María Corina y el poder invisible de la esperanza

En hora buena, el daño antropológico sufrido por los venezolanos en su conjunto, a diferencia de quienes aún participan en los remates de cuotas de poder unidos a la buhonería mercaderil emergente en la coyuntura, ha renovado y desprendido una fuerza telúrica e inversa, humanizadora, en toda la geografía recorrida por María Corina

Vuelvo al lúcido ensayo de Pierre Rosanvallon sobre las instituciones invisibles (París, 2024), cómo reconocerlas y pensarlas, pues permiten entender a cabalidad el fenómeno de ruptura histórica que hoy se expresa en el liderazgo modelador de María Corina Machado en Venezuela. Mas que una mujer de Estado, que ya lo es, es la imagen de la nación que a diario se hace, con la mirada en el horizonte.

El tsunami popular provocado por su vuelta a la patria durante el domingo 25 de octubre de este año 2026, sin mediar convocatoria ni gastar palabras, ni arengar a las masas, solo mediando un gesto: “Estoy aquí. Con ustedes”, indica algo de profundidad e intransferible. Es imposible que sea entendido por quienes la miran desde el ángulo de los oficiantes como políticos o de la política como ciencia, y menos todavía por quienes han hecho del territorio venezolano su botín o premio del azar.

No se le permitió ingresar por el aeropuerto internacional de Maiquetía, acaso acompañada por un representante de quien ejerce la tutela del régimen agonizante de los Rodríguez, el Departamento de Estado. Lo hicieron los líderes de 1958 a sus venidas desde el exilio, a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Tras impedírsele repetidamente viajar por pedido del mismo régimen, argumentándose por los servicios de inteligencia norteamericanos y los mercenarios de la corrupción el derrumbe de su imagen y su rechazo por el país, al término aprendió de esa experiencia amarga, se las agenció y decidió transitar por los caminos verdes que la llevaron hasta Barquisimeto.

Su primera escala dice mucho. La Divina Pastora y su iglesia, adonde recala, evoca lo que desde allí ocurre cada año, cada 14 de enero, a saber, el momento en que la misma nación se confunde y se da un alto ―se zafa de la saña y los odios instaurados por las élites políticas y económicas tributarias de la dictadura― para abrazarse, los unos a otros y caminar sobre una senda con distinto derrotero, la esperanza, el creer como necesidad existencial.

Hace presente ese sitio de culto y recogimiento, además, ubicado en el pueblo de Santa Rosa de la capital larense, la histórica homilia del fallecido cardenal Rosalio Castillo Lara, venezolano hasta en los tuétanos, quien ejerció como gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, predicada en 2006: “Cada uno tiene sus problemas personales y estará pensando qué favor pedirle a la Virgen: la curación de un enfermo, la solución de un problema familiar, o cualquier otro. En esta solemne ocasión deseo proponerles que todos juntos le pidamos fervorosamente a la Divina Pastora que salve a Venezuela”.

Mostró María Corina, así, que entiende y se identifica con la esencia de lo que se mueve moviendo en el subterráneo de la conciencia nacional, como lo es la convicción, en todos y en ella, en cuanto a que la cuestión que les embarga es sustantivamente moral y espiritual. Es alcanzar lo que nos es genético y negó la república tutelar durante sus dos centurias de existencia, la libertad, el verdadero protagonismo de la nación.

Mas he aquí, pues, la pobre y miserable exégesis de quienes solo contentos con la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores por Estados Unidos, pretenden asumir de milagrosa la permanencia y prórroga en el poder de los “hermanos mellizos”, Delcy y Jorge, acostumbrados a que las cuotas de poder tienen su precio y se negocian en pública almoneda, incluida la impunidad, la purificación de los crímenes de lesa humanidad.

“La señora Machado cree estar por encima de las instituciones y la Constitución, poniendo fecha para las elecciones presidenciales; solo falta que ponga la hora…  no [tenemos] candidatos a gobernadores ni alcaldes en ningún estado… [estamos] jugando a la paz y al bienestar del país, a que venga la inversión extranjera para que el Estado venezolano se aboque a resolver los problemas”, afirma la narrativa miope, amoral, carente de toda empatía con la gente, con las víctimas e irrespetuosa de la dignidad de estas. La ha proferido un antiguo e innombrable opositor vuelto alacrán, revelando que a él y a quienes como él hacen comandita con los que transformaran a Venezuela en un Estado criminal fallido, apenas les interesa conservar un puesto, incluso irrelevante, en algún municipio o estado, que les asegure sobrevivir bajo un orden integralmente centralizado, militarista y presidencialista como el actual.

María Corina sabe eso. Entiende y es consciente con y junto a la propia nación de esa desviación grave en la política, por lo que las palabras huelgan. Estorban y resultan cínicas cuando media el dolor y el abandono, cuando sobre estos la fe se muestra como el único bálsamo.

¡Estoy aquí, con ustedes!, nos ha dicho. Y le ha bastado al país. Es su gesto invaluable de fraternidad. La expresión de la amiga que, sin esperársela o cuando menos se la espera llega al entierro y callada les da un abrazo a los deudos, prosiguiendo con recato y respeto. Es quien sorprende al enfermo, le visita, le mira a los ojos para comunicarle ¡estoy aquí! Nada más. Es empatía. Es algo muy ajeno al narcisismo digital de las sanguijuelas de la política.

Se encuentra María Corina, lo ha declarado, en las antípodas de los Chávez, de los Maduro, de los Cabello, de los Rodríguez y sus aúlicos; esos que, como lo diría Mariano Rajoy en Política para adultos (2021), “con su falsedades y polarización” siempre han buscado alejarnos de nuestra condición de ciudadanos maduros, prometiendo “un mundo sin límites y sin responsabilidad. Un mundo inexistente”, cuyo daño sobre nuestra convivencia no es ficticio. Y lo sabemos, todos. Pues aquellos, sustituyeron, prostituyéndola, la sana idea de los consensos, destruyéndole a la nación sus certidumbres, polarizando para mejor dominarla, y hacer carreras políticas, volátiles, por cierto, surfeando sobre las “olas de descontento e insatisfacción” generalizados.

La nación que las élites no consiguen comprender

Mientras trabajaba y preparaba María Corina su regreso a la tierra de sus mayores, la que le vio nacer, las élites que cohabitan con el «rodrigato» o que aún aspiran a beneficiarse del mismo, en el marco de su provisionalidad, reincidían en lo que, de mala fe y tocado por el morbo de la corrupción, se le sugirió a la Casa Blanca en vísperas del 3 de enero: ¡A ella no la quieren! Esta vez y hasta ayer insistían en que las encuestas se le derrumbaban. Que se abría un espacio amplio para otro candidato, un outsider.

