Gonzalo Himiob Santomé, autor en Runrun

Gonzalo Himiob

Contravoz: Condiciones y escenarios, por Gonzalo Himiob Santomé

ANALICEMOS LOS HECHOS. Juan Guaidó, Presidente de la AN, no declaró el 10E que asumía por mandato constitucional el cargo de Presidente encargado o interino de Venezuela. Al día siguiente, el 11E declaró textualmente su apego a los artículos 233, 333 y 350 de nuestra Carta Magna, y convocó a la ciudadanía, a la comunidad internacional y a la Fuerza Armada Nacional a respaldarle para poder cumplir las funciones que le atribuye específicamente el artículo 233 de la Constitución. Pese a que eso en sí mismo no significa que Guaidó haya aceptado expresa e individualmente la responsabilidad constitucional que le corresponde, definitivamente sí implica, siendo lógicos, que entiende y acepta que el artículo 233 de la Constitución venezolana le ha convertido, ipso iure, o lo que es igual, de inmediato y en justo derecho, en Presidente interino de Venezuela, con todo lo que eso significa. Eso sería coherente además con su declaración expresa, esa sí ya formulada claramente en varias oportunidades, de la usurpación de funciones a cargo, en este momento, de Nicolás Maduro.

Con respecto a estos hechos, ¿qué nos dice el derecho? El hilo de la continuidad del poder no debe romperse. El gobierno no debe quedar acéfalo. La Constitución, con sus altas y bajas, está diseñada para que eso no ocurra y para garantizar la estabilidad de la República. Cuando no existe un Presidente legítimo que tome posesión de su cargo, de inmediato, sin necesidad de decreto o de providencia previa, se activa el artículo 233 de nuestra Carta Magna, y según en el momento en el que se produzca la ausencia absoluta, otros funcionarios asumen la cualidad interina de Jefe de Estado, de Jefe de Gobierno y de Comandante en Jefe de la FAN.

Si, cualquiera que esta sea, la falta absoluta se produce antes de que se dé la toma formal de posesión del cargo (lo que debió ocurrir el 10E) el que debe asumir, porque es su responsabilidad constitucional, la conducción interina del Estado y del Gobierno, y la cualidad interina también de Comandante en Jefe de la FAN, es el Presidente de la AN. Si la falta absoluta se produce después de la toma formal de posesión (dentro de los primeros cuatro años del periodo presidencial o dentro de los dos últimos años de dicho periodo) el que asume el cargo que queda “vacante”, por así decirlo, es el Vicepresidente Ejecutivo. Esto es lo que ordena el Art. 233 de nuestra Carta Magna, que sigue plenamente vigente.

Ahora bien, ¿basta que Guaidó haya declarado su apego al Art. 233 de la Constitución para considerar que ha aceptado sin cortapisas y sin el menor atisbo de duda la responsabilidad que la Constitución y las circunstancias han puesto sus hombros? Lógicamente, y seguro seré criticado por ello, debo decir que no. Para que hilo constitucional mantenga su continuidad y no se dé un vacío de poder tienen que darse al menos dos condiciones, una de fondo y otra de forma: La primera, de fondo, exige que el llamado por nuestra Carta Magna a asumir la presidencia interina, en este caso el Presidente de la AN, exprese de manera inequívoca y clara que está dispuesto a aceptar la responsabilidad que recae sobre sus hombros; y la segunda, de forma, que tome posesión formal del cargo a través de su debida juramentación ante el órgano del Poder Público que representa a la totalidad del pueblo venezolano, que es el parlamento.

El primer requisito, de fondo, no es una nimiedad. Es muy importante porque, aunque una cosa es lo que dice el derecho, en la realidad, en los hechos, puede darse el caso de que el llamado a asumir, ante una ausencia absoluta, la Presidencia Interina de la República, sea quien sea, no quiera o no pueda hacerlo, caso en el cual sí se materializaría, definitivamente, un vacío de poder.

Volviendo a nuestra realidad actual, con respecto al cumplimiento de la primera condición, la de fondo, al día de hoy existen dudas que deben ser despejadas. Es lógico afirmar que, si ya Guaidó declaró su apego al Art. 233 de la Constitución, de manera tácita o implícita está a la vez señalando que acepta que dicha norma le convierte, de inmediato, en Presidente encargado o interino de nuestra nación. Así lo ha asumido buena parte de la población en Venezuela, más movida a ello por su deseo de que así sea y por la esperanza de cambio que por lo que en realidad y objetivamente se desprende, hasta ahora, de las palabras textuales de Guaidó. Pero aun cuando esa, la de asumir el cargo de Presidente Interino, hubiese sido la intención del Presidente de la AN en sus discursos, la verdad es que para muchos el mensaje no quedó claro, no solo para miles de venezolanos, que han expresado sus dudas a través de diferentes medios y por medio de las redes sociales, sino además para un importante número de medios y analistas internacionales (les invito a revisar las noticias y reseñas sobre el acontecimiento) y para la comunidad internacional.

Es verdad, hasta ahora la OEA, a través de su Secretario General, saludó a Guaidó como nuevo Presidente Interino de Venezuela, y el gobierno de Brasil reiteró su apoyo y reconocimiento a la AN como la “autoridad ejecutiva” de nuestro país, pero nótese que Brasil habló de la AN como cuerpo colegiado, no mencionó a Guaidó, ni destacó su cualidad, personal e intransferible, de Presidente Encargado o Interino de Venezuela, lo cual, aunque nos duela, en el lenguaje diplomático significa mucho. Más allá de estas dos expresiones, y de las que le atribuyen a Maduro la cualidad de usurpador, al menos hasta el momento en el que finalizo estas líneas, ningún otro país u organismo internacional ha declarado que reconoce a Guaidó como Presidente Interino de Venezuela y, aunque nadie está en la cabeza de los demás, no es descabellado atribuir esa falta de pronunciamientos expresos y directos sobre este punto, por ahora, a las dudas que ha generado la falta de expresión de voluntad clara y precisa de Guaidó.

Lo mismo ocurre con las FAN, que tampoco han recibido un mensaje claro. En mi criterio, no contribuye a despejar estas dudas la insistencia de Guaidó (así lo expresó tanto el 10E como el 11E) en que la cadena de mando “está rota”. En la mentalidad militar, que tiene por pilares fundamentales (Art. 328 de la Constitución) la disciplina, la obediencia y la subordinación, eso no es posible, no existe, y flaco favor se le hace a la nación cuando a quienes tienen el monopolio de las armas, que en coyunturas como las que vivimos desempeñan un papel crucial, se les dice que ahora no tienen autoridad civil a la cual subordinarse, que “no hay cadena de mando”, pues básicamente con ello lo que se les plantea es una disyuntiva, para los militares, hasta cierto punto insalvable: La de tener que elegir entre obedecer a un Comandante en Jefe ilegítimo o no obedecer a nadie.

La solución a estos primeros problemas es muy sencilla, y está en manos de Guaidó. Él, si así lo decide, debe expresar claramente y sin florituras que acepta la responsabilidad que el Art. 233 de nuestra Constitución le impone, y que en consecuencia asume la Presidencia Interina de Venezuela, asumiendo además la dirección de la acción de gobierno, la representación internacional del Estado y el carácter de Comandante en Jefe de la FAN. Esta expresión, cabe destacarlo, es personal, pues no es a la AN, como cuerpo colegiado, a la que nuestra Carta Magna, en su Art. 233, le asigna en estos casos las funciones del Presidente de la República, sino al Presidente de la AN a título individual. Si Guaidó no expresa clara y asertivamente que él, a título personal y como Presidente de la AN, está aceptando el cargo de Presidente Interino de Venezuela, (y reitero, esta es una decisión muy personal, pues no está exenta de riesgos graves, que todos conocemos), la verdad, por dura que sea, es que quien estaría generando una situación de vacío de poder sería él mismo. Estaría incurriendo en una omisión constitucional muy grave, y lo que es peor, se estaría él mismo situando en una posición de especial vulnerabilidad, porque la experiencia demuestra que no es lo mismo perseguir, o encarcelar, a un diputado (el gobierno ya lo ha hecho antes, dispuesto a pagar el costo político interno y externo que ello le representa) que perseguir o encarcelar a un Presidente, aunque sea interino, legítimo, en funciones, y además reconocido como tal por buena parte de la comunidad internacional. La relación costo/beneficio, que es lo que valora el poder cuando persigue políticamente a quienes se le oponen, es muy diferente en cada caso, especialmente en la coyuntura actual, cuando los ojos del mundo están sobre nuestra nación.

