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Premio Nobel de Literatura

¡Quiero ser premio nobel!, por Carlos Dorado

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Yo nunca me sentí un escritor, y jamás se me pasó por la cabeza el hecho de que algún día pudiese ganar el Premio Nobel de Literatura, y menos aún el de La Paz.

Pero viendo a Bob Dylan, que siempre lo reconocí como un excelente cantautor americano, y creador de canciones inolvidables (pero muy lejos de llegar a la categoría de escritor); yo también, tendría derecho a albergar unos gramos de esperanza de recibirlo algún día, aunque tenga que aprender a tocar guitarra como requisito adicional.

Si no logro el de Literatura, quizás pueda aspirar al de La Paz, ya que si lo logró un hombre que dividió en tres a Colombia: unos que quieren la paz, otros que quieren la justicia, y la mayoría que no les importa ninguna de las dos; pues a mí que nunca me gustó la guerra, y siempre busco la conciliación, también tengo derecho a soñar.

Yo siempre creí que el Nobel de La Paz se lo daban a alguien que logra unión sobre una causa noble, y no al que desune, a los que consolidan y no a los que des-consolidan. Llevar a un pueblo ensangrentado que quiere la paz, a uno dolido que quiere justicia, y a otros donde la sangre y la justicia no le dicen nada, no creo sean méritos suficientes para merecer tan importante distinción.

Muchos son los que aplaudieron, y se deshicieron en elogios con el jurado que eligió al Nobel de Literatura, argumentando que finalmente rompieron con los muros que separan la alta cultura de la literatura clásica con la cultura popular, mediante la creación de canciones, y la palabra cantada. ¡El problema radica en que el Premio Nobel no fue creado para que termine siendo un Grammy de la Literatura!

Es como si terminase otorgándosele el mismo a: Zadie Smith, Mary Gaitskill, Jennifer Egan, Anne Carson, Warsan Shire; o a tantos otros que se lo merecen, por el hecho de que alguna vez actuaron en un festival de música en sus pueblos natales.

Yo me imagino que Bod Dylan, que ha probado de todo en esta vida, todavía le quedan suficientes dosis de vergüenza, como para esconderse, y no comentar, ni festejar el hecho de que le hayan otorgado el Nobel, ya que seguramente en el fondo de su corazón estará pensando lo que solía decirme mi madre: “Es mejor preguntarse por qué no le han dado una medalla, que el por qué se la han dado”. Se le caerá la cara de vergüenza con Walt Whitman y Emily Dickinson (creadores de muchos de los versos de sus canciones), al no haber recibido nunca el Nobel por escribirlos, y a él sí, por cantarlos.

El Presidente Santos, que seguramente en sensibilidad debe estar muy lejos de Bob Dylan, demostrándolo al consultar al pueblo su proceso de paz, seguramente convencido de que iba a ganarlo; ni se le ocurre pensar por qué se lo han dado; simplemente lo festeja, ya que viene a ser la capa que cubre los muros de un fracaso.

Pero el verdadero perdedor es el prestigio del Nobel, donde quizás comienzan a vérsele las costuras; y esa rigidez objetiva con la que evaluaban a cada uno de los candidatos, comienza a dar qué pensar cuando empresarios relacionados con el jurado terminan siendo beneficiarios de obras de infraestructura en Colombia.

A lo mejor no falta mucho, para que algún día se lo otorguen a uno que tenga muchos seguidores en Twitter, aunque su currículum literario se resuma a unos pocos caracteres, o a uno de ISIS por el hecho de que se arrepintió y depuso las armas.

¿Acaso yo, no tengo derecho a soñar con un Nobel? ¡Quiero ser Premio Nobel!

 

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La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich ganó el Premio Nobel de Literatura

La bielorrusa Svetlana Alexiévich ganó el premio Nobel de Literatura de 2015

Foto: EFE

La periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich es la premio Nobel de Literatura de 20015, informó hoy la Academia Sueca, que explicó que el galardón se le otorga por su obra polifónica que le hace un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo.

