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2026: el año de las excarcelaciones de presos políticos bajo la sombra de la opacidad

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El 2026 arrancó con un giro inesperado: el 3 de enero se produjo la captura de Nicolás Maduro y su inmediato traslado a New York para enfrentar cargos por corrupción y narcoterrorismo. Cinco días después del hecho —que generó gran conmoción en todo el país— el Gobierno Nacional encabezado por Delcy Rodríguez, bajo la tutela de los Estados Unidos, ya hablaba de la liberación de “un número importante de presos políticos”.

El 8 de enero, Jorge Rodríguez, presidente del Parlamento, en cadena nacional presentó las venideras liberaciones como un “gesto unilateral para afianzar la paz y la convivencia pacífica” en el país.

El 13 de enero, el titular de la Asamblea Nacional aseguró que más de 400 presos habían sido excarcelados. Aunque prometió una lista con los nombres, hasta el momento no ha sido difundida.

La cifra de excarcelaciones anunciada por Rodríguez contrastaba ampliamente con las registradas por el Foro Penal Venezolano, organización que defiende los derechos humanos de los privados de libertad. A finales de enero, la ONG informó que solo había podido constatar la liberación de 297 personas.

Febrero: la Ley de Amnistía

El 19 de febrero de 2026 fue aprobada por la Asamblea Nacional la “Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática”, la misma prometía otorgar el perdón a los ciudadanos procesados o condenados por cometer delitos políticos en Venezuela desde el año 1999.

El 20 de febrero, en rueda de prensa, directivos del Foro Penal analizaron en detalle la Ley de Amnistía y advirtieron que el instrumento presentaba vacíos críticos que mantenían vivo el engranaje represivo en Venezuela.

El 22 de febrero, Alfredo Romero, presidente de la ONG, recordó que desde el anuncio de Jorge Rodríguez solo se habían materializado 448 excarcelaciones.

Para el 23 de abril, el Foro Penal expuso en un publicación de X que desde el 8 de enero se han producido 768 excarcelaciones de presos políticos, de las cuales solo 186 (24,21%) han ocurrido en el marco de la Ley de Amnistía. 

Organizaciones defensoras de derechos humanos cuestionaron la discrecionalidad con la que operaba la Ley de Amnistía, al excluir a personas acusadas o imputadas por violaciones graves de derechos humanos, delitos de lesa humanidad, crímenes de guerra, homicidio intencional, lesiones gravísimas, corrupción, tráfico de estupefacientes y sustancias psicotrópicas, así como a quienes hubiesen promovido o instigado sanciones e intervenciones extranjeras.

Dos meses después de la promulgación de la Ley, a Delcy Rodríguez se le quitaron las ganas de seguir dando amnistía: “Esta Ley de Amnistía llega a su fin. Aquellos casos que no estaban contemplados, o mejor dicho, estaban excluidos expresamente en la ley, hay otros espacios donde se pueden canalizar”, dijo Rodríguez, en horas de la noche del 23 de abril.

según cifras oficiales, la Ley de Amnistía benefició a 7654 personas, entre ellas 247 que estaban privadas de libertad y más de 7400 bajo medidas cautelares.

Reactivación del proceso

Seis meses después de la eliminación de la Ley de Amnistía, las liberaciones de los presos políticos se reactivaron tras el primer ciclo de diálogo entre el gobierno tutelado por los Estados Unidos y una fracción de la oposición dirigida por Dinorah Figuera.

La tarde del viernes, Delcy Rodríguez informó a través de un comunicado el “otorgamiento de medidas cautelares alternativas” a la privación de libertad para un total de 131 personas que se encontraban detenidas.

En el marco del Programa para la Paz y la Convivencia Democrática, Rodríguez ratificó que continuará “apoyando las iniciativas del Gobierno Nacional y de la sociedad civil organizada orientadas a favorecer el reencuentro entre los venezolanos, el fortalecimiento del tejido social de la nación y la consolidación de la paz de la República”.

Hasta el momento, el Foro Penal informó que han podido corroborar la excarcelación de 73 personas: 55 hombres y 18 mujeres.