Con respecto a la segunda condición, la de forma, que implica la toma formal de posesión del cargo, juramentándose ante la AN para el desempeño del mismo, hasta ahora esta no se ha dado. Algunos, incluso sorprendentemente algunos abogados, alegan que estas formalidades no son necesarias, pero lamentablemente sí lo son. Para proteger y garantizar la democracia, y esto deberíamos haberlo aprendido ya, son importantes tanto el fondo como la forma. Además, tal toma de posesión y el juramento consustancial a ésta, tienen un efecto y un impacto simbólico incuestionable, especialmente, y esto hay que decirlo, para el mundo militar que, como bien lo apuntaba el constitucionalista Asdrúbal Aguiar en una reciente entrevista, es un mundo de símbolos y formalidades. No se le puede pedir a la comunidad internacional, ni a los militares, y ni siquiera a la ciudadanía en general, que acepten como Presidente, así sea como Presidente encargado y temporal de una nación, a una persona que no toma formal posesión del cargo y que no jura consecuentemente cumplir bien y fielmente con las obligaciones inherentes al mismo. Se trata de un gesto importante que, además, demuestra a propios y a ajenos que existe en quien lo ejecuta la disposición a cumplir cabalmente con sus funciones y, además, la de asumir las responsabilidades que de ellas derivan. Esto no puede ser desdeñado ni descartado como si fuese una suerte de formalidad “intrascendente”.

¿Cumplir con esta formalidad implica que cesará de inmediato la usurpación presidencial denunciada por Guaidó y que ha sido aceptada como tal por millones de venezolanos y por un sector importantísimo de la comunidad internacional? Evidentemente, no ¿Implica que Maduro de inmediato desalojará Miraflores y pondrá la orden del pueblo su cargo? Tampoco. Mucho menos significa que podrán realizarse elecciones libres dentro del término de los 30 día consecutivos que ordena nuestra Carta Magna. Pero sí implica, de manera clara, que no se ha roto la continuidad en el poder, que no hay vacíos en el mismo, que la nación tiene sin dudas un Presidente legítimo, respaldado por los votos que lo llevaron a la AN y por el mandato constitucional que lo colocó en dicha posición; que los militares tienen en efecto un Comandante en Jefe al cual están indiscutiblemente subordinados y que Venezuela cuenta con un representante legítimo ante la comunidad internacional. Atentar contra ese estado de las cosas, como ya se dijo, encarcelando o deponiendo por la vía de las armas y de facto al Guaidó como Presidente interino, significa para Maduro y para quienes le siguen un costo político mucho más alto, nacional e internacional, que el que supone perseguir a un diputado, por muy Presidente de la AN que sea.

El último elemento a considerar es el apoyo popular. No son solo Guaidó, la AN, las FAN o la comunidad internacional los que deben jugar un papel protagónico de ahora en adelante y dependiendo de lo que suceda. En eso a Guaidó no le falta razón. Si los venezolanos no le apoyamos en las inmensas cargas que le tocará llevar, si así las acepta y asume, le estaremos dejando solo a merced de una jauría que no dudará ni un segundo en neutralizarlo, acabando a la vez con nuestras esperanzas de cambio, “como sea”. En ese sentido, la pelota también está en el campo de la ciudadanía, en su campo y en el mío estimado lector que, aunque con sobrados motivos, que no viene al caso comentar, tenemos razones válidas para desconfiar de algunos líderes opositores, también tenemos que ponernos a la altura del momento histórico y dejar de lado nuestras decepciones y enconos para entender que, al final del día, esta lucha no es de uno ni de unos pocos, sino de todos nosotros.

@HimiobSantome

Las expectativas, por Gonzalo Himiob Santomé

@HimiobSantome

SE HAN GENERADO ESTA SEMANA MUCHAS EXPECTATIVAS. La diplomacia oficialista, que hay que decirlo, pese a sus “revolucionarios” desparpajos e improvisación muchas veces funciona, esta vez salió de la ONU con las tablas en la cabeza. No solo no pudieron impedir airados discursos contra el gobierno de Venezuela, proferidos por representantes de países que hasta hace muy poco se habían mantenido convenientemente neutrales o habían sido sus aliados, tampoco pudieron convertir la presencia de Maduro en la Asamblea General en un evento de resonancia mundial (así como cuando Castro, o hasta el mismo Chávez, tomaban el podio), y no lograron sino que unos pocos gatos se quedaran a escucharle su perorata victimizante e intrascendente, pero lo más importante es que no pudieron impedir dos acontecimientos que, definitivamente, marcan un antes y un después: Primero, la remisión, en un primer momento a cargo de seis Estados, a los que después se sumó uno más (Francia), todos parte del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (CPI), de una solicitud formal a la Fiscal ante la CPI, Fatou Bensouda, para que vaya más allá del examen preliminar, ya abierto, y active, con base en el Art. 14 del Estatuto de Roma, una investigación formal por la comisión en Venezuela de Crímenes de Lesa Humanidad y, en segundo lugar, la Resolución del Consejo de DDHH de la ONU, histórica y sin precedentes, que reconoce la existencia de una crisis humanitaria compleja en nuestro país y la gravedad de la misma, que ha afectado (así lo expresa textualmente) a “cientos de miles” de personas; la migración masiva a la se ha forzado a millones de personas, y que destaca que dicha crisis abarca no solo las graves carencias a las que estamos sometidos, sino además las gravísimas violaciones a los DDHH que fueron registradas en el informe de junio de 2018 por la Oficina del Alto Comisionado para los DDHH de la ONU, en el que se recogen desde asesinatos por motivos políticos y ejecuciones extrajudiciales, hasta torturas, tratos crueles e inhumanos, desapariciones forzadas y persecuciones, y la prisión y encarcelación arbitrarias de miles de personas, solo por pensar distinto.

Lo primero que cabe concluir es que, pese a los inmensos recursos destinados por el gobierno venezolano a la diplomacia y a eso que llaman el “lobby internacional”, su fracaso, al menos esta vez, es indiscutible. La negación obtusa y sistemática de la existencia de la realidad, y el lloriqueo continuo, dirigido a hacerles ver como supuestas “víctimas” de conspiraciones ilusorias ya no le funcionan. Tampoco funciona ya el discurso social, de supuestas inclusión e igualdad, que tanto cala, a despecho de que no menciona jamás la palabra “libertad”, en la mentalidad “progre” de los que, sin haber probado jamás lo que es vivir en un país “socialista”, celebran en Venezuela abusos y tropelías que jamás estarían dispuestos a aceptar en sus propios países. Desde esta semana quedó claro que ya no se puede tapar el sol con un dedo.

Esto ha despertado reacciones de todo tipo. Por una parte, tenemos a los pesimistas de siempre, los que en estos hechos no ven nada relevante ni trascendente, los que creen que nada de lo logrado sirve para nada y piensan que, de todos modos, seguiremos igual. En el otro extremo, están los optimistas a ultranza, los que se imaginan que no faltan sino pocos días para ver a Venezuela libre y a muchos de los que nos han abusado vistiendo trajes anaranjados de recluso tras haber sido capturados y condenados por la justicia penal internacional. La verdad, sin embargo, se encuentra en el punto medio entre esos dos extremos.

Definitivamente lo ocurrido tiene una importancia que no debe desdeñarse. El mundo, al oficialismo venezolano, se le ha vuelto en apenas una semana mucho más pequeño. Las muy pocas solidaridades automáticas con las que todavía cuenta el gobierno venezolano penden de un hilo que rápidamente se deshilacha, y esto es así porque no es nimiedad que contra quienes han dirigido nuestros destinos hasta este momento se haya activado, de manera inequívoca, la justicia penal internacional. Nadie quiere ser tenido, a la larga, como cómplice de quienes, eventualmente, pueden ser condenados como criminales de lesa humanidad. Ya esa “foto de grupo”, con algunos dudosos “amigos” no conviene. No hay chequera que pague un precio tan alto.

