Caracas desbordada: el regreso de María Corina

—¡Llegó María Corina! ¡Llegó María Corina!  —gritan dos señoras al unísono desde el balcón de un edificio residencial en la avenida principal de Colinas de Bello Monte, una urbanización de clase media al este de Caracas. Una de ellas saca una bandera de Venezuela que ondea con su mano derecha. El reloj marca las 11:50 de la mañana de un día soleado del domingo 25 de octubre de 2026, con el cerro Ávila despejado de nubes. 

Unos minutos después, unos carros circulan en caravana desde el elevado de Las Mercedes en dirección a Bello Monte. Sus conductores tocan las cornetas sin parar en lo que parece ser una celebración colectiva de algo menor pero que no pasa inadvertida por el ruido. En la esquina Don Bosco de Colinas de Bello Monte, la luz roja del semáforo detiene la marcha de la fila de vehículos frente al rayado o paso de cebra. Una mujer se baja de un carro escarlata que va a la vanguardia y, en medio de la avenida, ondea también una bandera con el tricolor venezolano. 

—¡María Corina regresó!  —grita a los cuatro vientos. 

En el Parque Lineal de Colinas de Bello Monte, un nuevo espacio público con una caminería y una ciclovía inaugurado en la ribera del río Guaire, unos corredores observan la escena y se detienen. “¿Qué está pasando?”, comienzan a preguntarse. Paulatinamente, varias personas que hacen ejercicios en una rutina dominical se reúnen bajo un árbol. Un ciclista se incorpora al círculo y hace de pregonero, llega con la novedad. 

—María Corina está en Venezuela. Llegó —dice el ciclista y montando en su bicicleta lee en su celular el post que la líder política venezolana publicó en la red social X. “Estoy aquí, con ustedes”, ese fue el mensaje que puso María Corina —agrega y muestra la pantalla del teléfono como evidencia. Los corredores se abrazan, unos aplauden y agradecen la noticia. 

En una cafetería de Las Mercedes, pasadas las dos de la tarde, el sitio está atiborrado.  Suele ser un punto de encuentro, pero hay más clientes de lo habitual por ser domingo y la víspera o previa del partido Real Madrid y Barcelona Fútbol Club, el clásico de la Liga Española de Fútbol. Un joven mesero cambia la señal del canal deportivo ESPN y sintoniza NTN24 en YouTube en el televisor del salón. El canal internacional de noticias transmite una cobertura especial que informa del regreso de María Corina Machado a Venezuela.

En la emisión de NTN24 titulan “se conocen las primeras fotografías de María Corina tras su llegada”.  

—Está en el santuario de la Divina Pastora en Santa Rosa. Está en Barquisimeto, llegó por Lara —explica el mesero a sus compañeras de trabajo que despachan en la caja de la cafetería, mientras las imágenes de la Premio Nobel de la Paz —en su primera aparición pública en Venezuela desde su salida del país hace diez meses— son el foco de todos los clientes en el local, quienes en su mayoría buscan más información en sus teléfonos móviles.

En un recorrido vespertino por la ciudad de oeste a este se hace evidente que la noticia se esparció como pólvora. Son las cuatro de la tarde en la Plaza Sucre de Catia, en las cercanías del restaurante Don Brasas, al final de la avenida Sucre, cercano a la entrada de Gramoven, un grupo de militantes del partido Vente Venezuela se concentran en el lugar con banderines donde se lee: “Vente Catia”. 

—María Corina ya salió para acá. Viene por la Regional del Centro y llegará a Caracas por la autopista Valle-Coche. Estamos esperando a unos compañeros y de aquí nos vamos todos para allá a recibirla —explica María José Pérez, de 58 años, residente de La Silsa. 

Una media hora más tarde, en las inmediaciones de la Plaza La Candelaria, ocurre una escena similar. A unos pasos de la enorme estatua de San José Gregorio Hernández que develaron en la plaza luego de su canonización, y frente a la fachada de la Iglesia de La Candelaria, aún en remodelación por los daños sufridos tras el terremoto, se congregan unas 50 personas de Vente Venezuela con camisetas celestes que tienen inscritas en sus espaldas la frase: “Parroquia Candelaria, con María Corina hasta el final”.

