Lo que cuenta es lo importante, las sorpresas de la vida, por Armando Martini Pietri - Runrun

Lo que cuenta es lo importante, las sorpresas de la vida, por Armando Martini Pietri

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PASÓ LO QUE TENÍA QUE PASAR. Los venezolanos de principios éticos, valores morales y buenas costumbres ciudadanas, de trabajo, sin miedo, con valentía, coraje y voluntad, de diferentes edades, sectores sociales, culturales y económicos, salen a la calle para dejar claro, que deseamos un país a nuestro estilo y a cuyo desarrollo estamos dispuestos entregar nuestros mejores esfuerzos, y que, los decentes y honestos somos más del 90%.

Sin embargo, como sucede en este país de politiqueros y politicastros, no todo va como debería ir, y como en aquella canción, la vida te da sorpresas. 

Majaderos fracasados en la función política de organizar la convivencia, ocupándose de la actividad de una sociedad, compuesta por mujeres y hombres libres, que resuelvan los problemas que plantea la colectividad. Es un quehacer ordenado al bien común. Han sido exitosos en lo que no debería serlo ningún venezolano, en estropearlo todo, descuidando precisar detalles, mientras dedican lo principal de su atención a corruptelas y desfalco. Eso ha pasado en la nación de la cual se adueñaron con mentiras, difundiendo fantasías, falsos patriotismos, atiborrando bolsillos y carteras, saqueando reservas y dineros públicos. Sinvergüenzas adinerados compartiendo el botín producto del pillaje y raterismo con testaferros y cómplices; mientras la miseria no abandona y persiste en el pueblo. Los que vienen, aunque no lo sean del todo, es lo que han aprendido y están listos para sus propias oportunidades. Toda esa larga forma de actuar ha sido la primera sorpresa, el arduo aprender después de los sueños y distorsiones delirantes del no tan eterno comandante.

La segunda sorpresa fue para ellos, pues ni se preocuparon o supieron cómo mantener la capacidad de producción, reproducción de bienes en general y petróleo en particular, creyeron que era una especie de milagro automático, descubriendo que no es así, como que tampoco los gringos son tan lejanos ni pacientes como el fallecido barbudo y anciano cubano creía. ¡Los mitos también mueren!

Los embustes han flotado demasiado tiempo del lado opuesto a los politicastros, con politichicos que interpretan puestos de adversarios cobrando y ganando, se han convencido de que son parte -y en realidad lo han sido- del poder a cambio de conversaciones, diálogos ocultos, pactos secretos. Comprobando que se puede ser opositor sin caer en la pobreza asfixiante de las mayorías que dicen representar. Que han permanecido tiempo hablando pestes de Chávez, Maduro y sus tramoyas después que se dieron cuenta que el comandante eterno andaba en sus propios caminos, sólo se escucharía a sí mismo, quien creía reproducir, a Castro, y no lograrían sacarlo de Miraflores. Para cuando se convencieron, ya no podían saltar impunemente la talanquera -dos o tres se atrevieron- continuaron inventando heroísmos públicos y conversaciones acurrucadas para conservar algo de poder. No han viajado en la clase ejecutiva, pero en los traseros del avión se aguanta hasta llegar a cualquier ciudad del mundo, que es la idea.

Derrotados y desprestigiados por sus actuaciones, pero aferrados al mando, aunque sea en las bodegas, los panzudos politiqueros se habían repartido, las cómodas butacas de una Asamblea Nacional a la cual ya nadie hacía caso porque el policastrismo armado había dejado de lado. Desde sus asientos parecían sentirse poderosos y sacaban cuentas, hasta que le tocó el turno al más joven de ellos. Aceptaron a regaña dientes y resignados, la cuarta pata del pacto, entre bomberos no se pisan la manguera, cayendo en la trampa de su pedantería, la misma en la cual ya antes se habían rendido, los que fueron sus jefes por breve tiempo, empresarios, medios e infaltables intelectuales, cuando confiados que Chávez no era más que un militarote babieco dispuesto a ser dirigido por ellos.

Creyeron que, a falta de los cabecillas presos, inhabilitados o asilados, Juan Guaidó no era más que un joven de casualidad que vigilarían y controlarían mientras Maduro se iba destripando él solito. Juzgaron simplemente que era un fiel y esforzado muchachote de La Guaira útil para salir a patear calles y tragar gas, un modesto politiquillo, que sería otra de sus periqueras políticas de corta y poco impactante duración.

Quieren quedarse a como dé lugar y cualquier costo; sin alternativas ni poder para frenarlo le dieron la presidencia del poder legislativo creyendo sería simple alarde de un joven inexperto, sin cartera propia y dispuesto a seguir instrucciones. Pero la ciudadanía y otros anónimos -tema de otras entregas-, pensaron diferente, ratificaron e incluso ampliaron y dieron soporte al mandato popular, conscientes de que el cambio es exigente y complejo para conducir. Deshacerse de patibularios, hacer los ajustes necesarios, que no son pocos, enmarañados como la burocracia, industria petrolera y militares ¿qué se hace con un ejército contaminado de sangre, violencia, injusticia, centenares de generales y almirantes? Eso lleva mucho tiempo, esfuerzo y riesgo.

Lo que importa no son las palabrejas habituales ni los afanes de politiqueros financiados por bolichicos y deshonestos solicitados por la justicia internacional, que buscan desesperados conservar privilegios cuando aterrados, observan, como florecen moceríos y una renovadora clase dirigente. Mientras el momento se encarga y transcurre, menos tiempo y credibilidad le queda a esos envejecidos -aunque algunos sean o parezcan jóvenes- dirigentes, atosigados de mentiras y fracasos de años.

Ése es el cambio que de verdad se está produciendo, el que interesa. Porque, como en tiempos no tan lejanos exclamaban los argentinos, “¡que se vayan todos!” pero generalizar siempre es malo y se corre el riesgo de equivocarse, diríamos entonces, casi todos. ¡Vamos Venezuela!

 

@ArmandoMartini 

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