Esto no quiere decir que desde hoy mismo podamos palpar los resultados de estas decisiones. Algunos avances veremos, pero no es cierto que la mesa de la libertad y de la justicia ya esté servida. Aún queda mucho trecho por recorrer. Dos reacciones nos permiten comprender esta última afirmación plenamente, y situar en su justo medio el impacto de lo ocurrido: Primero, la de Michelle Bachelet ante la Resolución del Consejo de DDHH de la ONU, ya no como presidente de Chile sino como Alta Comisionada para los DDHH de la ONU, dirigida a los pesimistas inveterados, que de inmediato y sin medias tintas le exigió a Maduro que permita, lo que sería inédito, la entrada de los expertos en DDHH la ONU a Venezuela. Como todos sabemos, la posición de Bachelet como presidente de Chile sobre Venezuela fue siempre francamente complaciente, en su nueva posición no puede permanecer igual, y debe obedecer las instrucciones que le imparta el Consejo de DDHH de la ONU. Si quiere mantenerse en el puesto debe actuar conforme a un cúmulo de reglas distintas de las que regían su ejercicio como presidente de Chile. Ella lo sabe, y por eso respondió inmediatamente. Esto pone a Maduro contra la pared, pues si acepta la solicitud, de primera mano podrán estos expertos registrar y constatar la realidad del país, y si no la acepta, o la somete a condiciones absurdas, se pondrá de espaldas al mundo entero demostrando en la jugada que todo lo que se dice sobre Venezuela es cierto.

La segunda reacción es la de la Fiscal ente la CPI, Fatou Bensouda, que desarma un poco el optimismo ciego y, de alguna manera, llama a la calma. Una vez recibida la solicitud originaria de las seis naciones que dieron a ello, indicó que el examen preliminar ya abierto en su oficina continuará en los mismos términos en que se ha manejado hasta ahora. La diferencia, según ella, es que para proceder a la apertura formal de una investigación ya no necesita la aprobación de la Sala de Cuestiones Preliminares (SCP) de la CPI, lo cual es cierto. Sin embargo, en un aspecto calla, y esto debemos tomarlo en cuenta. También es cierto que si ella decide, por el contrario, que no hay méritos para abrir la investigación formal (a diferencia de lo que ocurría antes de que los Estados le solicitaran su actuación) su negativa queda ahora sujeta al control de la SCP de la CPI, que perfectamente puede estar en desacuerdo con la Fiscalía y ordenar la apertura la investigación. En todo caso, como bien lo destaca el profesor Fernando Fernández, esta es una situación inédita. Nunca antes un Estado parte del Estatuto de Roma, ni mucho menos un grupo de éstos, había solicitado el inicio de una investigación formal contra personas de otro Estado parte por Crímenes de Lesa Humanidad, así que en este tema estamos recorriendo territorio inexplorado. En todo caso, lo cierto es que, pese a lo dicho por la Fiscal, ya no es ella sino la SCP de la CPI la que tiene ahora tiene la última palabra.

Sobre esto, por cierto, debemos tomar en cuenta además dos cosas: La primera es que no hay plazo previsto para que la Fiscalía ante la CPI decida qué va a hacer. El examen preliminar, y luego la investigación formal, si procede, pueden durar años. Así ha pasado con otros países, como por ejemplo ocurrió en Colombia. En segundo lugar, tenemos que ponderar que uno de los elementos que se debe dar para que la investigación proceda es que exista, al momento de la decisión, “interés en la justicia”. Sí, esto es muy subjetivo, y básicamente depende de las que hayan sido las víctimas de los crímenes cuya investigación se pretende. Si, por ejemplo, al momento en el que la investigación proceda, y aun teniendo todos los elementos que la permitan, en el país de que se trate está en curso un proceso de transición, en el que internamente y con el concurso de las víctimas se está decidiendo qué se hará, o cómo se castigarán, los crímenes cometidos, la Fiscal o la CPI pueden perfectamente decidir que no está en el interés de la justicia universal involucrarse en estos temas. La justicia universal es complementaria y subsidiaria con respecto a la justicia local, y en todo caso, si tal justicia puede lograrse en la esfera nacional, la CPI no debe intervenir.

Esto sin embargo no implica que debamos pensar que nada positivo pasará de inmediato. Las investigaciones que se adelantan en la CPI no son contra los Estados, son contra las personas, y el simple hecho de que ya estén bajo esa lupa debe tener, en quienes están siendo señalados como culpables, un efecto disuasivo indiscutible. Quienes están siendo señalados de cometer graves crímenes contra la humanidad, y saben que podrían ser juzgados y condenados por ello hasta el final de sus días y sin importar dónde se encuentren, tienen ahora que medir muy bien sus pasos y sus actos. Nada pasará desapercibido. Ya no pueden actuar con la misma libertad e impunidad con las que antes se manejaban. Las cuatro paredes tras las que escondían sus felonías han sido demolidas y ahora sus actos están a la vista del planeta entero. Cualquier nuevo abuso, cualquier nuevo crimen cometido, quedará inmediatamente registrado, y les acarreará, tarde o temprano, consecuencias directas y personales. Esto, evidentemente, no es poca cosa.

 

¿Dónde estás?, por Gonzalo Himiob Santomé

 

No es esta una pregunta que vaya dirigida algún buen amigo o a algún primo de los que no se tienen noticias desde hace tiempo y que, se presume, se fueron, como tantos otros, de nuestro país. La pregunta es para ti, que sigues aquí, en Venezuela, en ese país al que ya no reconocemos como aquel en el que crecimos y que, con sus buenas y malas y con sus imperfecciones, le daba cobijo, oportunidades y tranquilidad a todo el que entendiera que no se construye una vida ni se pone el pan en la mesa esperando las limosnas del gobierno.

¿Qué ha sido de ti? Allá por el 2001, cuando el gobierno de Chávez insinuó apenas que quería jurungar la educación de tus muchachos te le plantaste de frente y, bajo la consigna “con mis hijos no te metas”, lo hiciste retroceder. Más tarde, en 2002, Chávez nos impuso una retahíla de decretos y acabó con la meritocracia que regía en nuestra más importante industria, en aquellos tiempos una de más eficientes y rentables del mundo, y saliste a la calle como nunca lo has vuelto a hacer después, hecho millones, en paz y con la frente y tu bandera en alto. Es verdad, por razones que todos conocemos y que no viene al caso comentar en este momento, tras mucho bregar esa fue una batalla que perdimos, pero tu voz se alzó clara y contundente contra los abusos y demostraste también que estabas a la altura del momento. Después vino el paro cívico nacional 2002-2003, y pese a los cuentos de camino que el poder se empeñó en consolidar como la “verdad oficial”, lo cierto es que cumpliste tu parte, te quedaste en tu casa y el país, en efecto, estuvo casi completamente paralizado.

Después vinieron, desde el 2003 hasta el 2004, los lances del firmazo y del reafirmazo, y allí también pagamos cuotas muy altas, como las pagamos luego en 2007 cuando te vi en la calle luchando, solo con la Constitución en la mano, contra el cierre arbitrario de RCTV y contra aquella propuesta de reforma constitucional que pretendía convertirnos en lo que nunca hemos sido. No pudiste evitar que Chávez siguiera en el poder, de hecho, luego demostraste que lo único que le interesaba era reelegirse de manera permanente, ni que RCTV saliera del aire, pero al abuso le plantaste tu “no” y, de la mano de un movimiento estudiantil como no se ha vuelto a ver, te alzaste con una victoria incontestable contra las intenciones hegemónicas de uno que hasta ese momento se había creído invencible y todopoderoso. Además, demostraste que ya empezabas a ser parte de esa gran mayoría que ya tenía claro que el país no debía seguir por la senda que unos pocos se empeñaban, y se empeñan, en imponernos.

Luego estuviste a punto de cambiar la historia de tu país. Te organizaste, tragaste sapos y culebras (como lo harías también después, consciente de que no era el momento de poner tus antipatías y disgustos personales por encima de las necesidades del país) y, primero en 2013, estuviste a mucho menos de un 1% de votos de darle un giro de timón a Venezuela, cambiando de presidente, y después, en 2015, lograste que la AN dejara de ser un simple instrumento del Poder Ejecutivo y le demostraste al mundo que el gobierno ya no tenía respaldo popular alguno. Hoy es el único órgano del Poder Público que tiene indiscutible legitimidad de origen. Eso lo lograste tú.

