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La rebelión de los monos, por Laureano Márquez P.

Imagen: fotograma de El planeta de los simios: la guerra.

@laureanomar

La noticia de la fuga de los monos ha conmocionado al país, no era para monos, digo, para menos; desde el primer momento corrieron por las redes los rumores, saltando de Twitter a Instagram y de allí a Facebook. La noticia trae cola: eso de que los monos abandonaron las jaulas por hambre, no se lo cree, a estas alturas, casi nadie. Como todo el mundo sabe, ellos cuentan con varios bodegones muy bien surtidos en las cercanías y un mono siempre resuelve.

La verdad es que los simios concibieron un plan de fuga, sin duda alentados por agentes de la CIA, que los ha venido entrenando durante todos estos años, con la colaboración de la oposición fascista y golpista, para conspirar en contra del régimen venezolano -financiados, obviamente, por Juan Guaidó, quien, curiosamente, fue visto por allí dos días antes con una bolsa de maní en concha (con cáscara para la versión argentina)-. Suerte que no lo vio la carcelera. La salida de Trump del poder aceleró, sin duda, el plan.

Por los documentos que se encontraron, incluidas extensas monografías camufladas en conchas de cambur, se pudo conocer que la intención  inicial de los monos era tomar la sede de la Cuarta división, por ser la más cercana al Jardín Zoológico de Las Delicias, de Maracay, lugar donde venían residiendo los monos y que era también -¡qué casualidad!- la residencia favorita del general Juan Vicente Gómez; tan favorita, que decidió morir allí el 17 de diciembre de 1935, rodeado de todos los animales. Dicen que antes de morir mandó a callar a Dolores Amelia que lloraba inconsolable diciéndole: “¡Chita!”. De modo que, si alguien albergaba alguna duda del carácter golpista del plan, este último dato la despeja.

Una vez tomado el parque de la Cuarta división, el siguiente paso del plan golpista era llegar hasta el Museo aeronáutico, abordar los monoplanos y aviones de guerra que allí se encuentran exhibidos, encenderlos (los monos son capaces de cualquier cosa) y enfilar hacia la capital de la república.

Otro comando de monos se dirigiría -ya uniformados- al cuartel Páez, donde la tropa los tomaría por generales e inmediatamente se someterían a sus órdenes. De allí, los monos tenían proyectado salir en camiones del ejército rumbo a Caracas, claro que sin comunicar a los soldados la finalidad misión, sino solo informando de que se trataba de una inocente maniobra de golpe de Estado.

Cuando las ramas del poder público reaccionaron, los monos ya estaban a punto de colgarse de ellas. Sin embargo, el plan quedó develado, porque el zoológico está infestado de babas de los organismos de “inteligencia del Estado” (con perdón) que lograron hacer que los pájaros cantaran delatando la operación. Comunicada la noticia por radio al comandante mono por una guacharaca leal a los golpistas, aquél decidió abortar la misión y dio la orden, que ya es de todos conocida:

Mono uno a comando de monos, cambio.

¿Cambio de monos? ¿Cambio de comando?, ¿cambio de régimen? o cambio de cambio, cambio.

¡Cambio de cambio!, cambio.

Ah ok, copiado el cambio del sentido de cambio, cambio.

Ustedes monearon muy bien por allá, pero abortamos misión. Repito, abortamos misión, compañeros monos: ¡monojh! Cambio y fuera…

Esta es la historia, lo que vino después es del dominio público: primates correteando por las zonas cercanas tratando de expropiar en casas del vecindario botellas del anís homónimo con el fin de agarrar una mona y así sobrellevar la depresión sufrida por tan estrepitoso fracaso. Hasta el momento, los cuerpos de seguridad del Estado -que tienen el monopolio de la violencia- no han podido capturar a los rebeldes que deambulan a sus anchas de rama en rama y se niegan a entregarse, haciendo alarde, más bien, de su comportamiento eximio.

Algunos agentes, para engañarlos, han tratado de ofrecerles plátanos maduros. La respuesta de los monos ha sido contundente y monolítica, pero preferimos no publicarla.

Estaremos atentos a cualquier nueva acción del comando Leibniz, nombre con el que se autodenomina la monada rebelde.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El beso argentino, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

El pasado fin de semana estaba todo el mundo subiendo sus fotos por San Valentín, y en honor a ellos, les quiero compartir esta columna de humor que escribí hace unos años cuando llegué a Buenos Aires y que titulé El beso argentino, que lo disfruten y que viva el amor

 

@SoyJuanette

Estos meses en Argentina no han sido nada fáciles, pues, si ya separarse de la familia es difícil, imagínense tener que aprender el idioma porteño y adaptarse a las costumbres de un nuevo país. Gracias a Dios ya estoy hablando y escribiendo argentino casi a la perfección, pero lo que sí me ha costado un poco son algunas costumbres.

