TelegramWhatsAppFacebookX

#CrónicasDeMilitares | El Taita Crespo y la glorificación de Guzmán Blanco (y II)

Ningún mandatario –José Antonio Páez, José Tadeo Monagas– se ha atrevido a un autobombo tan hiperbólico como Guzmán Blanco

 

@eliaspino

Vimos en la entrega de la semana anterior cómo Joaquín Crespo, gracias a la pluma prestada de Diego Bautista Urbaneja, en enero de 1878 publica El deber cumplido para defender la gestión de Antonio Guzmán Blanco, contra la cual se ha desatado una reacción de importancia. De la fuente buscamos entonces información relacionada con la justificación del personalismo del hombre fuerte contra quien se levantaban críticas airadas y fusiles amenazantes. Ahora nos detendremos en dos asuntos que formaron parte de debate intenso, la egolatría del mandatario y sus actos de corrupción administrativa, explicados y justificados con argumentos que hoy, a primera vista, nadie se atrevería a repetir.

Uno de los hechos que provoca los malestares más subidos de la época, acompañados de burlas soterradas, es la erección de dos estatuas que el autócrata ordena levantar de su persona en lugares céntricos y transitados de Caracas: una ecuestre frente al edificio del Capitolio Federal, y otra pedestre en la visitada colina de El Calvario.

Ningún mandatario –José Antonio Páez, José Tadeo Monagas– se ha atrevido a un autobombo tan hiperbólico, pese al poder que pudo tener y a los temores que pudo provocar.

Jamás se ha llegado en Venezuela al extremo de arrodillarse a través del bronce ante un mandamás que se solaza al contemplarlo, pero Guzmán Blanco lo lleva a cabo con la cara más lavada del mundo después de moverse para que uno de los estados de la federación lleve su nombre y otro el nombre de su padre, como en efecto sucede.

Pero, en sentido general y según El deber cumplido, no se trata de un problema digno de atención, sino apenas de un suceso corriente:

Que hubo adulación en el Septenio, nadie puede negarlo; pero esa ha sido una enfermedad peculiar a la especie humana y muy común en Venezuela desde mucho tiempo atrás; de modo que enrostrar a Guzmán Blanco la vileza de sus adoradores es lo mismo que pretender hacerlo responsable de los vicios de sus compatriotas, y ya se ve que este es un absurdo”.

La humanidad es aduladora y Venezuela también, naturalmente. ¿Por qué alarmarse ante un fenómeno generalizado y común? Estamos ante una explicación que implica a todos los pueblos a través de la historia y conduce a una exculpación envolvente, pero que no deja de llamar atención y de permitir que se adviertan las goteras en el techo del argumento, especialmente cuando Venezuela se ha proclamado como república desde los principios del siglo y, en consecuencia, se ha divorciado, en el plano de sus declaraciones y de la divulgación de sus valores, de los hábitos de cortesanía y zalamería del período colonial. Pero no hay problema, el folleto suscrito por Crespo acude a la nobleza de los sentimientos populares para salir del atolladero. Veamos:

Que los pueblos tienen el derecho de demostrar su gratitud como les plazca es una verdad que nadie se atreve a hacer controvertible: y es esta la razón por la cual la pasión, que necesita herir en todas ocasiones, para hacer de las estatuas un arma envenenada contra el partido de Abril y contra su caudillo, asegura que este, valiéndose de su autoridad soberana, se hizo levantar dichos monumentos. Esa pasión alevosa sabe muy bien que ese es el medio de lanzar al rostro de Guzmán Blanco y de todos sus partidarios en aquella época una mancha sangrienta que ridiculiza al uno, pero que deshonra a todo el partido, cuyas personalidades pretende así exhibir como desposeídas de todo sentimiento de dignidad y de honradez”.

Extraordinaria cabriola que convierte la abyección en cualidad, el vicio en virtud y el republicanismo en dardo envenenado, pero que no deja de ser una evidente temeridad. Por consiguiente, Crespo y su escribidor hacen una aclaratoria estelar:

… hasta la fecha, ni un solo individuo ha presentado un documento, una carta siquiera, en que Guzmán pidiese u ordenase se decretaran tales monumentos; menos aún, hasta ahora nadie ha dicho que Guzmán Blanco le haya hablado en tal sentido, lo cual nos conduce irremisiblemente a una de esas conclusiones terminantes: esas estatuas se levantaron espontáneamente por la gratitud nacional, y en ese caso ellas son sagradas y honran a la Revolución de Abril y a Guzmán Blanco”.

No se refieren al tribunal de la historia, sino a las pruebas que se puedan presentar en el juzgado de la esquina. ¿Cómo refutarlos, cuando parece posible que el señor de las estatuas regrese triunfal a Venezuela mientras languidece la reacción del llamado alcantarismo?

