La trampa conformista

Los gobernadores y alcaldes fuera del Gran Polo Patriótico no van a luchar por una profunda metamorfosis de todo el orden político nacional. No pueden. No los van a dejar. Por lo tanto, “votar” por ellos es un manifiesto de conformidad

Lo he mencionado varias veces en los últimos meses, incluyendo esta columna, pero lo voy a reiterar para quien lea esto y no lo supiera antes: he reducido considerablemente mi abordaje de la política venezolana como tema de discusión. No por alguna pérdida de interés en el país. Venezuela sigue estando en una situación bastante tétrica en prácticamente todos los sentidos: en lo político, lo económico, lo social, lo cultural, etc. Me preocuparé por ello mientras así sea. Al mismo tiempo, no puedo evitar sentir hastío por la repetición constante. Eso es lo que en realidad me inhibe.

Se cansa uno de repetir que en política no se puede vivir de augurios vagos de que algo “va a pasar” que cambie totalmente el panorama, como hacen la líder opositora María Corina Machado y sus aliados. Se cansa uno de repetir que la emisión tímida de críticas desde un escaño parlamentario, que es ignorada olímpicamente por la elite gobernante y no es sucedida por algún tipo de acción más contundente por parte del emisor, no constituye ningún tipo de oposición efectiva. Todo el poder en Venezuela sigue concentrado en dicha elite. Aunque duela admitirlo, por los momentos ella es la única digna de mucha atención porque es el único factor político cuyas acciones inciden en la vida de los venezolanos.

Tal vez no sea suficiente (¡y qué mal por los destinatarios si en efecto no lo es, pues eventualmente caerán en el olvido, si no es que ya cayeron!), pero lo único que podemos hacer los ciudadanos comunes, ante la mezcla de parálisis y simulación de resistencia en que se encuentran aquellas facciones que se identifican como opositoras, es manifestar nuestra inconformidad. ¿Cómo? Pues dejando de asentir mecánicamente ante sus declaraciones según las cuales nos estamos acercando a un cambio político inminente o, en el caso de la “oposición” tolerada, de que “siguen en la lucha”.

Y sí, esto último implica desatender los llamados de la “oposición” tolerada, incluyendo su llamado a “votar” en “elecciones”. Me parece que, sin necesidad de estudios especializados en ciencia política, el grueso de la población interesada en un cambio político así lo intuyó, como demuestra la soledad de los centros de votación en los “comicios” del 25 de mayo y el 27 de julio. Pero como no podemos saber cuánto tiempo más durará el presente statu quo, y puede que haya eventos similares en el futuro, vale la pena pasar revista a la discusión al respecto, pues creo que hay un aspecto poco tocado.

Más allá de los mensajes de epopeya acartonada en lo poco que queda de fetichismo electoral, hay un argumento que se esgrime a favor de este ideario zombi, que al menos es sincero, pero no por ello atinado. Parte de la premisa de que el statu quo está consolidado y que no se puede hacerle resistencia, sino adaptarse a él. Por lo tanto, lo único que puede esperarse de los políticos ajenos a la elite gobernante, y en efecto lo único que se les debería pedir, es que procuren mejorar las abismales condiciones de vida que hay en Venezuela, sin que se opongan en lo más mínimo al statu quo (aunque ellos digan que sí lo hacen, por un empeño de autoengaño para sentirse bien consigo mismos o por razones más inconfesables).

Las campañas para gobernadores y alcaldes de esa “oposición” impostada se caracterizaron, así, por promesas de que los respectivos estados y municipios serán una especie de oasis en medio del desierto nacional… O, incluso, argumentos de que ya lo son. Un sobredimensionamiento nada menor de la calidad de vida en Chacao, Baruta, El Hatillo, Los Salias o Lechería, que de paso ignora que la diferencia real con respecto a estos municipios en comparación con, digamos, Buchivacoa o Santa María de Ipire, se puede atribuir mucho más a la riqueza de sus habitantes que a la gestión de los respectivos alcaldes.

