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Opinión

¿Dónde estamos parados?

Dónde estamos parados, por Julio Castillo Sagarzazu. Foto de John Rober Mrasigan en Unsplash
La necesidad de “vengarse” de las élites tradicionales hará que los ciudadanos terminen dando su confianza, a los más estridentes y a los que postulan salidas milagrosas

 

@juliocasagar

Sería pretencioso y, también fantasioso, tener una respuesta clara a la pregunta ¿dónde estamos parados? No obstante, lo que sí podría afirmarse es que quizás nunca antes, como ahora, han tenido tanto peso en las definiciones de política interna de los países, las determinantes externas y la realidad geopolítica internacional.

Comparemos nada más que corrieron casi dos años entre las abdicaciones de Bayona y los sucesos del 19 de abril de 1810, que llevaron a conformar una Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, depuesto por la fuerza.

Ahora, “el aleteo de una mariposa en Hong Kong, puede provocar una tormenta en Nueva York” casi de inmediato. Los acontecimientos los vivimos en tiempo real. Y la geopolítica deviene en un ingrediente de la situación interna, sin filtros y sin dilaciones.

El mundo viene de conocer dos acontecimientos de resonancia mundial: la pandemia y la guerra en Ucrania. Ambos están provocando crisis profundas, grandes transformaciones y cambios internos en los países. Casi podría asegurarse que muy pocos gobiernos quedarán incólumes. Al que no lo agarre el chingo de la pandemia, lo estará agarrando el sin nariz de la guerra.

La incertidumbre genera temores inseguridades sociales y quizás promueva una peste común: el fortalecimiento de los populismos de toda orientación.

La necesidad de “vengarse” de las élites tradicionales hará que los ciudadanos terminen volteando a ver, y dando su confianza, a los más estridentes y a los que postulan salidas milagrosas para salir de la crisis. La pérdida de democracia y libertades de todo género es una de las consecuencias más importantes de todo este este proceso.

No más caprichos ideológicos

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No se ayuda a la causa democrática venezolana en el exterior empaquetándola como un choque entre derecha e izquierda. Es un choque entre democracia y autoritarismo   @AAAD25 En su exhorto a desmontar el interinato…

Estos populismos tienen en común el autoritarismo, el nacionalismo exacerbado (postizo o no) y el desprecio patente por los derechos sociales y políticos de las mayorías. Las manifestaciones populares, la movilización social, tienen, frente a estos regímenes, un margen muy estrecho de llegar a lograr los cambios políticos. La falta de escrúpulos, de sensibilidad social y la represión organizada y persistente les restan valor a los que otrora fueron grandes mecanismos de cambios sociales. El poder de las armas y su decisión de usarlas contra la gente hace más difícil el accionar social.

No obstante, todos los autoritarismos y los regímenes populistas tienen grietas. Los que hoy están gobernando (de cualquier signo), como ya dijimos, experimentarán la erosión de las crisis de la pandemia y la guerra. Son esas grietas justamente los que las fuerzas democráticas están en la obligación de aprovechar.

El populismo exhausto

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El populismo está exhausto y desacreditado. Sus principales ejecutores están siendo señalados como partícipes de crímenes, violaciones graves a los DD. HH., y saqueo metódico de los recursos del país   @vjmc Los sueños populistas…

La negación de las libertades, incluyendo las políticas y las electorales, hemos dicho que es una de las características de estos regímenes. Sin embargo, de tanto en tanto están en la obligación de “relegitimar” sus mandatos. Los procesos electorales que tienen lugar en esos momentos son una oportunidad de aprovechar esas grietas. Por más regimentada que esté una sociedad (al menos hasta ahora ha sido así) las campañas electorales dan la oportunidad de encauzar políticamente la protesta y señalar al cambio político como una meta social a alcanzar.

En Bielorrusia y en Barinas (¡vaya que ejemplos más disimiles!) esas campañas tuvieron una resonancia importante y fueron una oportunidad para “politizar” la ciudadanía. Otra cosa muy distinta, obviamente, es cobrar la victoria. En Bielorrusia el fraude fue impuesto por la fuerza de las armas. Y en Barinas se logró concretar.

Todo, entonces, dependerá del contacto y del papel que juegue el liderazgo en trenzar alianzas orgánicas (no virtuales) con la población para que el entusiasmo que puedan despertar candidatos o liderazgos no se los lleve el viento.

De allí que, con todas las limitaciones que tenemos en Venezuela, vale la pena jugarse el quintico de tratar de usar un proceso, y unas eventuales elecciones, para intentar una respuesta eficaz frente al régimen y en la recuperación de la democracia y las libertades.

Ya hay un botón de muestra, pequeño pero significativo: los precandidatos a unas posibles primarias están recorriendo el país. Por allí por donde pasan dejan una semilla sembrada y algún grado de entusiasmo están generando.

Se trata de profundizar este fenómeno para que la semilla pueda ser cosechada.

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