La absurda hipocresía del poschavismo, por Alejandro Armas - Runrun
La absurda hipocresía del poschavismo, por Alejandro Armas
Los poschavistas suelen ser entusiastas vendedores de la tesis de que la disidencia es tan responsable por la debacle venezolana como el chavismo

 

@AAAD25

Octubre. El mes de la estética de lo lúgubre o de lo simplemente “raro”, gracias a una tradición irlandesa que se arraigó en Estados Unidos por la inmensa diáspora celta en su territorio, y que por último se globalizó gracias a la influencia cultural incomparable de aquel país. Es el mes ideal para ver películas de Tim Burton o fotografías de Diane Arbus. Pero también es el mes de los galardones del Nobel. Como las ciencias naturales no son mi fuerte, me interesa sobre todo el premio en su categoría literaria.

Pensando en los laureados, uno recurrente es Henryk Sienkiewicz, recordado sobre todo por su novela monumental Quo vadis? El título viene de un texto apostólico no incluido en el canon bíblico y se ha vuelto una especie de lugar común para preguntar de manera elegante hacia dónde se dirige el interlocutor. Me voy a valer de él hoy, y que me perdonen por la larga divagación hasta llegar a este punto. Dado el perdurable estancamiento de la situación política venezolana, quizá no esté de más divagar cuando se habla de ella.

Precisamente por estar estancados, desde la sociedad civil se vuelve casi una obligación hacer cada cierto tiempo una pausa en el cansino exhorto a la dirigencia política para que haga lo correcto, con fines de evitar una reiteración excesiva que conduzca al tedio y la desgana. En esas pausas podemos, por ejemplo, comenzar con aquel Quo vadis? y preguntarnos hacia dónde va Venezuela como sociedad. Podemos incluso atender a aquellas manifestaciones que hoy son irrelevantes, debido a que el chavismo ocupa exclusivamente el poder. Pero si eso cambiara, y volviera a haber una competencia genuina por el poder, lo que hoy no es relevante podría entonces serlo. Así que, en el caso de los elementos indeseables, conviene atajarlos de antemano para que no sean problemáticos en un hipotético futuro de democracia y Estado de derecho restaurados.

Una de esas manifestaciones es una corriente en la opinión pública que, me parece, es bastante minoritaria, pero no debería pasarse por alto. No conforman ningún partido político, ni un movimiento organizado. Es más bien algo sobre todo de redes sociales. Por tanto, no tienen un nombre compartido. A falta del mismo, yo los llamo “poschavistas”. No apoyan al gobierno y admiten sin dificultad que es autoritario. Pero tienen inclinaciones de izquierda muy fuertes. Y no precisamente de izquierda socialdemócrata, sino de la nueva izquierda populista y posmarxista. De esa cuyos referentes en el mundo hispanoparlante son, entre otros, el partido español Podemos o el kirchnerismo argentino. No necesariamente son meros oportunistas que alguna vez ocuparon cargos públicos bajo el chavismo y solo cuando fueron apartados se volvieron críticos. De hecho, creo que pocos calzarían en esta descripción.

Si bien no apoyan a Maduro y compañía, tampoco simpatizan en absoluto con el grueso de la dirigencia opositora. Pero no siempre por las mejores razones.

Como casi todo el resto de la sociedad, le achacan su incapacidad para lograr un cambio de gobierno, en lo cual tienen toda la razón. Pero además la juzgan con un lente del más típico izquierdismo trasnochado. La caricaturizan como un montón de herederos de las viejas elites que el chavismo desplazó, llenos de desprecio hacia los pobres y empeñados en restaurar un sistema de “explotación” capitalista. Además, suelen ser entusiastas vendedores de la tesis de que la disidencia es tan responsable por la debacle venezolana como el chavismo. Cómo les gusta señalar que el radicalismo opositor impide que prosperen los diálogos con el gobierno, como si una transición negociada y la eventual restauración de la democracia fueran ideas “radicales”.