Pero volvamos a las promesas de prosperidad por dizque realizarse. Incluso si sus intenciones son puras (y yo no aseguro que las tengan, pero eso es harina de otro costal), gobernadores y alcaldes ajenos al PSUV no pueden hacer más que edulcorar mínimamente la amargura que es la calidad de vida del venezolano promedio. Solo pueden tapar huecos en las calles, recoger la basura y organizar conciertos en plazas. Mientras, el país seguirá con las condiciones económicas y de servicios públicos (luz agua, etc.) que viene arrastrando desde hace años.

Resolver estos problemas, sin lo cual palidecen las mejoras prometidas por aquellos señores, pasa por una profunda metamorfosis de todo el orden político nacional. Pero los gobernadores y alcaldes fuera del Gran Polo Patriótico no van a luchar por eso. No pueden. No los van a dejar. En el momento en que lo hagan, serán objeto de las represalias de quienes tratan realmente de transformar el entorno. Y ellos lo saben. Por eso, ni siquiera lo intentan.

Por lo tanto, “votar” por ellos es un manifiesto de conformidad con todo lo anterior. Es un gesto de claudicación. Es un grito de “Nos resignamos a vivir mal hasta quién sabe cuándo y aceptamos que solo podemos reducir mínimamente lo malo”. Esa es la realidad que todo el mundo sabe, por más que algunos se empeñen en disimularlo con eslóganes de épica impostada.

Ahora bien, alguien pudiera pensar “¿Y por qué no voy a aprovechar la oportunidad de llevar el 100 % de decadencia a 99 %?” El problema con eso es que se les transmite a los políticos que se lanzan a esos cargos que hay, repito, conformidad con sus operaciones de cambio mínimo. Así no van a tener estímulos para impulsar cambios mayores al 1 % mediante oposición real al sistema. A esto lo podemos llamar la “trampa de conformidad”. Y puede que alguien piense “Me cansé. Esto no tiene arreglo. Me conformo con el 1 % de cambio”. Pero, entonces, hay que decir las cosas como son. Sincerarse. Dejar de fingir que así se sigue en la lucha. Ese conformismo ciertamente no será oposición al sistema, porque no va a tratar de resistir los designios de la elite gobernante ni a impulsar grandes cambios. Pudiera llamársele “edulcorante del sistema”. Al menos será un ejercicio honesto.

No puedo garantizar que los políticos en cuestión escuchen el manifiesto de descontento y decidan, en consecuencia, sumarse al difícil esfuerzo por propiciar cambios trascendentales en Venezuela. Pero de lo que estoy seguro es que cada espaldarazo que se les dé es un tributo a la profecía autocumplida de su permanencia como engranajes en un sistema que la inmensa mayoría de los venezolanos no quiere.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Los gobernadores y alcaldes fuera del Gran Polo Patriótico no van a luchar por una profunda metamorfosis de todo el orden político nacional. No pueden. No los van a dejar. Por lo tanto, “votar” por ellos es un manifiesto de conformidad

Lo he mencionado varias veces en los últimos meses, incluyendo esta columna, pero lo voy a reiterar para quien lea esto y no lo supiera antes: he reducido considerablemente mi abordaje de la política venezolana como tema de discusión. No por alguna pérdida de interés en el país. Venezuela sigue estando en una situación bastante tétrica en prácticamente todos los sentidos: en lo político, lo económico, lo social, lo cultural, etc. Me preocuparé por ello mientras así sea. Al mismo tiempo, no puedo evitar sentir hastío por la repetición constante. Eso es lo que en realidad me inhibe.

Se cansa uno de repetir que en política no se puede vivir de augurios vagos de que algo “va a pasar” que cambie totalmente el panorama, como hacen la líder opositora María Corina Machado y sus aliados. Se cansa uno de repetir que la emisión tímida de críticas desde un escaño parlamentario, que es ignorada olímpicamente por la elite gobernante y no es sucedida por algún tipo de acción más contundente por parte del emisor, no constituye ningún tipo de oposición efectiva. Todo el poder en Venezuela sigue concentrado en dicha elite. Aunque duela admitirlo, por los momentos ella es la única digna de mucha atención porque es el único factor político cuyas acciones inciden en la vida de los venezolanos.

