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AD: un partido antialianzas (las memorias proscritas de Carlos Andrés Pérez) por Antonio Sánchez García

AD_un partido antialianzas (las memorias proscritas de Carlos Andrés Pérez) por Antonio Sánchez García
Antonio Sánchez García
03/10/2013
Cuando en 1994 Carlos Andrés Pérez le abre su corazón a Roberto Giusti y a Ramón Hernández, vive su annus horribilis

 

@sangarccs

A Roberto Giusti y Ramón Hernández

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El título no es mío. Lo copio de las extraordinarias memorias de Carlos Andrés Pérez, a quien solo el delirio suicida de quienes traicionaron su esencia empujándolo al abismo –y con él, al país– puede considerar un antiadeco. Así parezcan fuera de contexto, esas palabras están perfectamente contextualizas en la página 211 del libro Memorias proscritas, las confesiones del gran líder democrático recogidas por Roberto Giusti, quien lo acompañara frente al Departamento de Prensa de Miraflores durante su segundo gobierno, al alimón con otro gran reportero de acendrada trayectoria en el periodismo nacional, Ramón Hernández.

La extraigo de uno de sus capítulos titulado La política se hace con la gente, y abarca desde la página 208 hasta la 212. Se refiere a esos coterráneos a cuyo encuentro se lanza casi con desesperación recién de regreso del exilio y afincado en el Táchira para montar su propio liderazgo y hacerse camino hacia las dos presidencias de la República que ocupara con un intervalo de 10 años a su pesar, pues como lo señala en esas mismas memorias “fui partidario de la reelección inmediata para presidente, mal vista en Venezuela porque en el pasado –cuando no había elección popular, directa y secreta– era la antesala de las dictaduras” (208). Para agregar: “Yo soy y he sido partidario siempre de la reelección. Estoy seguro de que con todos los defectos, si sigue mi gobierno otros cinco años más” –se refiere al primero de los suyos, que el segundo comenzó a caerse al día siguiente de ser electo– , “otra hubiera sido la realidad de Venezuela.” Se le podrá discutir todo lo que se quiera, pero sin duda: cualquier otro camino que se hubiera intentado era infinitamente mejor que el que nos condujo como por un tobogán a la inmundicia autocrático-militarista que hoy nos tiene en la ruina. Y del que en parte y muy injustamente se le acusa; precisamente por haber hecho todo lo que había que hacer en un país que no soporta dejar el tetero del petróleo por una cucharada de jarabe contra el populismo.

El populismo exhausto

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Pero el tema de este primer recuento –que habrá otros– no es la reelección, con la que personalmente estoy en absoluto desacuerdo. Bajo las coordenadas y tradiciones de la Venezuela caudillesca y subdesarrollada, que es la que hasta hoy impera, toda reelección alimenta nuestros peores defectos, ya ancestrales: fortalece el personalismo, prioriza el presidencialismo, coarta la emergencia de nuevos liderazgos y relativiza la majestad de las instituciones. Un tironeo entre la barbarie de nuestro caudillismo congénito y los anhelos de civilidad que se arrastra desde que nos hiciéramos a la turbulenta aventura de la Independencia. Y que se encuentra tras la catarata de constituciones, palúdicas y enfermizas todas. Salvo la de 1961. Que tampoco resistió los embates del golpismo.

En ese contexto, el tema es el hegemonismo con que nace, nutre y se desarrolla Acción Democrática, desde sus primeros orígenes hasta que pasara a convertirse en el partido más amado y más odiado del país. Sombreando siempre el peor de los peligros: la decadencia y el desprecio, sobre el vacío de la nada, con lo que ese hegemonismo se vuelve extemporáneo y ridículo. El príncipe maquiavélico gramsciano, por ahora un monarca descalzo, que se pavonea en su corte imaginaria sin advertir que ni hay corte ni monarquías. El último vagón de la historia ya desaparece en lontananza.

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No lo cuento yo. Lo cuenta Carlos Andrés Pérez. Ya al final, cuando mentir es la más torpe, la más inicua y la más absurda de las ocurrencias. Un líder despreciado incluso por los suyos que cada día que pasa se eleva en su estatura, por encima de sus errores, pecados y equivocaciones –los reconoce sin ninguna indulgencia por sus propios pecados, y de entre ellos el imperdonable: su populismo–, hasta alcanzar la altura del gran estadista que pudo haber sido si hubiera contado con otro pueblo, en otra circunstancia y con otro partido. “Surgimos con la apariencia de una fuerza hegemónica que produce muchas reacciones en contra. Los partidos que se aparecen después son partidos contra AD, o por desprendimientos de AD. En AD, por reacción, hay una posición contraria a las alianzas; no teníamos con quién aliarnos”.

Fui testigo de la ansiedad con que buscó alianzas. Por lo menos que yo lo haya presenciado, es decir: durante su segundo mandato. Cuando además de incorporar a su gabinete a las mejores cabezas de la izquierda venezolana ilustrada –de Miguelito Rodríguez a Carlos Blanco y de Moisés Naim a Ricardo Hausman– buscó crear un vínculo de privilegios con el MAS tras el concepto de concertación, encontrándose con el brutal rechazo de Teodoro Petkoff y sus huestes, que prisioneros de sus odios y sus rencores trasnochados lo querían en el cadalso. Al que finalmente lo empujaron de la mano de su aviesa contrafigura, Hugo Chávez. Y el maestro de este, Fidel Castro.