En 2014 dijiste, “ya basta”, y de nuevo alzaste tu voz y tu bandera en todo el país. Lo mismo hiciste en 2017. La máquina represiva, ocupada solo de mantener a los pocos en el poder, contra el deseo de muchos, se terminó de quitar la careta y el mundo conoció por fin su verdadero talante y lo que en Venezuela significa y cuesta alzar la voz contra el poder. Es verdad, en esos momentos confiaste en gente que después te traicionó, gente a la que solo le interesaba su propio juego y que, cuando más la necesitaste a tu lado, cuando más la querías resteada y firme, te dio la espalda. A esos los ha juzgado, y los seguirá juzgando, la historia. Algunos lo hicieron por conveniencia, otros para seguir de fichas ilusas en un tablero en el que no han terminado siendo, creyéndose reyes y reinas, más que peones prescindibles, otros, los menos, pueden incluso hasta haber obrado de buena fe, pero cualesquiera que hayan sido, aquellas fueron sus intenciones y sus decisiones, no las tuyas, no puedes seguir escudándote en ellos ni en sus errores para evadir tus responsabilidades como ciudadano.

Si miras hacia atrás, lograste que el Himno Nacional, que antes de esta locura se escuchaba con hastío y hasta como obligación, volviese a tener sentido y que hasta lágrimas nos arrancara. Eras parte del “bravo pueblo”, luchabas sin cansarte contra el yugo y la opresión y reclamabas del poder, en cada uno de tus pasos, el respeto y la gloria que sentías tan tuyos como tu propio corazón.

Pero ahora no te veo. La situación está ahora mucho peor que antes. Ningún momento de nuestra historia reciente te ha dado tantos motivos para ejercer tu ciudadanía, para plantarle con decisión y arrojo la cara al oprobio, pero solo se siente de ti un silencio pesado y abrumador: Ocupados solo de sobrevivir hora a hora y un día a la vez, nos movemos y comportamos como zombis desde una inercia que dista mucho de ser digna de las notas que cantan y enaltecen nuestro gentilicio libertador. Lo sienten nuestros muertos, nuestros presos políticos, nuestros exiliados. Lo sienten tus padres y tus hijos, y lo siente Venezuela. La peor prisión que padecemos hoy los venezolanos que seguimos en nuestro país, la estamos construyendo con nuestra apatía, con nuestra indiferencia, con nuestro egoísmo y sí, también en muchos casos, con nuestra ceguera y con nuestra estupidez. Duele, pero es así.

Por eso la punzante pregunta nos estalla todos los días en la cara y se cuela en cada resquicio, en cada calle, en cada barrio, en cada hospital en el que se nos muere un hermano por falta de medicinas, en cada alimento que no podemos comprar porque ya no está o porque no nos alcanza el dinero, en la morgue atiborrada, en cada esquina en la que un padre tiene que hurgar en la basura para darle de comer a sus hijos, en cada empresa que cierra, en cada empleo que se pierde, en cada lágrima impuesta por la distancia y la separación forzada entre los padres y los hijos y en cada atentado impune contra nuestra dignidad: ¿Dónde estás?

@HimiobSantome

La perversa resiliencia, por Gonzalo Himiob Santomé

Psicólogos y psiquiatras, entre ellos seguramente mi padre, arquearán las cejas y me reprocharán, no más leer el título y con justas razones, mi ignorancia en los temas que a ellos les atañen ¿Cómo va a ser perversa la resiliencia? ¿Cómo vamos a decir que la capacidad del venezolano para adaptarse de manera positiva a las situaciones adversas que padece en la actualidad y desde hace tanto tiempo va a ser negativa? Afirmarlo suena a contradicción, a paradoja. Lo que es positivo no puede a la vez ser perjudicial ¿O sí?

Literalmente, según el DRAE la resiliencia es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adverso. El concepto lo toma la psicología (referido normalmente a situaciones como la pérdida de un ser querido, el abuso psíquico o físico, las enfermedades crónicas, el abandono afectivo, el fracaso, las catástrofes naturales y la pobreza extrema) de la capacidad que tienen algunos materiales para recuperar su forma o estado inicial cuando ha cesado la perturbación a la que ha estado sometido. En general, un ser resiliente es uno que ante un estímulo externo negativo significativo se dobla, se adapta, para no quebrarse, lo que convierte a la resiliencia en un mecanismo de defensa frente a la adversidad.

Desde allí, y dado que es un concepto de moda entre los venezolanos, yo me pregunto si no es esa misma capacidad nuestra, como cuerpo social, para adaptarnos a la realidad negativa que sufrimos a todo nivel, plena de estímulos negativos y de golpes continuos a nuestro ánimo, a nuestra libertad, a nuestro bolsillo y a nuestra paz, la que nos mantiene atados a este círculo vicioso en el que se ha convertido nuestra cotidianidad. A nivel individual la resiliencia puede ser positiva, pero cuando se la entiende y asume como una cualidad del colectivo, es negativa.

Los ejemplos de que no solo como individuos, sino a nivel social, somos resilientes los encontramos a todo nivel. Mencionemos solo algunos, aunque estoy seguro de que mis lectores podrán pensar en muchos más: Si no tengo los recursos para adquirir los bienes que necesito para subsistir, me convierto en bachaquero o me saco el carnet de patria para ver si de esa manera, al menos, tengo acceso a las cajas CLAP, a la que será, supuestamente, la gasolina subsidiada, o a cualquiera de esas migajas que el gobierno presenta a quienes se le someten disfrazadas de “bonos” de todo tipo; si soy dueño de un medio de comunicación y me amenazan con cerrarlo por mantener una línea crítica al poder, o hasta por simplemente reseñar lo que en verdad ocurre, que no las “versiones” sesgadas del gobierno sobre cualquier suceso de trascendencia nacional, me autocensuro y me “adapto” hasta que lleguen tiempos mejores; si tengo una tienda o un negocio cualquiera y se me aparecen la SUNDDE o el SENIAT para imponerme una serie de exigencias absurdas que no tienen un fin distinto que el de obligarme a bailar al son que se toque desde Miraflores, por equivocado que sea, pues también me adapto y comienzo a cumplir con las directrices que me sean impuestas, aunque vayan contra toda lógica y sean, en definitiva, perjudiciales para mí y para la economía en general; si tengo un banco y el gobierno me cambia a placer las reglas de juego, y hasta el valor de la moneda, cuando le viene en gana, sobre la base además de teorías sin base o francamente contraproducentes y fracasadas, igual le sigo el juego y me quedo callado; si soy militar o funcionario público y me obligan a corear consignas en las que no creo o a hacer cosas que yo sé que no debo hacer, me “hago el loco”, como decimos en Venezuela, me comporto como un autómata y me dedico a cumplir las órdenes que me impartan aunque yo sepa, porque así es, que al hacerlo me deshonro y me humillo, todo con tal de permanecer donde estoy, esperando mi baja o la jubilación al amparo de una relativa, y siempre amenazada, estabilidad. Y así sucesivamente. Eso por solo hablar de los que deciden “doblarse” ante cualquier exabrupto, por absurdo que sea, de los “vivos” criollos, tan “creativos” ellos, que ven en cada desatino o exceso del poder una oportunidad para sacar provecho personal de la desgracia ajena, explotando para propio beneficio las fisuras, los desajustes, las carencias y la escasez que nacen de cada capricho o experimento gubernamental.

El problema es que en la medida en que como país nos adaptamos a la adversidad, así lo veo, perdemos nuestra capacidad de asombro (lo negativo, lo perjudicial, por terrible que sea, empieza parecernos “normal”) y también nuestra capacidad de hastío, todo lo cual nos impide trazar la línea entre lo tolerable y lo intolerable y lo que es peor, no nos deja actuar para lograr los cambios necesarios, cuando se alcanza el umbral de lo insoportable o de lo inaceptable. Si confiamos en que, ante cualquier situación negativa de cualquier índole, siempre podremos sobrevivir o adaptarnos, apoyados en nuestra imaginación y en nuestra creatividad, incluso a costa de nuestra dignidad, de nuestros valores y de nuestra libertad, y pese a que al final el costo sea mucho más alto que el beneficio inmediato y coyuntural, el impulso natural de rechazo ante los abusos y daños, y nuestra capacidad de cuestionarlos y de oponernos a ellos para actuar en consecuencia y hacerlos desaparecer, pasan a un segundo plano o, sencillamente, desaparecen.

