En una entrevista que participé, el tema fue conversar sobre la criminalidad en Venezuela. El moderador -Oscar Haza- de pronto puso sobre la mesa la siguiente reflexión: “El periodista José Vicente Rangel me ha dicho que la criminalidad en vuestro paÃs siempre ha existido, por lo que ¡no es un problema nuevo! Al respecto le respondÃ. Es cierto, no es un problema nuevo, pero no por viejo deja de serlo, ¿y ahora peor…? ¿Acaso debe un mal presente ser justificado o comprendido por un mal perenne del pasado?
El moderador ripostó y trajo a colación el libro de Francisco Herrera Luque, Los viajeros de Indias, “trabajo de ascenso del médico-psiquiatra en la UCV (1961), en el cual el historiador nos alerta sobre la “la sobrecarga mental de Venezuela y sus raÃces migratorias”. Recurriendo al método fenomenológico, el investigador trata de crear una causalidad entre el ser y su tiempo, estableciendo que existe una permanencia temporal en cada uno de nosotros, de nuestras raÃces, de nuestra costumbres, de nuestros hábitos (o hábitos mal habidos), referentes a nuestras personalidades psicopáticas, que han viajado y se mantienen en el “ser-ahÔ hasta nuestros dÃas, manifestándose en una sociedad igualmente neurótica, paranoide y violenta… Freud a partir de su psicoanálisis y estudio del “batallar inconsciente”, llegó a la tesis del “traumatismo infantil”, piedra angular de nuestras conductas adultas. Es pues en la infancia de la nacionalidad, en donde radica según sugiere Herrera Luque, el trauma neurotizante del venezolano. Y es en el siglo XVI donde está ubicado ese recuerdo ignorado, un recuerdo que debe salir a la consciencia, para que se pueda producir su remisión. Hoy esa memoria ancestral es una conquista violenta, minada de toxicomanÃas y perversiones paranoides, a su vez devenidas en 20 generaciones de cruces violentos e indeseables por incestuosos, brutales y clandestinos. Esto lleva al psiquiatra a concluir, que Venezuela padece de una sobrecarga psicopática, conductora de nuestras anomalÃas conductuales, acumuladas en nuestra naturaleza hereditaria.
Nos interesa comentar “la cura” que en psiquiatrÃa, encuentran a la contención inconsciente de perversiones anheladas. ¿Cómo emanciparnos de esa impronta vital y perenne de violencia, insidia y maledicencia? El autor habla de “la revelación” como expresión liberadora. “Cuando la revelación que cura, aflora en la consciencia, el hombre se sacude en un raudal emotivo (…). Algunos terminan por aceptar lo que no se querÃan decir a la postre. Otros la rechazan, y mientras más violento es el rechazo, es tanto más cierto lo que se afirma”. Y lo que se afirma, lo que se embute como un cáncer, es la frustración, potenciadora de todos los reflujos históricos, de todos los odios y catalizador de la agresividad. Mientras no aflora el reconocimiento de lo que nos atrapa “ahà en el ser”,mientras no emerge lo que nos derrota por no quererlo reconocer, como dirÃa Lukács y Meyer, esas anomalÃas históricas o “depresiones epistemológicas”, se consolidan como una huella perenne de sobrecarga psicopática, que propulsa el crimen, tÃpico de nuestra neurosis-paÃs o si acaso neurosis social o neurosis-nación. Ese estatus psicosocial es una confinada angustia vital, es “historia inmóvil, es historia detenida…”, cuya inmutabilidad nos extingue.Â
Precisamente en su obra la “La huella perenne” (1970), Herrera Luque continúa su tesis sobre las personalidades psicopáticas, convencido que el problema del comportamiento colectivo del venezolano, radica “en mil doscientos años de patografÃa y sucesión”, que pone en vigencia una serie de enfermedades mentales célebres heredadas, como la neurosis, generadoras de personalidades disfuncionales que arrojan un legado de indoblegable conflictividad… El lugareño de tierra de gracia en los orÃgenes de imposiciones “civilizadas”, fue sometido a influencias y misiones deletéreas, que estancaron inconscientemente a un tiempo pretérito. Y esa sobrecarga histórica lejos de ser redimida, ha sido agitada y perturbada. Fantasmas históricos avivados en arquetipos emocionales (Boves, Maisanta; caudillos de montoneras o taitas feudales); han promovido revoluciones sangrientas, que nos recuerdan cada dÃa, por qué somos lo que somos o no somos lo que debemos ser… Y con tiempo suficiente para que “aflorara la cura”, adeudamos una profunda reflexión sobre nuestras “perversiones contenidas”. Esa reflexión es el reconocimiento grupal de nuestras patologÃas, de nuestras carencias, lo cual permitirÃa iniciar un proceso de saneamiento-restaurador, por la vÃa de la redención. Mientras ello no ocurra, el rechazo grupal enquistará el tumor del resentimiento y las cifras de criminalidad aumentarán, indeteniblemente.
Herrera se quedó corto. “Sus viajeros de Indias no han muerto” dicen. TodavÃa agitan e irrumpen en los momentos cumbres de la historia… Y la detienen y la marchitan. Tiempo de aceptarlo y tiempo de derrotar, nuestra angustia perenne y vitalicia…




