Mi padre, un piadoso apostólico, católico y romano, solÃa decirnos, cuando el hogar se inundaba de tribulaciones: «hijos, esas son pruebas que nos manda el Señor». Hoy, décadas después de todo lo que ha acontecido en la Venezuela del siglo XXI, me pregunto cuánta más calamidad tiene que sufrir el pueblo venezolano para reconstruir el paÃs que fue, el siglo pasado, un lugar sostenible y de vida digna.
Una mirada al pasado sÃsmico
Ante la tragedia del pasado miércoles 24 de junio, resulta conveniente un vistazo al retrovisor de nuestra historia para reconocer tragedias sÃsmicas similares: la más notoria, el terremoto de 1812, cuya intensidad alcanzó 7,7 en la escala de Richter; el terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967, con una magnitud de 6,6, cuyo sismo, de una duración aproximada de entre 35 y 55 segundos, causó severos daños principalmente en las zonas de Altamira, Los Palos Grandes y el Litoral Central; y, finalmente, el reciente doblete sÃsmico de 2026, con magnitudes entre 7,2 y 7,5, el más extenso de los tres, pues afectó a Caracas, La Guaira y a los estados Aragua, Carabobo, Falcón y Yaracuy.
El pueblo, epicentro del dolor
Las cifras de fallecidos y desaparecidos, asà como el número de viviendas perdidas que difunden los medios de comunicación, oprimen el corazón y encogen el alma de los venezolanos adentro y en cualquier parte del mundo donde se ubica la más amplia diáspora que haya conocido la historia moderna.
Cabe destacar, en contraste, la amplÃsima solidaridad internacional demostrada con el envÃo de rescatistas y equipos especiales para salvar vidas.
1967: la respuesta institucional
Ahora bien, la diferencia estriba en la respuesta que ha dado el Estado venezolano ante la magnitud de las más recientes tragedias sÃsmicas, en comparación con la asumida en 1967. Se señala que el Estado actuó con celeridad tras el terremoto del 29 de julio: las autoridades implementaron lÃneas de mando claras y movilizaron a la Fuerza Armada para apoyar rescates, remover escombros y estabilizar edificaciones.
Esta gestión institucional dejó un precedente de planificación urbana y de preparación ante desastres: fue uno de los despliegues de emergencia más rápidos, coordinados y eficaces que ejecutó el Estado venezolano en el siglo XX.
Según el análisis de Iñaki Anasagasti (29 de junio de 2026), la gestión estuvo liderada por el Dr. Sucre Figarella, quien asumió la conducción de la crisis con una mezcla de autoridad técnica, capacidad organizativa y sentido de urgencia que marcó la diferencia. Bajo su dirección se activaron, en cuestión de horas, cuadrillas de obreros, ingenieros, topógrafos, operadores de maquinaria pesada, equipos de demolición y brigadas de reconstrucción.
En ese contexto, no se limitó a administrar recursos, sino que articuló al Estado en pleno: coordinó ministerios, gobernaciones, concejos municipales, organismos civiles y unidades militares. Estableció prioridades, abrió vÃas colapsadas, organizó rescates, supervisó demoliciones controladas y puso en marcha un plan de emergencia que aún hoy se estudia como referencia de gestión pública.
Asimismo, integró a la Fuerza Armada en la estructura de protección civil de la época: esta fue parte activa de esa respuesta, pues apoyó los rescates, movilizó personal especializado y colaboró en la remoción de escombros y en la estabilización de estructuras comprometidas.
2026: el abandono del Estado
En realidad, no existe ninguna comparación con el desastre actual de la gestión de Rodrigato y Diosdado Cabello, pues han quedado en evidencia los efectos de veintisiete años de saqueo, mala administración y manipulación populista de las necesidades de la población.
En tan solo segundos, la naturaleza se manifestó, y una vez más las vÃctimas fueron aquellas que, en el caso de La Guaira, eligieron gobernadores oficialistas cuya oferta fue una frágil infraestructura de viviendas que se desplomaron como barajas el dÃa de la tragedia.
Esta vez, la ausencia del Estado depredador y autocrático se reafirma en su práctica constante de manipulación de las cifras, en la falta de transparencia, en el bloqueo a la ayuda internacional y en el oscurantismo respecto a la cruda realidad del número de fallecidos, desaparecidos y de los millares que sobreviven a la intemperie.
Esto no es más que la prueba del estilo de gobierno que saqueó un paÃs, prostituyó todas las instituciones y precarizó al extremo los servicios públicos en nombre de una revolución inexistente, que no fue más que una estafa erigida en estilo de gestión.
El pueblo que se levanta solo
Venezuela resurgirá de sus cenizas, como lo demuestran las centenas de hombres y mujeres que, con picos, palas y mandarrias, ante un Estado inexistente, han asumido el rescate de sus seres queridos y de sus vecinos, caÃdos en la peor desgracia sufrida en el presente siglo.
@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.
Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la lÃnea editorial de RunRun.es