—Que nuestro santo bendiga a Venezuela. Hoy es un día en el que retomamos la esperanza —dice Carlos Prieto, de 29 años. No soy miembro del partido, pero tengo amigos acá y, por supuesto, me sumo a celebrar la llegada de María Corina. Estábamos esperándola. Ella es la líder legítima —agrega. 

En torno al Obelisco, en la Plaza Altamira, en el este de Caracas, a las 5:15 de la tarde, hay un gran alboroto. El lugar es una fiesta. Decenas de personas con pitos, banderas de Venezuela, pancartas e incluso tambores, festejan. El tráfico de vehículos es lento en la avenida San Juan Bosco por la cantidad de personas apostadas a ambos lados de la vía. Sin embargo, con cornetazos de apoyo los conductores también se suman al festejo. 

Con la ayuda de un megáfono, un señor que lleva puesta una camiseta de los Tiburones de La Guaira de nombre Miguel Ángel Ortiz, de 79 años, reporta a los presentes en la Plaza Altamira los avances de la ruta de la líder opositora hacia Caracas.

—Salió de Lara, ya pasó por Yaracuy y llegó a Carabobo. Se va a parar en el Peaje de Guacara y Palo Negro, en Maracay. De ahí sigue a Caracas. Va a entrar por la Valle-Coche y el punto de recibimiento es en Santa Mónica. Todos pa’ la autopista. ¡Llegó la que faltaba! —anunció el señor Miguel Ángel.

—Teníamos fe de que ella iba a entrar para defender los derechos de todos los venezolanos. El cambio no lo detiene nadie —asegura Rina Palma, de la parroquia Los Teques, municipio Guaicaipuro, quien se desplazó desde su residencia en el estado Miranda hasta Altamira.

Al caer la noche en Caracas los últimos vestigios de la luz del día producen un crepúsculo rojizo. A partir de las 7 pm, las caravanas con cornetazos de carros y motos aumentan por doquier, así como algunos cacerolazos en balcones y terrazas y expresiones de júbilo, como gente bailando en algunas calles y esquinas, se observan en distintos puntos de la ciudad: La Redoma de Petare, El Marqués, Los Dos Caminos, La Carlota, Los Ruices, Chacao. 

En esta noche no todos los caminos conducen a Roma, el foco es la autopista Francisco Fajardo a la altura de Santa Mónica. Desde la estación del Metro de Plaza Venezuela de la Línea 1, un peregrinar de personas se ve camino a la zona de los estadios, en la Ciudad Universitaria. Otros hacen lo propio desde la estación Los Símbolos de la Línea 3 del Metro, en Los Chaguaramos. Todos buscan la autopista. 

Del lado de Los Próceres colapsa el acceso de vehículos y el distribuidor de Santa Mónica es un estacionamiento. Una marabunta de gente también se desplaza caminando desde Valle Abajo, suben desde el Templo de San Pedro para conectar con el puente que da acceso a la Valle-Coche. Otra procesión viene desde el distribuidor de La Bandera. Son ríos de gente. 

En la autopista, los canales en ambas direcciones están abarrotados. La principal entrada terrestre a la capital de Venezuela desde el centro-occidente del país colapsa. No cabe un alma a las ocho de la noche en un trayecto de unos cinco kilómetros. El pueblo salió a la calle como hacía mucho tiempo no se veía en Caracas. 

—Se acabó el miedo. Venezuela necesita ser libre  —dice Orlando Sanoja, de 32 años, quien vino desde Guarenas junto a su esposa y sus tres hijos. 

—El pueblo quiere Cambio. Aquí está el pueblo. Vine desde La Guaira, soy sobreviviente de los terremotos. Vine porque deseo un mejor país para mis hijos, ellos lo merecen —afirma Josefina Suárez Rondón, de 47 años, habitante de la parroquia Catia La Mar. 

Una seguidilla de camiones de verduras se abre paso entre la multitud en el canal que viene desde Coche. Son los verduleros de La Grita, estado Táchira, quienes arriban la noche del domingo con su cargamento de papas, cebollas, zanahoria, tomates, apios y hortalizas para abastecer los mercados de los caraqueños a partir del lunes. 