Lo mismo puede suceder con las acusaciones de corrupción administrativa que han circulado contra el “Héroe de Abril”. En caso de que existan evidencias del frondoso peculado que se le achaca, queda por ver quién las conduce ante el juez de turno. Pero, aparte de ese detalle, El deber cumplido presenta un desfile de realizaciones que demuestran la existencia de obras materiales a través de las cuales se demuestra con hechos palmarios la eficaz labor del acusado, o del sospechoso de tropelías de peculado, tal vez la más importante en el país desde la época de la Independencia: edificios públicos y piezas de ornato, carreteras, un primer tramo de ferrocarril, publicaciones oficiales, modernización de la burocracia, creación del situado constitucional y ágiles comunicaciones con el extranjero, por ejemplo. Aparte de insistir en la inexistencia de testimonios sobre manejos delictivos del erario, el folleto termina con unas afirmaciones susceptibles de causar sensación entonces, pero también en el futuro. Son las siguientes:

Cargos tanto más apasionados son estos, que si llegara a probarse de un modo evidente el peculado de Guzmán Blanco, aun así el pueblo, con su recto criterio, diría: “Robó mucho, pero me dio mucho. ¡Qué ladrón tan honrado es Guzmán Blanco!”.

Mientras la frase queda para el libre comentario del lector, ahora solo se recuerda que Diego Bautista Urbaneja va a ejercer como mandatario provisional cuando muere el presidente Linares Alcántara, a la espera de que Guzmán regrese del extranjero a gobernar durante un período de cinco años. También se hace memoria de que el congreso, en 1880, obsequia al Taita de la Guerra con el título de “Héroe del Deber Cumplido”, con el cual se le deberá distinguir en los documentos oficiales.

En 1885, cuando Crespo termina el bienio como presidente de la República con el que le favorece su defendido, Rafael Arvelo, poeta muy popular entonces, hace una copla extraordinaria que circula de boca en boca:

Héroe del Deber Cumplido

es un título profundo.

Héroe del pagar no ha sido.

¿Quién no sabe que se ha ido,

debiéndole a todo el mundo?

¿No es el comentario más certero sobre la fuente que ahora se ha comentado, y una prueba de que el republicanismo venezolano, aun en tiempos oscuros, encuentra fórmulas para estar presente? El sarcasmo es una de tales fórmulas.

TelegramWhatsAppFacebookX
Ningún mandatario –José Antonio Páez, José Tadeo Monagas– se ha atrevido a un autobombo tan hiperbólico como Guzmán Blanco

 

@eliaspino

Vimos en la entrega de la semana anterior cómo Joaquín Crespo, gracias a la pluma prestada de Diego Bautista Urbaneja, en enero de 1878 publica El deber cumplido para defender la gestión de Antonio Guzmán Blanco, contra la cual se ha desatado una reacción de importancia. De la fuente buscamos entonces información relacionada con la justificación del personalismo del hombre fuerte contra quien se levantaban críticas airadas y fusiles amenazantes. Ahora nos detendremos en dos asuntos que formaron parte de debate intenso, la egolatría del mandatario y sus actos de corrupción administrativa, explicados y justificados con argumentos que hoy, a primera vista, nadie se atrevería a repetir.

Uno de los hechos que provoca los malestares más subidos de la época, acompañados de burlas soterradas, es la erección de dos estatuas que el autócrata ordena levantar de su persona en lugares céntricos y transitados de Caracas: una ecuestre frente al edificio del Capitolio Federal, y otra pedestre en la visitada colina de El Calvario.

Ningún mandatario –José Antonio Páez, José Tadeo Monagas– se ha atrevido a un autobombo tan hiperbólico, pese al poder que pudo tener y a los temores que pudo provocar.

Jamás se ha llegado en Venezuela al extremo de arrodillarse a través del bronce ante un mandamás que se solaza al contemplarlo, pero Guzmán Blanco lo lleva a cabo con la cara más lavada del mundo después de moverse para que uno de los estados de la federación lleve su nombre y otro el nombre de su padre, como en efecto sucede.

Pero, en sentido general y según El deber cumplido, no se trata de un problema digno de atención, sino apenas de un suceso corriente:

Que hubo adulación en el Septenio, nadie puede negarlo; pero esa ha sido una enfermedad peculiar a la especie humana y muy común en Venezuela desde mucho tiempo atrás; de modo que enrostrar a Guzmán Blanco la vileza de sus adoradores es lo mismo que pretender hacerlo responsable de los vicios de sus compatriotas, y ya se ve que este es un absurdo”.

