Allá nos dirigimos…, por Orlando Viera-Blanco* - Runrun
Allá nos dirigimos…, por Orlando Viera-Blanco*
Allá en el horizonte con ligero equipaje, hubo un adiós, una despedida, un beso y una caricia… pero allá de detrás de las gélidas colinas hay una patria, una bienvenida

 

@ovierablanco

Creo que la política es oportunidad. Lo hermoso de la política es que mi verdad no por antagónica debe convertirnos en enemigos. No somos más que adversarios de ideas y visiones, normativas o ideológicas. Pero mientras seamos buenos seres humanos y no hagamos de la política sangre, despojo, dolor y lágrimas, la búsqueda del poder debe seguir siendo esperanza en acción, respetuosa y noble.

Viento en popa… vale la pena

Escribe Arthur Schopenhauer «No hay viento favorable para el que no sabe a dónde se dirige». Cuando acepté ser embajador sabía dónde iba, las tormentas que enfrentaría, sus riesgos y consecuencias. Pero no hay viento más favorable que luchar por la libertad y la felicidad de los hijos de la patria. Nada compensa más que representar, con fuerza y honor, la gloria al bravo pueblo. Al decir del poeta, al partir de Venezuela dejé un beso y una flor, un te quiero, una caricia y un adiós, un ligero equipaje para un largo viaje, por un sueño: regresar a una Venezuela en paz, libre y redimida.

Ha valido la pena porque las piedras del camino han forjado un destino, un aprendizaje, una experiencia sublime y elevada, para que quede lo querido: la Venezuela anhelada. Allá nos dirigimos…

Embajadores de la dignidad y el dolor

Cuando el 29/1/2019 aceptamos ser embajador de Venezuela en Canadá, un empeño consciente y recurrente que teje las sombras alumbraba. Vino a mi mente un rostro inspirador. La cara dulce, de ojos gachos, celestes, tiernos y vidriosos de mi maestra de tercer grado. La inolvidable profesora Pérez. Una segunda madre. Cuánta sabiduría ofrecía cada mañana después de cantar el himno nacional. Cuánto amor por sus niños que éramos sus hijos. Con ella aprendimos a enhebrar el hilo en una aguja, que ha sido adestrar el hilo de la vida; abrir una tapa atorada, golpeando el piso suavemente, que ha sido batir el capricho ajeno; mantener mi uniforme limpio y hablar si me lo solicitan, que ha sido mantener limpias y atentas mis ideas…

«Estudien para que figuren”». Un niño de ocho años no entendía aquella prédica. Pero “el plan” quedó dando vueltas en la mente, hasta que el sol amanece por el este. Allá nos dirigimos…

Entonces comenzó un hermoso viaje en dirección norte por la libertad. Embajadores del dolor de la patria. Viví lo nunca vivido. Abrazar a nuestros compatriotas, a nuestras mujeres, a nuestros niños, padres y abuelos en tierras lejanas, buscando ilusión. Sentir la alegría de ser venezolano por ver en cada rostro de la diáspora la dulce cara de la profesora Pérez. No solo llevamos nuestra bandera en alto, sino también nuestros corazones. Porque luchar por regresar a casa, por volver a pisar El Ávila, la arena que baña el mar caribe, el jazmín de una azucena o el granzón que nos lleva a la Gran Sabana, son motivos que acercan. Allá nos dirigimos…

Salimos de Venezuela hace más de un lustro a las tierras gélidas de Canadá. Un nuevo lugar, pero no un nuevo hogar. El hogar está donde quedaron las fotos de los hijos siendo niños. El hogar sigue al lado de mis libros, mis discos, los corotos debajo de la escalera, mi vetusto guante de béisbol. Donde aprendimos español, recibimos nuestro primer beso, subimos nuestra primera montaña y pasamos el primer susto… Quería ser médico como papá. También pelotero. Pero muy nervioso para ambas profesiones…

El destino es cosa seria. El consciente o el subconsciente nos pusieron en el lugar de nuestras circunstancias, si acaso de nuestro sufrimiento, con ligero equipaje… De ese aroma, de ese afán, de ese reto, de ese país, hemos sido embajadores de la dignidad y del dolor, lo cual nos honra. Ahí hemos estado.

¡Oh Canadá!

