El resignado regreso a la vía electoral, por Alejandro Armas - Runrun
El resignado regreso a la vía electoral, por Alejandro Armas
Solo tiene sentido ir a elecciones bajo la hegemonía chavista si ello es parte de una estrategia que trascienda el mero acto de sufragar. No veo indicios de un plan

 

@AAAD25

Tal como me imaginaba, las elecciones regionales y locales de noviembre serán el evento que domine el acontecer político venezolano en lo que queda de año, para bien o para mal… Más probablemente, para mal. Quienes me han honrado con su lectura han de estar al tanto de mi postura sobre el dilema entre votar y abstenerse. La mantengo, y por eso no me siento emocionado con la demorada decisión de participar tomada por el G4 y varios de sus aliados.

El mantra, a mi juicio, que debe guiar a la dirigencia opositora fuera del falso dilema maniqueo es que solo tiene sentido ir a elecciones bajo la hegemonía chavista si ello es parte de una estrategia que trascienda el mero acto de sufragar, con miras a presionar por una transición pactada. Es decir, que los comicios sean el aliciente para movilizar a los ciudadanos hacia un nuevo reclamo de cambio real, hasta que la elite chavista sienta que su mejor opción es negociar en serio.

No veo indicios de que el G4 cuente con un plan de esa índole hoy, ni creo que en los tres meses que nos separan de la jornada electoral la alianza disidente será capaz de desarrollarla. Porque, como imaginarán, eso no es sencillo. Es un proceso que requiere mucho tiempo y esfuerzo. Más aun con una ciudadanía desencantada con la política y que no ve en el voto, al menos por sí solo, una herramienta para restringir el poder absoluto del chavismo, paso previo necesario para cualquier recuperación socioeconómica amplia. Si la extinta (y tal vez ahora resucitada) MUD iba a terminar yéndose por la senda electoral de nuevo, debió empezar a preparar la movilización de la base opositora hace meses. A la postre, hoy tendríamos que estar viendo una recuperación del entusiasmo masivo como indicios de que tal vez el liderazgo tendrá éxito. De más decir que entusiasmo no hay.

Mi impresión es que estamos ante una dirigencia opositora que por fin reconoció su estancamiento estratégico, pero que cree, o dice creer, que puede superarlo volviendo a tácticas que el chavismo se encargó de neutralizar. Por más que el anuncio de participar haya sido ahíto del lenguaje grandilocuente de rigor, no pude evitar notar un deje de resignación. Algo así como el reconocimiento de que se está preparando el regreso, por falta de opciones, a un juego diseñado para que el chavismo siempre gane, a ver si por una anomalía se puede por ahí lograr el objetivo.

De hecho, se notó más aun en la rueda de prensa de Freddy Guevara, pocas horas antes del anuncio. Sé que hay que tratar con cuidado las palabras de un preso político que acaba de ser excarcelado y sigue estando a merced del régimen, sin hacer juicios apresurados. También estoy al tanto de que algunas palabras de Guevara fueron sacadas de contexto y que él en realidad no instó a convivir con el régimen chavista. Aun así, su discurso expone un cambio de paradigma, por el cual se da por hecho que la elite gobernante es monolítica y no hay forma de separarla de manera que una facción con poder emprenda la transición negociada.

Y al reducir la resistencia al diálogo y las elecciones, repito, se retorna a vías neutralizadas por el poder de facto, lo cual deja en suspenso a cualquiera que se interese por nuestro drama político y entienda la situación.

Hace poco lamenté que la oposición acuda una vez más a la mesa de negociación como la parte débil. Ahora luce más débil todavía. En cambio, el chavismo se ve envalentonado. Ahí está Nicolás Maduro, empezando a echar para atrás con los “gestos de buena voluntad”, al insinuar que finalmente no eliminarán a los “protectores” de estados y municipios.

También está exigiéndole a la oposición que hable con sus aliados internacionales para que los activos del Estado en el extranjero sean devueltos al control de la elite chavista, y para que sean retiradas las sanciones que pesan sobre el régimen. Es decir, está demandando el fin de toda la presión sobre el chavismo. Cualquiera con dos de frente puede entender que sin esa presión, para Venezuela solo habrá más sumisión. Si esas van a ser las condiciones para que el régimen admita de nuevo al G4 en su juego electoral, más algo de maquillaje que haga que todo se vea más limpio sin cambiar nada realmente, imagínense…

Mientras tanto, el grupo de Falcón, Zambrano, et. al. increpa a los restos de la MUD por “abandonar la política real”, solo para terminar retornando a ella. Por desgracia, tienen algo de razón. No moral, sino comunicacional. El G4 tendrá que hacer malabares retóricos para explicar por qué se inclinó por la abstención y ahora retoma el voto. Al mismo tiempo, tendrá que explicar cómo es que este giro no lo reduce a otra expresión más de la oposición prêt-à-porter.  Por último, pero no menos importante, aunque retenga ante los ojos de la base disidente su identidad como liderazgo opositor real, tendrá que mostrar que sí tiene una estrategia que vaya más allá de las urnas. Solo así cumplirá su propósito.

Tal vez consiga distinguirse del “falconismo”. Veo mucho menos probable que pueda exhibir destreza estratégica. Al menos de cara al proceso de noviembre. No hay tiempo. Esa oportunidad, en mi opinión, ya pasó. En el mejor de los casos, el liderazgo recuperaría algo de la credibilidad perdida y sobre esa base seguiría construyendo un nuevo movimiento de presión ciudadana que exija un cambio político real en diciembre y después.

Esto es, por cierto, mucho más importante que un improbable mapa azul. Improbable porque no tengo idea de cómo el G4 y aliados podrán ponerse de acuerdo entre ellos mismos y con todas las figuras que se hacen llamar “oposición” para presentar candidaturas unitarias, generar una avalancha de votantes como la de 2015 y pasar por encima de los vicios del sistema, todo esto en menos de tres meses.

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