Alfredo Romero precisó que 24 militares fueron excarcelados, pero quedan 141 militares tras las rejas. El director del Foro Penal insistió en que aún quedan más de 300 personas privadas de libertad por motivos políticos.

Delcy Rodríguez: 1.046 detenidos han regresado a sus hogares tras acuerdos

La vicepresidenta encargada aseguró este sábado, 15 de agosto, que 1.046 personas que se encontraban privadas de libertad han regresado a sus hogares en el marco de los acuerdos políticos.

“1.046 connacionales que estaban privados de libertad han retornado a sus hogares en el marco de los acuerdos alcanzados entre venezolanos. Continuaremos avanzando con responsabilidad”, escribió Rodríguez en su cuenta de X.

Hasta el momento, el Gobierno no ha publicado una lista oficial con los nombres de todos los excarcelados ni ha precisado las condiciones bajo las cuales fueron otorgadas las medidas.

La cifra publicada por Rodríguez coincide exactamente con la que posteó el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio ayer.

“1.046 venezolanos han sido excarcelados desde el 3 de enero, cuando fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en Caracas durante una operación militar”, manifestó el secretario.

Dirigentes opositores, activistas y ONG han reiterado que las excarcelaciones deben avanzar hacia la libertad plena de todas las personas consideradas presos políticos.

*Con información de TC

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Protestas en Venezuela aumentaron casi 180 % en el primer semestre de 2026

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El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (Ovcs) informó que las protestas en Venezuela aumentaron casi 180 % en el primer semestre de 2026, un aumento del 179,8 % respecto al mismo período del año pasado.

De acuerdo con el informe divulgado en redes sociales, se contabilizaron 3.495 protestas en el primer semestre de 2026, equivalente a 20 manifestaciones diarias en promedio.

La conflictividad social documentada durante el primer semestre de 2026 mantuvo una amplia cobertura territorial, con manifestaciones registradas en prácticamente todo el país.

Entre los estados que concentraron más protestas están: Distrito Capital (462), seguido por Miranda (414), Sucre (274), Bolívar (265) y Lara (263). La elevada incidencia registrada en estas entidades responde, en buena medida, a la convergencia de factores políticos, institucionales, económicos y demográficos.

La ONG señaló en el informe que las protestas relacionadas con los derechos civiles y políticos predominaron durante el primer trimestre, particularmente las exigencias de libertad para presos políticos, el respeto al debido proceso y el restablecimiento de las garantías democráticas.

Estas demandas estuvieron “estrechamente vinculadas al nuevo escenario político derivado de los acontecimientos del 3 de enero”, cuando Estados Unidos capturó en Caracas a Nicolás Maduro durante una operación militar, y al proceso de transición “bajo el tutelaje” de Washington, según el Ovcs.

En los primeros seis meses de 2026 se produjeron protestas para exigir derechos económicos y sociales. Trabajadores del sector público tomaron las calles para demandar salarios dignos, la recuperación del poder adquisitivo, el respeto a las contrataciones colectivas y la restitución de derechos laborales.

Los servicios públicos también fueron reclamados en el primer semestre de este año. Según el observatorio los venezolanos exigieron el acceso regular a servicios públicos de calidad, atención oportuna en salud, vivienda digna y justicia, demostrando que las demandas estructurales derivadas de la emergencia humanitaria compleja permanecen sin respuestas efectivas.

En el tiempo analizado, el Ovcs  documentó 46 protestas reprimidas y acciones como “tratos crueles, amenazas, hostigamiento, detenciones arbitrarias y el despliegue de dispositivos de control para impedir el desarrollo de las protestas”.

La organización advirtió de que estos casos documentados “reflejan la continuidad de mecanismos de control e intimidación que limitan el ejercicio del derecho a la protesta pacífica”.

– Puede leer el informe completo AQUÍ

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Cicpc desmiente secuestros de niños post terremotos

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El Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) negó que en el país se estén produciendo secuestros de niños luego de los terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 ocurridos el 24 de junio. La aclaratoria fue hecha el 13 de agosto, durante una transmisión radial del organismo policial.