La obra de Alexiévich, en la que destacan sus reportajes literarios sobre Chernóbil o sobre mujeres en la Segunda Guerra Mundial, tiene que ver ante todo con la extinta Unión Soviética.

Sin embargo, hay otros trabajados en los que también aborda también la situación actual de su país, Bielorrusia, y de Rusia.

En sus reportajes, Alexiévich suele crear una especie de “collage” de voces de personas comunes y corrientes y a través de ellas documenta una historia de dolor relacionada en ocasiones con Chernobil, en otras con la guerra de Afganistán -tras la invasión soviética- y a veces con asuntos más recientes.

El recurso del collage de voces lo utilizó Alexiévich por primera vez en “La guerra no tiene rostro de mujer” de 1983. En ese libro recoge testimonios de mujeres que formaron parte del Ejército Rojo en la II Guerra Mundial.

Alexievich estaba entre los favoritos para ganar el Nobel al lado de otros nombres habituales en las quinielas de los últimos años como Philipp Roth, Joyce Carol Oates o Haruki Murakami.

El premio está dotado con 8 millones de coronas suecas (algo más de 970.000 dólares) y será entregado, como todos los años, el 10 de diciembre en Estocolmo.

“Es maravilloso recibir este premio”, dijo Alexiévich en una primera reacción al canal sueco SVT.

La escritora añadió que se sentía orgullosa de estar ahora en una lista de escritores a la que pertenece alguien como Boris Pasternak, autor de la célebre novela “El doctor Zhivago” a quien en su momento las autoridades soviéticas le impidieron recoger el Nobel de Literatura.

En 2013 Alexiévich había recibido el Premio de la Paz de los Libreros Alemania.

Perfil

Svetlana Alexándrovna Alexiévich es una periodista y escritora bielorrusa nacida en Stanislav (hoy Ivano-Frankivsk), en Ucrania el 31 de mayo de 1948, y es la decimocuarta mujer en lograr este premio.

En la capital bielorrusa, Minsk, comenzó en 1967 a estudiar periodismo y, después de licenciarse, se marchó a la ciudad de Biaroza, provincia de Brest, para trabajar como reportera en el periódico local y como maestra en la escuela.

Tras años de dudar entre el periodismo o la enseñanza, tuvo la oportunidad de trabajar en un diario de Minsk, del que saltó a la revista literaria Neman para la que escribió reportajes, ensayos y narraciones.

Alexiévich considera al escritor Ales Adamovich como su principal maestro y figura clave en su carrera.

Gracias a él se decantó finalmente por la literatura. Su contribución a ésta pasa por la llamada “novela colectiva” o “coro épico”, un género a caballo entre literatura y periodismo, donde la autora va yuxtaponiendo los testimonios individuales de sus entrevistas, con el que logra llegar al lado más humano de los acontecimientos.

Un ejemplo de ello es su primera novela, “La guerra no tiene rostro femenino” (1983), donde a base de entrevistas y monólogos ahonda en el papel de la mujer rusa durante la Segunda Guerra Mundial y la postguerra.

Ya en su libro “Pueblo” -con monólogos de personas que abandonaron sus lugares de origen- se ganó la fama de periodista disidente, anti-soviética, que le costó que el Comité Central de Bielorrusia del libro la cuestionara, además de ser amenazada con perder el trabajo por no pertenecer al partido comunista.

En “Los chicos del zinc” (1989) narra los aspectos penales de la guerra afgano-soviética que se había ocultado al pueblo soviético durante diez años. Para recoger el material para el libro la autora viajó por todo el país durante cuatro años y recopiló los testimonios de madres y veteranos de la guerra de Afganistán víctimas de la guerra.

En “Encantado con la Muerte” (1993), trató el suicido como una opción para algunos tras la caída del sistema socialista, una historia que fue llevado al cine (La Cruz) y en “Voces de Chernóbil” (1997), su obra más conocida, recopila diez años de entrevistas a más de quinientas personas que fueron testigos de la tragedia.