En fin, esta última fuente de desdén hacia el liderazgo disidente los pone en raro contubernio con otros elementos de la oposición prêt-à-porter, como los empresarios que decidieron que es aceptable conformarse con cosechar los beneficios de la reciente liberalización parcial de la economía, aunque el resto del país se pudra en la pobreza y la opresión.

Con sus citas de Guy Debord, Ludovico Silva y Paulo Freire, le dan un barniz intelectual a la oposición de mentira. A su vez, su pasado chavista brinda la impresión de una especie de frente amplio, de un grupo de ciudadanos de todas las posturas ideológicas que decidió desentenderse de los intereses mezquinos de la polarización y lograr grandes cosas por el país, aunque la política no cambie.

Por supuesto, dado que cualquier cosa que incomode al gobierno está descartada por “radical” para esta izquierda poschavista, lo único que le queda sugerir es que los inconformes con el statu quo voten en elecciones, ganen y rueguen que el chavismo acepte el resultado. Ah, y que dialoguen con él, sin importar las condiciones y aunque sea evidente que a la elite gobernante no le interesa hacer concesiones que comprometan su hegemonía. Por eso, el tono siempre debe ser calmado y conciliador. Nada de reclamos. Nada de increpaciones. ¡Eso sería extremista! ¡Odioso! ¡Irresponsable!

Pero lo más gracioso de esta santurronería no es lo genuflexo, sino lo acartonado. Porque si se cambia el contexto, el poschavismo no es para nada conciliador. Las protestas en años recientes en Colombia y Chile bastante que las aplaudieron. Si las mismas tuvieron facetas violentas, pues ello fue una consecuencia comprensible de la justa indignación por las políticas “neoliberales” de Iván Duque y Sebastián Piñera.

El mismo contraste apreciado al movernos por un eje espacial lo podemos observar si hacemos otro tanto sobre el eje temporal. Porque resulta que al poschavismo le encanta justificar y hasta glorificar la insurrección guerrillera venezolana de los años 60. Sus comandantes serían entonces héroes alzados contra un gobierno despótico, tan violador de DD. HH. como el actual, o más. La prueba de que tal descripción se ajusta a la realidad está en las violaciones de DD. HH. de los propios guerrilleros. Como si esos excesos, sin bien totalmente censurables, no se hubieran dado en un trasfondo de conflicto armado en el que los guerrilleros estaban matando gente. ¿Los guerrilleros caídos en combate sí pueden tener dolientes, pero las víctimas del asalto al Tren de El Encanto no? ¿Está bien denunciar el asesinato de Alberto Lovera, pero hay que omitir el de Julio Iribarren Borges?

Entonces, para estos señores fue legítimo un alzamiento armado contra una democracia que gozaba de amplio respaldo popular (ver altísima participación en elecciones de la época, pese a amenazas de boicot violento por los alzados), pero no lo es protestar pacíficamente exigiendo un cambio político en la Venezuela actual, con un gobierno no democrático y rechazado por las masas. Faltan palabras para describir cuán absurda e hipócrita es esa posición.

Pero más allá de eso hay algo más grave. Si así piensan sobre la democracia del pasado y quienes la combatieron, ¿qué garantiza su fidelidad a una democracia hipotéticamente restaurada? No digo que en ese caso agarrarían un fusil y se irían al monte. Pero como los venezolanos hemos visto, con toda tristeza, se puede desmantelar una democracia llegando al poder por el voto y atacándola desde adentro.

De ahí la necesidad de observar con cuidado las corrientes de pensamiento venezolano que hoy permanecen pasivas por la hegemonía chavista. No todas son positivas. Y dentro de las que son negativas, no todas son de derecha radical. Hay más que esos sujetos ultraconservadores y con añoranzas de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Hay también una izquierda radical no alineada con el gobierno, pero de muy dudosa vocación democrática. Mejor notarla ahora mismo y no sorprenderse después.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es