
Si algo hemos perdido, entre infinidad de cosas esenciales para la vida, en estos veinte años en Venezuela, ha sido la confianza. Por donde dirijamos la vista a nuestro derredor solo hallaremos duda, angustia instalada, oscuridad de futuro. La seguridad no está en Venezuela, está en otro lugar.
¿Cuál es ese lugar? Quizás en un paÃs extraño. Mas no siempre se consigue. Puede ser peor aún la situación. Hasta de muerte. ¿Eso es lo que busca el régimen? ¿Que no hallemos en quién confiar ni dentro ni fuera? ¿Que un buen número de la población desaparezca, sea engullido por el abismo? ¿Nos abocamos a eso?
No serÃa la primera vez en la historia. Este sistema de regÃmenes tiene larga y abundante experiencia en abismos abiertos y engullentes. Abismos deliberada y decididamente buscados y ejecutados. Abismos en los que demasiados millones de hambrientos y enfermos curables han desaparecido durante el último siglo. Por lo que vemos, sentimos y experimentamos, es lo que parece querer el sistema polÃtico-social que nos ahoga.
Dos vÃas de escape nos deja nada más: la emigración dolorosa, insegura, aleatoria, y la muerte lenta o rápida por hambre, enfermedad o violencia. El régimen parece tener necesidad de disminuir drásticamente la población. Ya solo por la emigración lo ha logrado en por lo menos cuatro millones; por hambre y enfermedad no se pueden contar los decesos; no puede haber estadÃstica. Y no es que quiera dar a entender lo contrario hablando de pocetas sucias. No es que le duela que la población se ausente, es que eso muestra al mundo su propia miseria. Hoy no hay cortinas de hierro tan espesas que resulten opacas.
¿Adónde volveremos nuestra mirada? No hay mesÃas a la vista. Estamos solos. Nuestro pueblo tiene que volverse sobre sà mismo y hallar en su compacta unidad la fuerza que lo haga invencible. Nuestro pueblo está unido en anhelo, en esperanza y en decisión, pero necesita encontrar el nudo de cohesión. ¿Quién cumplirá ese indispensable papel? Los polÃticos no lo harán. Solo aparece a la vista una comunidad firme, unida y decidida; pero a ella no le toca. No es lo suyo.
Hablo de la Iglesia, pueblo y pastores. ¿Nos dirigiremos a ella? ¿Le pediremos que, dejando de lado su finalidad propia, la definidamente religiosa, sin negarla, y a partir del amor a todos los hombres que tiene por obligación y misión, encabece clara y abiertamente la unidad de todo el pueblo ya que ningún otro está dispuesto a hacerlo y es de vida o muerte? ¿Que pase de los claros y valientes discursos a la acción comprometida?.