La humanidad es aduladora y Venezuela también, naturalmente. ¿Por qué alarmarse ante un fenómeno generalizado y común? Estamos ante una explicación que implica a todos los pueblos a través de la historia y conduce a una exculpación envolvente, pero que no deja de llamar atención y de permitir que se adviertan las goteras en el techo del argumento, especialmente cuando Venezuela se ha proclamado como república desde los principios del siglo y, en consecuencia, se ha divorciado, en el plano de sus declaraciones y de la divulgación de sus valores, de los hábitos de cortesanía y zalamería del período colonial. Pero no hay problema, el folleto suscrito por Crespo acude a la nobleza de los sentimientos populares para salir del atolladero. Veamos:

Que los pueblos tienen el derecho de demostrar su gratitud como les plazca es una verdad que nadie se atreve a hacer controvertible: y es esta la razón por la cual la pasión, que necesita herir en todas ocasiones, para hacer de las estatuas un arma envenenada contra el partido de Abril y contra su caudillo, asegura que este, valiéndose de su autoridad soberana, se hizo levantar dichos monumentos. Esa pasión alevosa sabe muy bien que ese es el medio de lanzar al rostro de Guzmán Blanco y de todos sus partidarios en aquella época una mancha sangrienta que ridiculiza al uno, pero que deshonra a todo el partido, cuyas personalidades pretende así exhibir como desposeídas de todo sentimiento de dignidad y de honradez”.

Extraordinaria cabriola que convierte la abyección en cualidad, el vicio en virtud y el republicanismo en dardo envenenado, pero que no deja de ser una evidente temeridad. Por consiguiente, Crespo y su escribidor hacen una aclaratoria estelar:

… hasta la fecha, ni un solo individuo ha presentado un documento, una carta siquiera, en que Guzmán pidiese u ordenase se decretaran tales monumentos; menos aún, hasta ahora nadie ha dicho que Guzmán Blanco le haya hablado en tal sentido, lo cual nos conduce irremisiblemente a una de esas conclusiones terminantes: esas estatuas se levantaron espontáneamente por la gratitud nacional, y en ese caso ellas son sagradas y honran a la Revolución de Abril y a Guzmán Blanco”.

No se refieren al tribunal de la historia, sino a las pruebas que se puedan presentar en el juzgado de la esquina. ¿Cómo refutarlos, cuando parece posible que el señor de las estatuas regrese triunfal a Venezuela mientras languidece la reacción del llamado alcantarismo?

Lo mismo puede suceder con las acusaciones de corrupción administrativa que han circulado contra el “Héroe de Abril”. En caso de que existan evidencias del frondoso peculado que se le achaca, queda por ver quién las conduce ante el juez de turno. Pero, aparte de ese detalle, El deber cumplido presenta un desfile de realizaciones que demuestran la existencia de obras materiales a través de las cuales se demuestra con hechos palmarios la eficaz labor del acusado, o del sospechoso de tropelías de peculado, tal vez la más importante en el país desde la época de la Independencia: edificios públicos y piezas de ornato, carreteras, un primer tramo de ferrocarril, publicaciones oficiales, modernización de la burocracia, creación del situado constitucional y ágiles comunicaciones con el extranjero, por ejemplo. Aparte de insistir en la inexistencia de testimonios sobre manejos delictivos del erario, el folleto termina con unas afirmaciones susceptibles de causar sensación entonces, pero también en el futuro. Son las siguientes:

Cargos tanto más apasionados son estos, que si llegara a probarse de un modo evidente el peculado de Guzmán Blanco, aun así el pueblo, con su recto criterio, diría: “Robó mucho, pero me dio mucho. ¡Qué ladrón tan honrado es Guzmán Blanco!”.

Mientras la frase queda para el libre comentario del lector, ahora solo se recuerda que Diego Bautista Urbaneja va a ejercer como mandatario provisional cuando muere el presidente Linares Alcántara, a la espera de que Guzmán regrese del extranjero a gobernar durante un período de cinco años. También se hace memoria de que el congreso, en 1880, obsequia al Taita de la Guerra con el título de “Héroe del Deber Cumplido”, con el cual se le deberá distinguir en los documentos oficiales.

En 1885, cuando Crespo termina el bienio como presidente de la República con el que le favorece su defendido, Rafael Arvelo, poeta muy popular entonces, hace una copla extraordinaria que circula de boca en boca:

Héroe del Deber Cumplido

es un título profundo.

Héroe del pagar no ha sido.

¿Quién no sabe que se ha ido,

debiéndole a todo el mundo?

¿No es el comentario más certero sobre la fuente que ahora se ha comentado, y una prueba de que el republicanismo venezolano, aun en tiempos oscuros, encuentra fórmulas para estar presente? El sarcasmo es una de tales fórmulas.

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.