Lo pletórico e hiperbólico del comportamiento de quienes solo ven a Venezuela como expresión partidaria o de poder, en un neto plano formal, o la estiman como realidad fallida que solo espera de los buitres, permanecen obnubilados de entendimiento. Son aguas de borrajas sus proyectos ―los petroleros y los eléctricos― y mero pasto con el que se alimentan a las redes.

No alcanzan a ver y se les oculta la realidad de la parálisis e incapacidad de ese régimen de facto que intenta prorrogarse y librarse de toda sanción internacional; pero sin aliento ni interés para conducir y reformar a nuestra sociedad, agobiada y agotada por esos autoritarismos ingobernables dispersos y codiciosos, que chocan unos con otros mediando la teatralidad de los aparatos constitucionales y su mesa de negociación. Antes fueron los causahabientes de Hugo Chávez Frías, y ahora lo son los de Nicolás Maduro Moros.

El caso, lo advierte el autor francés a quien he mencionado, es que el andamiaje del poder estatal y republicano ―que cree resolver ante su crisis y desmaterialización mediante transacciones o sincretismos― sigue poniendo de lado al otro universo, sin el que resulta imposible la vida familiar o en sociedad, la participación ciudadana y madura dentro de la plaza pública, hasta para atender las cuestiones que son comunes a todo el país.

Me refiero, justamente, a las instituciones invisibles: la confianza, la ejemplaridad del maestro o la auctoritas patrum como “memoria de los valores”, y la legitimidad. En suma, se trata de volver a la gente, de preferir sus problemas, de interpretar sus aspiraciones o proyectos de vida, de ayudarles a despejar sus prejuicios, de empujarle para que se consolide como nación en conciencia y en voluntad, tras el drama de su diáspora millonaria y sideral.

Conjugar a María Corina desde las categorías partidarias o de la experiencia pervertida de lo político ha sido el error mayúsculo en el que todavía persisten, tozudamente, sus adversarios. Se los traga el encono, desde cuando el pueblo, no ella, les purgó del panorama nacional en las elecciones primarias de 2023.

El no entender el credo sobre el que María Corina ha apuntalado su compromiso de solidaridad con los venezolanos, los llevó sucesivamente a la inesperada derrota que les propinase, a tirios y troyanos, a los del régimen y sus cortesanos, Edmundo González Urrutia, custodio de la soberanía popular desde el 28 de julio de 2024.

No hubo discursos ni promesas, ni ofertas de construcción de plazas públicas o nuevas vías de comunicación, tampoco la oferta de contratos petroleros o dádivas sociales a lo largo de ese trayecto o elipse aleccionadora y casi plebiscitaria, de rescate del espíritu de libertad individual responsable en cada venezolano.

Solo hubo acompañamiento a la nación victimizada por los oficiantes de la política que traicionaron el sentido de lo político, que es servicio desprendido al bien común y, de suyo, concreción del respeto a la dignidad de la persona humana. Se trató, antes bien, de darle la mano al conjunto de la nación para favorecer su reencuentro, el despertar su resiliencia y para que recobrase el sentido de la confianza ante el testimonio leal y la ejemplaridad dado por quienes la convocaban, Machado y González Urrutia.

De modo que, mientras los que piensan en que la dinámica social ancla únicamente sobre la idea de la conveniencia por imperio de un orden eventual de las cosas ―que se cree poder atenderlas desde una mesa que intenta reformar a las instituciones visibles de la república, como su poder electoral o la designación de unos jueces― otros, la mayoría casi total, más perspicaz, sabe y entiende que los andamiajes de los Estados y sus ministerios, así como se encuentran en crisis severa, mal encarnan las aspiraciones de los venezolanos que habitan en el siglo que avanza.

Tras las grandes revoluciones posmodernas de la ciencia, la digital y la de la inteligencia artificial, se ha formado un cosmos radicalmente diferente, una aldea humana, como la profetizase el filósofo y teórico de la comunicación canadiense Marshall McLuhan.

En el interregno, desnudas las sociedades del disfraz de Leviatán que les impuso la modernidad, el Estado nación, encontrándose huérfanas aquellas, agonalmente han buscado como en los grupos primitivos y de pequeñas dimensiones a lo común, dentro de lo similar. Sensiblemente, excluían al resto, al diluirse el sentido de la cooperación entre los diversos, por perderse las certezas y ampliarse la legión de los desconfiados. Así ha sido, hasta la emergencia de María Corina.

Mas sean cuales fueren las interpretaciones al respecto, lo veraz es que, por sobre la pulverización institucional y a la vez social que se inició en Venezuela a partir de 1989, lo peor de la política se entronizó una década más tarde, a partir de 1999. Aceleró las divisiones, estimuló las confrontaciones hasta el punto de inutilizar a la misma fuerza social y hasta los aparatos institucionales que ayer fuesen las palancas del cambio. Ocuparon sus espacios la saña cainita y el morbo desenfadado de la corrupción, que se sigue mostrando con desenfado al lado de la presidenta interina de facto y en sus trasmisiones desde Venezuela.

La confianza como fuente de autoridad y legitimidad de lo político

En hora buena, el daño antropológico sufrido por los venezolanos en su conjunto, a diferencia de quienes aún participan en los remates de cuotas de poder unidos a la buhonería mercaderil emergente en la coyuntura, ha renovado y desprendido una fuerza telúrica e inversa, humanizadora, en toda la geografía recorrida por María Corina.

Es la misma fuerza espiritual que se reafirmó tras el doble terremoto, memorioso de los años 2023 y 2024, cuando el pueblo llano, ahora desgarrado, vuelve a hacer patente su decoro y dignidad. Recobra su resiliencia e iniciativa. Antes controló desde la calle los procesos electorales de los años citados, desafiando al narcorrégimen de Maduro Moros y los Rodríguez, y venciéndolos. Es la fuerza y la ejemplaridad que después se hizo presente en La Guaira, eje de la destrucción sísmica, una vez como se la quiso explotar por los Rodríguez y Diosdado Cabello mediante dádivas clientelares, aprovechándose del sufrimiento desgarrador actuante, ofensivos para las vidas silenciadas, y que fueron rechazadas por los familiares de las víctimas más carenciadas.

El valor insobornable de la lealtad característico de María Corina Machado en su acompañamiento sostenido del pueblo venezolano, situándose a su lado y no al frente ni a la cabeza, sigue facilitando, justamente, su interacción modeladora con esa civitas moral que permanece en diáspora hacia afuera y hacia adentro de Venezuela; que espera del momento propicio para el retorno a la Casa Común y el reencuentro entre las familias separadas por décadas.

