Crónicas de este encierro II, por Miguel Sogbi - Runrun
Crónicas de este encierro II, por Miguel Sogbi

@miguelsogbi

En la mañana, cuando me cruzo con el espejo, veo una línea de expresión que marca mi rostro a la altura de la mejilla derecha. Es una cicatriz dejada por las heridas del sueño. Se desvanece pronto, aunque siempre deja un vestigio.

Como a millones de personas, mis patrones del sueño han sido alterados. Unas noches se duerme bien, otras mal, otras tarde, las menos de las veces temprano. Es mentira que durante la cuarentena se iban a poder ver todas las series de Netflix, y leer todos los libros pendientes, aunque veo más y leo más que antes del encierro.

En la mañana no hay premura. No hay que apurarse para salir. La oficina está ahora a tan solo diez metros de distancia, o menos. Se llega rápido.

Primero un café para comenzar a atender el Whatsapp con algunos asuntos de trabajo, y luego entrar a una reunión que en minutos comenzará por Zoom. En la compañía tenemos la fortuna de tener trabajo, menos que antes, pero hoy algo, es demasiado. Las jornadas desde casa pueden llegar a ser largas, mucho más que antes de que el virus nos confinara.

Parte del trabajo es mantener el espíritu del equipo de la agencia en alto, convencido de que, en estos momentos de soledad existencial, pertenecer a un grupo humano vale mucho y nos hará más fuertes para superar la crisis. Semanas previas al inicio de esta situación, ya en la oficina nos saludábamos con el codo. Entre risas y chanzas, sabíamos lo que venía.

La pandemia en Venezuela se vive de una manera particular. Los vehículos sedientos no tienen dónde calmar su sed de combustible. Por eso, se medita muy bien antes de recorrer un nuevo kilómetro por el asfalto hirviente de esta primavera seca. Caracas, la capital, surte en unas pocas gasolineras a un número ingente de privilegiados. Es falso que esta sea la nación con el combustible más barato del mundo. Nada es tan caro como lo que no hay. Decenas de miles no podrán moverse.

El país con la tasa de emigrantes más alta del continente, nos va convirtiendo a todos en una rara especie de expatriados. Mis hijas que viven a no demasiados kilómetros de distancia, están tan lejos como si vivieran fuera. Sus voces suenan a  Skype, sus sonrisas se observan por Whatsapp. En contravía, los familiares que partieron hace varios lustros están más cerca que nunca, sus rostros brincan en mi pantalla con mayor frecuencia.

Aun así, la comunicación es difícil. La internet exangüe que nos comunica lo hace como un viejo correo de postas. Primero llega una imagen que se congela en el invierno ártico de un país plagado por la desinversión. El progreso se pasmó de la misma forma en que las videollamadas se convierten en fotografías pixeladas por una data que no fluye. Por un avance que no termina de llegar.

Aquel sueño imposible nunca fue mejor plasmado que en las futuristas llamadas telefónicas, a través de un televisor, que realizaba el andrógino y malvado Barón Ashler en Mazinger Z durante aquellos entrañables años ochenta. Eso que parecía un sueño, acá se cumplió a medias, a un cuarto. Ese sueño, al igual que muchos otros, se lo robaron con el país entero. En Venezuela decir siglo veintiuno es la mentira de un tiempo que solo llegó en los  calendarios.

Lo que en otro país es la crisis, en esta tierra son las crisis. Nicolás Maduro ha convertido el parte de guerra de COVID-19 en un monopolio informativo. Adelantarse en un dato o contrariar las mentiras eructadas en cada discurso, ocurre con riesgo de cárcel. Un periodista joven, que compartió algunos datos sobre personas contagiadas con este coronavirus, fue llevado durante unos días a la oscuridad de un calabozo en Caricuao, al oeste de la ciudad. Una bioanalista del andino estado Trujillo, que compartió un resultado positivo a través de su Whatsapp, fue llevada presa durante unas horas por el delito de compartir información “privilegiada”. Fueron arrestos, fueron mensajes.

La crisis sanitaria, que aún no llega a los niveles de Guayaquil, y las presiones políticas externas tienen enfurecido al espíritu represivo de esta administración. Se han convertido en un rottwailer que babea espuma a través de unos dientes y mandíbulas siempre listas para morder. Ya han sido varios los nuevos presos políticos. Para allanar el departamento de uno de ellos, fueron utilizados aproximadamente treinta funcionarios con los rostros cubiertos. Destrozaron la casa y se llevaron los carros. Todo ocurrió frente a su esposa y un niño de ocho años. Ellos ahora también están presos, pero de incertidumbre. Hasta ahora, no saben dónde está el padre, ni donde está el esposo.

Las proyecciones aritméticas ilustran en sus fríos diagramas que la curva, que no podrá ser aplanada por datos falsos, llegará a su pico más alto en algunas semanas a un país que posee a duras penas un poco más de doscientos respiradores. Entre tanto desde Miraflores recetan guarapos con malojillo y pimienta para paliar la enfermedad que justo al momento que escribo estas líneas, ha expulsado a cien mil mortales de este plano terrenal. 

Entro a una farmacia en Las Mercedes, una de las más grandes de la ciudad. Previo baño en alcohol y vistiendo la mascarilla de rigor, me encuentro con algo inesperado: muchos de los clientes son civiles armados que exhiben la pistola en sus cinturas sin mayor pudor, uno de ellos con varias cacerinas. Quizá tenga la ilusión de derrotar el virus a plomo cuando este se le aloje en los pulmones y comience a reproducirse como un conejo. Es la ilusión del poder. 

La ciudad está plagada de militares y policías. Para un gobierno que le gusta controlar, la pandemia se ha convertido en un sueño húmedo hecho realidad.

Estar bajo el régimen voluntario de casa por cárcel es un privilegio. Una cosa es la libertad de encerrarse, otra, poder hacerlo. En nombre de los pobres, se generó una brecha de desigualdad infranqueable que nunca se contrae. Siempre se estira. BBC Mundo reseña que una mujer colombiana de 54 años, radicada en el sector San Blas en Petare, confiesa que desde que se decretó la cuarentena, no ha bajado del intrincado barrio. ¿Para qué?, si ya no tiene trabajo, ni ahorros y muy poca comida. Hace algunas noches adquirió dos panelas de jabón a cambio de una bolsa de lentejas. Chupa caña de azúcar para mentirle al estómago. Su caja subsidiada se va acabando. Los muchachos están comiendo mangos que se dan muy bien por estos meses en casi cualquier esquina de la ciudad. Es probable que cuando baje, no lo haga sola.

Todo el planeta busca sobrevivir. Ella y yo. Tú y los tuyos. El doctor David R. Hawkins, en su magistral libro Dejar ir, se refiere a este instinto de la siguiente manera: “la meta humana primaria, la que suspende todas las demás, es la supervivencia”. Durante meses no habrá otra prioridad. Probablemente la humanidad lo logre. Ojalá seamos más humanos al final de esta lucha. Ojalá el mundo no nos coma por haber querido comernos al mundo. En unos meses lo sabremos.

“Nadie nos prometió un jardín de rosas, hablamos del peligro de estar vivos”, dijo un poeta argentino.