HabÃa pensado en escribirle una carta a la señora Carmen Navas. Aprovechar la oportunidad de la prensa para transmitirle palabras de pesar y de afecto tras lo que ha ocurrido. Conjurar la horrible distancia que nos hace pasar por ausentes para quienes una noticia no es una noticia sino un desgarramiento humano. Hacerle saber a la señora Carmen que, del imposible desierto de su sufrimiento, cada uno de nosotros quisiera llevarse, para aliviarlo, aunque fuese un grano de arena.Â
¿A qué se debe tanta maldad? Está bien que no tengan alma, ¿pero no tienen madre? Porque no se trata ya de que envilecieron las instituciones y sometieron el Estado a la zafiedad y la abyección, sino de que pueden sentarse a ver –como en un cine perverso– cómo transcurre un drama que ellos mismos crearon: una mujer de más de 80 años vaga por el mundo buscando a un hijo de cuya muerte no la enteran, a fin de que siga vagando para el morboso provecho de los ocultadores. Pese a que la conocÃamos, no deja de sorprender tal capacidad para lo abominable.
El paÃs se rinde ante Carmen Navas, quien, luego de meses de una desesperación exacerbada por una crueldad inaudita, ha recuperado los restos de su hijo y los ha depositado en lugar propio. Esa es la tierra sobre la que ahora pisamos, amigos mÃos. Y en la dignidad de esa mujer que no reclamaba para sà ninguna dignidad puesto que ya la traÃa como madre, en esa dignidad está un dolor que solo ella sabe y que en nosotros permanecerá como una vergüenza y como una sublevación.
Dicen que quien tiene un hijo tiene todos los hijos del mundo. Hoy, todos los hijos de Venezuela tenemos una sola madre. Ojalá pudiéramos hacérselo sentir.
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