Donald Trump ha anunciado un acuerdo petrolero de 100 años (un comentarista lo llamó el acuerdo de “cien años de soledad”) que le daría acceso a parte de las reservas petroleras de Venezuela. Ellas pasarían a formar parte de las reservas estratégicas de Estados Unidos. La presidenta tutelada de Venezuela ha confirmado que existe un acuerdo petrolero con EE. UU. El partido del régimen, el PSUV fundado por Hugo Chávez, quien se llamaba antiimperialista, dice que apoya el acuerdo en un comunicado donde ha dado una voltereta histórica pasando de la revolución a la sumisión.
Aunque los detalles no son del todo conocidos, el acuerdo petrolero entre EE. UU. y el gobierno tutelado de los Rodríguez-Cabello ha sido fuente de controversia entre venezolanos que discuten en X. Como expresión de la opinión pública, estos debates revelan un punto de encuentro en la política venezolana: los que apoyan a Trump y los que apoyan a Delcy Rodríguez coinciden, a ambos les encanta el anunciado acuerdo.
Aunque X no sea una expresión confiable de la opinión de los venezolanos, sí revela una tendencia que se ha ido apoderando de las redes cuando se trata de la Venezuela post 3 de enero. Después del día que las tropas de EE. UU. sacaron a Nicolás Maduro y Cilia Flores del país y los pusieron detrás de los barrotes, la gran discusión es si Trump realmente quiere la democracia o solamente entró allí para apoderarse del petróleo y los minerales. La verdad es que el retorno a la democracia en Venezuela queda pospuesto. La prioridad es el petróleo. Y eso, extrañamente, agrada tanto a seguidores de Trump y de la tutelada Rodríguez.
Trump está vendiendo el acuerdo como un gran logro que le daría control de 65 000 millones de barriles. Pero el asunto no es nada transparente. Algunos medios dicen que se trata de contratos de producción de campos “verdes” (más fáciles de explotar) donde una empresa del Pentágono pone una garantía con acceso a “opciones” (eventuales ganancias sin riesgo), y en la que participaría una pequeña petrolera creada por Alejandro Betancourt López (acusado, aunque no condenado, por corrupción en negocios eléctricos en Venezuela). Lo mejor que he podido leer al respecto lo escribió (en inglés) Lionel C Johnson. Se dice igualmente que la empresa creada por Betancourt, que contaría con el respaldo de la garantía del gobierno de EE. UU. (una novedad en la historia petrolera), disfrutaría de precios de compra con descuentos y ventajas fiscales. Sin embargo, se trata de especulaciones, pues nadie ha visto el acuerdo o contrato alguno.
Lo que sí parece claro es la motivación política del anuncio en estos momentos. El presidente norteamericano necesita con urgencia mostrar algún éxito internacional después de sus fracasos en Irán y en Ucrania. El anuncio podría ayudar a aliviar la presión sobre los precios del petróleo y, eventualmente, reducir el costo del galón de gasolina, cuyo incremento está golpeando los bolsillos de los electores estadounidenses. Trump ya no es un presidente popular. Las elecciones de medio término en noviembre para renovar la cámara de representantes y el senado no pintan bien para los republicanos.
Sainete político
Los venezolanos conocemos bien el género teatral del sainete, una comedia corta en tono de farsa. Hemos tenido buenos autores de tales piezas burlescas (Rafael Guinand, Aquiles Nazoa, y, a su manera, Miguel Otero Silva y Andrés Eloy Blanco). Hugo Chávez introdujo el sainete en la política venezolana. El maestro de Sabaneta ha dejado escuela. Probablemente uno de sus aventajados alumnos haya sido el exfiscal general Tarek William Saab (TWS). Con su cuidado maquillaje y cultivada musculatura, TWS hacía ruedas de prensa que se movían entre el esperpento y el sainete. Basta recordar aquella que organizó para informar sobre el asesinato del líder chavista Carlos Lanz y el papel que los cochinos “papeados” (Saab dixit) jugaron en tan horrible crimen.
