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El orden social de la libertad, por Víctor Maldonado C.

SOÑAR NO CUESTA NADA. Pero tenemos el deber moral de visualizar las condiciones en las que podemos garantizar un país mejor. Si, mejor que el fraude populista, la ruina socialista, el autoritarismo comunista y la irresponsabilidad con la que se ha entregado Venezuela a una subasta a favor de un ecosistema criminal que se está jugando a los dados porciones de territorio y de los recursos del país. Si, mucho mejor que esta inestabilidad constante, esta negación perenne de un futuro que no se puede conjugar, porque sin reglas claras, derechos de propiedad vigentes y seguridad ciudadana garantizada todo se traduce en llanto y crujir de dientes. Si, mucho mejor que la factura propositiva de la clase política venezolana, cuyo pedigrí socialista no les permite sino pensar en términos de gobierno extenso, mucho poder en manos de los burócratas y toda la capacidad de maniobra para resguardar al gobierno a pesar de que por esa razón se atropelle al ciudadano. Si, mucho mejor que el lodazal de la complicidad, la corrupción, los malos manejos y el tener que tolerar sin rechistar el enriquecimiento inexplicable de los que deberían ser funcionarios y servidores públicos probos y modestos. Si, mucho mejor que la ruina de las universidades, la desbandada de profesionales, la descapitalización del talento, y el deterioro del salario.

Pero para tener un país mejor tenemos que intentar rupturas radicales con lo que hasta ahora hemos sido, pero también como hasta ahora hemos concebido el país. John Rawls diría que tendríamos que comenzar a ser racionales y razonables. Se es racional cuando se conciben y se persiguen los bienes particulares sin que medie coerción alguna ni patrón impuesto por otra fuerza o capacidad que la propia. El hombre racional aspira a ser libre y entiende que su libertad no es otra cosa que el intentar realizar el propio proyecto de vida, siempre y cuando ello no signifique desmejorar o afectar a nadie. Se es razonable cuando se tiene un sentido del deber y de la justicia, cuando se ejerce la ciudadanía, se practica la compasión como valor personal y se exige al mandatario que se concentre en la tarea de garantizar a todos el bien común, entendido como (1) el disfrute de las libertades básicas a la vida y a la propiedad, (2) la libertad de trabajo y de movimiento, porque nadie debería verse en condición de esclavitud o confinamiento, (3) el relevo y la alternancia democrática que permitan a todos los que se lo propongan el ejercer cargos de responsabilidad, (4) la garantía social de que cualquiera pueda generar ingresos y riquezas y, (5) una vivencia social que garantice las bases de la dignidad de la persona y el autorrespeto.

Los buenos proyectos aseguran la libertad. Los malos proyectos arman ingenierías sociales insostenibles, con estados extensos y entrometidos, que al final son tan costosos que terminan allanando las posibilidades de los ciudadanos. Por eso mismo, luego de haber sido esclavizados por el socialismo del siglo XXI, deberíamos pensar en el qué hacer cuando esto pase. Incluso, deberíamos tener a la mano argumentos muy convincentes para exigir una ruptura radical con este estado de cosas. Los que prometen encargarse del país sin romper con el socialismo del siglo XXI nos están ofreciendo cambiarnos unas cadenas oxidadas por otras relucientes. No hay forma alguna de administrar el socialismo en beneficio de los ciudadanos. Los que digan que si pueden que digan cómo con el mismo diseño destruccionista pueden estabilizar la economía, resolver el colapso de los servicios y generar confianza estable para que vengan nuevas inversiones. O cómo pueden recuperar al país del clima de inseguridad, violencia e impunidad que suma cientos de miles de muertos y millones de desplazados. Que traten de convencernos de cómo van a lidiar con una nómina de más de tres millones de empleados públicos y un desempleo en el sector privado que es inconmensurable. O cómo van a convencernos de que un nuevo bolívar puede ser más eficaz que una dolarización que reconozca el derecho de los venezolanos a no dejarse robar el producto de su trabajo y sus esfuerzos para ahorrar algo. Nada de lo que hasta ahora se ha intentado sirve. Hay que desecharlo.

