Sí cambiamos de modelo, pero desde el cuasi castrismo cubano al capitalismo iliberal y oligárquico que hay en la Rusia de Vladimir Putin
Un rasgo frecuente en los regímenes no democráticos del siglo XIX es su vaguedad ideológica. Muchos de sus predecesores en la centuria previa se caracterizaron por lo contrario: doctrinas férreas que moldeaban el ejercicio del poder del Estado en todos los aspectos. Los casos más conocidos, pero no los únicos, fueron el fascismo y el socialismo marxista. Por un buen tiempo, parecía que Venezuela iba en esa dirección por designio de quienes constituyen la elite gobernante desde 1999. Una especie de cuasi estalinismo tropical en guerra con la empresa privada y decidido a colectivizar todos los medios de producción en nombre de una supuesta redistribución igualitaria de la riqueza. Así fue durante el gobierno de Hugo Chávez más o menos a partir de 2004 y durante el de Nicolás Maduro hasta 2019.
Pero en este último año, Miraflores empezó a dar discretamente un giro en su política económica. Los controles de cambio y de precio dejaron de ser aplicados. Activos estatizados pasaron de nuevo a manos privadas. Se redujo el gasto público mediante, entre otras cosas, la suspensión de los aumentos salariales para empleados del Estado. La elite gobernante dejó de fingir interés en el hecho de que las masas tuvieran un poder adquisitivo paupérrimo, optando por ignorar los reclamos resultantes o perseguir a los manifestantes más ruidosos. La retórica de ataque furioso al sector privado fue reemplazado por intentos de presentar a Venezuela como un país amigable a la inversión y recurrentes encuentros cordiales entre ministros (o el propio Maduro) y directores de Fedecámaras y otros gremios patronales.
Para algunos interesados en la política venezolana, este cambio significa que el gobierno decidió prescindir del ideario de extrema izquierda anterior para volverse liberal. O, por usar ese feo vocablo y significante vacío que tanto gusta a la izquierda, “neoliberal”. La primera parte de esta conclusión es correcta. La segunda, no. Por mucho que ciertos militantes izquierdistas, buscando oportunidades para distanciarse de los desmanes de un gobierno que otrora respaldaron, y otros opinadores extraviados lo proclamen, Venezuela está bien lejos de ser una exposición concreta de las tesis de Friedrich Hayek o Milton Friedman sobre el papel del Estado en la economía.
En primer lugar, hay que entender las motivaciones detrás de la reforma económica del chavismo. Tienen que ver con lo referido en el primer párrafo de este artículo. De nuevo, el componente ideológico ya no es tan importante como antes. Está subordinado a la estabilidad de la elite gobernante y a la optimización de la captación de recursos para el reparto entre sus miembros. Si es necesario alterar de manera significativa el ideario en pro de tales objetivos, pues se hace sin mucho miramiento (lo cual, irónicamente, hace eco parcial a la teoría de Marx sobre infraestructuras y superestructuras).
Entonces, no es que de pronto los jerarcas chavistas se volvieran cultores de la Escuela austriaca. Lo que pasó fue que el modelo de economía política anterior se agotó. Hizo tantos estragos en el Estado, que lo dejó muy limitado como instrumento para la extracción de riqueza. Se hizo necesario buscar una alternativa, que el gobierno halló en lo poco que quedaba de sector privado. Ahora bien, al sector privado se le quita dinero mediante impuestos. Pero primero tiene que haber una riqueza que gravar. De ahí que, como distintas fuentes han señalado (incluyendo a esta columna), el gobierno diera un respiro importante a las empresas con el retiro de regulaciones ruinosas.
Sin embargo, nada de lo anterior indica que Venezuela tenga una economía de libre mercado. El Estado sigue siendo el gran orientador de las relaciones económicas y la distribución de recursos. La diferencia es que, si antes lo hizo detrás de una fachada de socialismo radical mientras beneficiaba a pequeños grupos de personas bien conectadas, ahora lo hace sin ese manto.
Vemos, por ejemplo, como algunos de los bienes estatizados no fueron devueltos a sus propietarios originales, sino a empresarios cercanos a la elite gobernante. Todavía el Estado se reserva el control de aspectos claves de la economía y, si bien se alía con capitales privados para la producción en aquellos, las decisiones sobre quién participa son caprichosas y poco transparentes. Donde hay favoritismo no puede haber agentes compitiendo libremente.
Volvamos ahora al cálculo del gobierno para seguir obteniendo recursos que repartir entre sus integrantes. He ahí el factor que con mayor facilidad derriba cualquier alegato de que el chavismo se convirtió a la iglesia del “neoliberalismo”. Hay una queja universal entre los propietarios de negocios formales grandes y pequeños en Venezuela: la voracidad fiscal. ¡Imagínense! Para reemplazar, así sea no del todo, la millonada que alguna vez generó Pdvsa, esos impuestos tienen que ser en total altísimos y muy extendidos. En efecto, la designación de prácticamente todo establecimiento como “sujeto pasivo especial” tiene al sector privado encadenado al Seniat. Aparecen nuevos tributos como el Impuesto a las Grandes Transacciones Financieras. Se agudizan las cargas parafiscales con añadiduras como el gravamen que ordena la nueva “Ley de Protección de Pensiones”. De acuerdo con cálculos de la firma Ecoanalítica, la recaudación mensual promedio pasó de aproximadamente $150 millones en 2019 a unos $700 millones a principios de 2024.
Por último, el desempeño de actividades económicas que nada tienen que ver con política está sometido a consideraciones políticas, siempre en concordancia con los intereses de la elite chavista. Y si bien no se exige un compromiso con la causa gubernamental, sí se exige abstinencia de brindar servicios a la oposición. Para muestra, los varios hoteles que han sido clausurados por el Seniat, “casualmente” después de que alojaran a la dirigente opositora María Corina Machado. Ni siquiera una modesta venta de empanadas se salvó del afán sancionatorio.
Combine todo esto y a duras penas puede hablarse de un gobierno económicamente liberal en Venezuela. Sí cambiamos de modelo, pero desde el cuasi castrismo cubano al capitalismo iliberal y oligárquico que hay en la Rusia de Vladimir Putin. Y si hay críticos de esta transformación desde la izquierda, ella también tiene sus entusiastas, que se aprovechan de ella para restar sentido de urgencia a la necesidad de un cambio político en el país. Estafadores empeñados en demostrar que ahora Venezuela es una tierra de gracia para la inversión privada que nos llevará a la prosperidad material, sin importar la pérdida de la libertad política.
No estaremos tan mal como hace unos años, pero el país sigue siendo bastante hostil a la libertad económica. No soy partidario del liberalismo clásico en su estado puro, pero entiendo que el grado de control de la economía por el Estado venezolano sigue siendo excesivo y un impedimento para el florecimiento de negocios privados que expeditan el desarrollo humano y una alta calidad de vida. Por ahí tampoco vamos bien.
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