En el programa participó la comisaria general Miyogla Herrera, jefa de la División de Trata de Personas, quien llamó a la calma y explicó que las versiones sobre supuestos secuestros de menores corresponden a “rumores sin fundamento“.

Herrera rechazó “la acción de personas inescrupulosas que, de manera irresponsable, difundieron publicaciones afirmando que se estaban robando y secuestrando niños y jóvenes durante la emergencia sísmica”.

La funcionaria exhortó a la población a verificar la información en fuentes oficiales antes de compartirla, para evitar generar pánico o falsas alarmas en medio de la emergencia que atraviesa el país tras los terremotos.

La respuesta del Cicpc llega cincuenta días después del doblete sísmico que sacudió a La Guaira, cuando los rumores sobre secuestros circularon en los primeros días del desastre, coincidiendo con las labores de rescate y el traslado de sobrevivientes hacia hospitales y albergues.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Rubio, Figuera y dirigentes de oposición reaccionan a las excarcelaciones de presos políticos

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La reciente excarcelación de un grupo de presos políticos en Venezuela generó una ola de reacciones dentro y fuera del país, desde celebraciones cautelosas hasta denuncias de uso político del proceso.

La tarde de ayer, el gobierno de Delcy Rodríguez informó a través de un comunicado el “otorgamiento de medidas cautelares alternativas a la privación de libertad.

Aunque el gobierno presentó las liberaciones como parte de un “gesto humanitario”, distintos actores advierten que las medidas no representan una solución estructural al problema de la detención arbitraria.

Reacciones a la liberación de los presos políticos

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio expresó a través de su cuenta en X que la reciente liberación de más de 130 presos políticos en Venezuela “es un paso crucial para el proceso de reconciliación de la nación”.

El secretario aseguró que desde el 3 de enero, se han liberado 1.046 venezolanos.

Rubio afirmó que a medida que continúan avanzando en el plan de tres fases, Estados Unidos sigue monitoreando de cerca el proceso liderado por Venezuela de conversaciones presenciales con las autoridades interinas.

Por su parte, la presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015, Dinorah Figuera, celebró que varias familias puedan reencontrarse con sus seres queridos.

“No son todos y merecen libertad plena, sigamos exigiendo sin descanso hasta que cada ciudadano se reencuentre con su familia”, insistió Figuera.

El expreso político Juan Pablo Guanipa celebró las liberaciones y manifestó que “cada persona que vuelve a casa es un alivio inmenso para una familia que ha sufrido demasiado”, pero recalcó que “no basta” y que “no puede quedar nadie atrás.

“Que salgan TODOS. Sin excepción, sin dilaciones y con prontitud. Venezuela necesita cerrar para siempre la puerta de los centros de tortura”, posteó Guanipa.

Por su parte, la abogada Blanca Rosa Mármol escribió que “el excarcelamiento por cuenta gotas refuerza la imagen perversa del régimen”.

El partido Primero Justicia recibió con esperanza las recientes excarcelaciones y exigió libertad plena de todos los presos políticos.

No obstante, enfatizó que la dirigencia no caerá en conformismos mientras sigan existiendo cientos de venezolanos y extranjeros, civiles y militares, tras las rejas por el solo hecho de pensar distinto.

“Cada venezolano que sale de una celda injusta y vuelve a reencontrarse con su familia es una buena noticia para todo el país”, señaló Yajaira Castro de Forero, vocera del partido aurinegro.

El abogado Julio Borges celebró la noticia, pero expresó que aún falta que muchas personas sean liberadas.

El dirigente opositor Edmundo González Urrutia manifestó que los excarcelados nunca debieron estar detenidos.

A través de su cuenta en X, exigió que todos los presos políticos deben ser liberados y que queda la tarea permanente de recuperar expedientes y testimonios; escuchar a quienes estuvieron detenidos y a sus familias para preservar la memoria y establecer responsabilidades.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

¿Por qué ya no vence el RIF?