Recuerden siempre que los buenos gobiernos trabajan con tres prioridades que no son ni siquiera conmutables: Trabajan primero que nada para garantizar la vigencia de la libertad. En segundo lugar, se proponen generar un marco de condiciones que permitan la igualdad de oportunidades, y eso solamente es posible mediante estado de derecho, reglas del juego claras, y la evitación de relaciones clientelares y el establecimiento de privilegios. Reglas claras, pocas reglas, y la preeminencia de la lógica del servicio público por encima de cualquier pretensión de poder. En tercer lugar, para generar nuevas oportunidades a los que tienen menos capacidad de origen para hacerlo por su propia cuenta. Es lo que John Rawls llama el “principio de la diferencia”, que se debe practicar sin afectar ni la libertad ni las reglas del juego institucionales. A ningún gobierno le debería estar permitido juguetear con el populismo, practicar la demagogia, y ofrecer lo que no puede pagar sin violentar el derecho de los demás.

Estas consideraciones deberían conducirnos a ciertas exigencias concretas. La primera de ellas, un gobierno limitado a lo básico. La segunda, una economía libre de la manipulación monetaria populista, preferiblemente dolarizada. La tercera, un país sin empresas públicas y sin caer en la demagogia barata de que hay unas que son estratégicas y que deben por lo tanto estar en manos del estado. La cuarta, “despatrimonializar” al estado venezolano y dejar de verlo como el dueño exclusivo de los recursos del país. No solamente porque eso aplasta al ciudadano, sino porque esa es la causa raíz de la corrupción y el autoritarismo en el ejercicio del gobierno. La quinta, un país desregulado, derogando toda la legislación del socialismo del siglo XXI. La sexta, un país sin censura, sin adjetivos a la libertad de expresión, sin entidades y agencias reguladoras, y con un gobierno sin la posibilidad de cerrar emisoras, canales de TV o bloquear redes sociales.

La séptima, una economía de libre mercado con respeto por los derechos de propiedad. Sin proteccionismos inexplicables ni ventajas a empresas nacionales. Ni subsidios ruinosos, ni tarifas o precios controlados. Competencia plena a favor del ciudadano consumidor. La octava, un mercado laboral desregulado, que priorice y favorezca las nuevas inversiones, revitalice el ánimo emprendedor y la generación de nuevos empleos bien remunerados. La novena, nuevas reglas del juego democráticas que respeten la autonomía de los poderes públicos, seleccionen a sus integrantes por probidad y credenciales y no por cupos partidistas, y en donde nunca más haya reelección para los cargos ejecutivos. Descentralicemos el gobierno, apostemos a las instituciones y deroguemos los caudillismos.

La décima, un mercado político abierto a todas las opciones democráticas, pero restringido para el socialismo autoritario, violador de derechos, saqueador del país y socio principal del ecosistema criminal. Undécimo, un gobierno que practica la subsidiariedad pero que renuncia a ser hegemónico en ningún sector o territorio. Se debe innovar en soluciones eficaces para que todos los ciudadanos acceso a servicios públicos de calidad, tomando en cuenta que solamente las sociedades que producen riqueza y bienestar son capaces de atender bien los requerimientos de sus ciudadanos. Duodécimo, un país que es compasivo con los miembros de la sociedad menos favorecidos, pero cuyo propósito no es hacer demagogia con la pobreza de sus ciudadanos sino producir condiciones para que ejerzan su derecho a ser libres, construir sus proyectos de vida y ser beneficiarios de un país de oportunidades.

Por eso, cuando se habla del cese de la usurpación, primer paso lógico e inconmutable, se tiene que referir a una ruptura histórica con las bases concretas del socialismo, el caudillismo, el populismo y el patrimonialismo. Un gobierno de transición tiene que enfocarse en medidas de corto plazo para restaurar las libertades perdidas, restituir la justicia, recomponer transitoriamente los poderes públicos, y concentrarse en posibilitar elecciones libres y competitivas. Solamente cuando tengamos un gobierno democrático y legítimo podremos refundar el país y conducirlo por la ruta de la libertad y la prosperidad.

