La semana pasada vi El mercader de Venecia en el Centro Cultural Chacao. Nada de eso lo vuelve a uno cómplice o tonto útil al servicio de la propaganda chavista
Nos encontramos en una rara situación política en Venezuela. Una posible anomalía. Y es que vamos a unas elecciones presidenciales en las que el gobierno está permitiendo a un retador extremadamente competitivo participar. En medio de un sinfín de abusos, sí. Pero le está permitiendo participar de todas formas. A lo mejor eso cambia después, pero su duración me ha permitido por varias semanas consecutivas dedicar esta columna a asuntos siempre relacionados con la política, pero mayormente divorciados del proceso electoral que domina el acontecer noticioso. A aspectos de la vida en Venezuela que se han visto de una u otra forma politizados sin ser en sí mismo políticos. Hoy haré eso mismo, con respecto a una discusión pública que en mi opinión no debería ni haberse erigido. Como ya emergió, creo que vale la pena, no pretender zanjarla (no me creo para nada tan influyente), pero sí convencer a algún número de personas que no le eche mucho coco, pues no lo amerita.
En los municipios del este de Caracas gobernados (si se puede llamar “gobernar” a ejercer un control político a medias y condicionado a no perturbar los intereses de la elite chavista) por Fuerza Vecinal ha habido en los últimos años un incremento notable en actividades recreativas y culturales organizadas por las respectivas alcaldías. Eventos cuyo acceso es gratuito o tiene un precio muy bajo. En Chacao, la lista incluye varias ediciones de la feria callejera Nocturneando, el regreso de la Feria del Libro luego de siete años sin celebrarse y, sin duda lo más popular de todo, conciertos de Yordano y Karina en la plaza Altamira. En Baruta, la zona hipster es Colinas de Bello Monte, con sus conciertos (los gratuitos) y montajes teatrales en la Concha Acústica, más el Caminarte, otra feria de calle.
Ay, pero miren ustedes qué sorpresa: los asistentes a estos eventos son objeto de desdén por usuarios de redes sociales. Creo que no hay conducta humana, por inocente que sea, totalmente blindada contra la ira digital arraigada al zeitgeist de nuestra era. Aquella que hoy nos ocupa es parte de dos tendencias de vieja data. Reacciones a las actividades de distensión en un país que dejó atrás lo peor de una catástrofe socioeconómica sin precedentes, pero que sigue muy mal.
Por un lado, tenemos a los enragés del siglo XXI. Los que juran que un cóctel inacabable de rabia, miedo y tristeza es una especie de mandato deontológico para todo venezolano decente. “¡Que a nadie se le ocurra ni por un momento expresar disfrute! Sería cómplice de la propaganda chavista y su narrativa de una Venezuela arreglada. El mundo no entenderá entonces la tragedia de Venezuela. Nadie vendrá a salvarnos”. Por favor. Una inflación de tres dígitos al mes y una población comiendo mangos para sobrevivir porque todo lo demás escaseaba de forma dramática no fueron suficiente para que estos mentecatos entiendan que ningún redentor foráneo nos rescatará.
Pretender que todos los venezolanos están obligados a ser infernalmente infelices las 24 horas del día y los 365 días del año hasta que el chavismo deje de gobernar es insólitamente cruel. Pero además cabe parafrasear el aforismo atribuido a Talleyrand: Peor que un crimen, es un error. Porque no solo es cruel. Es estúpido e inviable. No va a pasar. Así no funciona la naturaleza humana. Hasta en las circunstancias más horrendas, la gente buscará por lo menos un respiro, o hasta una diversión. Creo que hasta los pontífices del suplicio constante obligatorio lo saben, pues dudo mucho que vivan encerrados en sus casas todo el tiempo, sin salir a tomarse siquiera un café de panadería. Ni el ascetismo que recetaba Schopenhauer para suspender la voluntad puede justificarlos, ya que en este caso perseguiría un fin material.
En el extremo opuesto, pero hermanados con los otros por razones distintas, tenemos a los traficantes de conformismo. Los que dicen “oponerse” al gobierno, pero desestiman la necesidad de un cambio político lo más pronto posible para así rechazar como “radical” todo lo que no sea suplicar de rodillas al gobierno que respete la voluntad ciudadana y “ocupar espacios” regionales y municipales bajo condición de no prestarlos a la disidencia.
Pero según ellos, los “radicales” lo son solo nominalmente, pues en el fondo no están dispuestos a hacer nada más osado y aprovechar lo que el statu quo ofrece. Para demostrar la supuesta hipocresía, no pierden oportunidad. Creen que los referidos eventos municipales son una. Ahí se ve, dicen, a los “radicales” gozando de actividades organizadas por los alcaldes de los que tanto denuestan.
Vaya necedad. Estos pretendidos adalides de la democracia prácticamente están diciendo que los servicios del Estado deberían ser solo para quienes perrunamente respaldan al gobierno de turno que los administra. ¿O sea que quien acude a un ambulatorio de Salud Chacao no tiene moral para criticar al actual alcalde? No es casual que estos “opositores” terminen sonando como el mismo chavismo al que dicen “oponerse”.
Los actos recreativos se pagan con el dinero público de los vecinos, incluyendo impuestos que bien altos están. ¡Ah! Y no olvidemos que nuestro contexto geográfico es el de algunos de los municipios con mayor calidad de vida en el país. ¿Que haya un concierto gratis de Karina en Chacao es consuelo para el habitante de Aricagua que lleva seis horas sin luz? ¿Disminuye la necesidad de un gran cambio para una familia wayúu hambrienta? Por último, el razonamiento de marras ignora que el ciudadano común opositor que no aspira a gobernar tampoco está obligado a organizar y convocar actos “radicales” para exigir al gobierno que escuche a la gente. Esa responsabilidad es de la dirigencia opositora. Y mientras no la cumpla, el ciudadano común es libre de vivir su vida lo más placenteramente posible.
He podido ver a la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar interpretando a Mahler en la Concha Acústica de Bello Monte (espero que los oboes y las violas no hayan perturbado mucho el sueño de las perezas y guacamayas en la jungla contigua al anfiteatro). La semana pasada vi El mercader de Venecia en el Centro Cultural Chacao. Nada de eso lo vuelve a uno cómplice o tonto útil al servicio de la propaganda chavista. Ni quita el derecho a señalar el terrible estado en el que se encuentra Venezuela y a reafirmar que se debe salir de la pesadilla cuanto antes. O a criticar a los alcaldes de Fuerza Vecinal por identificarse como “opositores” aunque no hagan nada por oponerse a Miraflores. Hablando de la obra de Shakespeare, el resentimiento de Shylock al menos resulta más fácil de entender en el contexto de una sociedad rabiosamente antisemita. No así el resentimiento de los dos grupos que hoy discutimos.
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