La resiliencia de los venezolanos puede ser vista como positiva, como mecanismo de defensa y de subsistencia, siempre que se la considere de manera aislada, individual y relativamente aséptica. Pero no cuando tomas en cuenta que, así lo creo, desde hace años el gobierno en Venezuela la pondera como parte y elemento esencial de las ecuaciones y análisis que hace sobre el impacto que puedan tener sus actos, por descabellados, abusivos o arbitrarios que sean, sobre la ciudadanía. Al parecer, hemos perdido la capacidad de decir “ya basta”, nuestra capacidad de trazar un “hasta aquí”, y nuestra proverbial resiliencia, nuestra innata capacidad, como sociedad, de adaptarnos a la adversidad, por dura que ésta sea, se ha convertido en una herramienta del poder contra nosotros mismos. El poder cuenta con ella, y hasta la promueve para el logro de sus fines. La prueba está en que empleamos toda nuestra imaginación y nuestra creatividad en procurar nuestra propia e individual supervivencia diaria, sin ver más allá, dejando de lado que esas mismas capacidades también, y mejor, podrían servirnos para idear y poner en práctica fórmulas, pacíficas pero contundentes y efectivas, que sirvan para eliminar, de raíz, la causa originaria de nuestros males.

La resiliencia, entendida como cualidad colectiva y en contextos como el nuestro no es una virtud, es un problema. Por muy positivo que parezca ser resilientes, cuando el que perturba nuestra paz está contando con nuestra capacidad de adaptación para seguir haciendo de las suyas, nos convertimos en cómplices e instrumentos de quienes nos dañan. No es lo mismo poder adaptarse a las adversidades, lo que incluso así visto implica una capitulación ante ellas, que decidir que no se las va a seguir tolerando más, que se han cruzado líneas y límites que no se deben cruzar jamás y, consecuentemente, tomar desde allí las fuerzas que se necesitan para enfrentarlas y, en definitiva, vencerlas.

@HimiobSantome

La colcha de retazos, por Gonzalo Himiob Santomé

 

Me llegan muy frecuentemente al correo, (digo, cuando el ABA lo permite) mensajes de personas que están organizando una venta de garaje o algún evento parecido. Incluso ya hay páginas dedicadas a eso. Regalar a tus cercanos, o vender al precio que sea, lo que sabes que no te puedes llevar a un nuevo destino se ha hecho cotidiano, como cotidiano se ha vuelto también que tantos compatriotas hayan perdido las ganas de seguir en Venezuela. Es uno de los más dolorosos signos de estos tiempos que nos ha tocado vivir. Confieso que, si el tiempo me lo permite, me paseo por las imágenes que normalmente acompañan tales ofertas. Es ahora un placer culposo y, de alguna manera, melancólico.

Al principio lo hacía para ver qué objeto útil y barato podía encontrar para mi casa. Aunque al final nunca he comprado nada, en los primeros tiempos, cuando la diáspora venezolana iniciaba, hallabas en esas ventas objetos muy interesantes. Desde muebles en muy buen estado hasta obras de arte y antigüedades, pasando por bicicletas, instrumentos musicales y electrodomésticos que, aún usados, se veían muy bien, de todo encontrabas en esos mensajes.

Sin embargo, luego empecé a darme cuenta de que, de alguna manera, las cosas que en estas ventas se ofrecían nos cuentan, a su pesar, la historia de sus dueños, y cuando empecé a verlas así, comprendí que esas ventas significaban mucho más que un siempre intercambio de bienes y dinero: Son una muestra palpable, y muy íntima y directa, de la profundidad de la desventura que padecemos.

Una cuna, un juego de sábanas para bebés, juguetes y teteros sin sus cajas, un “sacaleche” que se anuncia como “casi sin uso, limpio y en perfecto estado”, y escarpines tejidos a mano, quizás por alguna abuela ilusionada, nos sugieren que en esa casa vivía, o vive, pero ya se va, un pequeñín que de ahora en adelante solo hablará con sus tíos y primos por “Skype” y que no conocerá lo que es pasar un domingo en el Parque del Este, en Los Caobos o en Los Próceres con su papá aprendiendo a lanzar la pelota mientras sueña con convertirse en la próxima estrella del Caracas o del Magallanes, tomándose después un raspado de tamarindo con leche condensada para mitigar su sed. Unas muñecas con todo su ajuar, sus casitas y demás accesorios, bellamente dispuestas para la foto, nos hablan de la niñita que acá, seguramente con mucha tristeza, las abandona, sin entender por qué, pero intuyendo que también abandona, sin darse cuenta, la posibilidad de crecer y de dejar de jugar a ser mamá, de recibir su primer beso a escondidas en alguna verbena o en las gaitas de su colegio o de más tarde casarse y traer al mundo a sus hijos en la tierra que la vio nacer.

Un cuatro, un bajo o una guitarra con las cuerdas incompletas nos cuentan la historia del adolescente, que ahora vivirá en un lugar con otro nombre, que en algún momento quiso ser músico o tener una banda acá, con sus amigos de la cuadra sentados ante el furruco, la tambora o la batería y con aquella vecinita bella, de la cual todos estaban un poco enamorados, como cantante.  Ahora, si tiene suerte, le tocará empezar a estudiar de nuevo en un liceo en el que no conoce a nadie, quizás en un idioma que no le es propio o, si no es tan afortunado, tendrá que ayudar a sus padres trabajando en lo que le toque hasta que pueda retomar sus estudios. Sea como sea, a la música, a su música, la deja acá. Su vecinita, lo más parecido que ha tenido a un primer amor y quizás el único motivo real por el que se animó a aprender algunos acordes, ya se le fue con sus padres y hermanos hace unos meses.

Unas chapaletas, algunas máscaras de buceo y unas bombonas de oxígeno a la venta, o una tabla de surf que se nota que no ha visto el mar desde hace años, nos hablan de la pasión que sus dueños sentían por nuestras playas y nuestra naturaleza, y también de su carácter aventurero. Las imagino en mejores tiempos sondeando los corales de Los Roques o de Tucacas, venciendo las profundidades de Chichiriviche o, sencillamente, “montando el paro” (porque a veces somos así, “pantalleros”) en alguna playa de Vargas al lado de alguna cava llena de “frías” y “pasapalos” que hasta no hace tanto compartíamos de buena gana con cualquier desconocido que se nos atravesara y que en apenas minutos se hacía nuestro “hermano” o “pana” del alma solo porque su toalla y su toldo estaban al lado de los nuestros. Y no, no nos importaba si tenía plata o no, ni de dónde venía. Mucho menos el color de su piel. Así éramos, pese a que la mentira quiera convencernos de lo contrario.

Una colección de acetatos inmensa e intacta, puesta a la venta al lado de un “picó”, de un amplificador y de unas cornetas Pioneer (“si no has escuchado Pioneer, solo has escuchado la mitad del sonido”, decía su eslogan) nos revelan que, en ese apartamento ahora empequeñecido y ya a medio vaciar, vivía un verdadero melómano que no perdía la oportunidad, cuando se reunía hasta altas horas de la noche con sus amigos en su casa (sí, antes se podía) de mostrarles su cultura musical paseándolos por una selección que iba desde los primeros trabajos de Emerson, Lake & Palmer o de Rush, hasta los éxitos de Simón Díaz, del Carrao de Palmarito, de Reynaldo Armas, de Reyna Lucero y hasta de Luis Silva, con intervalos de Aditus, Témpano, Melissa, Franco de Vita, Desorden y Sentimiento Muerto, sin olvidar (cuando las chicas nos hacían saber que querían bailar) a Oscar de León, Lavoe y a Maelo. Ustedes saben a qué me refiero, a esas reuniones en las que tras varias “pecho cuadrado” en el buche terminábamos todos saltando y cantando a voz en cuello “Cerro Ávila” de Ilan Chester, antes de sonar a todo volumen, como señal de que ya teníamos que irnos a casa, el “Alma Llanera”, lo cual hacíamos, pero sin dejar de pasar antes, sin importar la hora que fuese y sin miedo, por cualquier “perrero” famoso, de esos que trabajaban las 24 horas del día, para cerrar “la noche” con la barriga llena cuando ya despuntaba el alba. Se va también nuestro melómano dejando ese trozo de su vida, y esos recuerdos, en Venezuela.