En el transcurso hay que cuidarse de las viudas del estatismo, y de los nostálgicos del populismo socialista. No hay atajos al replanteamiento radical de nuestras reglas del juego. No solamente porque vamos a recibir un país saqueado, sino porque no merecemos volver a comenzar una etapa de lo mismo que nos ha conducido hasta aquí. El desafío es no volver a endosar a nadie la garantía de nuestras libertades. Nadie es lo suficientemente confiable. Nadie merece tener tanto poder como para hacer con la sociedad lo que se le antoje. Tampoco una mayoría que siempre va a ser circunstancial. Por eso los consensos y los mandatos tienen que ser claros: gobierno limitado y gobernantes por tiempo limitado.  Poder limitado, rendición de cuentas ante poderes públicos independientes, y responsabilidad ante tribunales competentes y probos. Porque el poder es una tentación peligrosa y muy fácil de corromper.

Lamentablemente estamos lejos del cese de la usurpación. Los mandatarios que elegimos para la tarea (el inefable G4 y su carnal el Frente Amplio) nunca asumieron como propio el proyecto de superar el socialismo. Lo de ellos siempre fue intentar, mediante diálogos, negociación y negociados, intentar una connivencia más amable para todos ellos. No tuvieron el coraje de intentar la ruptura, sino que pretendieron un mero e irrelevante relevo en las posiciones. Se nota con doloroso esplendor en la gestión de CITGO, Monómeros Colombo-Venezolanos, Alunasa, la ansiosa trama alrededor del pago de los bonos, la precoz intentona de refinanciación de la deuda y los malos manejos de los fondos (muchos o pocos) para la ayuda humanitaria. El poder corrompe, por eso lo mejor es conferir poco poder al mandatario y exigirle rendición de cuentas, cosa que inexplicablemente rehúyen nuestros líderes políticos. Esa es, precisamente, la premisa de los totalitarios que dicen ser los heraldos de la libertad, pero que en realidad la extinguen; dicen respetar la propiedad, pero lo que verdaderamente hacen es expoliarnos a todos. Porque su proyecto no es otro que su propio poder ilimitado, a veces disfrazado de “justicia social” que no es tal cosa, que no existe en realidad, porque sin libertad todo lo demás es imposible.

Pero advierto, el proyecto y el desafío de la libertad no se agota ni se extingue con el fracaso real o aparente de Guaidó. Si fracasa, fracasan él y la plataforma que lo hizo venirse abajo, pero de ninguna manera el país. Los ciudadanos seguiremos intentándolo, tal vez con más heridas y muchas cicatrices, pero con más claridad de propósitos. Si fracasan ellos vendrán otros por la revancha.  Así que adelante porque como lo dijo maravillosamente Jorge Luis Borges “Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo cargado de batallas, de espadas y de éxodos”.

@vjmc

El socialismo que acecha, por Víctor Maldonado

DEBEMOS A KANT UNA SENTENCIA terrible: “Con madera tan torcida como de la que está hecho el hombre no se puede construir nada completamente recto”. La historia del hombre es, por lo tanto, la secuencia de caídas y esfuerzos monumentales para volverse a levantar. Nadie quiere decir con esto que no se reconozcan los aportes maravillosos del progreso tecnológico y las inmensas oportunidades que se han hecho disponibles gracias al capitalismo, o si se quiere, la economía de mercado. Entre otras, la idea de libertad y el derecho de propiedad, la exigencia del poder hacer y también el reclamo de que nos dejen hacer con lo que seamos capaces de producir; en boca de Norberto Bobbio, libertad de obrar y libertad de querer. O como lo plantearía Ayn Rand, el compromiso ético de no ser el siervo de nadie ni de exigir la servidumbre de nadie. Cada ser humano con el potencial para ser su propio protagonista y de escribir su propio guión.

