Inquietud de la lluvia, por Samuel González-Seijas - Runrun
Inquietud de la lluvia, por Samuel González-Seijas

@lectordepaso

Escribió alguna vez Jorge Luis Borges: la lluvia es un asunto que siempre ocurre en el pasado. La frase es más o menos así. Y parece tener razón porque puestos en situación de oír o ver cómo cae sobre la ciudad, ella tiene la facultad de ponernos, de lleno, en un continuo temporal. La lluvia abre la puerta a la memoria y las imágenes nos anegan.

Esto que digo me viene de pronto cuando he salido a hacer la compra del sábado de cuarentena y, mientras iba camino de la charcutería, se soltó un aguacero contundente. Llovió como se dice que siempre lo hacía en Caracas en estas épocas cuando por fin ha entrado nuestra temporada invernal.

Como antes del palo de agua hacía calor, iba vestido al acaso con bermudas, franela, zapatos deportivos. Antes de salir me alargaron un paraguas porque ya se veía lo que podía ocurrir. Y en efecto ocurrió. El aguacero cayó raudo, con viento. Como la tienda a la que iba quedaba no más allá de una cuadra de distancia, pude llegar menos emparamado. Solo los zapatos y parte de las piernas llevaron la peor parte pero incluso así pude guarecerme en el local.

Cerré mi paraguas bajo el toldo de entrada del establecimiento. El toldo me recordó los usados en ciertas playas italianas vistas en películas y fotos, porque estaban hechos de barras blancas y rojas. Me recordó una tarde larga en Pedro González, en la isla de Margarita, cuando los propios italianos la habían convertido en un bulevar de cafés, pequeños restaurantes y una posada. Eran las mismas barras rojas y blancas, alternadas. La lluvia hizo que me detuviera a ver ese techo saliente que protegía de seguir mojándome, pero además me dio el boleto para visitar ciertas imágenes, esas que se quedan con uno para siempre.

Luego, pasé a contemplar la calle: en el tiempo de mi ensimismamiento se había anegado por la fuerza y cantidad de lo que estaba cayendo. Las bocas de los desagües no se daban abasto y la vía quedó sumergida. Pensé en cómo me devolvería a la casa en semejante situación. Pero casi que de corridas me fui a otras imágenes: días de lluvia continua en la avenida Casanova, por allá en diciembre del 99; un bar que no cerraba, mujeres y voces, amigos que se repetían, tragos que ayudaban a remar sobre una tristeza que, por entonces, me llevaba colgado de los hombros.

Recordé una madrugada en Pariata, con una chica de la noche, cuyo espectáculo de club era dejarse derramar cera caliente en los pezones y en las caderas. Una cera rojiza, como un barro perfumado, que repetía mis lágrimas secretas.

Era mi deslave personal. Recuerdo su olor a cigarrilos, su acento de caracol portoriqueño, su nariz de polvo blanco. Fue el 12 de diciembre de ese año, el último día en que la vi. Probablemente se la tragó la desgracia del 15. Hoy es un nombre que me acompaña.

Che Borges, ¡cuánta razón tenías, mira cómo estoy aquí, coagulado en el tiempo, con mi jamonada, mi rebanadas de queso y mi tapaboca, viendo alelado el agua caer, sumido en la suspensión, como un juguete o una adivinanza, vertiginoso también en un golpe de ida y vuelta al pasado!

Ese caer de la lluvia, ese rugir o ese tintinear, según ocurra, es lo más parecido a una detención, como si en la rutina mecánica de los días, ella lo suspendiera todo, y abriera, frente a uno, pasadizos que olvidamos transitar. La lluvia parece ser también un recurso de la historia, y no únicamente la personal; puede ser, en ocasiones, la de todo un grupo humano. No importa, creo, el tamaño que ese colectivo tenga o lo disímiles que sean sus individuos.

Hice mi compra porque, claro, con aquel chaparrón muy poca gente se atrevió a salir como yo lo hice. Había apenas dos que ya pagaban y los chicos que atendían aprovecharon para comer y manguarear.

Antes de salir me di vuelta a ver cómo seguía la descarga. No solo se había aplacado sino que además despuntó el sol otra vez. Así de brusco fue el cambio. Agua y sol súbitos, como corresponde a este cielo caraqueño indescifrable, caprichoso, disponedor, pero imposible de no amar.

 

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