Alexiévich ha contado con éxito la historia de pueblo ruso durante los setenta años de socialismo, desde la Revolución de 1917, hasta los tiempos actuales, pasando por el terror de Stalin y los gulags o la caída de el sistema socialista.

En una entrevista recogida en su página web, señala que estuvo buscando durante mucho tiempo un método literario que le permitiera “la aproximación más cercana posible a la vida real”.

“La realidad siempre me ha atraído como un imán, me torturaba e hipnotizaba, quería capturarla en papel”.

Jaime García Márquez, hermano del escritor colombiano y Premio Nobel de Literatura comparte anécdotas sobre su vida, obra y genialidad

 

@albertoyajure

(*) Este texto se escribió y publicó en agosto de 2013.

CARTAGENA, COL. Jaime García Márquez espera de espaldas en una esquina del centro histórico de Cartagena. Luce tímido. Viste una camisa en amarillo pálido de lino y polyester, un pantalón blanco y unos zapatos de cuero; en su muñeca lleva un reloj de pulsera con correa negra. Voltea y sonríe. Se presenta brevemente: Jaime es el hermano menor del escritor colombiano Gabriel García Márquez; aunque esta tarde él hablará solo de “Gabito”.

Hace una pausa y se disculpa para comprar una botella de agua, que sostiene nerviosamente a lo largo de la tarde como un amuleto. El sitio de encuentro no fue elegido al azar. En esa esquina, —al final de la calle San Juan de Dios— donde Jaime inicia su relato por la vida y obra del Gabito periodista, escritor, premio Nobel de Literatura y, sobre todo, colombiano, es el lugar exacto en el que encontró al protagonista de una de sus obras más importantes: El relato de un náufrago.

Fue allí, donde estaba el Hospital Naval de Cartagena, que Gabriel García Márquez entrevistó a Luis Alejandro Velasco, único sobreviviente del buque ARC Caldas, que se hundió en febrero de 1955. El testimonio, publicado en El Espectador dos meses más tarde, fue luego editado y publicado como libro. Es considerado como el relato que “saltó la chispa literaria y lo llevó a recibir el Nobel” por el también periodista colombiano José Salgar, maestro de García Márquez, y uno de los “decanos de la prensa colombiana”, quien falleció el 21 de julio de 2013.

Jaime García Márquez —73 años, ingeniero civil— avanza diligente por las veredas estrechas, bañadas de una luz amarilla y espesa, mientras narra episodios y anécdotas de la vida de Gabito. Su familia —de 16 hermanos, dos de ellos fuera de matrimonio—, sus inicios como periodista, su pasión por el oficio, y esos casi destellos o retazos de realidad (y a veces también de ficción) con las que contó sus historias, sus libros.

Hurga en su memoria, bate las manos y toca su frente. Se sumerge en ese mar de recuerdos para traer la sustancia: el nombre de la calle, del personaje, o de algún edificio que ya no está. Hasta que logra extraer algunos fragmentos: “La primera máquina de escribir que tuvo Gabito se la mandó papá por correo. La verdad no sé cómo hizo para enviársela, porque en aquella época todo era más complicado”.

GabrielyJaimeGarcíaMárquez

Los hermanos García Márquez

Un grupo de oyentes llega hasta la Iglesia San Pedro Claver, en el corazón de la ciudad amurallada, donde Jaime habla de las pasiones de su hermano: el trabajo en el viejo edificio donde hace décadas estuvo la sede de El Universal, del que queda solo una fachada casi en ruinas; las noches en Cartagena, los bares, las mujeres. Y luego hace otra pausa. Casi que le inquieta el monólogo libre. Pide preguntas, quiere que lo interroguen.

—¿Cree que esta anécdota haya sido cierta?, pregunta curioso uno de los oyentes.

Él responde: “No lo sé. La verdad es que no lo sé. En las historias de Gabito, la realidad y la ficción están tan estrechamente unidas que son casi la misma cosa”, afirma sin vacilar entrelazando los dedos de las manos.