Pero en las cercanías siempre ha estado la tentación. La envidia por las realizaciones de los otros, la reelaboración ideológica de la riqueza como un robo, la insólita idea de que los ricos producen pobres, y el uso mediocre de las estadísticas y los promedios para determinar la desigualdad, como si alguna vez en nuestra historia fuimos más iguales que ahora. Con esto perdemos de vista que solo el hombre es capaz de inventar, innovar, crear, producir y pensar que siempre lo puede hacer mejor, siempre y cuando eso que haga, el esfuerzo que invierta le suponga alguna utilidad o ganancia. Cuando la envidia consiguió juglares e ideólogos, rápidamente se propuso que no debía tolerarse, que era inmoral enriquecerse mientras otros no lo lograban. Se inventó la justicia social, mecanismo redistribuidor que pasó a ser una imposición política, y se dejó de lado la ética de la solidaridad, la caridad y la filantropía. Con el socialismo el buen samaritano pasó a ser un impuesto, se olvidó que el hombre progresa desde la construcción creciente y voluntaria de la virtud, la religión dejó de tener sentido orientador y el estado se propuso como el gran gendarme.

Hobbes lo planteó como una exigencia de vida o muerte. Peor es no tenerlo, porque el hombre, víctima de sus pasiones y ganas, entraba en guerra y provocaba la extinción de cualquier cosa parecida a la humanidad. De nuevo el fuste torcido, la generalización del mal, la confusión entre libertad y libertinaje, el uso de la fuerza y la ausencia de orden social. Y es que libertad y propiedad corresponden a un orden social donde se respeta la vida, se aprecia los resultados de los otros, se respeta lo ajeno y se tiene un gobierno limitado a eso, a garantizar que nadie prevalido por la fuerza usada ilegítimamente viniera a romper los equilibrios naturales.

Adam Smith fue en eso preclaro. A pesar de su optimismo, propio de la escuela de filosofía moral escocesa, también advertía en el ser humano esa tendencia a hacer daño, que por lo tanto había que regularlo; de eso se encargaba la sociedad que definía lo aceptable de lo inaceptable, y también la policía, que administraba la justicia como expresión de los sentimientos de venganza de los ciudadanos. ¿A quién se le ocurrió esa espantosa escalada de totalitarismo, capitalismo de estado y tutoría tiránica de los seres humanos? Llamemos al gran culpable como lo hizo Isaiah Berlin: “el pensamiento progresista” que surgió con el racionalismo del siglo XVII, siguió su fatal argumentación con el empirismo del siglo XVIII, se consolidó en el resentimiento con el marxismo del siglo XIX y, por supuesto, tomó el estado y la política mediante el leninismo del siglo XX. Todos ellos provistos de una inmensa prepotencia intelectual, estaban dispuestos a reorganizar racionalmente la sociedad, superar cualquier tipo de confusión o prejuicio, y llevar a la humanidad a una nueva época de luz, donde “el hombre nuevo” no padecería ningún tipo de necesidad porque ellos habían descubierto la forma de satisfacerlas. Y lo iban a hacer a la fuerza y mediante la revolución si eran necesarias.

Isaiah Berlin nos relata que eso era lo que soñaba el ilustrado Condorcet en su celda de la cárcel en 1794. Decía emocionado que por la vía de la razón iban a ser capaces de “crear el mundo libre, feliz, justo y armonioso que todos deseaban”. ¿Quiénes lo iban a crear y administrar? Obviamente ellos, los progresistas. ¿Cómo lo iban a lograr? Mediante la imposición autoritaria del socialismo que, de suyo implicaba tres cosas: planificación central de la economía, creciente capitalismo de estado, y restricciones progresivas de los derechos de propiedad. Con su natural corolario, la violencia de estado, porque por lo general a la gente no le gusta que la nariceen y mucho menos que le expolien sus activos. Pero ¿qué es eso  en términos de costos si a cambio pasas a un nuevo estadio de humanidad donde todos viven felices, liberados de cualquier mezquindad?

