Los crecientes peligros del periodismo venezolano, por Alejandro Armas - Runrun
Los crecientes peligros del periodismo venezolano, por Alejandro Armas

@AAAD25

Si leyeron mi artículo anterior en este portal, sobre los nuevos peligros que corre la sociedad civil en Venezuela, tal vez repararon en que mencioné a los medios de comunicación como la única parte de esa sociedad civil que corre riesgos a un nivel similar al de las organizaciones no gubernamentales, las cuales fueron el foco de la columna. Si entonces no hablé más sobre las tribulaciones de los medios, es porque quise reservar el tema para un artículo aparte, que están leyendo justo ahora. Me pareció que lo ameritaba. No solo por razones personales (es mi gremio), sino por las consecuencias para el país entero.

Sé que es un lugar común aburrido a estas alturas, pero sin prensa libre no hay democracia, y los lugares comunes aburridos no tienen por qué ser falsos.

En efecto, esta verdad es otro de los miles de problemas que embargan a Venezuela hoy. Uno de los más graves. Partamos del hecho de que democracia no hay. Entonces, volviendo al axioma que abre este párrafo, ¿para qué molestarse? Bueno, el detalle adicional es que sin una prensa independiente también es más difícil restaurar la democracia perdida. Para empezar, si nadie se encarga de dar a conocer los abusos cometidos desde el poder, naturalmente el público se encuentra con menos razones para la denuncia y la protesta. Asimismo, la disidencia organizada pierde mecanismos para convocar manifestaciones. Y así, la lista de razones sigue.

El chavismo siempre entendió el poder de la comunicación. Por eso se planteó no solo hacer que su voz sonara en todos los rincones del país, sino que además no suene ninguna voz que lo contradiga. El mayor arquitecto conceptual de esta política, por cierto, es un señor que se cansó de la «revolución bonita» hace muchos años y se retiró a otras tierras, de esas donde das Kapital, en el alemán original hace de las suyas, para el inmenso pesar de los desgraciados que viven allá. Vaya perlita nos dejó. La bautizaron «hegemonía comunicacional» y básicamente consiste en la pretendida necesidad de que sea el Estado venezolano la fuerza dominante en la comunicación masiva nacional para así promover ciertos «valores» que contrarresten los contenidos «negativos» en los medios tradicionales.

Pero como en Venezuela el Estado fue fusionado con el partido gobernante, el resultado no es una plataforma genuinamente pública, y por lo tanto plural, sino un aparato de propaganda partidista.

La axiología socialista es una vez más la fachada para los intereses de la elite gobernante. Lo que sea que ella desee es lo que tiene que imponerse en la opinión pública, y para eso están los medios del Estado a su disposición. Es la hegemonía de Gramsci (de quien tomaron el nombre) pero, como apuntó un especialista en la materia cuyo nombre por desgracia hoy no recuerdo, puesta de cabeza. La sociedad no toma el control del Estado, sino al revés.

Ah, pero puede suceder que el público no esté interesado en aquel mensaje. Bien sea por falta de afinidad con el emisor o por simple aburrimiento. El propio Hugo Chávez se quejaba de que su gobierno tenía «medios públicos sin público». Ergo, si el escenario ideal de una población adicta a la comunicación oficial era inalcanzable, había que lograr la segunda mejor alternativa: una población sin acceso a fuentes de comunicación opuestas a la oficial. Así que la otra cara de la hegemonía comunicacional es restringir tanto como sea posible las voces disidentes.

La primera víctima fue la televisión. Fue escogida como tal por ser a principios del siglo XXI el medio más usado por los venezolanos para informarse. Las televisoras tuvieron que someterse a la autocensura o terminar como RCTV. Luego les tocó el turno a las emisoras de radio. La lista de cerradas por Conatel da para líneas y líneas en el papel. Hablando de papel, a los diarios no les fue mucho mejor. El monopolio estatal de la importación de papel periódico dejó sin el más elemental de los insumos a un sinfín de medios impresos.

En todo el mundo la transición del periodismo textual a la web, con sus patrones de consumo y modelos de negocios tan distintos, ha sido en general traumático. Pero en Venezuela esa movida tuvo que hacerse de manera especialmente brusca y accidentada porque la alternativa era la desaparición total.

Esto me lleva al más contemporáneo asunto del periodismo digital venezolano. La web 2.0 se volvió el refugio para el oficio reporteril independiente. Aparte de medios físicos tradicionales como El Nacional, hubo un estallido de nuevos medios únicamente digitales, como El Pitazo, Efecto Cocuyo, Crónica Uno y aquel que usted lee justo ahora.

No digo, por supuesto, que haya sido fútil buscar el asilo digital. Pero su alguien creyó que el régimen no intentaría acallar igualmente este nuevo periodismo, pues qué ingenuo. Los bloqueos a páginas web de periodismo independiente por servidores venezolanos no son una novedad. La Patilla lleva años lidiando con ellos. Pero recientemente ha habido una oleada de bloqueos muy preocupante. Incluye a sitios web como los de Armando Info y Efecto Cocuyo. Ocurre en un país con rezago tecnológico severo, donde muy pocas personas, incluso entre las activas en internet, saben lo que es un VPN.

A todo lo anterior debemos agregar los riesgos personales que corren los periodistas venezolanos por hacer su trabajo. Esto tampoco es nuevo pero, de nuevo, se ha agravado considerablemente en los últimos años. Hay un patrón de señalar a periodistas con acusaciones endebles e imponerles algún castigo judicial. Los casos de Luis Carlos Díaz y Darvinson Rojas son solo dos de los más destacados. Aunque las sanciones impuestas han sido laxas si se las compara con las sufridas por políticos y militares presos, siguen siendo una arbitrariedad enorme, con el propósito de inducir la autocensura.

No tengo dudas de que este problema se va a profundizar. En parte de la arremetida contra la sociedad civil relatada en el artículo anterior. Desde enero se habla de un “diálogo de paz” en Venezuela. La ”paz” de la sumisión, claro está. Y sin embargo, al periodismo venezolano no le queda más que seguir informando. Tampoco tengo dudas de que así será.

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