La que me trajo muchos problemas, incluso problemas legales, fue el tema del saludo, acá se conoce como “el beso argentino”.

Paso a relatar lo que me pasó: el primer ciudadano de esta patria grande, patria buena, patria bonita… Dios te bendiga Rosa Inés… Perdón, me dejé llevar… Como les seguía contando, el primer argentino que me saludó con un beso en la mejilla, fue el policía que se encargó de tramitar mi constancia de domicilio, documento que  se debe presentar obligatoriamente a la hora de gestionar el DNI (la cédula argentina, para los lectores que no hablan el idioma del sur), solo pagué 10 pesos por este trámite (y el beso).

Confieso que pensé: “Menos mal que este tipo no es el que me tiene que tramitar el documento argentino, porque si no quién sabe qué le hubiese tenido que dar”. Al día siguiente fui a mi trabajo, ubicado por Florida y en el trayecto vi cuando dos policías se saludaban con un beso en la mejilla; entonces entendí que era un código, una jerga entre policías.

Al salir de mi laburo (dícese de la acción de trabajar, chambear, dejar los cueros etc.) fui al encuentro de dos amigos para ir al Museo del Humor. Pero nunca di con la dirección; afortunadamente cuando ya entraba en desesperación vi a una mujer policía. Entonces pensé:

– Seguro ella me ayudará a llegar al lugar. Pero para no ser tan brusco y abordarla directamente, decidí primero saludar. Pero ¿cómo se saluda a una mujer policía? Para encontrar la respuesta hice la siguiente operación matemática en fracciones de segundos:

Hombre policía + Hombre policía = beso en la mejilla.

Hombre (civil o policía) + mujer Policía = beso en la boca más abrazo

Luego de obtener la respuesta, me acerca a la oficial de policía de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la estreché entre mis brazos, cerré los ojos y… para hacerles el cuento corto aprendí dos lecciones:

1. A las mujeres, sean policías o no, no se les puede besar sin su consentimiento.

2. Los compañeros de celda pueden ser más cariñosos que las mujeres policías.

En fin, acá sigo, aprendiendo a vivir en esta segunda patria, que me recibió con un abrazo… y un beso en la mejilla.

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Cómo hacer para que no le roben el celular, por Reuben Morales

@ReubenMoralesYa

Antes, el cuerpo humano se dividía en cabeza, tronco y extremidades. Hoy, en cambio, se divide en cabeza, tronco, extremidades y celular. Este aparato ha llegado a convertirse en la caja de Pandora moderna. Si se lo roban y abren las aplicaciones, saldrá a relucir todo lo bueno y todo lo malo de usted. Por eso, para evitar que le roben el celular y descubran todos sus secretos, aquí le dejo los mejores consejos recomendados por la FBI (la Federación de Burladores de Incautateléfonos):

1. Si tiene un iPhone, colóquele una carcasa que diga Nokia. Aunque si no quiere comprarle carcasa, envuélvalo en un interior sucio, una media usada o una pantaleta de abuela. Ahora, si quiere garantizar su seguridad, llévelo envuelto en un pañal.

2. Píntelo de billete de Bolívar Soberano. Si se lo llegan a robar, se lo devuelven intacto.

3. Tenga una matrioshka de celulares. Uno destartalado para cuando le pidan el viejito para cuando le pidan el que recién dejó para cuando le pidan el que está estrenando.

4. Cómprese un par de zapatos cinco tallas más grandes y meta el celular dentro del zapato.

5. Forre el teléfono con papel tapiz de piedra pómez y diga que usted nunca sale sin su adminículo de belleza, pues es modelo profesional de pies para antimicóticos.

6. Contrate a un guardaespaldas para su celular (y conociendo el tamaño del mismo, puede contratar a un enano).

7. Si quiere tener un iPhone 12, compre dos iPhone 6 y los empata con pega loca (o compre tres Samsung 7 y forme un 21 o cinco Huawei 8 y forme uno 40).

8. Meta el celular en una caja de tampones y diga que, cuando tratan de robarle en “esos” días, usted puede ser más peligrosa que cuando compite por agarrar un buqué de flores en un matrimonio.

