Tibisay Suárez murió sin saber que había sido una de las heridas en los ataques de Estados Unidos a Venezuela el pasado 3 de enero. A sus 80 años, padecía de Alzheimer, ese trastorno cerebral que devasta la memoria y la capacidad de hacer desde las tareas más complejas hasta las más sencillas. Por eso, cuando le preguntaban por el impacto del misil que destrozó su apartamento en Catia La Mar, en el estado La Guaira, simplemente no se acordaba.
Pero su cuerpo sí tenía las cicatrices que le dejó la agresión de las fuerzas estadounidenses que bombardearon el centro del país para arrestar a Nicolás Maduro y a Cilia Flores y llevarlos hasta Estados Unidos. En un video difundido por un medio oficialista se le vio con dos cortadas en su mejilla derecha, una fractura en la mano izquierda, quemaduras en piernas y brazos y varios traumatismos. Uno de estos, en su ojo izquierdo, le tiñó el párpado de morado.
Juan Carlos Díaz Suárez, uno de sus hijos que reside en Alemania, aseguró a esta alianza periodística que también sufrió una fractura de cráneo y otra en su pierna izquierda. El misil de serie AGM-88, de procedencia norteamericana, provocó que le cayera encima una puerta.
La anciana tampoco se enteró de que en el bombardeo murió su amiga y vecina Rosa Elena González, de 79 años, quien vivía un piso más abajo. Rosa recibió el golpe de una lavadora que voló dentro de su casa por la onda expansiva del misil, según describió su hermano a varios medios de comunicación. El impacto la dejó con dificultades para respirar. Falleció horas después en la Clínica Popular Dr. Alfredo Machado, conocida como “El Hospitalito”. Ahora, dentro del complejo de edificios, hay un espacio en su honor llamado “Plaza de la Dignidad”.

Mientras que González vivía con un sobrino, Suárez vivía sola en su casa desde hace años y recibía cuidado de personas cercanas, incluso después de que comenzara a presentar síntomas de Alzheimer en medio de la pandemia. De acuerdo con su nieta Yini Guillén Díaz, la familia le pagaba a unos vecinos para que le hicieran comida y la cuidaran.
“Nosotros nos criamos con mi abuela. Tengo una hermana menor que ya se fue para Costa Rica, ella también estaba muy pendiente de mi abuela en el 2014. Entonces, después de eso quedó mi abuela sola”, dijo Guillén a esta alianza.
Suárez murió el pasado 10 de abril, confirmaron fuentes fuentes del Hospital Periférico de Pariata. Su nombre se une a los de otros cuatro civiles que murieron, hace ya siete meses, en medio de los bombardeos estadounidenses del 3 de enero sobre territorio venezolano, y también a los de 45 militares venezolanos y 32 oficiales cubanos que cayeron en estos hechos. La reconstrucción de sus últimos meses de vida fue realizada por Monitor de Víctimas, la Alianza Rebelde Investiga (El Pitazo, Runun.es y TalCual) y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP).
Aquella explosión de madrugada dejó sin una de sus paredes externas a los cuatro niveles de la Torre 12 de la urbanización Rómulo Gallegos, en el sector La Soublette. 16 apartamentos quedaron destrozados, con daños en ventanas, puertas y fachadas. De acuerdo con medios oficialistas, la anciana, que vivía en el piso 2, fue la única herida “de gravedad” entre los sobrevivientes. Otras ocho personas solo registraron lesiones leves.
Desde hace más de 10 años, hasta el día del bombardeo, vivía sola según contó su nieta Yini a esta alianza periodística. Sus vecinos también se mantenían pendientes de su estado de salud.
La Rómulo Gallegos está muy cerca de la meseta de Mamo, una elevación en la zona de Catia La Mar que conforma una especie de terraza natural con respecto a las zonas más bajas que conducen hacia el mar. Si se traza una línea recta de un punto a otro hay apenas 500 metros de distancia con la sede de la Academia Militar de la Armada Bolivariana y la Comandancia de la Infantería de Marina Bolivariana (IMB), además de depósitos militares en donde estaban dispuestos varios sistemas de defensa antiaérea Buk-M2E que Maduro mostró en varias alocuciones para intentar demostrar que Venezuela estaba preparada ante un ataque aéreo.
Según estableció Bellingcat, el 3 de enero Estados Unidos atacó depósitos de defensas antiaéreas Buk-M2E en diferentes instalaciones militares en Caracas, incluida la Academia Militar en Catia La Mar.