Dice, de nuevo, Gabito, en diminutivo, aunque él sea trece años más joven. Y aclara: “Mi hermano dice que la vida no es la que uno ha vivido, sino aquella que recordamos y cómo la recordamos”.

Y parece no equivocarse. Florentino Ariza, personaje principal de una de sus obras maestras, “El amor en los tiempos del cólera”, era un telegrafista, que escribía cartas de amor y tocaba el violín. Como su papá. La novela está inspirada en la historia de amor de sus padres.  “Esa historia nos la contaba mi mamá una y otra vez. Papá y mamá la contaban y todo cuanto decían era verdad. Gabito la tomó y la hizo libro”, dice.

“Gabito es hechura de su disciplina”, afirma el hermano del escritor cuando se le pregunta por el secreto de su éxito. “Disciplina, disciplina pura”, asegura y da detalles de sus rituales  —después de llegada la fama, su hermano solía caminar en la mañana, jugar un poco al tenis, tomar una ducha, escribir hasta las dos de la tarde, almorzar, tomar una siesta y “parrandear toda la noche”.

También habla de su infancia y cómo su abuelo alimentó el talento del niño con libros y diccionarios; de su actual estado de salud, que resume con un simple “está muy bien”; y sí, confiesa también que el escritor partió hace unas semanas de Cartagena de vuelta a México, donde reside desde los 60; y que “no le ha gustado ninguna de las adaptaciones” que se han hecho de sus libros llevados al cine.

Y en ese intento de mostrar la esencia de un hombre, de un escritor prolífico, apreciado y valorado por la grandeza de su obra, resume: “No hay una sola palabra que sobre en la obra de Gabito. Ni una. Usted toma un libro y retira una palabra y todo se viene abajo. Inténtenlo”.

Y sonríe, toma un par de cervezas y escucha atento a más preguntas.

JaimeGarcíaMárquez

Mario Vargas Llosa solicitó la libertad de Ledezma, López y la de todos los presos políticos

MarioVargasLlosa

 

Durante el seminario internacional “América Latina: oportunidades y desafíos”, que  se desarrolla actualmente en la Universidad de Lima – Perú, el presidente de la Fundación Internacional para la Libertad y Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, disertó sobre la situación que atraviesa Venezuela, al tiempo que pidió la libertad de los presos políticos que permanecen en la cárcel militar de Ramo Verde.

El escritor peruano afirmó que “la situación de Venezuela no puede ser más trágica, las cárceles cada día se llenan de dirigentes cuyo único delito es reclamar libertad (…) A Antonio Ledezma, Leopoldo López y a todos los presos políticos los vamos a sacar de las rejas”.

Vargas Llosa, se mostró preocupado ante la mirada indiferente que han tenido algunos gobiernos que se han negado a condenar la crisis que padecen los venezolanos.

“Que mal le estamos pagando a esa Venezuela valiente que siempre ha sido solidaria con la libertad. Cómo se puede explicar que gobiernos que han nacido en elecciones democráticas se nieguen a condenar lo que está pasando en Venezuela. Dónde están las protestas de esos gobiernos, voltean la mirada a otro lado y actúan como cómplices (…) Es una vergüenza que gobiernos democráticos apoyen a Nicolás Maduro”.

Criticó que el presidente Ollanta Humala, no recibiera a las esposas de los líderes democráticos  Mitzy Capriles de Ledezma y Lilian Tintori, quienes han emprendido una lucha firme en procura de lograr la libertad de Antonio Ledezma y Leopoldo López. “Lamento profundamente que Ollanta Humala no las haya recibido”, dijo.

Por su parte, Mitzy Capriles de Ledezma y Lilian Tintori, quienes también participaron en el evento, insistieron en la necesidad de que se sumen más voces por los derechos humanos y por las libertades civiles en Venezuela.

Capriles de Ledezma aseguró que, acudirá a donde sea necesario para denunciar lo que está pasando en Venezuela y lograr la pronta libertad de Antonio Ledezma y de todos los presos políticos.