La lealtad, cabe destacarlo, es la clave y fuente de la confianza que se construye a lo largo del tiempo y en cada espacio mediante el testimonio. Y es de observar que la desconfianza prende allí en donde media la desinformación o la falta de información, o el engaño o la manipulación o la falsificación de las palabras, cuando se las alteran para restarle significados a los significantes de la comunicación.

Hablar y conducirse conforme a la verdad y sincero afecto hacia la gente, tal como se aprecia tras la reaparición de María Corina, es lo que da como ganancia al bien de la confianza. La lealtad paga, cabe insistir, cuando hay lealtad al pueblo, a la nación y a su voluntad, sin traicionarla ni desfigurarla.

No se trata de la confianza entre los íntimos o cercanos, que se presupone y permanece enclaustrada en el marco de las relaciones inmediatas como las familiares o las de un grupo de activistas, o en los dedicados a las tareas de la ciudadanía. La confianza genuina es algo más sublime y complejo. Nada hace con la forjada al instante o al detal, obra de candidaturas de ocasión, extraña al liderazgo transparente de quien guía y orienta asumiendo para sí la carga mayor. Aligerándola al compartirla con quienes avanza sobre el camino de una utopía posible, la del redescubrimiento de la dignidad a través del ejercicio individual de la libertad responsable, en el marco de la perfectibilidad de lo humano. Tiene un valor eminente la confianza, así, cuando ha lugar entre personas distantes o diferentes en lo personal y en lo geográfico, y quienes desde la distancia que les separa comparten el bien supremo de la libertad.

La nación que somos los venezolanos, que es una misma en su dispersión, emergió para rencontrarse con María Corina, justamente, por confiar en ella. Hizo patente, así, en y con los hechos, que la vanidad prepotente y la insolencia corruptora de los cortesanos de la política y de quienes les proveen de recursos, destruye toda forma de empatía. Y aquélla, María Corina, a la idea de la autoridad formal que causa siempre refracción, opuso la de su testimonio personal. Y he aquí el parteaguas irresoluble.

Mientras los que forman la mesa que en nombre de USA dicen estar resolviendo sobre el destino de Venezuela, pues se le dio poder para ello y, en lo particular, se le ha sostenido el poder a quien es la ocupa del Palacio de Miraflores, María Corina tremola su auctoritas, que es moral.

Construye a lo político como institución social. Se sitúa, diría Rosanvallon, no al lado de la política sino de lo político. La política y su mesa se limita al ejercicio del poder. La auctoritas de María Corina Machado, por bien entendida implica para ella responsabilidad sobre la vida de todos los que a la vez se hacen responsables de sus proyectos de vida. Encarna al porvenir, “afirma la permanencia de una memoria y de una promesa”, que debe traducirse, en el caso de la nación venezolana, exactamente, en memoria, en verdad, y en justicia reparadora.

Como resorte crítico y ético, la legitimidad, esa otra institución inexistente para los oficiantes actuales de la política y que tanto desprecian por creer en el ejercicio perpetuo del poder sin límites ni contrapesos, y con desprecio por el imperio de la ley, cuando mal se la entiende se cree que es la obra de una mayoría circunstancial, repito. Esa que le otorgaría a su beneficiario, que se traga las vergüenzas sin inmutarse y como lo cree, la nuda “propiedad” sobre el poder que busca detentar para usarlo, para tomarlo como ganancia propia.

La legitimidad fidedigna, esa que hemos observado a raíz del final reingreso de María Corina a Venezuela, es “una energía que se libera y viene desde abajo”, tal como se constata.

En suma, solo la nación es capaz de producir una auténtica legalidad constitucional y constituir poderes autónomos e independientes, primeramente, el de la Justicia, en manos de personas no solo competentes sino íntegras, honorables, para que sean confiables, acatados y respetados; a fin de que cuenten estabilidad, sin deserciones sociales, por capaces de asegurar el bienestar colectivo. Y cuyos yerros posibles, de consiguiente, pueda asumirlos la nación con madurez ciudadana, sin escapismos infantiles. La política, que debe aportar certidumbres en tiempos de zozobra, lo recuerda Rajoy, es “para adultos”. Es decir, no es para mayores ni para viejos, “es la hecha por personas responsables para ciudadanos igualmente responsables, sea cual sea su edad”.

 correoaustral@gmail.com | @asdrubalaguiar

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

En hora buena, el daño antropológico sufrido por los venezolanos en su conjunto, a diferencia de quienes aún participan en los remates de cuotas de poder unidos a la buhonería mercaderil emergente en la coyuntura, ha renovado y desprendido una fuerza telúrica e inversa, humanizadora, en toda la geografía recorrida por María Corina

Vuelvo al lúcido ensayo de Pierre Rosanvallon sobre las instituciones invisibles (París, 2024), cómo reconocerlas y pensarlas, pues permiten entender a cabalidad el fenómeno de ruptura histórica que hoy se expresa en el liderazgo modelador de María Corina Machado en Venezuela. Mas que una mujer de Estado, que ya lo es, es la imagen de la nación que a diario se hace, con la mirada en el horizonte.

El tsunami popular provocado por su vuelta a la patria durante el domingo 25 de octubre de este año 2026, sin mediar convocatoria ni gastar palabras, ni arengar a las masas, solo mediando un gesto: “Estoy aquí. Con ustedes”, indica algo de profundidad e intransferible. Es imposible que sea entendido por quienes la miran desde el ángulo de los oficiantes como políticos o de la política como ciencia, y menos todavía por quienes han hecho del territorio venezolano su botín o premio del azar.

No se le permitió ingresar por el aeropuerto internacional de Maiquetía, acaso acompañada por un representante de quien ejerce la tutela del régimen agonizante de los Rodríguez, el Departamento de Estado. Lo hicieron los líderes de 1958 a sus venidas desde el exilio, a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Tras impedírsele repetidamente viajar por pedido del mismo régimen, argumentándose por los servicios de inteligencia norteamericanos y los mercenarios de la corrupción el derrumbe de su imagen y su rechazo por el país, al término aprendió de esa experiencia amarga, se las agenció y decidió transitar por los caminos verdes que la llevaron hasta Barquisimeto.

Su primera escala dice mucho. La Divina Pastora y su iglesia, adonde recala, evoca lo que desde allí ocurre cada año, cada 14 de enero, a saber, el momento en que la misma nación se confunde y se da un alto ―se zafa de la saña y los odios instaurados por las élites políticas y económicas tributarias de la dictadura― para abrazarse, los unos a otros y caminar sobre una senda con distinto derrotero, la esperanza, el creer como necesidad existencial.