El 24 de febrero de 2026, el Ministerio de Hábitat y Vivienda y las autoridades locales entregaron la reconstrucción de los apartamentos que afectó la explosión. El acto lo lideró el gobernador de La Guaira, José Alejandro Terán y el entonces titular del ministerio de Hábitat y Vivienda, el general Raúl Paredes. Ambos inauguraron, junto a los vecinos, la “Plaza de la Dignidad” en honor a Rosa González. De esto tampoco supo Suárez, quien pasaba sus días hospitalizada y con la mente perdida.
Quienes la conocieron y vieron después de los ataques, aseguran que luego de las explosiones su memoria falló mucho más y respondía incoherencias cuando le preguntaban cómo se sentía. No reconoció a su hijo Juan Carlos Díaz, quien a finales de febrero vino a verla al hospital desde Alemania.
Los dos hijos de Suárez sí entraron al apartamento reconstruido. Las fotografías del momento muestran el edificio impecable, repintado con los colores rojo y blanco y con el logo de la “Misión Vivienda Venezuela”. Puertas adentro, las reparaciones de las viviendas no se veían igual.
“Hay todavía grietas de lo que pasó. Se ven las grietas. Trataron, trataron, pero no lo lograron. Todos los vecinos están rehaciendo cosas porque cuando les entregaron los apartamentos, no hay agua, no hay nada. Lo que hicieron fue reconstruirlo y pintarlo. Más nada”, aseguró Juan Carlos Díaz, quien viajó desde Alemania para atender a su madre.
La custodia y el cuarto fétido
Cuando todo ocurrió, a Suárez la llevaron al Hospital Dr. Rafael Medina Jiménez, conocido como Periférico de Pariata. Un vecino la socorrió y le vendó su frente sangrante, según reveló a la AFP. César Díaz, el único de sus hijos que vive en Venezuela, llegó al urbanismo pocas horas después de los ataques. Se trasladó desde su residencia en San Antonio de los Altos, a casi 50 kilómetros de La Soublette, cuando le avisaron los habitantes del edificio destruido.

Los parientes de la anciana dicen que corrieron, desde Alemania y Estados Unidos, con muchos de los gastos de la atención de Tibisay mientras estaba en el hospital, en donde era custodiada de forma permanente. Durante los primeros días, algunas personas cercanas a la familia ayudaron con el cuidado e informaron lo que hacía falta y cómo evolucionaba su salud. Unos guardias “deciden cuáles son las visitas que puede recibir”, afirmó su nieta a esta alianza periodística antes de la muerte de la anciana.
Para los familiares, el cuidado de Suárez en el hospital fue muy deficiente. Debido al tiempo que llevaba en cama, se le formó una escara abierta en la parte baja de la espalda. Cada vez que evacuaba, tardaban mucho en limpiarla y cambiarla. Su habitación tenía un olor fétido.
La idea de sus hijos era sacar a Suárez del hospital y llevarla a un ancianato. Ninguno podía hacerse cargo de su cuidado. Eso lo harían el 4 de marzo, cuando les anunciaron que le darían el alta. Pero, según Juan Carlos Díaz, la orden cambió de un momento a otro. Desde la dirección del hospital se decidió dejarla hospitalizada y en custodia del Estado. Afirmaron que faltaba someterla a una operación que no le habían hecho.
A partir de ese momento, el secretario general de Protección Social de La Guaira, Pedro Rodríguez, fue el único portavoz entre el hospital y la familia, según dijo Juan Carlos. Los médicos dejaron de hablar con los hijos de la salud de su madre y todo se lo comunicaban al funcionario. De acuerdo con el hijo de la víctima, Rodríguez les dijo en una ocasión que el Estado podría terminar llevándosela a un ancianato público sin su consentimiento. Trabajadores del hospital confirmaron esta versión y señalaron que la trasladarían cuando estuviese completamente curada.
Fuentes del Periférico de Pariata confirmaron a esta alianza que, durante su última semana de vida, el estado de salud de Suárez se deterioró progresivamente. Cada día había un valor que no estaba bien, un órgano que no funcionaba de forma adecuada. De acuerdo con un especialista consultado, sus más de tres meses de inmovilidad derivaron en esa falla multiorgánica que es común en los pacientes con Alzheimer que permanecen tanto tiempo en cama. Aquella mañana de viernes en la que murió, falló su corazón.
Los vecinos de Suárez se enteraron de su muerte poco después de que ocurrió. Se preguntan qué pasará con su apartamento, que sigue desocupado. “Eso fue lo mejor que le pudo pasar, porque la mente de la señora Tibisay ya no estaba en este mundo”, comentó una mujer que la conocía. Quienes viven en el Bloque 12 de La Soublette pedirán al gobierno local poner la fotografía de Tibisay Suárez junto a la de su amiga Rosa González en la “Plaza de la Dignidad”.
No hubo un acto velatorio para la quinta víctima civil de los bombardeos. A sus hermanos, algunos vecinos y al único de sus hijos que vive en Venezuela le permitieron estar solo unas horas con ella antes de enterrarla. “Hasta nuestra voluntad de hijos nos la robaron, hasta el último momento de vida”, dijo su hijo Juan Carlos Díaz desde Alemania. Ni él ni su familia querían despedirse de ella así.



