frente al sufrimiento, toda identidad comienza por reconocerse en la fragilidad del otro.
Un país no sobrevive únicamente allí donde permanecen sus fronteras. Sobrevive, sobre todo, allí donde sus hijos siguen siendo capaces de encontrarse, sostenerse y cuidarse mutuamente.
Y mientras esa voluntad permanezca intacta, Venezuela seguirá existiendo mucho más allá de cualquier mapa, fiel a la intuición de don Rómulo Gallegos, una nación propicia para el esfuerzo como lo fue para la hazaña; tierra de horizontes abiertos donde una raza buena ama, sufre y espera.
@NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds
(*)Nota del editor: la imagen que ilustra este artículo la hizo el periodista venezolano Luis Gonzalo Pérez Rojas en el centro de acopio de la Fundación Juntos Se Puede (Bogotá, Colombia).
Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es
En los últimos tiempos, la naturaleza nos ha venido dando señales de que necesitamos, con urgencia, hacer un cambio en nuestros hábitos de vida, en nuestra forma de ver el mundo y, sobre todo, en la manera en que nos relacionamos entre nosotros mismos.
Los terremotos ocurridos recientemente en Venezuela y Colombia, por mencionar dos de los que mayor repercusión han tenido, nos han demostrado que, como humanidad, no lo estamos haciendo del todo bien. Es hora de repensar cómo queremos que transcurra nuestro tiempo en este espacio que compartimos y, sobre todo, qué legado queremos dejar.
Sin embargo, muchas veces me pregunto si estos acontecimientos también traerán consigo la capacidad de entender cuán humanos debemos ser a la hora de expresarnos y de manejar nuestras acciones. La forma en que se nos presentan estos eventos sísmicos nos recuerda que dos de los valores más importantes que tenemos como seres humanos son la solidaridad y la vulnerabilidad. Ninguno de estos sentimientos es sinónimo de debilidad; por el contrario, ambos son una expresión de nuestra humanidad.
No siempre un cambio de perspectiva se manifiesta de la manera en que los seres humanos estamos acostumbrados a reconocerlo. Creo que nuestro entorno nos está pidiendo, a gritos y con consecuencias cada vez más claras, un cambio de hábitos. Y ese cambio pasa por entendernos a nosotros mismos, reconocer cuán vulnerables somos y, sobre todo, comprender que, como humanidad, no tenemos el poder para destruirlo todo, pero sí tenemos la capacidad de convertirnos en agentes de cambio positivo.
Todos estos hechos, que de alguna manera convergen en un mismo fin —el bien común—, nos demuestran que el poder, las ambiciones y el manejo de las situaciones de crisis requieren humanidad. No necesariamente más poder, sino la capacidad de saber utilizarlo.
Si por un momento pensamos cómo se han gestionado las catástrofes en Colombia y Venezuela, podemos observar que el poder, cuando se orienta al bien, se traduce en acciones concretas. Pero también sabemos que, cuando se utiliza para generar daño y muerte, y nace de la maldad, puede alcanzar el mismo nivel de impacto. La diferencia está en que el poder utilizado desde la maldad no trabaja para el bien común: trabaja para la destrucción.
Últimamente he estado reflexionando mucho sobre cuál es el llamado que se nos hace con tantos desastres naturales y qué nos quiere decir la Tierra. Desde mi punto de vista, nos está invitando a valorar la vida en su justa medida, a reconocernos como seres humanos y a darnos la oportunidad de redimir nuestros errores.
Es indignante ver cómo el mundo puede unirse para apoyar a un país vecino cuando enfrenta una tragedia y cómo Venezuela puede ofrecerse a enviar ayuda humanitaria y rescatistas a Colombia, cuando hasta el día de hoy nosotros mismos seguimos teniendo enormes dificultades para reconstruir nuestro país y sanar muchas de las heridas que todavía cargamos.