Hace presente ese sitio de culto y recogimiento, además, ubicado en el pueblo de Santa Rosa de la capital larense, la histórica homilia del fallecido cardenal Rosalio Castillo Lara, venezolano hasta en los tuétanos, quien ejerció como gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, predicada en 2006: “Cada uno tiene sus problemas personales y estará pensando qué favor pedirle a la Virgen: la curación de un enfermo, la solución de un problema familiar, o cualquier otro. En esta solemne ocasión deseo proponerles que todos juntos le pidamos fervorosamente a la Divina Pastora que salve a Venezuela”.

Mostró María Corina, así, que entiende y se identifica con la esencia de lo que se mueve moviendo en el subterráneo de la conciencia nacional, como lo es la convicción, en todos y en ella, en cuanto a que la cuestión que les embarga es sustantivamente moral y espiritual. Es alcanzar lo que nos es genético y negó la república tutelar durante sus dos centurias de existencia, la libertad, el verdadero protagonismo de la nación.

Mas he aquí, pues, la pobre y miserable exégesis de quienes solo contentos con la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores por Estados Unidos, pretenden asumir de milagrosa la permanencia y prórroga en el poder de los “hermanos mellizos”, Delcy y Jorge, acostumbrados a que las cuotas de poder tienen su precio y se negocian en pública almoneda, incluida la impunidad, la purificación de los crímenes de lesa humanidad.

“La señora Machado cree estar por encima de las instituciones y la Constitución, poniendo fecha para las elecciones presidenciales; solo falta que ponga la hora…  no [tenemos] candidatos a gobernadores ni alcaldes en ningún estado… [estamos] jugando a la paz y al bienestar del país, a que venga la inversión extranjera para que el Estado venezolano se aboque a resolver los problemas”, afirma la narrativa miope, amoral, carente de toda empatía con la gente, con las víctimas e irrespetuosa de la dignidad de estas. La ha proferido un antiguo e innombrable opositor vuelto alacrán, revelando que a él y a quienes como él hacen comandita con los que transformaran a Venezuela en un Estado criminal fallido, apenas les interesa conservar un puesto, incluso irrelevante, en algún municipio o estado, que les asegure sobrevivir bajo un orden integralmente centralizado, militarista y presidencialista como el actual.

María Corina sabe eso. Entiende y es consciente con y junto a la propia nación de esa desviación grave en la política, por lo que las palabras huelgan. Estorban y resultan cínicas cuando media el dolor y el abandono, cuando sobre estos la fe se muestra como el único bálsamo.

¡Estoy aquí, con ustedes!, nos ha dicho. Y le ha bastado al país. Es su gesto invaluable de fraternidad. La expresión de la amiga que, sin esperársela o cuando menos se la espera llega al entierro y callada les da un abrazo a los deudos, prosiguiendo con recato y respeto. Es quien sorprende al enfermo, le visita, le mira a los ojos para comunicarle ¡estoy aquí! Nada más. Es empatía. Es algo muy ajeno al narcisismo digital de las sanguijuelas de la política.

Se encuentra María Corina, lo ha declarado, en las antípodas de los Chávez, de los Maduro, de los Cabello, de los Rodríguez y sus aúlicos; esos que, como lo diría Mariano Rajoy en Política para adultos (2021), “con su falsedades y polarización” siempre han buscado alejarnos de nuestra condición de ciudadanos maduros, prometiendo “un mundo sin límites y sin responsabilidad. Un mundo inexistente”, cuyo daño sobre nuestra convivencia no es ficticio. Y lo sabemos, todos. Pues aquellos, sustituyeron, prostituyéndola, la sana idea de los consensos, destruyéndole a la nación sus certidumbres, polarizando para mejor dominarla, y hacer carreras políticas, volátiles, por cierto, surfeando sobre las “olas de descontento e insatisfacción” generalizados.

La nación que las élites no consiguen comprender

Mientras trabajaba y preparaba María Corina su regreso a la tierra de sus mayores, la que le vio nacer, las élites que cohabitan con el «rodrigato» o que aún aspiran a beneficiarse del mismo, en el marco de su provisionalidad, reincidían en lo que, de mala fe y tocado por el morbo de la corrupción, se le sugirió a la Casa Blanca en vísperas del 3 de enero: ¡A ella no la quieren! Esta vez y hasta ayer insistían en que las encuestas se le derrumbaban. Que se abría un espacio amplio para otro candidato, un outsider.

Lo pletórico e hiperbólico del comportamiento de quienes solo ven a Venezuela como expresión partidaria o de poder, en un neto plano formal, o la estiman como realidad fallida que solo espera de los buitres, permanecen obnubilados de entendimiento. Son aguas de borrajas sus proyectos ―los petroleros y los eléctricos― y mero pasto con el que se alimentan a las redes.

No alcanzan a ver y se les oculta la realidad de la parálisis e incapacidad de ese régimen de facto que intenta prorrogarse y librarse de toda sanción internacional; pero sin aliento ni interés para conducir y reformar a nuestra sociedad, agobiada y agotada por esos autoritarismos ingobernables dispersos y codiciosos, que chocan unos con otros mediando la teatralidad de los aparatos constitucionales y su mesa de negociación. Antes fueron los causahabientes de Hugo Chávez Frías, y ahora lo son los de Nicolás Maduro Moros.

El caso, lo advierte el autor francés a quien he mencionado, es que el andamiaje del poder estatal y republicano ―que cree resolver ante su crisis y desmaterialización mediante transacciones o sincretismos― sigue poniendo de lado al otro universo, sin el que resulta imposible la vida familiar o en sociedad, la participación ciudadana y madura dentro de la plaza pública, hasta para atender las cuestiones que son comunes a todo el país.

Me refiero, justamente, a las instituciones invisibles: la confianza, la ejemplaridad del maestro o la auctoritas patrum como “memoria de los valores”, y la legitimidad. En suma, se trata de volver a la gente, de preferir sus problemas, de interpretar sus aspiraciones o proyectos de vida, de ayudarles a despejar sus prejuicios, de empujarle para que se consolide como nación en conciencia y en voluntad, tras el drama de su diáspora millonaria y sideral.

Conjugar a María Corina desde las categorías partidarias o de la experiencia pervertida de lo político ha sido el error mayúsculo en el que todavía persisten, tozudamente, sus adversarios. Se los traga el encono, desde cuando el pueblo, no ella, les purgó del panorama nacional en las elecciones primarias de 2023.