Sobre unos sacos de papas y encima de un camión Ford modelo 350, un verdulero andino dice a la muchedumbre:

—El gocho de La Grita grita: “Llegooó, llegó, llegó, llegó… María Corina Llegooó” —el hombre inicia un canto a un ritmo que le sigue el conductor del camión a punta de cornetazos. La hilera de camiones y gandolas que vienen detrás también se unen al pregón de cornetas junto a los vítores de la gente. El ruido es ensordecedor y la multitud toma la batuta:

—¡Llegooó, llegó, llegó, llegó… Llegooó! —Es un cántico en masa que retumba la autopista. 

—¡Libertad, Libertad, Libertad! ¡Elecciones libres ya! —es otra de las consignas que se repiten una y otra vez. 

—¡El pueblo quiere cambio! ¡Venezuela quiere cambio! —se escucha con reiteración. 

Son miles y miles de personas con banderas de todos los tamaños y pancartas. Desde el puente del distribuidor de Santa Mónica, sobre la autopista, se leen con claridad los mensajes de los carteles desplegados. “María Corina, bienvenida”. “Queremos democracia, elecciones y libertad”. “Delcy, nadie te eligió”. “Venezuela se respeta”. “Estados Unidos, gracias por el 3E, pero el petróleo es nuestro”. “Rodrigato, ¡zape gato!”.

Un vendedor de helados circula con gran dificultad campaneando su “carrito” de granizados y chupi-chupi por el canal derecho de la autopista, justo debajo del letrero vial que dice Santa Mónica, Los Chaguaramos, Valle Abajo. Del canal del otro lado de la vía, unos jóvenes se agolpan en la isla de concreto que separa ambos canales de la autopista para comprar “heladitos”. En una demostración de fuerza colectiva, la gente alza al vendedor por el aire entre brazos y lo pasan sobre la isla divisoria. Tras él, también alzan y cruzan el carrito de productos. En pocos minutos el comerciante vende todos sus helados. Hace su agosto en octubre. 

Son más de las 10 de la noche y las expectativas por la inminente llegada de María Cochina Machado a Caracas crecen. No cabe una persona más en la autopista. Se corre la voz de que la líder opositora ya llegó al peaje de Tazón. La algarabía es enorme. El embotellamiento también. 

A la altura de Coche y El Valle, se desbordan los accesos a la autopista. La única manera de llegar es en moto o a pie. Los vecinos de estas comunidades populares salen por centenares a recibir a la dirigente política frente al complejo militar de Fuerte Tiuna, un punto donde hay un cuello de botella que retrasa la caravana, al menos una hora, debido al exceso de personas. 

El reloj marca las 11:45 pm cuando, finalmente, María Corina Machado llega al distribuidor de Santa Mónica, el punto de encuentro de su llegada a Caracas y donde la espera el mayor número de ciudadanos. 

A la vista de la gente, aparece de pie en el techo descubierto de una camioneta de doble tracción, rodeada de motocicletas de seguidores, vestida de blue jean y una franela blanca de manga larga. Lleva un sinnúmero de rosarios con crucifijos y santas vírgenes colgados a su cuello. Aunque no se baja, el vehículo se detiene por unos 20 minutos en el epicentro de la concentración. Saluda a todos quienes se acercan. Los vítores, consignas y cantos se entremezclan en una algarabía que sube en decibeles.

—¡Viva Venezuela! ¡Viva Venezuela libre! —es la consigna del momento.

—Trae de vuelta a mis hijos —le dice una madre que logra darle la mano y obsequiarle un rosario.

—Los traeremos de regreso— le grita María Corina a todo pulmón doblada sobre el techo del auto ante los presentes. 

En el clímax de la noche desde los edificios más altos de Valle Abajo lanzan fuegos artificiales que causan unos estruendos, iluminan la multitud en la explanada y permiten ver que hay varios drones con cámaras registrando la escena en cenital.

—¿No va a dar un discurso? —pregunta un señor.

—No necesita hablar. Ya el pueblo habló —le responde una señora que lleva puesta una camiseta de la Vinotinto que dice: “Templanza, el tiempo de Dios es perfecto”.