Creo que, como sociedad, uno de los mayores retos que tenemos es repensar la manera en que entendemos la política y recordar que su verdadero sentido debería estar orientado al bien común. Hacer política va mucho más allá de las palabras o los discursos; implica comprender las necesidades de las personas, actuar con responsabilidad y buscar el bienestar colectivo. Cuando ponemos la dignidad, la solidaridad y lo humano en el centro de nuestras decisiones, comenzamos a construir, desde pequeñas acciones, una sociedad más justa y un mundo mejor.
Es imposible hablar de un mundo cada vez más humano cuando, como humanidad, todavía no entendemos a ciencia cierta el significado del mensaje ni la necesidad de cambio que nos plantea la naturaleza. Sus respuestas frente al maltrato, la destrucción y el conflicto deberían llevarnos a detenernos y reflexionar.
Con este artículo quiero hacer un llamado a la reflexión, el entendimiento y la sensatez. No solo a nuestros gobernantes, sino también a nosotros como sociedad. Necesitamos comprender cuán necesarios somos unos para otros y cuán humanos debemos ser frente a las situaciones que se nos presentan.
Una sociedad que realmente quiere generar un cambio para el bien común debe aprender a reconocer las señales, asumir sus responsabilidades y entender que ninguna diferencia debería alejarnos de lo esencial.
Porque, al final, lo humano es lo que nos identifica y lo distinto es lo que nos une.
Este viernes, 14 de agosto, Delcy Rodríguez, presidenta encargada con el aval de los Estados Unidos, informó a través de un comunicado el “otorgamiento de medidas cautelares alternativas a la privación de libertad para un total de 131 personas que se encontraban privadas de libertad.
Según el comunicado, los excarcelados estaban detenidos por su “presunta o comprobada participación” en la comisión de delitos previstos en el ordenamiento jurídico venezolano por delitos relacionados con diversos atentados contra la institucionalidad democrática, la paz y el desarrollo de la República.
El Programa para la Paz y la Convivencia Democrática que lleva adelante el Gobierno de Delcy Rodríguez ratificó que continuará “apoyando las iniciativas del Gobierno Nacional y de la sociedad civil organizada orientadas a favorecer el reencuentro entre los venezolanos, el fortalecimiento del tejido social de la nación y la consolidación de la paz de la República”.
17 mujeres excarceladas
El Foro Penal informó a través de su cuenta en X que 17 mujeres que estaban detenidas por motivos políticos fueron liberadas este viernes.
A través de su cuenta en X, la organización puntualizó que Emirlendris Benítez, Yolimar Alemán, Marifrancis Marcano, Samaira Romero, María Auxiliadora Delgado, Yanin Pernía, Adriana Cedeño, Keila Barrios, Yarilys Díaz, Anyela Bermúdez, Zurisaday Vasquezm, Yasmin Tirado, Tamara Ortega, Aliannys Araujo, Mariana Andrade, Lorena García y Getzabe La Cruz fueron las excarceladas.
La organización que defiende los derechos de los privados de libertad recalcó que las 17 damas nunca debieron estar detenidas.
#14Ag Desde el @ForoPenal confirmamos la excarcelación de la hoy ex presas políticas: – EMIRLENDRIS CAROLINA BENÍTEZ – YOLIMAR ALEMÁN DE CHAYA – MARIFRANCIS DEL VALLE MARCANO – SAMAIRA DEL VALLE ROMERO – MA. AUXILIADORA DELGADO TABOSKY – YANIN FABIANA PERNIA CORONEL -ADRIANA… pic.twitter.com/TbixtHF4hd
El Comité por la Liberación de los Presos Políticos informó que 25 hombres que se encontraban detenidos en el Rodeo I por el caso de los drones en Plaza Venezuela, fueron excarcelados.