9. En la parte de atrás, péguele una calcomanía que diga “Viva Nicolás Maduro”.

10. Hay gente que ama llevar el celular dentro del pantalón como si fuese un revolver. En ese caso, termine de asumir sus ansias de ser agente policial y lleve el celular metido en el pantalón, pero en la parte de atrás. Jamás le quitarán su iPhó.

11. Amárrele una correa como si fuese una mascota (y si se lo tratan de quitar, hale la correa y úsela como una boleadora para defenderse).

12. Meta el celular en una bolsa de empanadas llena de grasa. Ni el macho más macho resiste tener las manos llenas de aceite.

13. Péguele el siguiente cartel: “Este celular pertenece a un cartel”.

14. Sosténgalo debajo de la axila, cual ciudadano francés que lleva el baguette del día a la casa. Y si lo hace, le garantizamos que su teléfono siempre agarrará conexión wi-fó.

15. Adorne su celular con plumas y patas de gallina y atrás escríbale Changó. Eso sí: use esmalte rojo de uñas para asemejar sangre de un sacrificio religioso.

16. Colóquele una tira blanca en la parte superior y otra igual en la parte inferior. Luego pinte el celular de azul cielo y diga que es un tapabocas.

17. Consígase a un amigo que tenga COVID asintomático y pídale que le tosa encima al celular.

¡Listo!… ¡Ya tiene todas las herramientas! Ahora aplique la que más le guste o combínelas a su antojo. Le aseguramos que así terminará teniendo un celular Buzz Lightyear. Le durará “¡Hasta el infinito y más allá!”. Claro, también le evitaremos una ida al hospital, pues su cuerpo seguirá teniendo cabeza, tronco, extremidades y celular.

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La mirada de Humboldt, por Laureano Márquez P.

Retrato de Alexander von Humboldt, por Joseph Karl Stieler, 1843. En Wikipedia.org

@laureanomar

Como el Humboldt se ha vuelto a poner de moda en nuestro misterioso y contradictorio país, resucitando bajo la forma de un casino donde unos juegan fortunas mientras otros casi no pueden vivir, repasemos la mirada que este explorador, científico, geógrafo, naturalista, astrónomo, humanista -y creo que hasta espiritista y electricista- prusiano lanzó sobre nosotros.

En 1799 decidió que le parecía un buen plan hacer con Bonpland un viaje por América, él y su carnal zarparon desde La Coruña, pararon en Canarias y siguieron rumbo a Cumaná. Al llegar a Venezuela recorren parte del oriente y luego viajan a La Guaira para subir a Caracas. Ya en la capital, exploran el cerro el Ávila, el pico de Naiguatá y toda la zona donde algún día estará su hotel.

Les acompaña el joven Andrés Bello, muy entusiasta, pero que no pudo con el esfuerzo y como buen gramático llegó a Sabas Nieves con la lengua afuera.

Los naturalistas hacen luego todo el recorrido de lo que algún día sería la autopista regional del centro hasta Puerto Cabello. Téngase en cuenta que por todos los caminos iban recogiendo hojas y piedritas, es decir que el equipaje se hacía cada vez más pesado. Dan luego una vuelta por los llanos, navegan el Orinoco (2500 km en 74 días). Van hasta Ciudad Bolívar, en ese entonces llamada Angostura (por el amargo, o al revés) y terminan nuevamente en Cumaná. Claro que hay que tener  en cuenta que recorrer Venezuela en el año 1800 no era algo tan complicado como lo sería hoy.

Nota Humboldt, en su viaje por nuestra tierra, entre otras cosas, lo siguiente: que nuestra población indígena no es tan numerosa como en otras regiones de América y que no había ciudades antes de la llegada de los conquistadores, como en México o Perú; que nuestra población rondaba las 900.000 almas y Caracas -que la pareció una ciudad muy europea- unas 40.000; que la gente por acá no tenía muchas ganas de independencia, que preferían cambios lentos y progresivos.

También se cuenta que pudo presenciar por estos lares un eclipse de sol, un terremoto, un extraño caso de lactancia masculina. En su periplo visitó el samán de Güere, pero sin hacer juramento alguno. En Calabozo conoció a un inventor llamado Carlos del Pozo, que había diseñado aparatos para producir electricidad.

Bueno hasta aquí esta pequeña reseña de Humboldt. Señores: hagan sus apuestas en la ruleta revolucionaria… ¡No va más!