Una multitud recibió a la líder opositora y Premio Nobel de La Paz, tras su sorpresivo retorno al país, en una movilización que colapsó la ciudad bajo las consignas de "elecciones libres” y “libertad". Esta crónica relata cómo se vivió este evento en las calles y entre los ciudadanos en un acto que revivió el clamor de una transición política y la esperanza de respirar aires de democracia en Venezuela
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Fotografías: Ana Cristina Febres Cordero
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—¡Llegó María Corina! ¡Llegó María Corina!  —gritan dos señoras al unísono desde el balcón de un edificio residencial en la avenida principal de Colinas de Bello Monte, una urbanización de clase media al este de Caracas. Una de ellas saca una bandera de Venezuela que ondea con su mano derecha. El reloj marca las 11:50 de la mañana de un día soleado del domingo 25 de octubre de 2026, con el cerro Ávila despejado de nubes. 

Unos minutos después, unos carros circulan en caravana desde el elevado de Las Mercedes en dirección a Bello Monte. Sus conductores tocan las cornetas sin parar en lo que parece ser una celebración colectiva de algo menor pero que no pasa inadvertida por el ruido. En la esquina Don Bosco de Colinas de Bello Monte, la luz roja del semáforo detiene la marcha de la fila de vehículos frente al rayado o paso de cebra. Una mujer se baja de un carro escarlata que va a la vanguardia y, en medio de la avenida, ondea también una bandera con el tricolor venezolano. 

—¡María Corina regresó!  —grita a los cuatro vientos. 

En el Parque Lineal de Colinas de Bello Monte, un nuevo espacio público con una caminería y una ciclovía inaugurado en la ribera del río Guaire, unos corredores observan la escena y se detienen. “¿Qué está pasando?”, comienzan a preguntarse. Paulatinamente, varias personas que hacen ejercicios en una rutina dominical se reúnen bajo un árbol. Un ciclista se incorpora al círculo y hace de pregonero, llega con la novedad. 

—María Corina está en Venezuela. Llegó —dice el ciclista y montando en su bicicleta lee en su celular el post que la líder política venezolana publicó en la red social X. “Estoy aquí, con ustedes”, ese fue el mensaje que puso María Corina —agrega y muestra la pantalla del teléfono como evidencia. Los corredores se abrazan, unos aplauden y agradecen la noticia. 

En una cafetería de Las Mercedes, pasadas las dos de la tarde, el sitio está atiborrado.  Suele ser un punto de encuentro, pero hay más clientes de lo habitual por ser domingo y la víspera o previa del partido Real Madrid y Barcelona Fútbol Club, el clásico de la Liga Española de Fútbol. Un joven mesero cambia la señal del canal deportivo ESPN y sintoniza NTN24 en YouTube en el televisor del salón. El canal internacional de noticias transmite una cobertura especial que informa del regreso de María Corina Machado a Venezuela.

En la emisión de NTN24 titulan “se conocen las primeras fotografías de María Corina tras su llegada”.  

—Está en el santuario de la Divina Pastora en Santa Rosa. Está en Barquisimeto, llegó por Lara —explica el mesero a sus compañeras de trabajo que despachan en la caja de la cafetería, mientras las imágenes de la Premio Nobel de la Paz —en su primera aparición pública en Venezuela desde su salida del país hace diez meses— son el foco de todos los clientes en el local, quienes en su mayoría buscan más información en sus teléfonos móviles.

En un recorrido vespertino por la ciudad de oeste a este se hace evidente que la noticia se esparció como pólvora. Son las cuatro de la tarde en la Plaza Sucre de Catia, en las cercanías del restaurante Don Brasas, al final de la avenida Sucre, cercano a la entrada de Gramoven, un grupo de militantes del partido Vente Venezuela se concentran en el lugar con banderines donde se lee: “Vente Catia”. 

—María Corina ya salió para acá. Viene por la Regional del Centro y llegará a Caracas por la autopista Valle-Coche. Estamos esperando a unos compañeros y de aquí nos vamos todos para allá a recibirla —explica María José Pérez, de 58 años, residente de La Silsa. 

Una media hora más tarde, en las inmediaciones de la Plaza La Candelaria, ocurre una escena similar. A unos pasos de la enorme estatua de San José Gregorio Hernández que develaron en la plaza luego de su canonización, y frente a la fachada de la Iglesia de La Candelaria, aún en remodelación por los daños sufridos tras el terremoto, se congregan unas 50 personas de Vente Venezuela con camisetas celestes que tienen inscritas en sus espaldas la frase: “Parroquia Candelaria, con María Corina hasta el final”.