Entre los liberados están: Elías Noriega, Leomar Guerra, Javier Morillo, Merwin Simons, Jesús García, Naudy Laya, Julio Elías Jiménez, Leomard Bravo, César Burgos, José Trejo, Yorman Solórzano, Edward Pérez, José Félix Carrizales, Williams Lizardo, José Ignacio Moreno, Audelino Bermúdez, Miguel Medina, Randolf Rivas, Jesús Rojas, Yohanny López, Ramir Pocaterra, Raimer López, Arturo Sairias, Daesger Hernández y Christian Quintero.
El Clippve recordó que aún quedan cientos de personas detenidas por motivos políticos y que seguirán alzando la voz hasta que todos sean libres.
#AHORA | Tras ser excarcelados de El Rodeo I, un grupo de 25 expresos políticos del caso Plaza Venezuela exige "¡Justicia!" a las afueras del centro de detención.
— Comité por la Libertad de los Presos Políticos (@clippve) August 14, 2026
Según información difundida, los excarcelados son de las cárceles de Guaicaipuro, Rodeo y Yare.
Reacciones a las liberaciones
Las reacciones al anuncio de las liberaciones anunciadas por el Ejecutivo no se hicieron esperar. Uno de los primeros en expresar su alegría fue el ex preso político freddy Superlano.
🗣️¡Soldados de Cristo, LIBERTAD!
Hermanos presos políticos de El Rodeo salen en estos momentos en libertad, Dios los bendiga a todos, pronto nos reencontramos personalmente.
El también expreso político Juan Pablo Guanipa celebró las liberaciones y manifestó que “cada persona que vuelve a casa es un alivio inmenso para una familia que ha sufrido demasiado”, pero recalcó que “no basta” y que “no puede quedar nadie atrás.
“Que salgan TODOS. Sin excepción, sin dilaciones y con prontitud. Venezuela necesita cerrar para siempre la puerta de los centros de tortura”, posteó Guanipa.
Por su parte, la abogada Blanca Rosa Mármol escribió que “el excarcelamiento por cuenta gotas refuerza la imagen perversa del régimen”.
El excarcelamiento por cuenta gotas refuerza la imagen perversa del régimen.
El partido Primero Justicia recibió con esperanza las recientes excarcelaciones y exigió libertad plena de todos los presos políticos.
No obstante, enfatizó que la dirigencia no caerá en conformismos mientras sigan existiendo cientos de venezolanos y extranjeros, civiles y militares, tras las rejas por el solo hecho de pensar distinto.
“Cada venezolano que sale de una celda injusta y vuelve a reencontrarse con su familia es una buena noticia para todo el país”, señaló Yajaira Castro de Forero, vocera del partido aurinegro.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
El Comité por la Liberación de los Presos Políticos (Clippve) informó que tres pescadores fueron condenados a seis años de prisión tras ser detenidos durante la represión poselectoral de 2024.
El Tribunal 1° de Juicio con competencia en Terrorismo condenó a Roberto Pérez, Rafael Guédez y Olbis Dirinot, quienes están detenidos desde el 20 de septiembre de 2024.
Sus madres, Johely Atencio, Ana Añez y Yackelin Pérez, llegaron al Palacio de Justicia con la esperanza de que sus hijos recuperaran la libertad después de casi dos años de prisión.
Según informó el Clippve, la defensa de los jóvenes pescadores solicitó libertad plena al sostener que durante el juicio no se presentaron pruebas que demostraran los delitos imputados y evidenció contradicciones en las declaraciones de los testigos.
Hitos del caso
La audiencia de conclusiones comenzó cerca de las 3:00 p.m. y terminó alrededor de las 3:30 p.m. Los tres detenidos participaron de forma telemática desde los tribunales del estado Falcón.
Los tres jóvenes fueron detenidos cuando regresaban de pescar, en pleno contexto de represión poselectoral. Sus madres denuncian que funcionarios de la GNB les habrían fabricado evidencias —cables oxidados de turbinas eólicas, picos y palas— para acusarlos de terrorismo, asociación para delinquir, extracción de material estratégico y sabotaje eléctrico.