El no entender el credo sobre el que María Corina ha apuntalado su compromiso de solidaridad con los venezolanos, los llevó sucesivamente a la inesperada derrota que les propinase, a tirios y troyanos, a los del régimen y sus cortesanos, Edmundo González Urrutia, custodio de la soberanía popular desde el 28 de julio de 2024.

No hubo discursos ni promesas, ni ofertas de construcción de plazas públicas o nuevas vías de comunicación, tampoco la oferta de contratos petroleros o dádivas sociales a lo largo de ese trayecto o elipse aleccionadora y casi plebiscitaria, de rescate del espíritu de libertad individual responsable en cada venezolano.

Solo hubo acompañamiento a la nación victimizada por los oficiantes de la política que traicionaron el sentido de lo político, que es servicio desprendido al bien común y, de suyo, concreción del respeto a la dignidad de la persona humana. Se trató, antes bien, de darle la mano al conjunto de la nación para favorecer su reencuentro, el despertar su resiliencia y para que recobrase el sentido de la confianza ante el testimonio leal y la ejemplaridad dado por quienes la convocaban, Machado y González Urrutia.

De modo que, mientras los que piensan en que la dinámica social ancla únicamente sobre la idea de la conveniencia por imperio de un orden eventual de las cosas ―que se cree poder atenderlas desde una mesa que intenta reformar a las instituciones visibles de la república, como su poder electoral o la designación de unos jueces― otros, la mayoría casi total, más perspicaz, sabe y entiende que los andamiajes de los Estados y sus ministerios, así como se encuentran en crisis severa, mal encarnan las aspiraciones de los venezolanos que habitan en el siglo que avanza.

Tras las grandes revoluciones posmodernas de la ciencia, la digital y la de la inteligencia artificial, se ha formado un cosmos radicalmente diferente, una aldea humana, como la profetizase el filósofo y teórico de la comunicación canadiense Marshall McLuhan.

En el interregno, desnudas las sociedades del disfraz de Leviatán que les impuso la modernidad, el Estado nación, encontrándose huérfanas aquellas, agonalmente han buscado como en los grupos primitivos y de pequeñas dimensiones a lo común, dentro de lo similar. Sensiblemente, excluían al resto, al diluirse el sentido de la cooperación entre los diversos, por perderse las certezas y ampliarse la legión de los desconfiados. Así ha sido, hasta la emergencia de María Corina.

Mas sean cuales fueren las interpretaciones al respecto, lo veraz es que, por sobre la pulverización institucional y a la vez social que se inició en Venezuela a partir de 1989, lo peor de la política se entronizó una década más tarde, a partir de 1999. Aceleró las divisiones, estimuló las confrontaciones hasta el punto de inutilizar a la misma fuerza social y hasta los aparatos institucionales que ayer fuesen las palancas del cambio. Ocuparon sus espacios la saña cainita y el morbo desenfadado de la corrupción, que se sigue mostrando con desenfado al lado de la presidenta interina de facto y en sus trasmisiones desde Venezuela.

La confianza como fuente de autoridad y legitimidad de lo político

En hora buena, el daño antropológico sufrido por los venezolanos en su conjunto, a diferencia de quienes aún participan en los remates de cuotas de poder unidos a la buhonería mercaderil emergente en la coyuntura, ha renovado y desprendido una fuerza telúrica e inversa, humanizadora, en toda la geografía recorrida por María Corina.

Es la misma fuerza espiritual que se reafirmó tras el doble terremoto, memorioso de los años 2023 y 2024, cuando el pueblo llano, ahora desgarrado, vuelve a hacer patente su decoro y dignidad. Recobra su resiliencia e iniciativa. Antes controló desde la calle los procesos electorales de los años citados, desafiando al narcorrégimen de Maduro Moros y los Rodríguez, y venciéndolos. Es la fuerza y la ejemplaridad que después se hizo presente en La Guaira, eje de la destrucción sísmica, una vez como se la quiso explotar por los Rodríguez y Diosdado Cabello mediante dádivas clientelares, aprovechándose del sufrimiento desgarrador actuante, ofensivos para las vidas silenciadas, y que fueron rechazadas por los familiares de las víctimas más carenciadas.

El valor insobornable de la lealtad característico de María Corina Machado en su acompañamiento sostenido del pueblo venezolano, situándose a su lado y no al frente ni a la cabeza, sigue facilitando, justamente, su interacción modeladora con esa civitas moral que permanece en diáspora hacia afuera y hacia adentro de Venezuela; que espera del momento propicio para el retorno a la Casa Común y el reencuentro entre las familias separadas por décadas.

La lealtad, cabe destacarlo, es la clave y fuente de la confianza que se construye a lo largo del tiempo y en cada espacio mediante el testimonio. Y es de observar que la desconfianza prende allí en donde media la desinformación o la falta de información, o el engaño o la manipulación o la falsificación de las palabras, cuando se las alteran para restarle significados a los significantes de la comunicación.

Hablar y conducirse conforme a la verdad y sincero afecto hacia la gente, tal como se aprecia tras la reaparición de María Corina, es lo que da como ganancia al bien de la confianza. La lealtad paga, cabe insistir, cuando hay lealtad al pueblo, a la nación y a su voluntad, sin traicionarla ni desfigurarla.

No se trata de la confianza entre los íntimos o cercanos, que se presupone y permanece enclaustrada en el marco de las relaciones inmediatas como las familiares o las de un grupo de activistas, o en los dedicados a las tareas de la ciudadanía. La confianza genuina es algo más sublime y complejo. Nada hace con la forjada al instante o al detal, obra de candidaturas de ocasión, extraña al liderazgo transparente de quien guía y orienta asumiendo para sí la carga mayor. Aligerándola al compartirla con quienes avanza sobre el camino de una utopía posible, la del redescubrimiento de la dignidad a través del ejercicio individual de la libertad responsable, en el marco de la perfectibilidad de lo humano. Tiene un valor eminente la confianza, así, cuando ha lugar entre personas distantes o diferentes en lo personal y en lo geográfico, y quienes desde la distancia que les separa comparten el bien supremo de la libertad.

La nación que somos los venezolanos, que es una misma en su dispersión, emergió para rencontrarse con María Corina, justamente, por confiar en ella. Hizo patente, así, en y con los hechos, que la vanidad prepotente y la insolencia corruptora de los cortesanos de la política y de quienes les proveen de recursos, destruye toda forma de empatía. Y aquélla, María Corina, a la idea de la autoridad formal que causa siempre refracción, opuso la de su testimonio personal. Y he aquí el parteaguas irresoluble.

Mientras los que forman la mesa que en nombre de USA dicen estar resolviendo sobre el destino de Venezuela, pues se le dio poder para ello y, en lo particular, se le ha sostenido el poder a quien es la ocupa del Palacio de Miraflores, María Corina tremola su auctoritas, que es moral.