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La recaída, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Estoy escribiendo este artículo con bastante dificultad, no porque tenga un bloqueo creativo ni nada que se le parezca, sino porque me duelen los dedos. Pero no solo los dedos, también las manos, los brazos las piernas y hasta e cabello ¿Cuál es la razón? Sufrí una recaída.

Todo comenzó hace unos meses cuando, por la pandemia, dejé de caminar unas 30 cuadras hasta mi trabajo. Y comencé a caminar hasta la pizzería Pin Pun que queda a media cuadra de casa, por lo que mi abdomen se empezó a hinchar (creo que fue por el tomate). Y llegué al punto en donde tuve que hacer algo.

Intenté comer lechuga 7 veces por día, pero descubrí que esa dieta no es efectiva, porque todos sabemos que la lechuga es un vegetal que te hace retener mucho líquido (tiene que haber sido eso porque la mayonesa, el queso, el pan y el tocino son solo acompañantes).

Algo tenía que hacer, ya estaba pareciéndome a un pez globo, así que, por mi salud, tuve que sacrificar la libertad y me puse de novio con una chica que predicaba y practicaba la dieta cetogénica, también conocida como Keto.

Aquella dieta era maravillosa porque podía comer fiambres, grasa y todo lo que quería. ¡Eso fue amor a primera vista!, no con la chica, sino con la dieta.

Pero, como en cualquier relación, no todo fue color de rosa. Porque estaba eso de los ayunos intermitentes, y cuando mi exnovia Keto (reitero que ese es el nombre de la dieta, no de la chica), se ponía con lo del ayuno, iba demasiado lejos. Con decirles que solo me dejaba comer cuando veía que mi mirada estaba “intermitente”, es decir cuando ya estaba a punto de desmayarme.

Aunque eso no fue lo que hizo que termináramos, sino lo cara que se volvió la fulana (dieta). Porque para suplir las harinas, tenías que comprar ingredientes alternativos carísimos, o peor aun, fabricar tu “harina saludable” con aserrín, extracto de coco y polvo de una estrella del planeta mercurio… Así que por mi salud mental, pero más que nada por mi bienestar financiero, puse fin a esa relación. Y también a la dieta.

Como iba, lo más seguro es que terminaría comprando mi ropa en “La Casa de las Banderas”; y justo eso fue lo que me obligó a llamarle… necesitaba ayuda y solo había una persona que podía hacerlo: mi entrenador personal.

Eso de hacer ejercicio entra y sale de mi vida como la gripe, las deudas y las malas decisiones. Debo aclarar que el entrenador personal no ha sido siempre el mismo; a lo largo de mi vida he tenido personas de buena fe que han confiado en mi disciplina y capacidad para la actividad física, y por eso no les contraté nunca. Por el contrario, siempre busqué al tipo de entrenador/a fuerte de espíritu, que, aunque vea a un gordito tierno como yo vomitando, no se le mueva ni una fibra y simplemente me grite “no duele”, y me impulse a seguir adelante. La cosa es que, con la pandemia, ahora todos los entrenamientos son por Zoom; y si un entrenador me grita mucho, corto la internet y santo remedio.

Así que decidí comenzar a correr, no solo por salud física, sino también por salud mental, porque si seguía encerrado iba a enloquecer. Debo contarles que ya llevo tres semanas dándolo todo y hasta me compré un reloj de esos que miden las pulsaciones, la distancia y hasta te dicen quién mató a Kennedy. Y con lo que me costó creo que estaré corriendo por muchos años, para aprovecharlo al máximo.

Quiero aclarar que mi experiencia con los ejercicios ha sido intermitente y casi siempre motivada por problemas de salud que nunca tuve, que aún no tengo, pero mi hipocondría oculta me hace suponer que tendré.

Me gustaría seguir contándoles mi historia con el ejercicio, pero ya está oscureciendo y debo salir a correr cuando todavía es de día. Porque si vuelvo a correr de noche voy a “recaer”, literal, tal y como me pasó ayer, cuando se me atravesó un perro (y su linda dueña). Me tropecé y volé por el aire. Pero no se preocupen, al reloj inteligente no le pasó nada.

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#UnFondoPorVenezuela, por Laureano Márquez P.

Migrantes venezolanos huyen de una Venezuela devastada por la corrupción del régimen chavista. La campaña #UnFondoPorVenezuela busca recuperar lo robado para reconstruir el país. Foto onu acnur (intervenida por N. Silva / Runrunes). 