Eljuicio comenzó el 30 de abril de 2026, tras más de un año y medio de detención. Durante el proceso, las familias denunciaron violaciones al debido proceso, incluida la imposibilidad de contar con abogados de confianza.
La condena ocurre apenas un día después de anunciarse acuerdos para iniciar un proceso de transformación del sistema de justicia venezolano.
🚨URGENTE | En medio de anuncios sobre acuerdos para transformar la justicia en Venezuela, condenan a 6 años de prisión a tres jóvenes trabajadores detenidos durante la represión poselectoral de 2024
— Comité por la Libertad de los Presos Políticos (@clippve) August 13, 2026
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
El terremoto de magnitud 7,4 registrado el pasado 10 de agosto en Colombia cobró la vida de al menos cinco venezolanos en distintas regiones del país vecino. La contingencia impactó a familias procedentes del occidente y los llanos venezolanos mientras los equipos de rescate continúan las labores de búsqueda para dar con el paradero de otros ciudadanos reportados como desaparecidos en las ciudades de Cali, Manizales y Pereira.
El embajador de Venezuela en Colombia, Orlando Maniglia, confirmó inicialmente el fallecimiento de dos connacionales en el municipio de Pereira, identificados como Deisy Rodríguez Mejía, de 39 años y comerciante de repuestos automotriz, y Darwin González, de 49 años, quien se dedicaba a la mecánica. Ambos eran originarios del estado Zulia y residían en este municipio desde aproximadamente cinco años, donde fallecieron al quedar atrapados bajo los escombros de una edificación de tres pisos.
Por otro lado, las labores de remoción de escombros en el edificio Vanessa, en la ciudad de Cali, concluyeron en la tarde del 13 de agosto con el fallecimiento de tres integrantes de una misma familia oriunda de Barinas. Las víctimas fueron identificadas como Juan de Dios Vivas, de 68 años, su esposa Yelitza González, de 65 años; y el nieto de ambos, José Juan Vivas, de 16 años.
Labores de rescate
La familia Vivas González se encontraba en Colombia desde octubre de 2025 ya que se trasladaron a Cali a acompañar y apoyar al joven José Juan en su formación deportiva tras haber ingresado a la MVP Baseball Academy, institución que expresó sus condolencias públicas tras confirmarse el suceso. En Venezuela, Juan de Dios Vivas se desempeñó como comerciante, mientras que Yelitza se dedicó varias décadas al sector educativo como docente de Educación Especial.
El colapso del edificio Vanessa se produjo debido a un desplazamiento parcial de la estructura durante el sismo provocando que los niveles superiores cayeran sobre los apartamentos inferiores. Las operaciones de búsqueda contaron con la ayuda de la Brigada de Topos de México, bomberos y mineros que excavaron túneles junto a drones con cámaras térmicas.
Reportes y líneas de atención
Con respecto al balance de personas desaparecidas, el embajador Maniglia precisó que los casos de no localizados se han procesado mediante reportes directos de familiares en coordinación con la Cruz Roja Venezolana. Por otra parte, las autoridades informaron que dos personas previamente reportadas como desaparecidas, Génesis Guerrero y Gleyker Guerrero, fueron hallados con vida, al tiempo que confirmaron que no se registran connacionales lesionados en los informes sanitarios.
Para colaborar con el rastreo y asistencia de las víctimas, la representación venezolana en Colombia puso a disposición los números de telefónicos para recibir cualquier reporte o información al respecto:
Embajada de Venezuela en Colombia: +57 3104054406
Consulado de Medellín: +57 3011295502
Consulado de Cúcuta: +57 3132188928
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
Cincuenta días después del doblete sísmico que sacudió a Venezuela y, en especial, La Guaira, cuesta reconocer la avenida principal de Caribe: el mar dejó de ser el vibrante protagonista del camino y las edificaciones que le daban al litoral un aire citadino ya no están o quedaron inservibles. A lo largo de la vía, el azul y el verde de las playas permanecen opacados por una paleta apagada de tonos beige, tierra, grises y rojos ladrillo, que predomina en toda la zona de desastre y expone la magnitud de la tragedia.