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El Servicio Nacional Integrado de Administración Aduanera y Tributaria (Seniat) oficializó que el Registro de Información Fiscal (RIF) deja de tener fecha de vencimiento.

La medida fue publicada en la Gaceta Oficial N.º 43.435 mediante la Providencia SNAT/2026/00084, que derogó la normativa previa (SNAT/2024/000121) y entró en vigencia de forma inmediata.

Durante años, el RIF impreso incluía una fecha de caducidad —generalmente de tres años— que obligaba a los contribuyentes a renovarlo periódicamente. Con la nueva providencia, el Seniat establece que el número de RIF asignado a cada ciudadano o empresa es único, permanente y no pierde validez con el tiempo.

El superintendente Román Maniglia explicó que la eliminación del vencimiento responde a “revisiones técnicas y legales exhaustivas” que concluyeron que la fecha de expiración era una condición “poco relevante” y generaba trámites innecesarios.

¿Por qué ya no se vence?

Que el RIF ya no tenga fecha de vencimiento obedece a tres razones principales; la primera, es la Ley Orgánica para la Celeridad y Optimización de Trámites Administrativos anunciada por el Gobierno para eliminar la burocracia, agilizar procesos y reducir plazos en la gestión pública.

La renovación del RIF cada tres años para personas naturales y jurídicas se convirtió en un trámite sin impacto real en la identificación fiscal del contribuyente.

El número de RIF funciona como un indicador fiscal permanente, similar al número de cédula por lo que, según el ente, ya no requiere actualización por vencimiento sino solo por cambios en los datos del contribuyente.

Cabe recalcar que as exigencias para los contribuyentes con RIF no han cambiado. Se mantiene la obligación legal de emitir y exigir factura o comprobante fiscal por cada venta o prestación de servicio.

Falta por definir

El Seniat aún no ha publicado el texto sustitutivo con las nuevas pautas técnicas para desarrolladores y proveedores de sistemas de facturación. Se espera que estas reglas se aclaren en las próximas semanas.

Mientras tanto, la recomendación es mantener el RIF actualizado y seguir las comunicaciones oficiales del organismo.

La memoria de un abrazo

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Hay fotografías que conservan la respiración de un segundo y otras que nacen con la obstinación de impedir que un país desaparezca bajo el polvo del olvido. Esta pertenece a las segundas (*). No inmoviliza solamente un abrazo: guarda el instante en que una nación dispersa volvió a encontrarse en el corazón mismo de la desgracia.

La primera vez que vi la fotografía, creí estar viendo a dos amigos. Nadie abandona el peso entero de su tristeza sobre el hombro de un desconocido. Ningún cuerpo se desploma de ese modo sin la confianza que solo concede una vida compartida. Había en aquella escena la intimidad antigua de quienes han aprendido a sufrir juntos: un muchacho con los ojos cerrados, derrotado por el llanto, y otro sosteniéndolo con la serenidad silenciosa de quien sabe que existen dolores frente a los cuales la única respuesta posible consiste en no marcharse.

Días después descubrí mi error. No eran amigos. Nunca lo habían sido. Ni siquiera conocían el nombre del otro. Aquella revelación transformó la fotografía en algo mucho más hondo que el registro de un gesto compasivo. Comprendí entonces que existen tragedias capaces de presentar primero a las personas y después a los nombres; catástrofes que derriban todas las ceremonias de la vida cotidiana y levantan, en apenas unos minutos, una hermandad allí donde antes solo habitaban los desconocidos.

El terremoto había estremecido a Venezuela el día anterior. La noticia atravesó la diáspora con la velocidad de las desgracias que todavía conservan un hogar al cual regresar. No descendió desde los grandes titulares ni desde la solemnidad de los noticieros. Caminó de teléfono en teléfono, de un mensaje de WhatsApp a otro, de un video enviado en silencio a una llamada quebrada por la incertidumbre.