@laureanomar

Aquellos que llegaron al poder con la promesa de librarnos de las “cúpulas podridas”, se chorearon -para decirlo a la manera criolla- cerca de 300.000 millones de dólares. Escrito con todos sus ceros sería (espero escribirlo bien) 300.000.000.000,00 de $.

¿Que de dónde saco esta cifra? Buena pregunta. Son las estimaciones de Héctor Navarro y Jorge Giordani, ambos exministros de Chávez. Sin embargo, otro exministro, Rafael Ramírez, habla de un defalco de 210.000.000.000,00 de $. (sin incluir -naturalmente- los 11.000.000.000,00 de $ que la Comisión de contraloría de la Asamblea Nacional le atribuyen a él). Es decir, que por este lado serían 221 millones de dólares. Suma y sigue.

Más allá de las propias estimaciones que ofrecen las autoridades anteriores del régimen, se ha investigado el tema en Venezuela con el Corruptómetro, una herramienta interactiva de datos verificados desarrollada por Transparencia Venezuela, la plataforma Connectas y la Alianza Rebelde Investiga (ARI) formada por Runrun.es, ElPitazo.net y TalCualDigital.com. (corruptometro.org).

El corruptómetro, como trabaja con hechos absolutamente comprobables, ofrece cifras mucho más conservadoras que los propios chavistas: entre 1999 y 2020 se identifican 236 casos, pero solo se conocen las cifras de lo choreado en 114 de ellos. Estamos hablando de 52.098.420.753,00 dólares (no hay información de céntimos).

Para brindar una mejor comprensión de esta cantidad, aunque con la inflación reinante ya uno maneja con facilidad cantidades de hasta veinte ceros, mejor descomponemos la cifra en el máximo común múltiplo educativo: con esa cantidad se podrían construir 194.000 escuelas de educación básica. Sacando la raíz cuadrada sanitaria: se habrían podido construir 593 hospitales tipo 4. Por último, elevando la cifra a la potencia eléctrica: 21 represas hidroeléctricas como la de Caruachi.

Dicho esto, surge la pregunta que hace ya tanto tiempo hizo el Dr. Luis Herrera Campins: “¿dónde están los reales?”. En distintos lugares, pero, buena parte de ellos, se encuentran en los Estados Unidos.

Surge entonces una nueva interrogante: ¿por qué una gente robolucionaria, que detesta al imperialismo que representan los norteamericanos, guarda allí los fondos producto de su rapiña?

La respuesta tiene varias facetas:

i) los que hunden la economía de un país, destruyendo sus reglas y violando el ordenamiento jurídico que le sirve de base, buscan para sus fondos sustraídos exactamente lo contrario: una economía segura, estable y con garantías de que sus bienes no sean expropiados por el capricho de un tirano;

ii) los que acaban con la seguridad personal de un país, demoliendo su sanidad pública y su sistema educativo, guardan los capitales birlados en un país en el que su familia pueda gozar de la seguridad personal, la salud y la educación que ellos han arrebatado a sus conciudadanos (por ello no llevan su dinero a Cuba, Irán o Turquía)

y iii) los constructores de dictaduras prefieren vivir con sus dineros robados en sociedades libres y democráticas, donde puedan disfrutar, a la hora de las chiquitas, de respeto a sus derechos humanos, de cárceles seguras, si fuera el caso y de posibilidades de negociar con las autoridades.

Una última pregunta que ya los lectores se estarán haciendo: ¿es posible recuperar la totalidad o parte de esos fondos? La respuesta es sí.

Afortunadamente, el hecho de que esta gente haya escogido un país serio con leyes y estado de derecho para esconder su botín, favorece de alguna manera a la colectividad venezolana. Para conseguirlo, es menester la presión ciudadana a objeto de que los dineros incautados por los EE. UU. a los corruptos venezolanos vayan a algún fondo protegido de acreedores para su rescate cuando retornemos a la democracia; y que haya una lista pública de dichos bienes para el escrutinio colectivo.

En las próximas semanas se estará haciendo una campaña #UnFondoPorVenezuela (inrav.org) para invitar a los venezolanos residentes en los Estados Unidos a contactar a los representantes legislativos de sus lugares de residencia y hacerles la petición para la creación del citado fondo, así que oído al tambor.