Canadá ha sido un remanso de desbordado respeto y solidaridad. No solo nos concedió un plácet diplomático sino un camino: el de la paz, la libertad y la democracia de Venezuela. Y comenzó un largo viaje que aún no cesa.

¿Por qué las lágrimas en los ojos de nuestra gente? ¿Qué representa nuestra presencia en un pequeño centro comunitario de venezolanos en Canadá? Nunca había visto a una madre llorar por extrañar su patria. Comprendí que aquel llanto proviene de mucho esfuerzo, pero también de la distancia y lo dejado. Compatriotas cruzando fronteras, iniciando oficios domésticos siendo médicos, ingenieros o académicos; aprendiendo otro idioma, adaptándose a otras temperaturas, aprendiendo lo que poco nos enseñaron: esperar y callar. 

Padres queriendo encontrarse con sus hijos y viceversa. Otros queriendo regresar para enterrar a sus deudos. Refugiados atentos a un plato de comida, un techo y un abrigo. Lidiar con otro sentimiento al cual no estábamos habituados: el miedo, la incertidumbre, el rechazo, la soledad. Venezolanos pidiendo por regresar: “No puedo más con el frío, sin trabajo y sin compañía”. Otras familias temerosas por no ser deportadas. Por cada uno de ellos abogamos incansablemente en Canadá. Ahí seguimos.

Sentimientos encontrados, porque también hemos sido iluminados con la sonrisa de nuestros jóvenes y el orgullo de sus padres por ser los mejores en sus colegios o universidades. La alegría de empresas exitosas de venezolanos, de ver cómo la bandera tricolor ondea en una arepera, fábrica u oficina en Halifax, Montreal, Calgary, Toronto o Vancouver. Encuentros que comienzan con Gloria al bravo pueblo y terminaban con nuestra Alma llanera. Todo un melting pot de emociones y peticiones que nos forzamos atender, aun sin despacho y sin sede… Retumba en mi mente la voz de la profesora Pérez: figure hijo para que brille el orgullo de ser venezolano. Y Canadá lo hizo: nos dio identidad, acogida, estatus, refugio, donaciones, voz, justicia y honor. Oh, Canadá, gracias Canadá.

Seguimos de pie

Decíamos que la política es oportunidad. Pero también es un factor de cambio, de conversión y evolución. La reciente decisión de la AN-2015 que “cesa” el Gobierno encargado, no puede tener un carácter involutivo. No debe ser interpretada como la disolución de una causa superior que es recuperar la institucionalidad democrática.

La constitucionalidad no se adapta a las circunstancias sino son las circunstancias las que deben ajustarse a la legalidad. Y las circunstancias son que tenemos una nación devastada, despojada, desinstitucionalizada, sometida a un poder de hecho, donde cada venezolano ha perdido su condición ciudadana. Si la AN es el último epicentro de soberanía y poder popular, entonces la AN debe asegurar el último barniz de legalidad que lucha por restablecer la democracia, por su derecho a recuperar un espacio, un lugar, la voluntad de elegir, vivir o morir en Venezuela.

La AN no puede ser la reedición del despojo y la desigualdad, sino la reivindicación del Estado de derecho contra el Estado ausente. El último bastión de constitucionalidad (AN) destinado a llenar el vacío de poder y rescatar la democracia, no puede ser eco de nuevos vacíos y ausencias antidemocráticas. 

La cesación de los efectos jurídicos, legítimos y constitucionales no es eficaz ni constituyente si ese acto engendra vacantes ejecutivas, administrativas, diplomáticas o jurídicas, que cesan la última voluntad soberana. Pretender subrogarse competencias no previstas es repetir conductas inapropiadas. Solo una nueva directiva de la AN sería capaz de sustituir y asumir el orden de suceder constitucional del Gobierno encargado. Esa es la expresión soberana, el último vestigio de voluntad popular y representación que ha aceptado (y acreditado) la comunidad y las cortes internacionales.

Allá en el horizonte con ligero equipaje, hubo un adiós, una despedida, un beso y una caricia… pero allá de detrás de las gélidas colinas hay una patria, una bienvenida. Allá vamos con viento favorable, con la constitución en la mano, como embajadores del orgullo y el compromiso de ser venezolano.

Mi verdad -decíamos- ni antagoniza ni pretende enemistad. La política es esperanza, es acción y verdad. Por ella estamos y seguimos. Así vamos. Allá nos dirigimos…

* Embajador de Venezuela en Canadá

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