Construye a lo político como institución social. Se sitúa, diría Rosanvallon, no al lado de la política sino de lo político. La política y su mesa se limita al ejercicio del poder. La auctoritas de María Corina Machado, por bien entendida implica para ella responsabilidad sobre la vida de todos los que a la vez se hacen responsables de sus proyectos de vida. Encarna al porvenir, “afirma la permanencia de una memoria y de una promesa”, que debe traducirse, en el caso de la nación venezolana, exactamente, en memoria, en verdad, y en justicia reparadora.

Como resorte crítico y ético, la legitimidad, esa otra institución inexistente para los oficiantes actuales de la política y que tanto desprecian por creer en el ejercicio perpetuo del poder sin límites ni contrapesos, y con desprecio por el imperio de la ley, cuando mal se la entiende se cree que es la obra de una mayoría circunstancial, repito. Esa que le otorgaría a su beneficiario, que se traga las vergüenzas sin inmutarse y como lo cree, la nuda “propiedad” sobre el poder que busca detentar para usarlo, para tomarlo como ganancia propia.

La legitimidad fidedigna, esa que hemos observado a raíz del final reingreso de María Corina a Venezuela, es “una energía que se libera y viene desde abajo”, tal como se constata.

En suma, solo la nación es capaz de producir una auténtica legalidad constitucional y constituir poderes autónomos e independientes, primeramente, el de la Justicia, en manos de personas no solo competentes sino íntegras, honorables, para que sean confiables, acatados y respetados; a fin de que cuenten estabilidad, sin deserciones sociales, por capaces de asegurar el bienestar colectivo. Y cuyos yerros posibles, de consiguiente, pueda asumirlos la nación con madurez ciudadana, sin escapismos infantiles. La política, que debe aportar certidumbres en tiempos de zozobra, lo recuerda Rajoy, es “para adultos”. Es decir, no es para mayores ni para viejos, “es la hecha por personas responsables para ciudadanos igualmente responsables, sea cual sea su edad”.

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Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La legitimidad fidedigna, esa que hemos observado a raíz del final reingreso de María Corina a Venezuela, es “una energía que se libera y viene desde abajo”, tal como se constata...”
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En hora buena, el daño antropológico sufrido por los venezolanos en su conjunto, a diferencia de quienes aún participan en los remates de cuotas de poder unidos a la buhonería mercaderil emergente en la coyuntura, ha renovado y desprendido una fuerza telúrica e inversa, humanizadora, en toda la geografía recorrida por María Corina

Vuelvo al lúcido ensayo de Pierre Rosanvallon sobre las instituciones invisibles (París, 2024), cómo reconocerlas y pensarlas, pues permiten entender a cabalidad el fenómeno de ruptura histórica que hoy se expresa en el liderazgo modelador de María Corina Machado en Venezuela. Mas que una mujer de Estado, que ya lo es, es la imagen de la nación que a diario se hace, con la mirada en el horizonte.

El tsunami popular provocado por su vuelta a la patria durante el domingo 25 de octubre de este año 2026, sin mediar convocatoria ni gastar palabras, ni arengar a las masas, solo mediando un gesto: “Estoy aquí. Con ustedes”, indica algo de profundidad e intransferible. Es imposible que sea entendido por quienes la miran desde el ángulo de los oficiantes como políticos o de la política como ciencia, y menos todavía por quienes han hecho del territorio venezolano su botín o premio del azar.

No se le permitió ingresar por el aeropuerto internacional de Maiquetía, acaso acompañada por un representante de quien ejerce la tutela del régimen agonizante de los Rodríguez, el Departamento de Estado. Lo hicieron los líderes de 1958 a sus venidas desde el exilio, a la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Tras impedírsele repetidamente viajar por pedido del mismo régimen, argumentándose por los servicios de inteligencia norteamericanos y los mercenarios de la corrupción el derrumbe de su imagen y su rechazo por el país, al término aprendió de esa experiencia amarga, se las agenció y decidió transitar por los caminos verdes que la llevaron hasta Barquisimeto.

Su primera escala dice mucho. La Divina Pastora y su iglesia, adonde recala, evoca lo que desde allí ocurre cada año, cada 14 de enero, a saber, el momento en que la misma nación se confunde y se da un alto ―se zafa de la saña y los odios instaurados por las élites políticas y económicas tributarias de la dictadura― para abrazarse, los unos a otros y caminar sobre una senda con distinto derrotero, la esperanza, el creer como necesidad existencial.

Hace presente ese sitio de culto y recogimiento, además, ubicado en el pueblo de Santa Rosa de la capital larense, la histórica homilia del fallecido cardenal Rosalio Castillo Lara, venezolano hasta en los tuétanos, quien ejerció como gobernador del Estado de la Ciudad del Vaticano, predicada en 2006: “Cada uno tiene sus problemas personales y estará pensando qué favor pedirle a la Virgen: la curación de un enfermo, la solución de un problema familiar, o cualquier otro. En esta solemne ocasión deseo proponerles que todos juntos le pidamos fervorosamente a la Divina Pastora que salve a Venezuela”.

Mostró María Corina, así, que entiende y se identifica con la esencia de lo que se mueve moviendo en el subterráneo de la conciencia nacional, como lo es la convicción, en todos y en ella, en cuanto a que la cuestión que les embarga es sustantivamente moral y espiritual. Es alcanzar lo que nos es genético y negó la república tutelar durante sus dos centurias de existencia, la libertad, el verdadero protagonismo de la nación.

Mas he aquí, pues, la pobre y miserable exégesis de quienes solo contentos con la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores por Estados Unidos, pretenden asumir de milagrosa la permanencia y prórroga en el poder de los “hermanos mellizos”, Delcy y Jorge, acostumbrados a que las cuotas de poder tienen su precio y se negocian en pública almoneda, incluida la impunidad, la purificación de los crímenes de lesa humanidad.

“La señora Machado cree estar por encima de las instituciones y la Constitución, poniendo fecha para las elecciones presidenciales; solo falta que ponga la hora…  no [tenemos] candidatos a gobernadores ni alcaldes en ningún estado… [estamos] jugando a la paz y al bienestar del país, a que venga la inversión extranjera para que el Estado venezolano se aboque a resolver los problemas”, afirma la narrativa miope, amoral, carente de toda empatía con la gente, con las víctimas e irrespetuosa de la dignidad de estas. La ha proferido un antiguo e innombrable opositor vuelto alacrán, revelando que a él y a quienes como él hacen comandita con los que transformaran a Venezuela en un Estado criminal fallido, apenas les interesa conservar un puesto, incluso irrelevante, en algún municipio o estado, que les asegure sobrevivir bajo un orden integralmente centralizado, militarista y presidencialista como el actual.