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Argentina”, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

La primera vez que escuché la palabra Argentina fue en 1986, al menos eso recuerdo. El planeta celebraba un mundial de fútbol y todos en el Instituto Técnico Jesús Obrero de Caracas no hacían otra cosa que hablar de Maradona. Durante el recreo, mis compañeros, que eran más grandes que yo, trataban de tirar magia jugando a ser Diego; a mí no me dejaban participar porque era “el gordito”, pero para no hacerme sentir mal me decían que yo era el Director Técnico. Por lo que, en cada recreo, yo me convertía en Bilardo; y según mi lógica era mejor, porque si Maradona jugaba bien, era porque Juan Salvador Bilardo lo dirigía, ergo yo era más crack que todos ellos.

Cuando ganamos ese mundial (y sí, dije ganamos) fue una locura. Desde ese día le hinché a la selección argentina, pero ¿cuál era la razón? A los niños siempre les gusta ganar. Cuatro años después volvimos a brillar, ya no en México sino en Italia… ahí el futbol puso a prueba mi fidelidad: llegamos a la final, pero perdimos con Alemania. Sin embargo, desde entonces y aunque juegue contra Venezuela, siempre le voy a la selección argentina.

Ojo, quiero aclarar que si Venezuela juega con otro equipo, es obvio que apoyo a la Vinotinto, pero contra Argentina es otra historia. Seguramente yo sea uno de los primeros panqueques, futbolísticamente hablando, del país donde nací.

Pero mi amor por Argentina trasciende al futbol, y para explicarles mejor les tengo que contar del “Bar de Ariel”.

A principios de los 90, cuando tenía yo 11 años, íbamos a una casa que tenía papá en San Antonio de Cúa. Y, siempre antes de llegar al campo, mi padre paraba en un bar que administraba el señor Ariel.

Ariel era un estudiante de economía de la Universidad de Buenos Aires, que tuvo que huir de su país cuando uno de sus mejores amigos de la facultad fue detenido y nunca más se supo de él. Sus padres, muy asustados, lo mandaron a Venezuela, donde tenían amigos.

Cuando Ariel llegó a Caracas quedó maravillado por tanta modernidad, y por la bonanza petrolera de finales de los 70. Su primer trabajo fue vendiendo enciclopedias puerta por puerta, luego encontró empleó como mensajero en los tribunales, ahorró y pudo abrir su bar.

El Bar de Ariel era un lugar bastante peculiar, con una barra de madera muy larga con varios taburetes; a un costado había una rocola que solo tenía discos de tango. Al final de la barra y junto al teléfono de línea, que se parecía mucho al batitelefono que salía en la serie de los 60, estaba el busto de un hombre trajeado, de sombrero: Carlos Gardel.  Gracias al Bar de Ariel conocí el tango, a Gardel y a Buenos Aires.

Todos los fines de semana, cada vez que parábamos en lo de Ariel, él nos contaba cómo era ese lugar maravilloso de cúpulas enormes, edificios como castillos, y grandes avenidas. “La Avenida más grande del mundo la tenemos nosotros, decía” o “Le dimos de comer al mundo”. También contaba que había una calle que tenía muchos, pero muchos teatros, y a cada lado de la vereda; y que cuando encendían las marquesinas aquello era una fiesta de luces… Sin saberlo, Ariel fue metiéndome no solo por los ojos, sino también en el corazón a su “Buenos Aires querido”.

Con el tiempo dejé de ir a la casa de campo, y las visitas al Bar de Ariel se fueron desdibujando de mi memoria. Llegó esa etapa hermosa para los jóvenes, y terrible para los padres, que se llama adolescencia; y ya no era tan cool ir a un bar a “escuchar hablar a los viejos”. Ahora quería ser yo, libre; a mi manera quería cambiar el mundo.  

Pero lo que pasa es que, cuando Argentina se te mete en el corazón ya no hay quien la saque.

En esa época yo iba mucho a los pasillos de la Universidad Central de Venezuela a comprar casetes, libros y películas en VHS. Por lo que Argentina se me apareció a través de Les Luthiers, Landrisina, Charly García, Spinetta, Sumo, Fito. También como Eliseo Subiela con su Hombre mirando al sudeste y El lado oscuro del corazón.

Tiempo después, cuando tenía unos 19 años, en un arranque de locura contra el sistema, me fui a estudiar guion a la Escuela Internacional de Cine en la Habana, y coincidentemente estuve para el Festival de Nuevo Cine Latinoamericano. Aquella Navidad tendría uno de los mejores regalos que me dio la vida: conocí a Eliseo Subiela y a Fernando Birri, quienes me abrieron un nuevo mundo, el del cine argentino.