Jefferson Sucre paseaba perros por las calles de Bogotá cuando comenzó a advertir que algo invisible recorría la ciudad. Personas inmóviles en las aceras miraban fijamente la luz de sus teléfonos; algunos lloraban sin pudor, otros insistían en marcar números que permanecían mudos. Nadie alcanzaba todavía a comprender la magnitud de lo ocurrido. Solo al regresar a la habitación donde vive encontró la respuesta. Los mensajes se acumulaban preguntándole si sabía qué estaba pasando en Venezuela. Al revisar su teléfono comenzó el desfile interminable del desastre: edificios abiertos, calles cubiertas por un polvo que parecía haber envejecido de golpe, familias escarbando entre los escombros en busca de voces de auxilio, hombres removiendo concreto con las manos desnudas.

—Sentí que el mundo se me venía encima —diría después Jefferson.

Toda su familia seguía en Venezuela. También sus hijos. Pero el dolor no nacía únicamente de la distancia. Brotaba de descubrir que esa distancia podía convertirse, de un instante para otro, en la forma más cruel de la impotencia.

Ángel Rodríguez recibió las primeras noticias mientras trabajaba. Al principio creyó que se trataba de otro de esos temblores que terminan convertidos en conversación de sobremesa. Bastó ver algunas imágenes para comprender que aquella vez la tierra había decidido cambiar para siempre la vida de miles de personas. Poco después supo que un amigo había muerto junto a su hijo de diez años y que la casa de su padre había quedado gravemente afectada.

Lo primero que ambos quisieron hacer fue regresar. No físicamente. El exilio posee una lógica despiadada: las distancias no se miden en kilómetros, sino en la imposibilidad de estar donde el corazón hace más falta. El emigrante descubre que puede atravesar continentes para salvar la vida y, aun así, permanecer insoportablemente lejos cuando la tragedia visita el lugar donde siguen sus afectos.

Entonces apareció Bogotá, no solo como una ciudad, sino como una promesa. La Fundación Juntos Se Puede abrió un centro de acopio para recibir ayuda destinada a las víctimas del terremoto. En pocos días dejó de ser únicamente un espacio para clasificar donaciones y comenzó a convertirse en algo mucho más difícil de organizar y mucho más fácil de sentir: una patria provisional.

Jefferson cargó en su motocicleta una bolsa con ropa, compró varias botellas de agua y condujo hasta la fundación, convencido de que bastaría con entregar aquello para aliviar el peso de su conciencia. Apenas apagó el motor, uno de los voluntarios le preguntó:

—¿Vas a dejar eso e irte o te vas a quedar ayudando?

Aquella frase alteró el rumbo de los días que vendrían.

«Si ellos pueden, ¿por qué yo no?», pensó. Y se quedó.

Ángel llegó poco después, respondiendo a una convocatoria publicada en redes sociales. Traía la experiencia aprendida como rescatista y la disciplina que dejan los años de scout. Pero llevaba, sobre todo, una certeza: frente a una catástrofe, las personas dejan de preguntarse quién eres para empezar a preguntarte qué sabes hacer. Desde entonces tampoco volvió a marcharse.

Los días dejaron de medirse por las horas y comenzaron a contarse por los camiones que partían hacia el aeropuerto o la frontera, por las cajas que aún faltaban por cerrar y por las noticias que seguían llegando desde Venezuela. Dormir se convirtió en un lujo. Permanecer despiertos era otra manera de acompañar a quienes, en la zona del terremoto, continuaban removiendo escombros.

Frente a la fundación empezó a levantarse una pequeña Venezuela. Llegaban estudiantes, médicos, comerciantes, albañiles, jubilados, repartidores, familias enteras, colombianos retornados y otros que jamás habían conocido el país vecino, pero comprendían que el sufrimiento nunca ha reconocido nacionalidades. Nadie preguntaba de dónde venía el otro. Bastaba mirar unas manos levantando una caja para comprender que todos hablaban el mismo idioma.