María Corina sabe eso. Entiende y es consciente con y junto a la propia nación de esa desviación grave en la política, por lo que las palabras huelgan. Estorban y resultan cínicas cuando media el dolor y el abandono, cuando sobre estos la fe se muestra como el único bálsamo.

¡Estoy aquí, con ustedes!, nos ha dicho. Y le ha bastado al país. Es su gesto invaluable de fraternidad. La expresión de la amiga que, sin esperársela o cuando menos se la espera llega al entierro y callada les da un abrazo a los deudos, prosiguiendo con recato y respeto. Es quien sorprende al enfermo, le visita, le mira a los ojos para comunicarle ¡estoy aquí! Nada más. Es empatía. Es algo muy ajeno al narcisismo digital de las sanguijuelas de la política.

Se encuentra María Corina, lo ha declarado, en las antípodas de los Chávez, de los Maduro, de los Cabello, de los Rodríguez y sus aúlicos; esos que, como lo diría Mariano Rajoy en Política para adultos (2021), “con su falsedades y polarización” siempre han buscado alejarnos de nuestra condición de ciudadanos maduros, prometiendo “un mundo sin límites y sin responsabilidad. Un mundo inexistente”, cuyo daño sobre nuestra convivencia no es ficticio. Y lo sabemos, todos. Pues aquellos, sustituyeron, prostituyéndola, la sana idea de los consensos, destruyéndole a la nación sus certidumbres, polarizando para mejor dominarla, y hacer carreras políticas, volátiles, por cierto, surfeando sobre las “olas de descontento e insatisfacción” generalizados.

La nación que las élites no consiguen comprender

Mientras trabajaba y preparaba María Corina su regreso a la tierra de sus mayores, la que le vio nacer, las élites que cohabitan con el «rodrigato» o que aún aspiran a beneficiarse del mismo, en el marco de su provisionalidad, reincidían en lo que, de mala fe y tocado por el morbo de la corrupción, se le sugirió a la Casa Blanca en vísperas del 3 de enero: ¡A ella no la quieren! Esta vez y hasta ayer insistían en que las encuestas se le derrumbaban. Que se abría un espacio amplio para otro candidato, un outsider.

Lo pletórico e hiperbólico del comportamiento de quienes solo ven a Venezuela como expresión partidaria o de poder, en un neto plano formal, o la estiman como realidad fallida que solo espera de los buitres, permanecen obnubilados de entendimiento. Son aguas de borrajas sus proyectos ―los petroleros y los eléctricos― y mero pasto con el que se alimentan a las redes.

No alcanzan a ver y se les oculta la realidad de la parálisis e incapacidad de ese régimen de facto que intenta prorrogarse y librarse de toda sanción internacional; pero sin aliento ni interés para conducir y reformar a nuestra sociedad, agobiada y agotada por esos autoritarismos ingobernables dispersos y codiciosos, que chocan unos con otros mediando la teatralidad de los aparatos constitucionales y su mesa de negociación. Antes fueron los causahabientes de Hugo Chávez Frías, y ahora lo son los de Nicolás Maduro Moros.

El caso, lo advierte el autor francés a quien he mencionado, es que el andamiaje del poder estatal y republicano ―que cree resolver ante su crisis y desmaterialización mediante transacciones o sincretismos― sigue poniendo de lado al otro universo, sin el que resulta imposible la vida familiar o en sociedad, la participación ciudadana y madura dentro de la plaza pública, hasta para atender las cuestiones que son comunes a todo el país.

Me refiero, justamente, a las instituciones invisibles: la confianza, la ejemplaridad del maestro o la auctoritas patrum como “memoria de los valores”, y la legitimidad. En suma, se trata de volver a la gente, de preferir sus problemas, de interpretar sus aspiraciones o proyectos de vida, de ayudarles a despejar sus prejuicios, de empujarle para que se consolide como nación en conciencia y en voluntad, tras el drama de su diáspora millonaria y sideral.

Conjugar a María Corina desde las categorías partidarias o de la experiencia pervertida de lo político ha sido el error mayúsculo en el que todavía persisten, tozudamente, sus adversarios. Se los traga el encono, desde cuando el pueblo, no ella, les purgó del panorama nacional en las elecciones primarias de 2023.

El no entender el credo sobre el que María Corina ha apuntalado su compromiso de solidaridad con los venezolanos, los llevó sucesivamente a la inesperada derrota que les propinase, a tirios y troyanos, a los del régimen y sus cortesanos, Edmundo González Urrutia, custodio de la soberanía popular desde el 28 de julio de 2024.

No hubo discursos ni promesas, ni ofertas de construcción de plazas públicas o nuevas vías de comunicación, tampoco la oferta de contratos petroleros o dádivas sociales a lo largo de ese trayecto o elipse aleccionadora y casi plebiscitaria, de rescate del espíritu de libertad individual responsable en cada venezolano.

Solo hubo acompañamiento a la nación victimizada por los oficiantes de la política que traicionaron el sentido de lo político, que es servicio desprendido al bien común y, de suyo, concreción del respeto a la dignidad de la persona humana. Se trató, antes bien, de darle la mano al conjunto de la nación para favorecer su reencuentro, el despertar su resiliencia y para que recobrase el sentido de la confianza ante el testimonio leal y la ejemplaridad dado por quienes la convocaban, Machado y González Urrutia.

De modo que, mientras los que piensan en que la dinámica social ancla únicamente sobre la idea de la conveniencia por imperio de un orden eventual de las cosas ―que se cree poder atenderlas desde una mesa que intenta reformar a las instituciones visibles de la república, como su poder electoral o la designación de unos jueces― otros, la mayoría casi total, más perspicaz, sabe y entiende que los andamiajes de los Estados y sus ministerios, así como se encuentran en crisis severa, mal encarnan las aspiraciones de los venezolanos que habitan en el siglo que avanza.

Tras las grandes revoluciones posmodernas de la ciencia, la digital y la de la inteligencia artificial, se ha formado un cosmos radicalmente diferente, una aldea humana, como la profetizase el filósofo y teórico de la comunicación canadiense Marshall McLuhan.

En el interregno, desnudas las sociedades del disfraz de Leviatán que les impuso la modernidad, el Estado nación, encontrándose huérfanas aquellas, agonalmente han buscado como en los grupos primitivos y de pequeñas dimensiones a lo común, dentro de lo similar. Sensiblemente, excluían al resto, al diluirse el sentido de la cooperación entre los diversos, por perderse las certezas y ampliarse la legión de los desconfiados. Así ha sido, hasta la emergencia de María Corina.