A Eliseo lo conocí en la fiesta que dio en ICAIC en el Hotel Nacional, luego del estreno de su película Las aventuras de Dios. Aquella noche nos pegamos un pedón con mojitos, y Eliseo nos confesó que se hizo cineasta porque nunca pudo aprender a tocar el saxo, y que en realidad quería ser jazzista.

Después coincidimos en otras fiestas, donde me presentó a Miguel Littín, y al director peruano Francisco Lombardi. Sin duda, fue una etapa maravillosa para el cine latinoamericano, y también para mí. En esa edición del Festival de Cine de la Habana, Argentina me flechó con su cine y desde entonces es una de las cosas que más disfruto.

Ya de regreso a Caracas, siempre iba a la semana del cine argentino para ponerme al día. Fue pasando el tiempo, conseguí un trabajo y ahorré un montón, porque tenía que ver en primera persona esos edificios, las marquesinas, el Obelisco y hasta cruzar 9 de Julio de un solo tirón… todo eso quería hacer.

El primer viaje

La primera vez que vine a Buenos Aires la ciudad me recibió con su cielo entre rosado y naranja. Era invierno, y el viento me golpeaba las mejillas, pero era una sensación maravillosa. En mi primer viaje visité los cafés porteños, los bosques de Palermo, el Jardín Botánico, y todos esos lugares que visitan los turistas. Pero cuando vi las marquesinas encendidas en los teatros de Calle Corrientes lloré de emoción; la ciudad se me presentaba tal y como Ariel me la había descrito cuando tenía 11 años. Fueron 20 días maravillosos, pero tocaba volver a Caracas, eso sí, con el compromiso de volver cada vez que pudiera. La noche antes de partir, me fui hasta la costanera y me comí un choripán, y cuando volvía en el taxi, en la radio sonó Canción de adiós… ahora cada vez que la escucho, aunque ya pasaron más de 15 años de aquel viaje, me emociono.

El segundo viaje

Luego de mi regreso pasaron unos tres o cuatro años, y en el ínterin me puse de novio y hasta me casé. Por supuesto que para la luna de miel elegimos venir a Buenos Aires y, por fortuna, a ella también la ciudad le voló la cabeza. Tanto así que proyectamos vivir acá por unos años, para luego volver a Venezuela.

Pero bueno, vinieron otras prioridades como los hijos (tenemos dos), el departamento, los autos… Y una vez más el sueño porteño se nos desdibujó. ¿Pero saben qué paso? Otra vez por casualidad o causalidad Argentina se me puso al frente.

La situación política y económica fueron haciendo mella en Venezuela, y también en nuestra relación… tal vez nos casamos jóvenes, o tal vez debíamos estar juntos solo ese tiempo: aquello se volvió inaguantable, no se podía vivir. En un mes, los ahorros que teníamos para venirnos los 4 solo alcanzaron para que viniera solo uno, así que viajé yo.

El viaje final

Ese vuelo ha sido el más difícil de mi vida. Aunque había alegría en mi corazón, porque Argentina era ese imán maravilloso que me atraía finalmente hacia ella, también tenía mucho miedo porque, como dice Emilio Lovera: “Una cosa es turismo y otra migración”.

Esos primeros meses fueron difíciles, porque en Venezuela fui un periodista al que nunca le faltó trabajo, todos me conocían. Pero en Argentina nadie sabía quién era yo. Afortunadamente conseguí trabajo rápido en la industria del Call Center y como operador; paradójicamente, yo que había sido uno de los gerentes más jóvenes en la historia de Directv, ahora era un operador que vendía suscripciones para la misma compañía. El país me dio una lección de humildad enorme. 

Ya cuando me estaba adaptando, y las cosas comenzaban a marchar mejor, se vino otra prueba dura: oficialmente me separé de la madre de mis hijos. La distancia había hecho lo suyo y erosionó lo poco que quedaba de mi matrimonio. Sin embargo, mi exesposa, que es una gran mujer, cumplió su promesa y se vino con mis hijos.

Hoy día cada uno es feliz desde su espacio, pero hay algo que nos hace muy feliz a los dos: ver a nuestros hijos formándose, y aprendiendo a querer a este gran país, que ahora también es su país.