—Que nuestro santo bendiga a Venezuela. Hoy es un día en el que retomamos la esperanza —dice Carlos Prieto, de 29 años. No soy miembro del partido, pero tengo amigos acá y, por supuesto, me sumo a celebrar la llegada de María Corina. Estábamos esperándola. Ella es la líder legítima —agrega. 

En torno al Obelisco, en la Plaza Altamira, en el este de Caracas, a las 5:15 de la tarde, hay un gran alboroto. El lugar es una fiesta. Decenas de personas con pitos, banderas de Venezuela, pancartas e incluso tambores, festejan. El tráfico de vehículos es lento en la avenida San Juan Bosco por la cantidad de personas apostadas a ambos lados de la vía. Sin embargo, con cornetazos de apoyo los conductores también se suman al festejo. 

Con la ayuda de un megáfono, un señor que lleva puesta una camiseta de los Tiburones de La Guaira de nombre Miguel Ángel Ortiz, de 79 años, reporta a los presentes en la Plaza Altamira los avances de la ruta de la líder opositora hacia Caracas.

—Salió de Lara, ya pasó por Yaracuy y llegó a Carabobo. Se va a parar en el Peaje de Guacara y Palo Negro, en Maracay. De ahí sigue a Caracas. Va a entrar por la Valle-Coche y el punto de recibimiento es en Santa Mónica. Todos pa’ la autopista. ¡Llegó la que faltaba! —anunció el señor Miguel Ángel.

—Teníamos fe de que ella iba a entrar para defender los derechos de todos los venezolanos. El cambio no lo detiene nadie —asegura Rina Palma, de la parroquia Los Teques, municipio Guaicaipuro, quien se desplazó desde su residencia en el estado Miranda hasta Altamira.

Al caer la noche en Caracas los últimos vestigios de la luz del día producen un crepúsculo rojizo. A partir de las 7 pm, las caravanas con cornetazos de carros y motos aumentan por doquier, así como algunos cacerolazos en balcones y terrazas y expresiones de júbilo, como gente bailando en algunas calles y esquinas, se observan en distintos puntos de la ciudad: La Redoma de Petare, El Marqués, Los Dos Caminos, La Carlota, Los Ruices, Chacao. 

En esta noche no todos los caminos conducen a Roma, el foco es la autopista Francisco Fajardo a la altura de Santa Mónica. Desde la estación del Metro de Plaza Venezuela de la Línea 1, un peregrinar de personas se ve camino a la zona de los estadios, en la Ciudad Universitaria. Otros hacen lo propio desde la estación Los Símbolos de la Línea 3 del Metro, en Los Chaguaramos. Todos buscan la autopista. 

Del lado de Los Próceres colapsa el acceso de vehículos y el distribuidor de Santa Mónica es un estacionamiento. Una marabunta de gente también se desplaza caminando desde Valle Abajo, suben desde el Templo de San Pedro para conectar con el puente que da acceso a la Valle-Coche. Otra procesión viene desde el distribuidor de La Bandera. Son ríos de gente. 

En la autopista, los canales en ambas direcciones están abarrotados. La principal entrada terrestre a la capital de Venezuela desde el centro-occidente del país colapsa. No cabe un alma a las ocho de la noche en un trayecto de unos cinco kilómetros. El pueblo salió a la calle como hacía mucho tiempo no se veía en Caracas. 

—Se acabó el miedo. Venezuela necesita ser libre  —dice Orlando Sanoja, de 32 años, quien vino desde Guarenas junto a su esposa y sus tres hijos. 

—El pueblo quiere Cambio. Aquí está el pueblo. Vine desde La Guaira, soy sobreviviente de los terremotos. Vine porque deseo un mejor país para mis hijos, ellos lo merecen —afirma Josefina Suárez Rondón, de 47 años, habitante de la parroquia Catia La Mar. 

Una seguidilla de camiones de verduras se abre paso entre la multitud en el canal que viene desde Coche. Son los verduleros de La Grita, estado Táchira, quienes arriban la noche del domingo con su cargamento de papas, cebollas, zanahoria, tomates, apios y hortalizas para abastecer los mercados de los caraqueños a partir del lunes. 