Esa búsqueda de alianzas para respaldar su primer gobierno la relata él mismo: “Cuando soy candidato, quiero abrirme a las alianzas, buscar la manera de ampliar el piso político. Dentro del partido no hay ambiente ni nadie ve la necesidad. Libro una intensa batalla para que hagamos alianzas, pero hay una desconfianza fundamental. Rómulo no quiere, Gonzalo (Barrios) no quiere. No les parece.”

Hoy, cuando ya pertenece al olvido y lo que entonces fuera su partido no es más que un reflejo crepuscular, no está de más citar su última apreciación al respecto: “El país necesitaba esa apertura. Pero en AD se mantenía la actitud negativa. Ha sido difícil para AD hacer alianzas. Nació como un partido hegemónico, y quería todos los beneficios para él. Dar una diputación, una concejalía, le cuesta el alma a AD. Así nació y se fortaleció ‘el clientelismo’”. ¡Cómo le costará dar una candidatura presidencial!

Es una visión un tanto estrecha y parcializada a favor de su partido, al que le atribuye todos los dones de lo bueno y de lo malo. Una visión que extrapola la realidad nacional hasta difuminar los contornos de los otros participantes en el tortuoso ajedrez de nuestra modernidad. Sin vislumbrar todavía que la Venezuela de la que habla, y de la que en esas memorias se estaba despidiendo, ha sido arrasada de la faz de la tierra por un vendaval llamada chavismo. Que se lo llevó consigo.

Un movimiento aluvional y caótico que no llegó sin otro propósito que arrasarlo todo. Jamás pensó ni jamás hubiera podido ser algo más que eso: la devastación. ¿Qué nos va quedando?

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Cuando en 1994 Carlos Andrés Pérez le abre su corazón a Roberto Giusti y a Ramón Hernández, vive su annus horribilis: el poder cruzó su línea de sombra y su vida se ha reducido a los mínimos posibles de la memoria, aun fresca, y del claustro, pues se encuentra confinado en La Ahumada. Es el clásico vencido de la historia venezolana en la clásica situación del acorralamiento y el desprecio luego de haber sido adorado, venerado y exaltado hasta el delirio. Como el mismo Bolívar, apartado de un manotazo de sus delirios grandilocuentes por la acción de La Cosiata, que lleva al general Páez al poder y lo empuja a él al destierro. Como el mismo Páez, arrastrado metafóricamente tras sus caballerías. Para volver a montarse en el poder y volver a ser arrojado por los suelos. O como Guzmán Blanco, como Cipriano Castro y los desterrados de Gómez, de López Contreras y Medina Angarita, de Rómulo Betancourt y de Pérez Jiménez y ahora de Hugo Chávez. Que tampoco muere en el poder, si por morir en el poder entendemos morir a cargo de la nave, dueño y señor de Venezuela. Cuando se le rinde el último tributo ya era un despojo sin ton ni son.

Como diría Cohelet, el Predicador: nada nuevo bajo el sol. Pero hay en esas postreras revelaciones algo dramático: pasando por sobre los intentos incomprendidos de corregir de manera radical y profunda el sino del populismo, del clientelismo y del estatismo ancestrales de la Venezuela petrolera, intentando torcer el maleado rumbo del país para convertirlo en una nación de pantalones largos, emancipada y capaz de vivir por su propio esfuerzo –algo que no le perdonaron ni sus propios y más cercanos compañeros de partido; mucho menos sus enemigos de siempre, copeyanos y masistas, comunistas y conservadores; afilados lanza en ristre los llamados notables para despedazarlo en jauría: Caldera, Uslar, Escobar Salom, Rangel Vale– Carlos Andrés Pérez se acusa a sí mismo. Sin ninguna indulgencia, como diciéndose a sí mismo mientras se lo dice a sus interlocutores: “sí, he pecado. Yo he sido el pecador. Yo soy el culpable”.

Su balance suena a responso. “El gran escollo y la gran traba en todo este proceso que iniciamos en 1974 fue que no tuvimos el coraje para tomar la decisión de devaluar la moneda y entrar en el comercio internacional. Debimos haber devaluado. Nos mantuvimos exclusivamente como un país petrolero, sin desmontar la política paternalista… Se requería una audacia que no tuve para devaluar la moneda. En el campo de las reformas de la economía se hizo muy poco. No había el ambiente ni los requerimientos para que se hiciera… Estábamos sumergidos en esa economía proteccionista y paternalista.”

Debe ser doloroso tener que reconocer nuestros más graves pecados cuando esa confesión tardía no sirve ni siquiera de autoconsuelo. Pero más doloroso es que, a veinte años de esas confesiones y a cuarenta de esas vacilaciones existenciales, aun sigamos chapoteando en esa economía proteccionista y paternalista; ahora en la ruina y absolutamente devastada. Sin que de verdad haya crecido una gota la comprensión de nuestros desafíos en la conciencia de nuestras menguadas élites. ¿Habrá algún venezolano auténticamente merecedor del liderazgo capaz de comprender la dramática conminación con que Carlos Andrés Pérez cerraba esas reflexiones? “Las realidades, que son más tercas que las ideas, nos ponen frente a una situación: el petróleo no es suficiente para cubrir una política de mangas anchas, sino que ahora nosotros tenemos que hacer productiva a Venezuela. Debe ser un país exportador”.

¿Habrá quién lo escuche? ¿habrá quién lo comprenda? Dios lo quiera.

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