Ya sabemos que todo socialismo real se descompone rápidamente en colapso, represión, violencia y ruina social. Lo que prometen es imposible de lograr porque el hombre es como es, no hay nada semejante al “hombre nuevo” y lo que produce es una escoria que es capaz de cualquier cosa, matar, corromperse o asociarse con cualquier otra expresión del mal, para lograr aferrarse cada vez más precariamente al poder.

A estas alturas cualquier ciudadano medianamente informado debería sospechar de todos aquellos que vienen con intentos de seducción política mediante un plan. Llámese como quiera, “plan de desarrollo económico y social del socialismo” o el “plan país”que también es socialista. Es la misma pretensión progresista de encargarse de las vidas y suerte de los ciudadanos desde el ejercicio tiránico del poder. Todos llegan diciendo más o menos lo mismo, que son ellos los que saben, que deberíamos agradecer tanto talento prestado al servicio público, que en las carpetas que tienen en los maletines están los cálculos, y que ellos, esa clase esclarecida, tienen el inventario de todos los problemas y también todas las soluciones. Recuerdo ahora la famosa canción de Rubén Blades para comentar que incluso tienen “lentes oscuros pa’ que no sepan qué está mirando, y un diente de oro que cuando ríe se ve brillando”. Toda una canallada. Porque luego resulta que no pueden con tanta matriz de insumo-producto, ni quieren, ni tienen el tiempo necesario, ni es real tanto talento. Pura soberbia estructural, y parafraseando a Berlin, una insaciable ansia de poder.

Porque como lo plantea Hayek, la sociedad libre, que existe cuando los individuos tienen libertad y derechos, se organiza de manera espontánea, mediante las decisiones particulares y empresariales que adoptan los individuos sobre parcelas específicas que les preocupan, y que dominan. Los iluminados racionalistas vienen a decir que esas decisiones, que se dan por millones cada minuto, son más imperfectas que su especial talento para recomponer el mundo. Mises dirá al respecto que los que pretenden tamaña hazaña no hacen otra cosa que tantear en la oscuridad, y yo complementaría diciendo, que no hacen otra cosa que sumirnos a todos en la oscuridad y el oscurantismo.

Volvamos al pecado socialista por excelencia cual es la acumulación obsesiva del poder entendido como control crecientemente totalitario. Su fracaso es tan ominoso que no toleran el éxito privado, por pequeño que resulte. De allí las expropiaciones con el mezquino sentido de la destrucción. Millones de hectáreas que se dejan en barbecho, monopolios manufactureros completos que terminan siendo inservibles, bienes inmuebles que se expolian para transformarlos en monumentos a la desidia. Y la corrupción que deja la traza de obras inconclusas que se deben sumar al colapso de las que heredaron como infraestructura de servicios públicos. Mientras transcurre tanto destruccionismo por diseño, la libertad sufre, aplastada, acechada, comprometida por el hambre, la soledad, la enfermedad incurable, la ausencia de medicinas, el aislamiento porque ya no hay cobertura de telefonía, la ausencia de un servicio de energía eléctrica confiable, la falta de agua, o lo que quieran imaginar, porque el colapso se sufre a la medida de las necesidades insatisfechas de cada uno.

El socialismo es ese acto de soberbia y prepotencia que termina en crimen de lesa humanidad. Pero también es esas ansias enfermizas de poder que los transforma en tiranías totalitarias que cercenan la libertad y censuran cualquier resquicio de verdad. El fracaso los conduce a la mentira, la mentira los empuja al crimen, y a todos ellos los convierte en secuestradores de cualquier posibilidad de cambio político que pueda ser pactado. El socialismo nunca se va por las buenas.

Frente al socialismo hay solamente dos opciones: colaboración o ruptura. El problema reside en cuanta cultura socialista hay en la dirigencia política. Cuántos de ellos creen que los que pueden intentar el gran salto hacia la sociedad feliz y planificada son ellos. Cuántos asumen la justicia social, cuántos desprecian el mercado, cuántos no conciben el orden extenso como verdadera posibilidad, y cuántos se ven como usufructuarios del poder entendido como capacidad de disponer sobre la vida y bienes de los demás. La ruptura es mercado, libertad, gobierno limitado, pequeño pero eficaz, y un liderazgo de servicio público, poco estruendoso, incluso poco interesante.