Sobre unos sacos de papas y encima de un camión Ford modelo 350, un verdulero andino dice a la muchedumbre:

—El gocho de La Grita grita: “Llegooó, llegó, llegó, llegó… María Corina Llegooó” —el hombre inicia un canto a un ritmo que le sigue el conductor del camión a punta de cornetazos. La hilera de camiones y gandolas que vienen detrás también se unen al pregón de cornetas junto a los vítores de la gente. El ruido es ensordecedor y la multitud toma la batuta:

—¡Llegooó, llegó, llegó, llegó… Llegooó! —Es un cántico en masa que retumba la autopista. 

—¡Libertad, Libertad, Libertad! ¡Elecciones libres ya! —es otra de las consignas que se repiten una y otra vez. 

—¡El pueblo quiere cambio! ¡Venezuela quiere cambio! —se escucha con reiteración. 

Son miles y miles de personas con banderas de todos los tamaños y pancartas. Desde el puente del distribuidor de Santa Mónica, sobre la autopista, se leen con claridad los mensajes de los carteles desplegados. “María Corina, bienvenida”. “Queremos democracia, elecciones y libertad”. “Delcy, nadie te eligió”. “Venezuela se respeta”. “Estados Unidos, gracias por el 3E, pero el petróleo es nuestro”. “Rodrigato, ¡zape gato!”.

Un vendedor de helados circula con gran dificultad campaneando su “carrito” de granizados y chupi-chupi por el canal derecho de la autopista, justo debajo del letrero vial que dice Santa Mónica, Los Chaguaramos, Valle Abajo. Del canal del otro lado de la vía, unos jóvenes se agolpan en la isla de concreto que separa ambos canales de la autopista para comprar “heladitos”. En una demostración de fuerza colectiva, la gente alza al vendedor por el aire entre brazos y lo pasan sobre la isla divisoria. Tras él, también alzan y cruzan el carrito de productos. En pocos minutos el comerciante vende todos sus helados. Hace su agosto en octubre. 

Son más de las 10 de la noche y las expectativas por la inminente llegada de María Cochina Machado a Caracas crecen. No cabe una persona más en la autopista. Se corre la voz de que la líder opositora ya llegó al peaje de Tazón. La algarabía es enorme. El embotellamiento también. 

A la altura de Coche y El Valle, se desbordan los accesos a la autopista. La única manera de llegar es en moto o a pie. Los vecinos de estas comunidades populares salen por centenares a recibir a la dirigente política frente al complejo militar de Fuerte Tiuna, un punto donde hay un cuello de botella que retrasa la caravana, al menos una hora, debido al exceso de personas. 

El reloj marca las 11:45 pm cuando, finalmente, María Corina Machado llega al distribuidor de Santa Mónica, el punto de encuentro de su llegada a Caracas y donde la espera el mayor número de ciudadanos. 

A la vista de la gente, aparece de pie en el techo descubierto de una camioneta de doble tracción, rodeada de motocicletas de seguidores, vestida de blue jean y una franela blanca de manga larga. Lleva un sinnúmero de rosarios con crucifijos y santas vírgenes colgados a su cuello. Aunque no se baja, el vehículo se detiene por unos 20 minutos en el epicentro de la concentración. Saluda a todos quienes se acercan. Los vítores, consignas y cantos se entremezclan en una algarabía que sube en decibeles.

—¡Viva Venezuela! ¡Viva Venezuela libre! —es la consigna del momento.

—Trae de vuelta a mis hijos —le dice una madre que logra darle la mano y obsequiarle un rosario.

—Los traeremos de regreso— le grita María Corina a todo pulmón doblada sobre el techo del auto ante los presentes. 

En el clímax de la noche desde los edificios más altos de Valle Abajo lanzan fuegos artificiales que causan unos estruendos, iluminan la multitud en la explanada y permiten ver que hay varios drones con cámaras registrando la escena en cenital.

—¿No va a dar un discurso? —pregunta un señor.

—No necesita hablar. Ya el pueblo habló —le responde una señora que lleva puesta una camiseta de la Vinotinto que dice: “Templanza, el tiempo de Dios es perfecto”.

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