La entrada al estado La Guaira es un corredor completamente vigilado por funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). No hay caos ni mal olor, pero sí gigantescas e imponentes montañas de escombros y amasijos de hierro y el ruido ensordecedor de las maquinarias que aún remueven escombros desde la mañana hasta que se oculta el sol.
En la acera contraria a la OPPPE 26 —complejo de edificaciones de la Gran Misión Vivienda Venezuela, ubicado en Caraballeda— se encuentran Eliany Camacho y Sergio Rojas, una pareja que cuida de los “malandros y ladrones” las herramientas y el espacio físico que quedó de su taller de mecánica.
Eliany y Sergio están rodeados por montículos de escombros entrelazados con marañas de hierro y cabillas. Sentados sobre sillas improvisadas, ambos reflexionan en que lo vivido el 24 de junio “borró casi que por completo a La Guaira”.
Aunque la pareja también vivió el deslave de 1999 y la vaguada en 2010, ambos coinciden en que el doble terremoto fue “más potente y devastador” por las malas construcciones que se realizaron sobre todo en el gobierno de Hugo Chávez.
En una evaluación superficial ofrecida por Rojas, el estado La Guaira “está en su peor momento”. Para él, la entidad quedó paralizada por completo y, aunque el Gobierno ya dio la orden de recoger todos los escombros, tanto ellos como los demás habitantes, no tienen claridad sobre cómo y cuándo podrán retomar la normalidad de sus vidas.
De acuerdo con el último balance ofrecido por el Gobierno Nacional el pasado 24 de julio —a un mes del doble terremoto— 856 edificios resultaron afectados y 190 colapsaron. Un boletín más reciente ubicó la cifra de fallecidos en 6 301, mientras que la de desaparecidos sigue sin conocerse con exactitud.
Alejados de los cascotes, en carpas improvisadas, se encuentra el núcleo familiar de Yojan Hernández. Las manos y los pies de él están hinchados y con heridas por buscar durante días el cuerpo de su sobrino de ocho años. Yojan perdió las esperanzas de encontrarlo porque parte de los escombros ya los removieron.
“Ya recuperamos el cuerpo de otros siete familiares, pero el de mi sobrino no apareció. Lo buscamos incansablemente durante todos estos días, mira mis manos, me duelen, y me salió un hongo en los pies porque pasaba día y noche con los zapatos buscándolo. Estaremos aquí mientras tanto porque no queremos irnos a un refugio”, narró Hernández.
FOTO: María Gracia La Cruz
En Caraballeda el panorama es más crudo que en Caribe. Todo lo que se observa son ruinas y cordilleras de escombros de la misma paleta de colores que en Caribe. Los edificios que no se cayeron están inclinados, reducidos o fracturados. Inhabitables.
Alrededor de las ruinas de Caraballeda hay pequeñas carpas donde todavía habitan personas que guardan la esperanza de conseguir los cuerpos de sus familiares. Es el caso de Daniela Pereira, quien espera sentada junto a su núcleo familiar que los rescatistas y los miembros de Protección Civil den la señal de que encontraron un cuerpo.
“Estamos buscando a mi cuñada. Es la única que falta por aparecer. Ella se encontraba junto a mi hermano y mi sobrino en la OPPE 33 al momento del terremoto. A ellos los pudimos rescatar después de 47 días, pero ella aún no aparece”, narró Pereira.
Otra mujer que prefirió no ser identificada se mantiene en las carpas día y noche a la espera de que encuentren el cuerpo de su hijo de diez años. Comentó que también perdió a su madre y a su otro hijo, pero asegura que no se irá del lugar hasta hallarlo. Es la única certeza que tiene en medio del peor desastre que asegura haber vivido.