Muchos voluntarios transmitían la labor en vivo por redes sociales. No buscaban audiencia; buscaban auxilio. La respuesta fue inmediata. Desde distintas ciudades comenzaron a ofrecer vehículos, medicamentos, alimentos, recursos y horas de trabajo. La diáspora, dispersa durante tantos años, respondía ahora como un solo cuerpo. Las fronteras seguían separando territorios, pero ya no conseguían dividir la voluntad.

En medio de aquella faena interminable, los teléfonos seguían vibrando. Cada llamada suspendía el aliento de alguien. Podía anunciar que un familiar había aparecido con vida o confirmar una ausencia definitiva. Entonces el silencio atravesaba el centro de acopio y todos comprendían, sin necesidad de palabras, que el dolor acababa de cambiar de rostro.

Aquellas jornadas demostraban que cada caja cerrada contenía mucho más que alimentos o medicinas. Llevaba horas de trabajo anónimo, renuncias discretas y la decisión colectiva de no abandonar a quienes seguían esperando entre las ruinas.

Hubo un instante en que alguien propuso detener el trabajo durante un minuto. No para descansar, sino para honrar. Las conversaciones se apagaron, las cajas quedaron abiertas sobre las mesas y el ruido de la logística cedió su lugar a un denso silencio. Alguien elevó una oración. Otros inclinaron la cabeza. Muchos buscaron, con los ojos cerrados, el rostro de un hijo, de un padre, de un hermano o de un amigo cuya suerte seguía siendo un misterio.

Durante sesenta segundos, aquel centro de acopio dejó de ser un espacio destinado a clasificar ayuda humanitaria y se convirtió en el corazón palpitante de una comunidad herida que compartía la misma esperanza. Fue allí donde ocurrió el abrazo. Nadie lo anunció. Ninguna ceremonia lo precedió. Simplemente sucedió, como suceden las cosas que están escritas en el alma antes que en el calendario.

Jefferson sintió que las piernas comenzaban a ceder bajo el peso de dos días de incertidumbre, de llamadas sin respuesta y de imágenes imposibles de olvidar. No lloraba únicamente por las víctimas del terremoto. Lloraba por sus hijos, por su familia, por la imposibilidad de atravesar la distancia y por esa culpa muda que acompaña a tantos migrantes cuando la desgracia golpea el lugar del que un día tuvieron que marcharse para seguir viviendo.

Ángel advirtió aquella grieta con la intuición de quien también hacía un esfuerzo por mantenerse en pie. No hizo preguntas. Comprendió que existen dolores para los cuales el lenguaje resulta una herramienta demasiado pequeña y, a veces, la única manera de sostener un país consiste primero en sostener a otros. Entonces lo abrazó. No conocía su nombre. Nunca se lo había preguntado. Solo alcanzó a decirle:

—Eres un guerrero, mano. Te necesitamos fuerte.

Aquellas palabras no pedían esconder el sufrimiento. Decían algo más profundo: todos estaban rompiéndose al mismo tiempo y, precisamente por eso, ninguno podía permitirse dejar caer al otro. La resistencia dejó de ser una tarea individual para convertirse en una forma compartida de permanecer vivos.

Semanas después busqué a los dos hombres que aparecían en aquella fotografía para reconstruir la historia de ese instante. Lo más extraordinario fue descubrir que ninguno recordaba con precisión cómo había ocurrido. No sabían quién dio el primer paso, cuánto duró el abrazo ni quién se apartó primero. El dolor había borrado los detalles, pero conservaba intacta la verdad de aquellos segundos: por primera vez desde que comenzó la tragedia, dejaron de sentirse solos.

La memoria, que posee la extraña costumbre de borrar las fechas para salvar lo esencial y que desordena las cronologías, protege aquello que sostiene una vida. Ellos olvidaron la secuencia de los hechos, pero nunca el peso de un brazo sobre el hombro ni la voz que les recordó que todavía debían mantenerse firmes.

No era únicamente el retrato de dos hombres vencidos por la tristeza. Era la imagen de una dimensión del exilio que casi nunca aparece en los informes. Se escriben páginas enteras sobre cifras, documentos, fronteras y estadísticas. Son necesarias porque ayudan a comprender la magnitud de la migración venezolana. Pero existe un territorio que ningún informe consigue medir: el de los vínculos que nacen cuando un pueblo descubre que la única patria verdaderamente invulnerable comienza a edificarse en los otros.

