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Unas palabras para despedir a Guillermo Sucre

Poeta y ensayista, Guillermo Sucre obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1976. Nació en Tumeremo, estado Bolívar, en 1933, y acaba de morir, en Caracas. Miembro del Grupo Sardio, forma parte de una pléyade de escritores que hicieron una obra perdurable. La máscara, la transparencia es uno de los mejores libros de crítica publicados en Iberoamérica en todo el siglo XX. Su poesía, reunida por la editorial española Pre-Textos en 2019, es un bien incomparable. Estuvo casado con dos escritoras igualmente destacadas: Julieta Fombona y María Fernanda Palacios. Diego Arroyo Gil lo despide con este texto.

 

@diegoarroyogil / Fotografía: Lisbeth Salas

 

Un escritor es una voz, pero esa voz está llena de voces. El escritor sabe que su voz es un convite entre distintas formas de la lengua –formas que son presencias– y que toda escritura viva es el resultado de un acuerdo más o menos afortunado entre ellas. No se trata de una técnica de imitación sino de compartir una pasión, una misma inquietud esencial, la luz de un fuego. No es un proyecto: es un camino que se presenta como viático a una necesidad expresiva, a una necesidad vital. El escritor es un ser en situación de fidelidad –la que comparten su voz y las voces que en ella resuenan– y se supone que esa fidelidad le da una certidumbre.

Certidumbre: es esta la palabra que quiero traer aquí para referirme a Guillermo Sucre, el poeta, el ensayista, el articulista, el intelectual. Es honda la deuda que tenemos con él, que nos enseñó a ser firmes en la franqueza y francos en la firmeza, a la manera de un roble que se anticipó a las ráfagas de turno y que, luego de haber resistido él mismo las que soplaron durante su juventud –la dictadura, la cárcel, el exilio–, se aprestó a ofrecernos, no las frutas del consuelo, pero la savia del carácter.

En un texto publicado en Vuelta, la revista de Octavio Paz, en 1993, viendo la anuencia con que algunos intelectuales consideraban el golpe de Estado perpetrado contra la democracia venezolana el año anterior, Sucre afirmó: “Hemos perdido el sentido viril de las palabras”. Era el mismo sentido viril que había hecho decir a Albert Camus, en 1957, que el escritor “no puede ponerse al servicio de los que hacen la historia; está al servicio de los que la sufren”. Al igual que para Camus, para Sucre el oficio de escribir obliga, “y obliga no sólo a escribir”.

El escritor se forma “en una perpetua ida y vuelta de sí a los demás, a medio camino entre la belleza, de la que no puede prescindir, y la comunidad, de la que no puede extirparse”, de lo que resulta que su responsabilidad sea servir a la verdad y a la libertad, aunque la una sea huidiza y la otra “tan apasionante como difícil de vivir”. Por supuesto, insiste Camus, no se trata de que el escritor se erija en un predicador de la verdad, pero que mantenga el honor de su oficio, que no se preste a la opresión ni a la mentira. Para decirlo con Étienne de La Boétie, que no ponga su conciencia ni su palabra bajo el yugo de la servidumbre. O con Spinoza: que aprecie la fidelidad y no la adulación.

Está claro que me refiero indistintamente a Guillermo como escritor y como intelectual, dos figuras que en su caso se complementaban, se superponían, eran una sola. ¿Es necesario inquirir por qué? Apenas decir que la lectura de su obra hace evidente que el oficio de escribir es indisociable del de practicar una ética de la palabra. Y una ética de la palabra es una ética política, aquí donde política no se reduce al ejercicio del poder, sino que se ensancha hasta implicar un vivir en comunidad y en obstinado combate contra los embates del totalitarismo, del fanatismo, del sectarismo, en fin, de todos esos brazos de la muerte, de todas esas tabulas rasas que quieren uniformar a la gente y la palabra.