Eso por no hablar de las vajillas, de las copas, de los vasos, de las ollas y de los enseres de cocina que en esas ventas apuradas son lo que más se ofrece y que evocan mucho más ¿Cuántas madres y padres prepararon y sirvieron en ellos los almuerzos familiares de los domingos, los sancochos cruzados, la sopita “levanta muertos” para después de la rumba, las arepas del desayuno o las hallacas de diciembre? ¿Cuántas historias podrían contarnos ese plato o ese vaso con una leve y casi invisible grieta o aquella paellera curtida y ennegrecida?, y los patines, triciclos, patinetas y bicicletas que allí se venden ¿De cuántas aventuras infantiles, reales o imaginarias, fueron éstos y por estas calles los indiscutibles protagonistas?

Veo las fotos de esas cosas cotidianas y cercanas que ya no tienen cabida en la nueva vida, lejana, a la que se ha forzado por las malas a tantos venezolanos, y más que a un catálogo de objetos para la compra o para la venta, se me parecen más a una colcha de retazos, una hecha con diferentes trozos de la vida y de la más entrañable memoria de millones de personas que, seguramente, hubiesen querido un destino distinto acá, en su país, en el terruño que siempre será, aunque vivan lejos, su hogar.

@HimiobSantome

Excarcelados, por Gonzalo Himiob Santomé

Detenidos (1)

 

Lo primero que hay que destacar es que un excarcelado no es lo mismo que un liberado. Desde el punto de vista práctico, “liberar” es darle o concederle su libertad a alguien, mientras que “excarcelar” es sacarlo de la cárcel, lo que no implica, necesariamente, concederle su libertad, al menos no su libertad plena.

Hago el comentario desde la base de los acontecimientos recientes en Venezuela, tras el anuncio de Maduro referido a los presos políticos de nuestro país. El pasado jueves destacó Maduro: “Yo espero que todos los sectores involucrados en la violencia política del 2014, del 2015, el 2016, el 2017 saquen lecciones del proceso histórico y se vayan a las calles aquellos que cometieron delitos violentos contra la cosa pública y contra la paz del país, se vayan a las calles a hacer política, quiero una política de pacificación, de reencuentro, de reunificación y reconciliación de Venezuela”. Y luego añadió: “Así que anuncio una amplia política de reencuentro y pacificación que permita que los factores que estuvieron en la violencia se incorporen a la lucha política legal, constitucional, sin armas y sin violencia, al país”.

Tras estas afirmaciones, que corresponde analizar en frío, se señaló que se había instruido a la ANC, para que, a través de la “Comisión de la Verdad”, evaluara cada caso y articulara lo que fuera necesario para que algunos presos políticos (aún no está claro quiénes o cuántos serían, ni cuáles serían los criterios que se utilizarían para determinarlos) salieran de su injusto encierro.

Ese mismo jueves pudimos tener noticia de que, cumpliendo de manera expedita la orden presidencial (lo cual demuestra la nula independencia de nuestro poder judicial) ya se habían emitido las primeras boletas de excarcelación, a saber 26, de las cuales 20 estaban referidas a presos políticos. Como es lamentablemente costumbre, no fueron ejecutadas de inmediato, como lo ordena la Constitución, sino al día siguiente, progresivamente, hasta que se completó un primer lote de excarcelaciones de veinte personas. Un poco más tarde, el mismo viernes, fueron excarceladas dos personas más, y el día sábado (no el viernes, como algunos lo afirmaron) fueron también excarcelados también el norteamericano Joshua Holt y su esposa. En total, hasta el momento en el que escribo estas líneas, habían salido de la prisión, por órdenes de Maduro, 24 personas.

Salvedad hecha de Joshua Holt y de su esposa, que fueron enviados de inmediato a los EEUU, ninguno de los otros excarcelados obtuvo su libertad plena. A todos se les mantuvo el proceso penal abierto y a todos se les impusieron medidas cautelares, que implican, en diferentes modalidades, una libertad restringida o limitada. Esto implica que, si bien ya no están presos, no han sido en realidad liberados, sino excarcelados. Las investigaciones contra ellos se mantienen abiertas y, en cualquier momento, podrían volver a prisión si el poder así lo desea. Así están las cosas, lo reitero, al menos hasta el momento en el que preparo esta entrega.

Maduro ha promocionado su propuesta como un “gesto” de “buena voluntad”, pero varios elementos nos permiten dudar de tales “buenos propósitos”. Como punto previo, cabe destacar que concederle la libertad a quien nunca debió estar encarcelado no es un “gesto”, un “beneficio”, una “gracia” ni un “regalo” presidencial, por el contrario, es una obligación del gobierno. Partir de una premisa distinta significa aceptar lo inaceptable pues, aunque en nuestro país no exista el Estado de Derecho, según nuestra Carta Magna el poder está sometido a la Constitución, a las Leyes y a los Tratados Internacionales sobre DDHH vigentes en Venezuela, no al revés.

El primer elemento que genera dudas ya lo hemos mencionado: El gobierno no está en realidad aceptando sus culpas ni el error que supone haber enviado a la cárcel injustamente y por razones políticas, no jurídicas, a tantas personas durante los últimos lustros. A algunos presos políticos los ha sacado, hasta ahora, de la cárcel, sí, pero mantiene sobre sus cuellos la espada con la que puede, cuando así lo desee, cortarle de nuevo la cabeza a su libertad. Es, en realidad, y como decimos en Venezuela, un “sí, pero no”, una amenaza, un “sales de cárcel, pero no te resbales” y, al final del día, una trampa muy peligrosa que juega cruelmente con el deseo, natural, humano y comprensible, de todo preso político de salir de su injusto encierro como sea.

En segundo lugar, insiste Maduro en la consolidación de una narrativa falsa y “justificante” de su indebido y sistemático proceder represivo, que por cierto ha sido ya calificado en varias instancias internacionales como un grave crimen de Lesa Humanidad. Según Maduro, los presos políticos no están en la cárcel por haber cuestionado de manera legítima al poder, por haber manifestado pacíficamente o por haberse opuesto al gobierno, sino por haber incurrido, en su decir, en “actos de violencia política” y en “delitos contra la cosa pública y contra la paz del país”. En otras palabras, y paradójicamente, mientras da la orden política de que sean excarcelados (porque políticas son las razones de su encierro) Maduro les niega la condición de presos políticos e insiste en estigmatizarlos y en categorizarlos como simples “delincuentes”.

En tercer lugar, resulta sospechosa la opacidad con la que se ha manejado cuál sería el alcance total, cuáles serían los criterios de selección, y quiénes los eventuales destinatarios de la jugada. De acuerdo a nuestros registros en el Foro Penal, al día de hoy tenemos certificados 346 presos políticos en Venezuela, algunos de los cuales ya tienen más de 15 años privados injustamente de su libertad, y nadie puede adelantar con exactitud quiénes terminarán excarcelados y quiénes no, ni por qué unos serán “seleccionados” mientras que otros, nadie sabrá en realidad las razones, tendrán que seguir padeciendo injusta prisión.

A esta opacidad, a este hermetismo (obtuso e inexplicable, si se toma en cuenta que la movida está supuestamente “llena” de “buenas intenciones”) se suma que ni los abogados o los familiares de los presos, ni las ONG que manejan con seriedad este tema, han sido convocados a expresar su parecer, a brindar su apoyo técnico ni han sido llamados a facilitar los datos que manejan sobre la realidad de la prisión y persecución política en Venezuela, y también que entre los supuestos factótums del “gesto” están, primero, Rodríguez Zapatero, cuyo saldo, cuando se involucra en estos temas, siempre termina en rojo, y después un excandidato presidencial que nunca mostró, que se sepa, la más mínima preocupación ni interés alguno por los presos y perseguidos políticos de nuestra nación y que ahora pretende equipararse a Moisés liberando a los hebreos de la opresión de los egipcios.

En cuarto lugar, destaca que la propuesta de Maduro habla de quienes están injustamente encarcelados, pero nada dice de las más de 7000 personas sujetas, bajo medidas cautelares o de libertad restringida, a procesos penales injustos por motivos políticos ni de los miles de exiliados que, al día de hoy, no pueden poner pie en Venezuela pues de inmediato serían enviados a prisión. La persecución política tiene muchas facetas, de las cuales la prisión política, aunque prioritaria, no es más que una sola de ellas. Abarcar solo a unos cuantos presos, seleccionados unilateralmente al capricho del poder, dejando a muchos otros en las mismas, o hasta en peores, condiciones, y sin tomar en cuenta las otras caras de lo que ha sido la sistemática persecución penal injusta y por motivos políticos en nuestro país, ya lo he dicho, no es más que un “paño caliente”, un “maquillaje” que, al final del día, más allá de la alegría, lógica e irreprochable, que pueda generarle a los que terminen coyuntural y provisionalmente fuera de la cárcel, puede terminar siendo peor como remedio que la propia enfermedad.