FOTO: María Gracia La Cruz
Hacia la zona de Catia La Mar la situación es la misma: escombros, destrucción y polvo. La diferencia es que nadie busca a sus familiares por lo que la zona está más solitaria. Apenas tres comercios insisten y mantienen la esperanza de reactivar la economía, la cual se ha visto reducida en un 70-80 %, según Francisco Soto, comerciante del lugar.
En La Guaira los días transcurren con una pausa forzada. La mayoría de los habitantes pasan sus días esperando a que lleguen las donaciones, a que repartan las comidas que llevan organizaciones internacionales y que el agua vuelva a llegar por las tuberías.
FOTO: María Gracia La Cruz
Los próximos días en la zona cero no serán distintos. Es como si el tiempo estuviera detenido: las maquinarias seguirán buscando cuerpos y removiendo escombros, mientras que comerciantes y habitantes que se niegan a abandonar La Guaira intentarán encontrar la manera de seguir adelante con sus vidas.
FOTO: María Gracia La Cruz
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.
La firma de un nuevo acuerdo entre Impsa y Corpoelec para recuperar Tocoma y Macagua coloca nuevamente a la compañía argentina en el centro de uno de los proyectos de infraestructura más ambiciosos y problemáticos de Venezuela. La nueva Impsa promete recuperar 672 megavatios en una primera etapa, mientras su historia y las personas que ahora están al frente de la empresa abren una serie de preguntas sobre quién regresa al país y bajo qué condiciones.
A continuación, se enumeran las claves:
De los talleres de Mendoza a una empresa global
Impsanació en 1907 en Mendoza, Argentina, cuando Enrique Epaminondas Pescarmona fundó los Talleres Metalúrgicos Pescarmona. La compañía comenzó fabricando piezas de fundición, equipos para la industria vitivinícola y compuertas para canales de irrigación. En 1965 adoptó el nombre Industrias Metalúrgicas Pescarmona, de donde proviene el acrónimo Impsa.
Durante el siglo XX se convirtió en una empresa especializada en grandes estructuras de acero y equipos electromecánicos. En las décadas de 1970 y 1980 desarrolló tecnología propia para generación hidroeléctrica y grúas portuarias. En los 90 comenzó a participar como desarrolladora de proyectos energéticos y posteriormente amplió sus negocios hacia la energía eólica y nuclear.
Según la información institucional de la compañía, Impsa ha desarrollado más de 180 proyectos y tiene más de 50 000 MW instalados en más de 40 países. Sus negocios actuales están concentrados principalmente en generación hidroeléctrica, energía nuclear y grúas portuarias.
La empresa tiene presencia operativa entre Argentina y Estados Unidos. Su planta industrial y sede histórica están en Godoy Cruz, Mendoza; mantiene una oficina comercial en Buenos Aires y una oficina en Coral Gables, Florida. También posee una planta de producción en Houston y un centro de desarrollo tecnológico en Mendoza.
Una multinacional con antecedentes y un escándalo en Filipinas
Uno de los proyectos internacionales más importantes de Impsa fue CBK Power Company, en Filipinas, una sociedad que compartió con la estadounidense Edison Mission Energy para rehabilitar, construir y operar tres centrales hidroeléctricas mediante un contrato de 25 años.
Pero aquella operación también terminó rodeada de acusaciones. En 2003, el expresidente filipino Joseph Estrada, quien estaba detenido por un caso de corrupción, declaró ante el Senado de su país que Impsa había intentado sobornarlo con 14 millones de dólares para aprobar la continuidad del contrato. Legisladores filipinos también acusaron al entonces ministro de Justicia Hernando Pérez de haber recibido presuntamente 2 millones de dólares relacionados con la operación.