Quiero aclarar, antes que salgan los ultranacionalistas, que sabemos perfectamente y nunca hemos dejado de querer a Venezuela, pero ahora también queremos a la Argentina. Porque el país de uno no es solo donde naces, sino también aquel lugar que te da trabajo, cobijo y educación para tus hijos. Es el que te permite forjarte un futuro, pero también el que te da sentido de pertenencia, y es que nuestro país, ya desde su fundación, en el preámbulo de nuestra constitución argentina te invita a ser parte: “promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”

Si me lo preguntan, no sé lo que significa para un migrante renacer en otro país porque, les digo con sinceridad, Argentina siempre ha sido mi país. Esta tierra me conquistó a los 7 años cuando jugaba a ser Bilardo, también cuando Ariel me hablaba de Buenos Aires en aquel bar gardeliano en los 90. Y me sigue conquistando cada mañana cuando abro los ojos y estoy tranquilo, porque gracias a Dios encontré mi lugar en el mundo.  

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Fobias que no te dice el psicólogo, por Reuben Morales

@ReubenMoralesYa

Si bien son muchas las fobias tipificadas por la psicología, he encontrado un conjunto de pánicos no diagnosticados, pero que usted y yo padecemos todas las semanas:

Teleeducación-fobia: estremecimiento que vive un padre cuando llega un correo de la maestra titulado “Actividades de la semana”.

Motofobia: es la película de atraco que uno se arma en la cabeza cuando va caminando por la calle y escucha una moto cerca.

Tarjetofobia: espacio de tiempo que transcurre entre pasar tu tarjeta de débito o crédito para una compra y sentir el vértigo interno de que te digan: “Saldo insuficiente”.

Meserofobia: terror que se manifiesta tras reclamarle algo a un mesero y pensar en la posibilidad de que luego te traiga el plato escupido.

Estornudofobia: pánico que uno vive cuando presencia un estornudo de otro ser humano. Dicha fobia dura hasta dos semanas (tiempo para confirmar si ese ese estornudo produjo una incubación de COVID o no).

Esposafobia: fenómeno tipificado por mi colega Bobby Comedia. Es el temor de un hombre ante la posibilidad de que la esposa lo regañe por algo que hizo o dejó de hacer. Dicho en términos del Licenciado Comedia: “No importa lo que hagas, para ella igual la vas a cagar”.

Hora-loca-fobia: miedo que se manifiesta en el cuerpo cuando uno está en una fiesta sentado, bebiendo y conversando tranquilo y arranca la hora loca. El clímax de dicho miedo se presenta cuando tu tía se acerca para meterte a la fuerza en el trencito de la conga.

Alocucionfobia: ansiedad intensa que siente un ciudadano cuando su presidente anuncia una transmisión especial para comunicar nuevas medidas económicas.

No-sé-a-qué-le-di-fobia: sobresalto que se vive al comprar un aparato electrónico nuevo y darle a un botón que no se sabe para qué es.

Celufobia: pavor que siente todo hombre cuando deja su celular solo y la mujer se lo comienza a revisar.

En-la-parada-fobia: temor que se manifiesta al viajar en bus y ver que este ya se acerca a nuestra parada. Es el momento retador en donde uno debe vencer toda vergüenza y gritar “¡¡¡En la parada, por favor!!!”.

Supermercadofobia: angustia que brota cuando la cajera del supermercado está pasando los productos por el escáner y uno espera el monto total de la compra.

Plátanofobia: súbito aumento de adrenalina que experimenta el organismo al darse cuenta de que las tajadas de plátano se quemaron por uno estar revisando el teléfono mientras las freía.

Tenemos-que-hablar-fobia: ansiedad extrema que siente un cónyuge o un empleado cuando su pareja o jefe le envía un mensajito que dice “Tenemos que hablar”. Dicha fobia puede incrementarse exponencialmente si el mensajito termina en “Pero lo hablamos mañana”.

No-me-viene-fobia: crisis existencial que viven las parejas luego de tener relaciones y no recibir la tarjeta roja del árbitro en los días siguientes.

Y si bien estas fobias son nuevas, hay unas más nuevas todavía, pero aún están en estudio. Una de ellas se llama Lo-leíste-fobia. La misma se caracteriza por un síndrome de escapatoria que se manifiesta al leer un artículo y luego esconderse para que el escritor no te acose preguntando “¿Lo leíste? ¿Lo compartiste? ¿Qué te pareció?”. Lo único claro de dicha fobia es que, si desea evitarla, simplemente dígale al escritor “¡Te botaste! ¡Eres un crack! Ya lo compartí en todos mis grupos” y caso resuelto. El escritor no le fastidiará más y la fobia desaparecerá de inmediato.

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