Durante aquellos días, la diáspora demostró que no es solamente una multitud dispersa por distintos países. Es una comunidad capaz de responder al sufrimiento con una rapidez y una generosidad que ninguna frontera ha logrado contener. Cada caja enviada desde Bogotá transportaba mucho más que alimentos, medicinas o ropa. Llevaba noches sin dormir, jornadas anónimas de trabajo y la convicción de que ningún venezolano debía enfrentar aquella tragedia completamente solo.

Cuando un camión emprendía el viaje hacia su destino, alguien comenzaba a entonar las primeras notas del himno nacional y, poco a poco, las demás voces se unían. No era el himno solemne de los actos oficiales. Era un canto quebrado por el cansancio, humedecido por la nostalgia y sostenido por una esperanza que se negaba obstinadamente a morir.

Aquella experiencia obliga también a revisar una idea demasiado antigua. Durante años aprendimos a pensar el país como un territorio, una bandera o un conjunto de instituciones. Sin embargo, aquella fotografía insinuaba otra definición: la patria también puede habitar en unas manos que cargan una caja, en una mujer que entrega la única bolsa de alimentos que puede donar, en un voluntario que organiza medicamentos con la certeza de que el orden también salva vidas o en el abrazo de dos personas que jamás volvieron a preguntarse cómo se llamaban porque, para entonces, los nombres habían dejado de ser necesarios.

El verdadero patrimonio de una nación no descansa únicamente en sus fronteras ni en sus símbolos. Existe una riqueza mucho más resistente que los edificios y más antigua que las banderas: la reserva moral de su gente. Mientras exista alguien dispuesto a aliviar el dolor de otro; mientras la solidaridad deje de ser una excepción para convertirse en una costumbre; mientras un desconocido siga ofreciendo su hombro antes de preguntar un nombre, siempre habrá una posibilidad de reconstrucción.

Las fronteras pueden separar familias. Los terremotos pueden derribar ciudades. El exilio puede alargar la distancia durante años. Pero ninguna de esas fuerzas ha conseguido jamás expulsar la compasión del corazón humano. Esa fue, quizá, la verdadera victoria de aquellos días.

No la cantidad de toneladas enviadas ni la eficacia de la operación humanitaria, sino la certeza de que la solidaridad continúa siendo el idioma más antiguo y más poderoso de nuestra especie.

Por eso aquella fotografía sigue hablándonos con la misma intensidad con la que habló el día en que fue tomada. No porque conserve el recuerdo de una tragedia, sino porque preserva el instante exacto en que dos desconocidos comprendieron que, frente al sufrimiento, toda identidad comienza por reconocerse en la fragilidad del otro.

Un país no sobrevive únicamente allí donde permanecen sus fronteras. Sobrevive, sobre todo, allí donde sus hijos siguen siendo capaces de encontrarse, sostenerse y cuidarse mutuamente.

Y mientras esa voluntad permanezca intacta, Venezuela seguirá existiendo mucho más allá de cualquier mapa, fiel a la intuición de don Rómulo Gallegos, una nación propicia para el esfuerzo como lo fue para la hazaña; tierra de horizontes abiertos donde una raza buena ama, sufre y espera.

@NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

(*) Nota del editor: la imagen que ilustra este artículo la hizo el periodista venezolano Luis Gonzalo Pérez Rojas en el centro de acopio de la Fundación Juntos Se Puede (Bogotá, Colombia).

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La humanidad también se mide en tiempos de crisis

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En los últimos tiempos, la naturaleza nos ha venido dando señales de que necesitamos, con urgencia, hacer un cambio en nuestros hábitos de vida, en nuestra forma de ver el mundo y, sobre todo, en la manera en que nos relacionamos entre nosotros mismos.