Esa postura ética que siempre vimos en Guillermo Sucre tuvo, además, otra característica: fue una mezcla entre la observación de la actualidad y la conciencia de la tradición a la cual esa actualidad confirma o traiciona. Y es que la actualidad solo puede hacerse conciencia (la palabra solo puede mantener su sentido viril) si se la valora sobre el trasfondo de la tradición, esa memoria siempre vigente de las cosas. Cuando eso no ocurre, cuando la tradición no concursa, la actualidad se muestra como mera contingencia y lo que deriva de allí es opinión ligera, si no disparate. No era el caso de Sucre. En él nunca dejamos de advertir la pasión del que reconocía en los hechos de la vida pasajera la presencia de lo permanente. Para él, las palabras tenían una historia y una dignidad.

No solo en sus artículos y sus ensayos, también en su poesía la mirada del lector percibía, percibe esa historia, esa dignidad. En el escritor que era él, en su voz, resonaban así otras voces: Montaigne, Cervantes, Spinoza, Camus. Con ellos compartió siempre, además del oficio de pensar y de escribir, el de vivir atento a eso que Mariano Picón-Salas –otra de sus presencias tutelares– llamó “una pedagogía de la Libertad”. Casi diría una psicagogía. Después de todo, ¿no es la pasión de la libertad un psicagogo precioso –guía del alma– para la vida?

En La libertad, Sancho –libro suyo publicado en 2013–, Sucre dice: “Hacerse libres, saber conquistar y saber ejercer la libertad ha sido el ideal de los hombres y de los pueblos desde el principio mismo de la Cultura Occidental”. Este modesto recordatorio, que podría pasar por demasiado obvio, era sin embargo en Guillermo un compromiso hondo y verdadero. Y era también, acaso si involuntariamente,  una tácita invitación a seguir en el camino, pues, como escribió el mismo Picón-Salas, la libertad no es solo “una dádiva lejana que nos ofrezca un régimen o un momento de la Historia”, sino “más bien terrible aventura afanosa, tan frágil como la vida, que es necesario salir a ganarse cada día”.

El bien que es la obra de Guillermo Sucre pertenece al esplendor de esa conciencia. Volver a sus palabras cada vez que la sombra o la luz acechan es reencontrar la fidelidad que las asiste: su certidumbre. Pero certidumbre no es mera convicción. Tampoco una actitud o una creencia. Mucho menos la puede dar una ideología. La certidumbre que nos ofrecía Guillermo se parece a ese momento de dichosa constatación en que uno asiente porque ha visto un rostro hermoso. Era un hombre difícil, y en él había un niño que amaba el mundo.

 

***

 

Un jardín, un monte

 

GUILLERMO SUCRE

 

La última vez que me bañé en el mar fue como

un sacramento, pero sé que ya no volveré al mar.

Sólo vivo entre un monte y un jardín.

 

Me paseo bajo los impasibles ficus religiosos

y me confío al amor que una vez me dieron.

En la abrazada sombra de las quisandas

encuentro la pasión de la paciencia.

Aún espero y –última delicadeza– veo

las jacarandas florecer.

A mi lado pasea rauda la ciudad como si escapara

de su destino.

La he contemplado en el dorado velamen de un

atardecer,

reñida con la hormigueante luz de sus cerros,

avenidos con la pobreza, el desamparo,

solos ante la Gracia.

 

Ahora ha cesado la tormenta: la lluvia y el viento

ya no derrumbarán los árboles

ni el ventanal de mi estudio.

Bajó la niebla y en la espesura despunta la cima

del monte; su trazo fuerte se recorta, limpio,

contra el cielo que oscurece,

como una persistencia de lo que no debemos

olvidar.

Como el cuchillo que abre nuestras vísceras

y al salir nos deja un resto de vida,

sólo sentimos ese alto filo en vilo.

Pero también es hermoso empezar a morir.

Categorías: InicioOpinión
Etiquetas: Guillermo Sucre

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