Impsa negó las acusaciones. Su entonces director y gerente general, Carlos Ruiz, defendió el proyecto y aseguró a La Nación que era una inversión genuina de 460 millones de dólares y que contaba con financiamiento de 19 bancos que habían realizado procesos de debida diligencia. Por tanto, el episodio forma parte de los cuestionamientos históricos a la compañía, pero no debe presentarse como una condena por corrupción contra Impsa.
La crisis que terminó devolviéndola al Estado argentino
Después de décadas de expansión internacional, Impsa entró en una profunda crisis financiera. En 2021, el Estado argentino y la provincia de Mendoza ingresaron como accionistas para ejecutar un rescate transitorio de la compañía. En ese momento, la empresa era considerada estratégica por su capacidad tecnológica y su participación en sectores como energía hidroeléctrica y nuclear.
El rescate no solucionó definitivamente sus problemas financieros. Cuando comenzó el proceso para devolverla al sector privado, Impsa acumulaba una deuda de 576 millones de dólares millones con sus acreedores.
En enero de 2025, el Gobierno argentino anunció que la única oferta presentada para hacerse con las acciones estatales era la del consorcio Industrial Acquisitions Fund (IAF), cuyo socio principal es Arc Energy. La propuesta contemplaba un aporte de capital de 27 millones de dólares y la renegociación de la deuda de 576 millones de dólares.
IAF es un vehículo de inversión estadounidense cuyo socio principal es Arc Energy, empresa fundada por el empresario venezolano-estadounidense Jason Arceneaux. La adquisición de Impsa fue la primera privatización concretada durante el gobierno de Javier Milei. Y en febrero de ese año se concretó la transferencia. IAF pasó a controlar la compañía y comenzó la etapa que la propia Impsa presenta como su transformación en una empresa argentino-estadounidense.
La “nueva Impsa”: capital estadounidense y nombres venezolanos
Según una investigación de El Pitazo, entre los integrantesde lanueva directivaaparecen varios venezolanos: Jorge Salcedo Hernández, presidente de Impsa desde julio de 2025; Jason Arceneaux; Hidalgo Rafael Socorro Urdaneta y Juan Manuel Domínguez. El medio también documentó vínculos de Arceneaux y otros directivos con el financiamiento político en Estados Unidos.
Se reportó además que durante la operación de venta en Argentina los ejecutivos de Impsa entregaron a Hebe Casado, entonces vicegobernadora de Mendoza, una gorra con la frase “Make Impsa Great Again”, en una evidente referencia al lema de campaña de Donald Trump.
La nueva estructura empresarial no se quedó mirando hacia atrás. En mayo de 2026, Impsa anunció una alianza con National Electric Coil (NEC) para ampliar la comercialización de sus soluciones hidroeléctricas en Estados Unidos, Canadá, México y Centroamérica, con productos que incluyen turbinas, generadores y componentes electromecánicos.
Los venezolanos que ahora están al frente
Entre los nombres que más llaman la atención está el de Jorge Salcedo Hernández, actual presidente de Impsa. Según se conoció, Salcedo fue identificado en 2017 como abogado defensor de Samark López Bello en Estados Unidos, después de las sanciones impuestas por el Departamento del Tesoro estadounidense. El propio perfil profesional de Salcedo está relacionado con asesoría en materia de sanciones y regulación estadounidense.
Otro nombre es Hidalgo Socorro, empresario venezolano que tuvo negocios con Petróleos de Venezuela. Socorro y Enoc Martínez vendieron a PDVSA 42 remolcadores por 145 millones de dólares mediante la empresa panameña Brumby Shipholdings. En agosto de 2025, un tribunal de apelación de La Haya ratificó obligaciones de PDVSA y sus filiales relacionadas con una deuda derivada de aquella operación.