Por último, lo que más genera suspicacias y desconfianza, al menos en quien suscribe, es que mientras se habla de “gestos de buena voluntad”, de “reconciliación” y de “reencuentro”, la máquina represiva gubernamental no ha dejado de actuar ni un segundo. Mientras esta semana que pasó algunos eran en efecto excarcelados, en el Foro Penal, nada más desde el anuncio de Maduro de este jueves, registrábamos ya al escribir esta columna, dos días después, al menos 14 nuevos arrestos por motivos políticos. Es lo que Alfredo Romero ha denominado, con acierto, la estrategia de la “Puerta Giratoria”, en la que, mientras a algunos se les excarcela entre bombos y platillos, así como para parecer (que no ser) “amplio” y “generoso”, a otros se les lleva a esas mismas celdas que ya habían quedado vacías, repitiendo un ciclo, al parecer, de nunca acabar. Esto demostraría que la distancia entre lo que se hace y lo que se dice, entre la proclama y los hechos, es muy larga. Si lo que se hace con las manos se destruye con los pies, no se está en realidad construyendo nada, ni mucho menos se está abriendo un espacio honesto y sincero para el “reencuentro” y para la “reunificación” del país.

La única medida verdaderamente efectiva y amplia, el único “gesto” que en realidad sería acorde con una verdadera intención de reencuentro y de reconciliación, pasa por el reconocimiento oficial, sin medias tintas ni triquiñuelas, de la existencia verdadera de un grave cúmulo de sistemáticas y reiteradas violaciones a los DDHH, específicamente a la libertad de las personas, que deben cesar de inmediato, sin condiciones, y de otras, algunas de efectos permanentes, sobre las cuales no cabe ni se puede aceptar impunidad alguna. Con respecto a las primeras, solo una Amnistía plena, amplia, y que abarque todas las facetas de la que ha sido esta oscura página de nuestra historia reciente puede, en realidad, generar los espacios necesarios para la paz y para la reconciliación en Venezuela.

 

@HimiobSantome

CONTRAVOZ  Leer realidades, por Gonzalo Himiob Santomé

 

Lo primero que hay que destacar es que en los resultados del 20M no hay sorpresas. Allá los que ahora juegan al ofendido y pretenden hacernos creer que fueron “engañados” tanto por el pueblo, que de todas las maneras posibles les avisó que no se prestaría a un fraude, como por el gobierno, que de todas las maneras posibles dio señales de que estaba preparando uno. Si las consecuencias de su irresponsabilidad no fuesen tan graves, si el daño que nos causaron no tuviese las proporciones que tiene, podrían los “ofendidos” perfectamente protagonizar una muy mala comedia, pero fueron ciegos e irresponsables (y eso si damos por buenas sus intenciones ya que, si no fue así, los motes que les tocan son otros muy diferentes) y la verdad, la única verdad, es que sirvieron perfectamente a los propósitos de quienes no buscaban más que perpetuarse en el poder, tal y como lo han dicho tantas veces, “como sea”.

De todo esto, lo único positivo es que, al menos a corto y a mediano plazo, el futuro político de esos tontos útiles es nulo. Por eso no veo la necesidad de gastar más letras en Falcón o en Bertucci, ni mucho menos en sus tardíos y hasta ofensivos lagrimeos, así que dejémoslo así, por ahora.

¿Qué pasará ahora? Más allá de que la situación en general seguirá igual, o peor, es difícil saberlo. Tanto quien suscribe como muchos otros advertimos que uno de los peores males a los que nos enfrentábamos era que ni desde el lado de quienes llamaban a votar, ni desde el de quienes promovían la abstención, se había planteado cuál sería la respuesta o la estrategia cuando pasara, el 20M, lo que pasó. No había “línea” alguna pautada desde el autocalificado “liderazgo” de cara a ninguno de los escenarios posibles, ni mucho menos de cara al más factible de todos, que fue el que en efecto se materializó. Esto revela que más que una crisis de liderazgo lo venezolanos padecemos una absoluta ausencia del mismo. Sobre esto hay que sentarse a pensar con seriedad.

Esta realidad hay que leerla correctamente, y debe llevarnos a una profunda reflexión, porque los resultados y los escenarios eran previsibles y no había motivo alguno para no adelantar o preparar las estrategias a seguir en caso de que ocurriera lo que ocurrió. Pero nadie en el liderazgo político opositor, que es al que le correspondía preparar el camino, dijo “ni pío”. Esto nos permite concluir que si las cosas han llegado a este punto no solo ha sido porque tenemos un gobierno como el que tenemos. También son responsables de este desastre los que, por pasar la mayor parte de su tiempo pescueceando y pensando en sus cuotas y en sus propios intereses, desde la “oposición” también han puesto, por acción o por omisión, obstáculos en nuestro camino hacia la libertad.

Sin embargo, no todo son malas nuevas. Lo ocurrido el 20M sitúa al gobierno en una posición muy delicada y muy débil. Decenas de naciones, varias de ellas de las más influyentes en la escena mundial, desconocen los resultados de este evento electoral, y después de que a los demás gobiernos les lleguen las cifras reales de la participación ciudadana en la jugada del 20M en Venezuela, y los datos e informaciones sobre qué fue en realidad lo que pasó, solo cabe esperar que, así sea para proteger sus propios intereses, se sumen estas otras naciones a dicho desconocimiento internacional. Esta realidad hay que leerla con todas sus letras: Hoy, para muchas naciones del mundo, Maduro, le guste o no, ya no es presidente, es otra cosa. Es la consecuencia de haber jugado posición adelantada, realizando las “elecciones” anticipadas cuando no correspondía, negándose espacios de maniobra y meses cruciales de permanencia “legítima” en el poder que habría podido emplear para ceder y para enderezar las cargas y que ahora, por sus propios actos y por su propio empeño, ha perdido de manera “irreversible”.

También está claro, clarísimo, el mensaje de la ciudadanía. Seguimos siendo profundamente demócratas, pero es precisamente por eso que entre el 80% y el 70% de los electores, según a quien se le crea, se quedó en su casa. Si algo ha “desnudado al rey” en esta nueva arremetida ha sido precisamente la innegable e inmensa abstención, la misma que ni siquiera unas cifras oficiales maquilladas pudieron ocultar. La mayoría de los venezolanos no cree que en nuestro país estén dadas las condiciones para que los votos se cuenten o cuenten, para que nuestra voluntad se exprese libremente a través del sufragio, y a eso la única lectura, nacional o internacional, que se le puede dar, lo único que significa para propios y ajenos, es que la mayoría siente que en Venezuela votar no vale la pena ni tiene sentido, o lo que es igual, que en Venezuela no hay democracia.

Las implicaciones de esta última conclusión están por verse, pero lo cierto es que no son buenas las noticias para la hegemonía. No estamos en la década de los sesenta del siglo pasado ni vivimos en una isla cuya única importancia estratégica es que está muy cerca, casi a “tiro de piedra” del “imperio”. En un mundo que es cada vez más pequeño, en el que la tecnología permite que todo se sepa en tiempo real y en el que las naciones interactúan y se relacionan continuamente, que se te cierren las puertas de tantos países y se limite tan drásticamente tu radio de acción es muy delicado, sobre todo si estás al mando de la nación con las reservas petroleras más grandes del mundo (eso por solo mencionar una de nuestras importantes riquezas naturales) y que sirve además de bisagra y de puente de enlace entre el norte y el sur de las Américas. Si a eso le sumas que nuestros gobernantes recientes han destruido nuestro aparato productivo a todo nivel, lo que nos hace definitivamente dependientes de otros países, el panorama para Maduro, luego del 20M, no luce para nada alentador.

