SI YO FUERA NICOLÁS MADURO, ANTES DE FANFARRONEAR CON EL APOYO DE LOS RUSOS, me leería el texto del acuerdo firmado entre Nikita Krushev y John F. Kennedy para terminar con la crisis de los misiles en Cuba y con el cual, los rusos dejaron a los cubanos y a Fidel Castro guindados de la brocha, a pesar de que este último los alentaba a que pulsaran el botón rojo y desencadenaran el Armagedón nuclear.
No hay que ser internacionalista para darse cuenta de que los rusos cambiaron a los cubanos por unos cohetes que los gringos los dejaron instalar en Turquía. Una verdadera lección de Real Politik y de confirmación del apotegma aquel según el cual, “los países no tienen amigos sino intereses”.
Los rusos, a decir verdad, nunca han sido un pueblo ni guerrero ni conquistador. El general invierno les salvo de las dos más peligrosas amenazas a las que se enfrentaron como gran nación. La primera vez, derrotando a Napoleón y la segunda, a la operación Barbarroja, lanzada por Hitler. Esta última, ayudada por las bombas Molotov contra los panzer, cuando ya se habían quedado sin municiones.
Catalina la Grande conquisto a Crimea y Putin la acaba de ocupar porque se trata de un sitio neurálgico para su flota del Bósforo que es su verdadero mar estratégico. En el Báltico solo hay arenques y países fríos, pero en Crimea tienen salida al Mediterráneo a través de Turquía. Por eso es que también están en Siria, pues el puerto de Tartu, cedido por el padre del Al Asad, es estratégicamente necesario para el reavituallamiento de sus navíos. Pero hasta allí les llega su aventurerismo guerrero. La última guerra empeñada por Rusia fue la de Afganistán y salieron apaleados por los Talibanes, en mala hora soportados por Washington.
Rusia, además, a pesar de la fanfarronería de Putin, es un país pobre y con limitaciones logísticas para llegar más allá de sus fronteras y sobre todo a Venezuela, requiere recursos financieros y materiales con los que no cuenta. Intereses económicos si tiene y sobre todo los tienen las panas de Putin, los nuevos oligarcas rusos que han metido plata en nuestro país en negocios petroleros y en los más sucios de la extracción salvaje del oro y el coltan en el arco minero de Guayana. Esos son los que Putin tratara de poner a salvo. El pellejo de Nicolás le importa tanto como la protección de las guacamayas de Caracas.
Los chinos, por otra parte, son mucho menos agresivos e interesados en la guerra que los rusos. Lo de ellos más bien han sido siempre los negocios y que los dejen vivir en paz. La Muralla China, es la mejor prueba de ello. La otra prueba es que fueron los que inventaron la Ruta de la Seda, con la que llegaron a Samarcanda y también al Mediterráneo, pero no para conquistar, sino para hacer negocios. Los chinos son expansionistas, pero con sus Chinatowns, con sus lumpias y su arroz frito. Un pueblo sabio por mil títulos y que planifican, no como nosotros, para la semana que viene, sino para cien años. Proteger sus intereses económicos, será igualmente lo más importante para ellos.
Nicolás Maduro, dirige una revolución sin épica, sin más héroes que Robert Sierra y Eliezer Otaiza. Su rito iniciático fue una derrota militar que llevo a su líder a refugiarse en el Museo Militar. Es una de las pocas efemérides que celebra una derrota y no una victoria. Es como si los franceses celebrasen Waterloo, o los españoles la Batalla de Carabobo. Pero bueno, es así. Esa es la razón por la que la fanfarronería militar termina siendo patética, sus carreritas televisadas, una versión de Mambrú se fue a la guerra y sus llamados a zafarrancho de combate, silbidos en la oscuridad para sentirse acompañado.
Nadie quiere una guerra para Venezuela. Ni siquiera y, mucho menos, quienes queremos que se vaya. Entonces tenemos que concluir que toda su parafernalia es para aparentar que esta fuerte, cuando en realidad está muy débil.
Él y Chávez, son los verdaderos responsables de haber convertido el problema de Venezuela en un problema geopolítico mundial. Su manía estúpida de hacer el país un santuario de bandas narcoterroristas como las FARC y el ELN. Haber repartidos pasaportes venezolanos a diestra y siniestra a militantes del Hezbollah. Haber llenado el mundo de dinero sucio de la corrupción en proporciones nunca vistas en la historia de la humanidad. Haber convertido al país en una pesadilla de donde han debido emigrar más de 4 millones de compatriotas creando gravísimos problemas a nuestros vecinos. Todo eso es obra de este régimen. ¿Ahora de que se quejan de que el mundo entero, democrático, civilizado y decente los quiera echar?
Sigan el consejo y acojan la mano tendida de Juan Guaidó. Acójanse a la amnistía que con generosidad está ofreciendo. No sigan causando daño. Háganse a un lado para que podamos construir una transición que nos lleva a unas elecciones libres para regresar al concierto de las naciones democráticas del mundo, donde una vez fuimos un faro y un ejemplo.
Nadie va a venir a defenderlos ¡Váyanse en paz!