Incluso se documentaron los antecedentes de Socorro en Guatemala alrededor de DHK Finance y sus vínculos empresariales con contratistas de PDVSA. También reseñó cuestionamientos relacionados con el semisumergible Aban Pearl, contratado por la estatal petrolera y posteriormente hundido en 2010. Aunque estos antecedentes son relevantes para describir el perfil de algunos integrantes de la nueva directiva, pero no equivalen por sí mismos a condenas penales.
Tocoma: una vieja historia que vuelve a empezar
La relación entre Impsa y Venezuela se remonta al gobierno de Hugo Chávez. En 2008, el Estado venezolano contrató a la empresa para suministrar las 10 turbinas Kaplan de Tocoma, de 232 MW de capacidad, además del equipamiento de Macagua. Para financiar la adquisición de las turbinas de Tocoma, la CAF otorgó un préstamo de 600 millones de dólares.
El proyecto acumuló retrasos y sobrecostos. Asimismo, se reveló que el contrato de Impsa para Tocoma pasó de unos 300 millones a aproximadamente 1 000 millones de dólares durante su ejecución, y se pudo conocer que Venezuela acumuló una deuda de unos300 millones de dólares con la empresa argentina.
El nuevo acuerdo: 672 MW primero y 2.640 MW después
El 12 de agosto de 2026, Impsa anunció la firma del acuerdo final con Corpoelec para rehabilitary modernizar Tocoma y Macagua.
La primera etapa contempla recuperar 432 MW en Tocoma mediante la rehabilitación de las unidades 1 y 2, y 240 MW en Macagua mediante las unidades 4, 5 y 6. En total, son 672 MW en un plazo de 24 meses.
El primer objetivo es incorporar 160 MW al Sistema Eléctrico Nacional en 90 días mediante la puesta en funcionamiento de las unidades 5 y 6 de Macagua. Posteriormente se sumarían otros 80 MW con la unidad 4.
En Tocoma, la primera fase contempla las unidades 1 y 2, mientras que el plan maestro de Impsa y Corpoelec plantea llevar la capacidad recuperada de ambas centrales hasta 2.640 MW: 2.160 MW de Tocoma y 480 MW de Macagua.
La compañía sostiene que sus equipos técnicos ya recorrieron ambas instalaciones en Puerto Ordaz y que las obras comenzarán una vez culminada la etapa administrativa y establecida el acta de inicio.
La pregunta que queda: ¿cómo se adjudicó y cuánto costará?
El regreso de Impsa a Tocoma no ha estado exento de cuestionamientos. El ingeniero y dirigente opositor Jesús Armas criticó que el acuerdo se concretara sin una licitación pública y cuestionó la falta de información sobre las condiciones del proyecto. “Lo hacen a dedo, sin licitación pública y de espaldas a la gente”, afirmó. También recogió cuestionamientos sobre la transparencia del procedimiento y sobre la conveniencia de concentrar recursos en Tocoma mientras otras instalaciones del Sistema Eléctrico Nacional requieren rehabilitación.
Un par de detalles que preocupan sobre el acuerdo Impsa y Corpoelec, respaldado por EEUU.
La embajada de EEUU en Caracas celebró, sin matices, el acuerdo entre Corpoelec e Impsa para rehabilitar Tocoma y Macagua, enmarcándolo en el "plan de tres fases" del presidente Donald… https://t.co/PPlOwGfN9zpic.twitter.com/JqfFvdcZGX
Así, la historia vuelve a colocar sobre la mesa preguntas que van más allá de cuántos megavatios puede producir una turbina: cuánto costará realmente terminar Tocoma, cómo se pagará el contrato, qué ocurrirá con las obligaciones pendientes de los acuerdos anteriores y bajo qué mecanismos se supervisará la ejecución.
Después de años de retrasos, sobrecostos y una central que sigue sin entregar la capacidad para la que fue diseñada, el desafío de la “nueva” Impsa será demostrar que esta vez la historia no termina donde comenzó: con otra promesa de que Tocoma finalmente estará lista.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.