Los terremotos ocurridos recientemente en Venezuela y Colombia, por mencionar dos de los que mayor repercusión han tenido, nos han demostrado que, como humanidad, no lo estamos haciendo del todo bien. Es hora de repensar cómo queremos que transcurra nuestro tiempo en este espacio que compartimos y, sobre todo, qué legado queremos dejar.

Sin embargo, muchas veces me pregunto si estos acontecimientos también traerán consigo la capacidad de entender cuán humanos debemos ser a la hora de expresarnos y de manejar nuestras acciones. La forma en que se nos presentan estos eventos sísmicos nos recuerda que dos de los valores más importantes que tenemos como seres humanos son la solidaridad y la vulnerabilidad. Ninguno de estos sentimientos es sinónimo de debilidad; por el contrario, ambos son una expresión de nuestra humanidad.

No siempre un cambio de perspectiva se manifiesta de la manera en que los seres humanos estamos acostumbrados a reconocerlo. Creo que nuestro entorno nos está pidiendo, a gritos y con consecuencias cada vez más claras, un cambio de hábitos. Y ese cambio pasa por entendernos a nosotros mismos, reconocer cuán vulnerables somos y, sobre todo, comprender que, como humanidad, no tenemos el poder para destruirlo todo, pero sí tenemos la capacidad de convertirnos en agentes de cambio positivo.

Todos estos hechos, que de alguna manera convergen en un mismo fin —el bien común—, nos demuestran que el poder, las ambiciones y el manejo de las situaciones de crisis requieren humanidad. No necesariamente más poder, sino la capacidad de saber utilizarlo.

Si por un momento pensamos cómo se han gestionado las catástrofes en Colombia y Venezuela, podemos observar que el poder, cuando se orienta al bien, se traduce en acciones concretas. Pero también sabemos que, cuando se utiliza para generar daño y muerte, y nace de la maldad, puede alcanzar el mismo nivel de impacto. La diferencia está en que el poder utilizado desde la maldad no trabaja para el bien común: trabaja para la destrucción.

Últimamente he estado reflexionando mucho sobre cuál es el llamado que se nos hace con tantos desastres naturales y qué nos quiere decir la Tierra. Desde mi punto de vista, nos está invitando a valorar la vida en su justa medida, a reconocernos como seres humanos y a darnos la oportunidad de redimir nuestros errores.

Es indignante ver cómo el mundo puede unirse para apoyar a un país vecino cuando enfrenta una tragedia y cómo Venezuela puede ofrecerse a enviar ayuda humanitaria y rescatistas a Colombia, cuando hasta el día de hoy nosotros mismos seguimos teniendo enormes dificultades para reconstruir nuestro país y sanar muchas de las heridas que todavía cargamos.

Creo que, como sociedad, uno de los mayores retos que tenemos es repensar la manera en que entendemos la política y recordar que su verdadero sentido debería estar orientado al bien común. Hacer política va mucho más allá de las palabras o los discursos; implica comprender las necesidades de las personas, actuar con responsabilidad y buscar el bienestar colectivo. Cuando ponemos la dignidad, la solidaridad y lo humano en el centro de nuestras decisiones, comenzamos a construir, desde pequeñas acciones, una sociedad más justa y un mundo mejor.

Es imposible hablar de un mundo cada vez más humano cuando, como humanidad, todavía no entendemos a ciencia cierta el significado del mensaje ni la necesidad de cambio que nos plantea la naturaleza. Sus respuestas frente al maltrato, la destrucción y el conflicto deberían llevarnos a detenernos y reflexionar.

Con este artículo quiero hacer un llamado a la reflexión, el entendimiento y la sensatez. No solo a nuestros gobernantes, sino también a nosotros como sociedad. Necesitamos comprender cuán necesarios somos unos para otros y cuán humanos debemos ser frente a las situaciones que se nos presentan.

Una sociedad que realmente quiere generar un cambio para el bien común debe aprender a reconocer las señales, asumir sus responsabilidades y entender que ninguna diferencia debería alejarnos de lo esencial.

Porque, al final, lo humano es lo que nos identifica y lo distinto es lo que nos une.

@eduardofrontado

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