Tal vez no sea suficiente (¡y qué mal por los destinatarios si en efecto no lo es, pues eventualmente caerán en el olvido, si no es que ya cayeron!), pero lo único que podemos hacer los ciudadanos comunes, ante la mezcla de parálisis y simulación de resistencia en que se encuentran aquellas facciones que se identifican como opositoras, es manifestar nuestra inconformidad. ¿Cómo? Pues dejando de asentir mecánicamente ante sus declaraciones según las cuales nos estamos acercando a un cambio político inminente o, en el caso de la “oposición” tolerada, de que “siguen en la lucha”.

Y sí, esto último implica desatender los llamados de la “oposición” tolerada, incluyendo su llamado a “votar” en “elecciones”. Me parece que, sin necesidad de estudios especializados en ciencia política, el grueso de la población interesada en un cambio político así lo intuyó, como demuestra la soledad de los centros de votación en los “comicios” del 25 de mayo y el 27 de julio. Pero como no podemos saber cuánto tiempo más durará el presente statu quo, y puede que haya eventos similares en el futuro, vale la pena pasar revista a la discusión al respecto, pues creo que hay un aspecto poco tocado.

Más allá de los mensajes de epopeya acartonada en lo poco que queda de fetichismo electoral, hay un argumento que se esgrime a favor de este ideario zombi, que al menos es sincero, pero no por ello atinado. Parte de la premisa de que el statu quo está consolidado y que no se puede hacerle resistencia, sino adaptarse a él. Por lo tanto, lo único que puede esperarse de los políticos ajenos a la elite gobernante, y en efecto lo único que se les debería pedir, es que procuren mejorar las abismales condiciones de vida que hay en Venezuela, sin que se opongan en lo más mínimo al statu quo (aunque ellos digan que sí lo hacen, por un empeño de autoengaño para sentirse bien consigo mismos o por razones más inconfesables).

Las campañas para gobernadores y alcaldes de esa “oposición” impostada se caracterizaron, así, por promesas de que los respectivos estados y municipios serán una especie de oasis en medio del desierto nacional… O, incluso, argumentos de que ya lo son. Un sobredimensionamiento nada menor de la calidad de vida en Chacao, Baruta, El Hatillo, Los Salias o Lechería, que de paso ignora que la diferencia real con respecto a estos municipios en comparación con, digamos, Buchivacoa o Santa María de Ipire, se puede atribuir mucho más a la riqueza de sus habitantes que a la gestión de los respectivos alcaldes.

Pero volvamos a las promesas de prosperidad por dizque realizarse. Incluso si sus intenciones son puras (y yo no aseguro que las tengan, pero eso es harina de otro costal), gobernadores y alcaldes ajenos al PSUV no pueden hacer más que edulcorar mínimamente la amargura que es la calidad de vida del venezolano promedio. Solo pueden tapar huecos en las calles, recoger la basura y organizar conciertos en plazas. Mientras, el país seguirá con las condiciones económicas y de servicios públicos (luz agua, etc.) que viene arrastrando desde hace años.

Resolver estos problemas, sin lo cual palidecen las mejoras prometidas por aquellos señores, pasa por una profunda metamorfosis de todo el orden político nacional. Pero los gobernadores y alcaldes fuera del Gran Polo Patriótico no van a luchar por eso. No pueden. No los van a dejar. En el momento en que lo hagan, serán objeto de las represalias de quienes tratan realmente de transformar el entorno. Y ellos lo saben. Por eso, ni siquiera lo intentan.

Por lo tanto, “votar” por ellos es un manifiesto de conformidad con todo lo anterior. Es un gesto de claudicación. Es un grito de “Nos resignamos a vivir mal hasta quién sabe cuándo y aceptamos que solo podemos reducir mínimamente lo malo”. Esa es la realidad que todo el mundo sabe, por más que algunos se empeñen en disimularlo con eslóganes de épica impostada.