Mas sean cuales fueren las interpretaciones al respecto, lo veraz es que, por sobre la pulverización institucional y a la vez social que se inició en Venezuela a partir de 1989, lo peor de la política se entronizó una década más tarde, a partir de 1999. Aceleró las divisiones, estimuló las confrontaciones hasta el punto de inutilizar a la misma fuerza social y hasta los aparatos institucionales que ayer fuesen las palancas del cambio. Ocuparon sus espacios la saña cainita y el morbo desenfadado de la corrupción, que se sigue mostrando con desenfado al lado de la presidenta interina de facto y en sus trasmisiones desde Venezuela.

La confianza como fuente de autoridad y legitimidad de lo político

En hora buena, el daño antropológico sufrido por los venezolanos en su conjunto, a diferencia de quienes aún participan en los remates de cuotas de poder unidos a la buhonería mercaderil emergente en la coyuntura, ha renovado y desprendido una fuerza telúrica e inversa, humanizadora, en toda la geografía recorrida por María Corina.

Es la misma fuerza espiritual que se reafirmó tras el doble terremoto, memorioso de los años 2023 y 2024, cuando el pueblo llano, ahora desgarrado, vuelve a hacer patente su decoro y dignidad. Recobra su resiliencia e iniciativa. Antes controló desde la calle los procesos electorales de los años citados, desafiando al narcorrégimen de Maduro Moros y los Rodríguez, y venciéndolos. Es la fuerza y la ejemplaridad que después se hizo presente en La Guaira, eje de la destrucción sísmica, una vez como se la quiso explotar por los Rodríguez y Diosdado Cabello mediante dádivas clientelares, aprovechándose del sufrimiento desgarrador actuante, ofensivos para las vidas silenciadas, y que fueron rechazadas por los familiares de las víctimas más carenciadas.

El valor insobornable de la lealtad característico de María Corina Machado en su acompañamiento sostenido del pueblo venezolano, situándose a su lado y no al frente ni a la cabeza, sigue facilitando, justamente, su interacción modeladora con esa civitas moral que permanece en diáspora hacia afuera y hacia adentro de Venezuela; que espera del momento propicio para el retorno a la Casa Común y el reencuentro entre las familias separadas por décadas.

La lealtad, cabe destacarlo, es la clave y fuente de la confianza que se construye a lo largo del tiempo y en cada espacio mediante el testimonio. Y es de observar que la desconfianza prende allí en donde media la desinformación o la falta de información, o el engaño o la manipulación o la falsificación de las palabras, cuando se las alteran para restarle significados a los significantes de la comunicación.

Hablar y conducirse conforme a la verdad y sincero afecto hacia la gente, tal como se aprecia tras la reaparición de María Corina, es lo que da como ganancia al bien de la confianza. La lealtad paga, cabe insistir, cuando hay lealtad al pueblo, a la nación y a su voluntad, sin traicionarla ni desfigurarla.

No se trata de la confianza entre los íntimos o cercanos, que se presupone y permanece enclaustrada en el marco de las relaciones inmediatas como las familiares o las de un grupo de activistas, o en los dedicados a las tareas de la ciudadanía. La confianza genuina es algo más sublime y complejo. Nada hace con la forjada al instante o al detal, obra de candidaturas de ocasión, extraña al liderazgo transparente de quien guía y orienta asumiendo para sí la carga mayor. Aligerándola al compartirla con quienes avanza sobre el camino de una utopía posible, la del redescubrimiento de la dignidad a través del ejercicio individual de la libertad responsable, en el marco de la perfectibilidad de lo humano. Tiene un valor eminente la confianza, así, cuando ha lugar entre personas distantes o diferentes en lo personal y en lo geográfico, y quienes desde la distancia que les separa comparten el bien supremo de la libertad.

La nación que somos los venezolanos, que es una misma en su dispersión, emergió para rencontrarse con María Corina, justamente, por confiar en ella. Hizo patente, así, en y con los hechos, que la vanidad prepotente y la insolencia corruptora de los cortesanos de la política y de quienes les proveen de recursos, destruye toda forma de empatía. Y aquélla, María Corina, a la idea de la autoridad formal que causa siempre refracción, opuso la de su testimonio personal. Y he aquí el parteaguas irresoluble.

Mientras los que forman la mesa que en nombre de USA dicen estar resolviendo sobre el destino de Venezuela, pues se le dio poder para ello y, en lo particular, se le ha sostenido el poder a quien es la ocupa del Palacio de Miraflores, María Corina tremola su auctoritas, que es moral.

Construye a lo político como institución social. Se sitúa, diría Rosanvallon, no al lado de la política sino de lo político. La política y su mesa se limita al ejercicio del poder. La auctoritas de María Corina Machado, por bien entendida implica para ella responsabilidad sobre la vida de todos los que a la vez se hacen responsables de sus proyectos de vida. Encarna al porvenir, “afirma la permanencia de una memoria y de una promesa”, que debe traducirse, en el caso de la nación venezolana, exactamente, en memoria, en verdad, y en justicia reparadora.

Como resorte crítico y ético, la legitimidad, esa otra institución inexistente para los oficiantes actuales de la política y que tanto desprecian por creer en el ejercicio perpetuo del poder sin límites ni contrapesos, y con desprecio por el imperio de la ley, cuando mal se la entiende se cree que es la obra de una mayoría circunstancial, repito. Esa que le otorgaría a su beneficiario, que se traga las vergüenzas sin inmutarse y como lo cree, la nuda “propiedad” sobre el poder que busca detentar para usarlo, para tomarlo como ganancia propia.

La legitimidad fidedigna, esa que hemos observado a raíz del final reingreso de María Corina a Venezuela, es “una energía que se libera y viene desde abajo”, tal como se constata.

En suma, solo la nación es capaz de producir una auténtica legalidad constitucional y constituir poderes autónomos e independientes, primeramente, el de la Justicia, en manos de personas no solo competentes sino íntegras, honorables, para que sean confiables, acatados y respetados; a fin de que cuenten estabilidad, sin deserciones sociales, por capaces de asegurar el bienestar colectivo. Y cuyos yerros posibles, de consiguiente, pueda asumirlos la nación con madurez ciudadana, sin escapismos infantiles. La política, que debe aportar certidumbres en tiempos de zozobra, lo recuerda Rajoy, es “para adultos”. Es decir, no es para mayores ni para viejos, “es la hecha por personas responsables para ciudadanos igualmente responsables, sea cual sea su edad”.

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