Trump no se queda atrás como producto de la televisión que es. Su paso por The Apprentice, donde jugaba el papel del “jefe malo” lo lanzó a la popularidad. Fue su plataforma para dar el salto en política. Como figura de la cultura popular, ha sabido usar los códigos del entretenimiento para atraer seguidores. Es una mezcla de estética kitsch (basta ver su decoración dorada de la oficina oval) y grotesca (¿quién no recuerda su jactancia de “agarrar” a las mujeres por sus partes íntimas?). Trump sabe cacarear los huevos que pone. Vive de anuncio en anuncio (a los venezolanos les recuerda a otro presidente muy mediático). Pasa de la guerra comercial con Canadá al “gran acuerdo” petrolero con Delcy Rodríguez. Todo para captar la atención de su electorado descontento. ¿Bastará el sainete para subir su popularidad, y así evitar una mayoría demócrata en la cámara baja y en el Senado? Las elecciones de noviembre nos darán el veredicto.
Corrupción nada cómica
A Chávez los venezolanos le rieron los chistes no solo por su carisma sino por su populista forma de repartir dinero en tiempos de bonanza petrolera (CADIVI y los dólares a precio preferencial ayudaron mucho al respecto). A Maduro, nada carismático, no le salían bien los chistes ni la bailadera con su amada Cilia. Mientras movía el esqueleto por televisión, sus fuerzas represivas le disparaban a la gente, asesinaban a venezolanos, ponían presos a los que protestaban y torturaban en sus cárceles.
La verdad es que la negativa herencia que recibió de Chávez (destrucción de PDVSA, deudas multimillonarias, expropiaciones, debilitamiento de la producción nacional, corrupción, parasitismo cubano) hizo que los resultados económicos de Maduro fueran un desastre. Ni con el mejor sainete del mundo, el expresidente ahora preso en Nueva York hubiera ganado una elección justa y democrática. Solo pudo robárselas con el apoyo de los serviles consejo electoral y tribunal supremo.
Con Trump pasa un poco lo mismo. Su sainete resultaba simpático mientras prometía acabar con la élite política de Washington, arreglar la economía y sacar a EE. UU. de conflictos externos. No solo no logró arreglar la economía (tanto las políticas de aranceles como de persecución a inmigrantes han tenido consecuencias negativas), sino que metió a los EE. UU. en una guerra con Irán sin lograr la victoria prometida. Tampoco ha podido traer la paz a Ucrania (otra vaga promesa del presidente sainetero). Y los ciudadanos de EE. UU. tienen que pagar más cara la gasolina y muchos otros productos.
Otro asunto en el que coinciden el populismo chavista y el MAGA es la corrupción. En ambos casos la política es un vehículo para favorecer a círculos cercanos al poder. Las sospechas sobre los negocios de la familia de Trump al resguardo de la presidencia se han incrementado, y el presidente, en vez de asumir una postura prudente, se jacta de que recibe regalos millonarios como el avión presidencial que le obsequió Qatar. En el caso del chavismo las pruebas están a la vista: el empresario preferido de Maduro, Alex Saab, está en la cárcel en Miami; cuatro expresidentes de PDVSA están acusados de robarse dinero de la petrolera (el más emblemático es Tareck El Aissami por sus “cripto negocios”), y tantos otros han sido condenados o han llegado a acuerdos con la justicia para no terminar en prisión en Estados Unidos y en otros países.
Mientras, el sainete de anuncios petroleros y debates en X siguen como si nada. Los pro-Trump se arrastran casi besándole los pies al nuevo “libertador” de Venezuela. Los pro-Delcy deliran alegres con el entreguismo y la sumisión de la tutelada. Ambos grupos, enceguecidos por sus favoritismos, y en algunos casos, como los lobistas petroleros, por el dinero que perciben, no son capaces de ver lo obvio. Trump y la fiebre MAGA pasarán si la democracia funciona, como se espera ocurra en EE. UU. No sabemos si el chavismo saldrá del poder, y menos ahora con las migajas que Trump les deje robarse gracias al “mejor acuerdo del mundo”. La gran mayoría de los venezolanos sigue esperando por un futuro más promisorio que tarda mucho en llegar.
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