Ahora bien, alguien pudiera pensar “¿Y por qué no voy a aprovechar la oportunidad de llevar el 100 % de decadencia a 99 %?” El problema con eso es que se les transmite a los políticos que se lanzan a esos cargos que hay, repito, conformidad con sus operaciones de cambio mínimo. Así no van a tener estímulos para impulsar cambios mayores al 1 % mediante oposición real al sistema. A esto lo podemos llamar la “trampa de conformidad”. Y puede que alguien piense “Me cansé. Esto no tiene arreglo. Me conformo con el 1 % de cambio”. Pero, entonces, hay que decir las cosas como son. Sincerarse. Dejar de fingir que así se sigue en la lucha. Ese conformismo ciertamente no será oposición al sistema, porque no va a tratar de resistir los designios de la elite gobernante ni a impulsar grandes cambios. Pudiera llamársele “edulcorante del sistema”. Al menos será un ejercicio honesto.

No puedo garantizar que los políticos en cuestión escuchen el manifiesto de descontento y decidan, en consecuencia, sumarse al difícil esfuerzo por propiciar cambios trascendentales en Venezuela. Pero de lo que estoy seguro es que cada espaldarazo que se les dé es un tributo a la profecía autocumplida de su permanencia como engranajes en un sistema que la inmensa mayoría de los venezolanos no quiere.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Los gobernadores y alcaldes fuera del Gran Polo Patriótico no van a luchar por una profunda metamorfosis de todo el orden político nacional. No pueden. No los van a dejar. Por lo tanto, “votar” por ellos es un manifiesto de conformidad
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Los gobernadores y alcaldes fuera del Gran Polo Patriótico no van a luchar por una profunda metamorfosis de todo el orden político nacional. No pueden. No los van a dejar. Por lo tanto, “votar” por ellos es un manifiesto de conformidad

Lo he mencionado varias veces en los últimos meses, incluyendo esta columna, pero lo voy a reiterar para quien lea esto y no lo supiera antes: he reducido considerablemente mi abordaje de la política venezolana como tema de discusión. No por alguna pérdida de interés en el país. Venezuela sigue estando en una situación bastante tétrica en prácticamente todos los sentidos: en lo político, lo económico, lo social, lo cultural, etc. Me preocuparé por ello mientras así sea. Al mismo tiempo, no puedo evitar sentir hastío por la repetición constante. Eso es lo que en realidad me inhibe.

Se cansa uno de repetir que en política no se puede vivir de augurios vagos de que algo “va a pasar” que cambie totalmente el panorama, como hacen la líder opositora María Corina Machado y sus aliados. Se cansa uno de repetir que la emisión tímida de críticas desde un escaño parlamentario, que es ignorada olímpicamente por la elite gobernante y no es sucedida por algún tipo de acción más contundente por parte del emisor, no constituye ningún tipo de oposición efectiva. Todo el poder en Venezuela sigue concentrado en dicha elite. Aunque duela admitirlo, por los momentos ella es la única digna de mucha atención porque es el único factor político cuyas acciones inciden en la vida de los venezolanos.

Tal vez no sea suficiente (¡y qué mal por los destinatarios si en efecto no lo es, pues eventualmente caerán en el olvido, si no es que ya cayeron!), pero lo único que podemos hacer los ciudadanos comunes, ante la mezcla de parálisis y simulación de resistencia en que se encuentran aquellas facciones que se identifican como opositoras, es manifestar nuestra inconformidad. ¿Cómo? Pues dejando de asentir mecánicamente ante sus declaraciones según las cuales nos estamos acercando a un cambio político inminente o, en el caso de la “oposición” tolerada, de que “siguen en la lucha”.

Y sí, esto último implica desatender los llamados de la “oposición” tolerada, incluyendo su llamado a “votar” en “elecciones”. Me parece que, sin necesidad de estudios especializados en ciencia política, el grueso de la población interesada en un cambio político así lo intuyó, como demuestra la soledad de los centros de votación en los “comicios” del 25 de mayo y el 27 de julio. Pero como no podemos saber cuánto tiempo más durará el presente statu quo, y puede que haya eventos similares en el futuro, vale la pena pasar revista a la discusión al respecto, pues creo que hay un aspecto poco tocado.