Por eso el verdadero peligro es que la alianza que sostiene al gobierno interino del presidente Guaidó es socialista, estatista, populista y clientelar. El discurso de todos ellos, sean de AD, PJ, UNT, o VP es el mismo: tomar por asalto el poder para administrar el estado patrimonialista venezolano. Invertir los escaso recursos en tener empresas públicas, mantener la ficción de una empresa petrolera del estado, y reservarse los recursos del país y sus fuentes de riqueza para que sean “administrados” por esa legión de burócratas sin experiencia alguna que se pasean por el país con programas sectoriales bajo el brazo. Ese plan país, he dicho muchas veces, no es el plan del país, pero ellos insisten en imponerlo porque es el consenso de unos centenares de técnicos y cuenta con el aval de las universidades. Se han convertido en expertos de las puestas en escena y de los hechos cumplidos.

Porque los consensos del país parecen ser otros. No quieren un estado que los aplaste. No están dispuestos a pagar la reposición del saqueo de empresas públicas. No quieren seguir intentando lidiar con una moneda que es manoseada por el populismo y malversada por la demagogia. Están hartos de un estado dadivoso en la miseria, extorsionador a través de sus programas sociales, asqueroso en el uso de la historia, prepotente en la injerencia de su estado docente, y represor brutal de la libertad de hacer y de poder que comentamos al principio. Quieren libertad, seguridad ciudadana y posibilidades.  ¿Van a seguir ofreciendo lo mismo? ¿Van a cambiar las cajas CLAP por las que tienen impresa la cara de Leopoldo? ¿Van a seguir trajinando con las necesidades de la gente sin darles una mínima oportunidad de ser libres? ¿Van a seguir con el festín de la corrupción?

Porque el estado patrimonialista no solamente es delincuente sino corrupto. Y el dinero sucio tiene agenda política, se ceba en el compadrazgo, cultiva las relaciones clientelares, financia políticos y partidos políticos y luego exige favores. Seguir dentro de los márgenes del socialismo garantiza que la corrupción sea la gran ganadora. Y el cinismo, ese que exhiben políticos de vieja y nueva data, que no tienen como explicar su tren de vida, pero retan a que les descubran el cómo. La corrupción y los ilícitos, como hemos visto, tiene sus canales (sus cloacas), sus capilaridades siniestras y clandestinas, y al final, dejan pocas pruebas diferentes a una gran suspicacia, y preguntas sin respuesta: ¿cómo vives así?  ¿cómo vives donde vives? ¿si no recibes sueldo alguno, si tu partido no recauda entre sus militantes. ¿Si no hay transparencia en la rendición de cuentas? Porque ahora resulta que, apostando a la memoria corta del venezolano, todos son ricos de cuna, si no ellos, sus suegros, todos tienen “empresas” o negocios. Todo eso es obviamente una pantalla argumental que no termina de explicar nada.  El “contratismo” podría explicar muchas de esas vidas inexplicablemente infatuadas. Eso también es socialismo esencial. 

Al final uno no termina de saber si tanto izquierdismo vernáculo, dicho con tanta displicencia, solo demuestra la fatal ignorancia de nuestra clase política, así como la innegable responsabilidad de nuestras instituciones generadoras de cultura y educación en el esfuerzo perverso de replicar el pensamiento socialista, incluso en aquellos que estudiaron en las mejores universidades privadas. Me temo que es también el producto de falta de carácter, o de talante, como lo planteaba José Luis López Aranguren. Porque a estas alturas algo es innegable: el socialismo promete, pero no cumple. Es una mula ideológica, estéril, primitivo y devastador. Decir que se es de izquierda es apostar a montarse en esa mula, o terminar siendo una muy especial versión del minotauro mitológico, mitad mula, mitad progresista.

