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Los traidores, por Sebastián de la Nuez

@sdelanuez 

Esta semana se derrumbó otro pedazo de la UCV, Tibisay Lucena se marchó del CNE más gorda de lo que entró, los vestigios de la democracia recibieron varios mordiscos del Tribunal Supremo de Justicia y ubicuos operadores políticos del MAS (de lo que queda del MAS) fueron colocados donde hay, para que ellos también arañen del botín (de lo que queda del botín).

También apareció el cadáver de un caballo en el sector La Gloria, en alguna parte del estado Apure.

Esto último ya se convierte en un ritornello, otra pista del país de ahora, donde suelen aparecer restos de animales asesinados (o sacrificados, como quieran) en zonas rurales, pero también urbanas. ¿Qué tal sabrá la carne de caballo, de perro, de gato, de zamuro? No son tristes las noticias que vienen desde Venezuela; son dramáticas.

Por primera vez en 60 años, Eduardo Fernández no votará por la tarjeta verde de Copei, y no lo hará más nunca, dice en un tuit, mientras permanezca secuestrada por el TSJ. Henri Ramos Allup, por su parte, dice que lo que le están haciendo a Acción Democrática ya se ha visto antes en la Historia y que el partido de Betancourt siempre sobrevivió, aun en las épocas más oscuras.

Otras tarjetas con unos símbolos y colores inequívocos, otros partidos, han sufrido la ocupación forzada vía exprés gracias a los buenos oficios de los delincuentes del TSJ.

Su sala Constitucional ha dictado, según constata una ONG especializada en el tema judicial, al menos 132 sentencias contra el poder legislativo desde diciembre de 2015. Esta organización calcula que la sala Constitucional dicta, en promedio, un fallo cada doce días contra la Asamblea Nacional legítima, por cierto, producto de las últimas elecciones justas (aun realizadas en condiciones abusivas y ventajistas a favor del régimen) que hubo en Venezuela.

Pero estos sucesos de los últimos días, contra los partidos sobrevivientes, no serían posibles sin los traidores, esos bichitos con hocico y pezuñas que han medrado siempre de la política y lo seguirán haciendo eternamente. Bichitos con consistencia de correveidile. ¿Verdad, Felipe Mujica?

Hay traidores en las cloacas y en las directivas de los partidos, nunca se sabe cuándo se van a quitar la máscara.

Y hay traiciones sin traidores, o sea, traiciones que han crecido en el inconsciente colectivo desde lo aceptado tácitamente por la sociedad y el sistema educativo.

Como las lecturas que se hacen de la Historia.

Los historiadores venezolanos tienen, hoy en día, como quien dice, la película completa en su cabeza. Saben bien cuáles son las consejas repetidas una y otra vez a lo largo del tiempo, hasta el hartazgo —incluso— en las aulas de cada escuela o en la televisión, los discursos y en los libros; han producido daños irreversibles, virulentos.

Carole Leal Curiel, una de las más acuciosas y equilibradas historiadoras con que cuenta Venezuela, está harta del entorno político, se ha encerrado en su casa a estudiar y escribir sobre los inicios de la Independencia en Venezuela. Los acontecimientos actuales la sobrepasan en su condición de persona alerta y vulnerable ante la tragedia colectiva.

Hace algún tiempo escribió una monografía, «La primera revolución de Caracas, 1808-1812: juntismo, elecciones e independencia absoluta», donde estudia la revuelta del 19 de abril de 1810 y la declaración de Independencia del 5 de julio. En buena medida, la condena bolivariana al sistema federal y a los «excesos liberales» explica el fracaso político de esa primera revolución. Apoyándose en los estudios de Germán Carrera Damas y Luis Castro Leiva, apunta Leal Curiel en una dirección: la reconstrucción histórica de la época emancipadora —es decir, la reconstrucción que se ha hecho el propio venezolano de su Historia— gravita en torno a la figura de Simón Bolívar y, por extensión, sobre todo lo militar que hay o hubo en cada héroe o supuesto héroe.

Sin embargo, la narrativa histórica escamotea aspectos decisivos en esa primera república, como el largo proceso de negociación política que significó conformar juntas en las provincias que formaban parte de la Capitanía General, el desarrollo de las elecciones para diputados al Congreso General Conservador de los Derechos de Fernando VII y el debate teórico-político que condujo a la declaración de la independencia absoluta.

O sea, se prefirió enaltecer la inmediatez y capacidad decisoria de las armas, dejando en la sombra la posibilidad de negociar, la importancia de las elecciones y la herramienta inestimable del debate de ideas, aquel que finalmente pueda conducir a un cambio.

¿Hay en Venezuela una “conciencia histórica nacional” (la expresión la toma Leal Curiel de Carrera Damas)? No, no la hay. No hay sentido de república ni de la cosa cívica sino culto a lo militar, culto al revanchismo, culto a Bolívar.

¿Cuál es el sentido mismo de la república? Hay dos países, uno grande, sufriente y desparramado por el mundo que conoce, o al menos intuye, ese sentido de lo republicano; el otro, mínimo pero poderoso, es el paisito que está expropiando ahora partidos políticos, animando la traición a esa escala. Ese paisito no sabe lo que es república, pero sí sabe lo que es feudo. Es el país, por cierto, del colombiano Alex Saab (y del traidor que lo elevó y le dio las llaves), embajador plenipotenciario del régimen madurista en asuntos de alimentación, entre otros.

En su autoencierro, que no es para nada improductivo ni significa laxitud de espíritu, Leal Curiel busca, en el fondo de todo su trabajo, quizás, una respuesta en la Historia, la respuesta a una pregunta que suena un poco vulgar pero que ya se la han hecho otros intelectuales latinoamericanos en relación a sus propios países, por lo general zarandeados por su propia Historia o por la brutalidad de sus líderes: ¿en qué momento se jodió Venezuela?

En el momento en que nació Chávez, dirán algunos.

Pero no. Esa no es suficiente respuesta. Chávez es un traidor más, uno vil y artero, desde luego; pero ni siquiera merece tanta importancia.

Hace falta escuchar a los historiadores. Hace falta rescatar los valores y quitar de su sitio unas cuantas estatuas o bustos del Libertador. No destruirlas ni echarlas a un río, tampoco es cuestión de alentar más barbarie. Simplemente, mudar esos trastos a la esquina de la plaza y dejar en el centro a un médico, a un literato, a un profesor.

Hace falta quitarle el remoquete “bolivariana” a la república de Venezuela. El culto a Bolívar, y al énfasis que se le ha dado a sus acciones sobre las de venezolanos ilustres del lado civil de la acción humana, ha sido y es una forma de traición a la patria.

 

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