Es el tiempo entonces de leer bien las realidades, para adaptarse a ellas desde su comprensión plena y honesta y, por encima de todo, ponderando cabalmente al Leviatán contra el que se alzó el 20M nuestro silencio y nuestra ausencia abrumadora en cada centro de votación, valorando con justicia el mensaje claro y contundente de la ciudadanía y también lo que será, sin dudas, la parte más escabrosa y difícil de los que pueden ser, si nos unimos en propósitos y método, los días finales de los tiempos de mayor oprobio y oscuridad que ha conocido Venezuela.

 

@HimiobSantome

Gonzalo Himiob May 02, 2018 | Actualizado hace 1 año
Las dudas, por Gonzalo Himiob Santomé

 

Llegó mayo, y las dudas siguen sin despejarse. A poco menos de veinte días para que tenga lugar el evento legitimador orquestado desde la ANC, el CNE y el Poder Ejecutivo, la ciudadanía sigue sin obtener respuestas del liderazgo político.

Por una parte, están los que no quieren prestarse a ningún juego sucio, los que no quieren ir a votar en un evento, que lo saben, tiene fallas de origen y no cumple ni con los más elementales requisitos que debe cumplir una elección, mucho menos una presidencial. A este grupo, la actividad convocada originalmente por la ANC (constituida de manera ilegítima y, en todo caso, sin competencias para ello) y luego “avalada” por el CNE, no le convence. Si nos guiamos por las redes sociales, que no siempre reflejan la realidad, son la mayoría de los venezolanos. De las encuestas ni hablar. Como siempre, y lamentablemente, pasa en Venezuela, según la que se lea o, mejor dicho, de acuerdo a los propósitos del que las pague, nos dirán que la intención general de ir a votar es altísima o bajísima, según convenga. Todo se mueve en los terrenos de las contradicciones y de las incertidumbres, y sobre esa base es imposible formarse un criterio sólido distinto al de la abstención como método.

Por otro lado, están los que llaman a votar, a pesar de las adversidades, de las ilegitimidades y del fuerte olor a trampa que emana de todo el tinglado. Lucen como minoría, al menos de cara a la audiencia, pero en esto, como en casi todo en nuestro país, no hay certezas. En este grupo están los que genuinamente se niegan a renunciar al voto como herramienta para el logro de los cambios políticos que necesita nuestro país desesperado, los que son esencial e íntimamente demócratas y se niegan a entregar o a abandonar este último resquicio de civilidad que es el ejercicio de la soberanía popular a través del sufragio; pero también están los que quieren que el pueblo acuda masivamente a las urnas en procura de la defensa de sus propios intereses (así lo quieren el gobierno y los que se han postulado para competir en evidente desigualdad de condiciones) dejando de lado cualquier otro cuestionamiento. Este último bloque, a mi entender, solo puede estar integrado por dos tipos de personas: las que están en el gobierno, o no están, pero quieren legitimarlo para luego ser parte de la estructura y del sainete, así sea como oposición falsa o disfrazada de tal, o las que, sus razones tendrán, y esto lo escribo con mucha preocupación, están convencidas de que en Venezuela de hoy aún es posible cambiar las cosas votando.

Mientras tanto, solo en el gobierno existe claridad en cuanto a lo que se espera que ocurra “el día después”. Para Maduro y sus acólitos está claro que tras el evento del 20M lo que sigue es la permanencia y la profundización de su proyecto, garantizadas por el mantenimiento de éste y de sus fichas por los menos seis años más en el poder, que tal y como están las cosas suenan a eternidad. Los que se presentan como “opositores” dispuestos a participar y a “medirse”, eluden deliberadamente la realidad de la falta absoluta de condiciones adecuadas para que, al final de ese día, se haga valer de verdad la voluntad soberana, y tampoco sueltan prenda sobre lo que significaría o lo que harían si, en un escenario hipotético, resultasen victoriosos el 20M, pero dicha “victoria” no les fuese reconocida o les fuera escamoteada. Por su parte, desde los que proponen la abstención como protesta cívica, como medio para demostrar a propios y a ajenos que Maduro no cuenta con respaldo popular alguno, tampoco nos dicen qué se espera de los venezolanos, ni cuáles serán los pasos a seguir, desde “el día después” en adelante, cuando Maduro se haya atornillado en la silla, así sea mediante jugarretas y de espaldas al rechazo mayoritario que genera.

Los que han planteado sus candidaturas contra la de Maduro, supuestamente como “opositores” (permítasenos el beneficio de la duda) también callan ante esta realidad aplastante: Aún si ganan, y aún si tal “triunfo” les es reconocido, todavía tendrían que esperar más de ocho meses, hasta que puedan “tomar posesión” del cargo, lo cual, se supone, ocurriría en los primeros meses de 2019. Tendrían además que lidiar en paralelo con la ANC, que seguirá ejerciendo de facto sus “funciones”, por encima de cualquier otro poder público, incluso del poder ejecutivo, al que seguramente le exigirá sumisión absoluta; con un TSJ cuyos magistrados, completamente sometidos a Maduro, seguirán en sus despachos haciendo y deshaciendo en sus fallos lo que a Maduro le plazca; con un Fiscal General manifiestamente oficialista, presto a activar el poder persecutor del Estado contra el que así le sea indicado y, en general, con casi la totalidad de las instituciones y órganos del Poder Público (Contraloría, Procuraduría, Cancillería, CNE, Defensoría del Pueblo y hasta con la mayoría de las gobernaciones y de las alcaldías) aún en manos de “revolucionarios” que, a no dudarlo, no vacilarán en convertir el ejercicio de una hipotética presidencia distinta de la Maduro en una difícil, o hasta imposible, carrera de obstáculos.

Como vemos, en todas las posturas, tanto en las que promueven la participación como en las que no, quedan todavía muchas preguntas sin responder. La única certeza es que, si “gana” Maduro, así sea con un margen mínimo de votos, las cosas seguirán igual o peor.

La responsabilidad de despejar estas dudas que quedan y de dar estas respuestas que no tenemos no la tienen los votantes, la tienen los dirigentes políticos, al menos si es que quieren seguir siendo tenidos como tales. No basta decir “debemos votar”, como tampoco basta decir “no debemos votar”, hay que ir más allá, hay que medir y ponderar todas las posibilidades y, de manera anticipada, tener listas las respuestas y las acciones a seguir tras lo que sea que ocurra el 20M.

Es una absoluta falta de respeto poner sobre los hombros de la ciudadanía, a modo de chantaje, la carga y la culpa de lo que ocurra después del 20M, tanto si se decide participar y votar como, muy especialmente, si se decide no participar y no votar. Si un importante número de electores ha decidido no votar en el evento del 20M, eso es responsabilidad del gobierno, que muchas muestras ha dado de que se limpia la parte en la que espalda pierde su nombre con lo que se logra en las elecciones, pero también de la oposición, que no ha sabido defender como corresponde los espacios ganados mediante el voto (por ejemplo, la AN, y hasta las gobernaciones y alcaldías) y que, también muchas veces, cuando ha debido luchar y mostrar los dientes, porque así lo exigían la verdad y la ciudadanía, lo que ha hecho, ante la primera amenaza roja, es replegarse y huir con el rabo entre las piernas.

Si otros han decidido o quieren votar por las alternativas a Maduro, tampoco puede defraudárseles, hay que respetarlos y debe decírseles también claramente cuáles son las acciones y los pasos a seguir si es que el 20M se produce la derrota o un fraude masivo o si, aun ganando, como ya ha pasado, no se gana nada y todo queda en las mismas. Del que, incluso llamando vehementemente a la participación, no esté dispuesto a dejar su pellejo en la defensa de la voluntad de quienes le apoyen, y no aborde ni tome previsiones ante estas otras posibilidades, no cabe más que concluir que está puesto allí como parte de una charada a la que nadie en su sano juicio debe prestarse.

Como recurso, y ya a los efectos de nuestra decisión personal, ante la ausencia de conducción y de línea política que vaya más allá del “no votes” o de un “vota”, a los ciudadanos, a muy poco de un evento que definirá nuestro futuro próximo, no nos queda más que volver a lo básico, a lo elemental, lo cual solo podemos hacer desde la respuesta que nos demos a estas preguntas: ¿Quién quiere que votes, o que no votes? ¿Por qué quiere que votes, o que no votes? ¿Para qué, en realidad, quiere que votes, o que no votes? Y, sobre todo, tenemos que preguntarnos, para validar nuestra decisión personal, qué tiene preparado, y cómo enfrentará, cualquiera de los escenarios posibles después del 20M.

@HimiobSantome