Más allá de los mensajes de epopeya acartonada en lo poco que queda de fetichismo electoral, hay un argumento que se esgrime a favor de este ideario zombi, que al menos es sincero, pero no por ello atinado. Parte de la premisa de que el statu quo está consolidado y que no se puede hacerle resistencia, sino adaptarse a él. Por lo tanto, lo único que puede esperarse de los políticos ajenos a la elite gobernante, y en efecto lo único que se les debería pedir, es que procuren mejorar las abismales condiciones de vida que hay en Venezuela, sin que se opongan en lo más mínimo al statu quo (aunque ellos digan que sí lo hacen, por un empeño de autoengaño para sentirse bien consigo mismos o por razones más inconfesables).

Las campañas para gobernadores y alcaldes de esa “oposición” impostada se caracterizaron, así, por promesas de que los respectivos estados y municipios serán una especie de oasis en medio del desierto nacional… O, incluso, argumentos de que ya lo son. Un sobredimensionamiento nada menor de la calidad de vida en Chacao, Baruta, El Hatillo, Los Salias o Lechería, que de paso ignora que la diferencia real con respecto a estos municipios en comparación con, digamos, Buchivacoa o Santa María de Ipire, se puede atribuir mucho más a la riqueza de sus habitantes que a la gestión de los respectivos alcaldes.

Pero volvamos a las promesas de prosperidad por dizque realizarse. Incluso si sus intenciones son puras (y yo no aseguro que las tengan, pero eso es harina de otro costal), gobernadores y alcaldes ajenos al PSUV no pueden hacer más que edulcorar mínimamente la amargura que es la calidad de vida del venezolano promedio. Solo pueden tapar huecos en las calles, recoger la basura y organizar conciertos en plazas. Mientras, el país seguirá con las condiciones económicas y de servicios públicos (luz agua, etc.) que viene arrastrando desde hace años.

Resolver estos problemas, sin lo cual palidecen las mejoras prometidas por aquellos señores, pasa por una profunda metamorfosis de todo el orden político nacional. Pero los gobernadores y alcaldes fuera del Gran Polo Patriótico no van a luchar por eso. No pueden. No los van a dejar. En el momento en que lo hagan, serán objeto de las represalias de quienes tratan realmente de transformar el entorno. Y ellos lo saben. Por eso, ni siquiera lo intentan.

Por lo tanto, “votar” por ellos es un manifiesto de conformidad con todo lo anterior. Es un gesto de claudicación. Es un grito de “Nos resignamos a vivir mal hasta quién sabe cuándo y aceptamos que solo podemos reducir mínimamente lo malo”. Esa es la realidad que todo el mundo sabe, por más que algunos se empeñen en disimularlo con eslóganes de épica impostada.

Ahora bien, alguien pudiera pensar “¿Y por qué no voy a aprovechar la oportunidad de llevar el 100 % de decadencia a 99 %?” El problema con eso es que se les transmite a los políticos que se lanzan a esos cargos que hay, repito, conformidad con sus operaciones de cambio mínimo. Así no van a tener estímulos para impulsar cambios mayores al 1 % mediante oposición real al sistema. A esto lo podemos llamar la “trampa de conformidad”. Y puede que alguien piense “Me cansé. Esto no tiene arreglo. Me conformo con el 1 % de cambio”. Pero, entonces, hay que decir las cosas como son. Sincerarse. Dejar de fingir que así se sigue en la lucha. Ese conformismo ciertamente no será oposición al sistema, porque no va a tratar de resistir los designios de la elite gobernante ni a impulsar grandes cambios. Pudiera llamársele “edulcorante del sistema”. Al menos será un ejercicio honesto.

No puedo garantizar que los políticos en cuestión escuchen el manifiesto de descontento y decidan, en consecuencia, sumarse al difícil esfuerzo por propiciar cambios trascendentales en Venezuela. Pero de lo que estoy seguro es que cada espaldarazo que se les dé es un tributo a la profecía autocumplida de su permanencia como engranajes en un sistema que la inmensa mayoría de los venezolanos no quiere.

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