Quedemos al menos advertidos sobre lo que podría venir: la ratificación del fracaso que ya vivimos. El socialismo degradado que hemos descrito acecha y pretende desde ya que no hablemos mal de sus nuevas posibilidades. Porque ya empezaron, si no fuera así, ¿cómo podemos explicar la campaña que exige que no se hable mal de Guaidó? ¿cómo podemos explicar que no quieren debate real sobre el plan que ellos llaman plan país, sino que lo presentan como un hecho cumplido, aduciendo que están preparados porque tienen un plan? Precisamente, porque tienen ese plan no están preparados. En todo caso, los consensos básicos son otros, empeñados en la liberación y la exigencia de libertad (incluida la de expresión), así como también los venezolanos estamos en camino de construir nuevos tabúes políticos. El socialismo es uno de ellos.

 

@vjmc

 

Chavismo, amenaza regional, por Brian Fincheltub

HAY QUIENES EN LATINOAMÉRICA pensaron que podían convivir con el chavismo, que los abusos y desmanes cometidos en Venezuela desde 1998 eran un asunto exclusivo de los venezolanos y que correspondían a nosotros y solo a nosotros resolverlos. La lista de presidentes de la región que tuvieron la misma postura es larga, sin importar que fuesen de derecha o de Izquierda. El “tema Venezuela”, como algunos lo llamaban viendo los toros desde lejos, era un problema de “política doméstica”, nada más. Por eso todo el mundo se fotografiaba con Chávez y hasta se reían de sus chistes. Todos se preocupaban por mantener las mejores relaciones diplomáticas con el régimen socialista y la mejor manera de lograrlo era guardando silencio sobre lo que ocurría en nuestro país. 

No es extraño que Latinoamérica haya tenido esta posición durante años, esta también fue la postura de una parte de la oposición en Venezuela, que pensaba que era posible convivir con un régimen criminal. Pero ni para esta oposición ni para Latinoamérica fue posible coexistir con el chavismo. Como las plagas, la plaga socialista no se contenta con entrar a una nación, sus efectos pronto comienzan a hacer estragos. Al principio solo   los países vecinos resultaron afectados, pero el socialismo, como las pandemias, se expande y rápido. De norte a sur el chavismo ha dejado su marca, pero lo más grave es que sus efectos apenas comienzan a sentirse. 

La amenaza hoy es regional y no hablamos de la masiva migración venezolana que, aunque a corto plazo puede ser una carga para los servicios de asistencia pública regional, en el largo plazo se traduce en una oportunidad para las economías de los países receptores. Hablamos de lo que significa el chavismo para la seguridad y la estabilidad regional. El grupo criminal que secuestró el poder sería muy modesto si se contentara con solo tener su campo de operaciones en Venezuela. El chavismo como mafia delincuencial tiene pretensiones transnacionales y en este camino ha tejido alianzas no solamente con el narcotráfico sino también con grupos terroristas como las FARC y Hezbollah.

Lo que pasó esta semana en nuestro territorio confirma que quienes han alertado sobre la amenaza que representa el chavismo para la región no han exagerado en nada. Quizás se hayan quedado cortos. Un grupo públicamente definido como narcoterrorista le declara la guerra al Estado colombiano y lo hace desde territorio venezolano donde tienen protección y cobijo. Es evidente que, si el concierto de las naciones no actúa a tiempo, si es que queda aún tiempo, las consecuencias pueden ser desastrosas no solo para Latinoamérica sino para el mundo. Quizás las naciones que no se han animado a emprender acciones más contundentes contra el chavismo ahora entiendan lo que está en juego y lo que está en juego es mucho más que la libertad de Venezuela.

 

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@Brianfincheltub

Guaidó es lo que nos queda de república, por Elías Pino Iturrieta

EN OTROS LUGARES HE TRATADO el asunto del desmantelamiento de la república, para presentarlo como tema crucial de la actualidad venezolana. No hay democracia, ni libertad, si no existe el domicilio que las custodia. La democracia y la libertad no son plantas que florecen a la intemperie, sino productos de un establecimiento creado especialmente para cuidarlas a través del tiempo. Sin el sistema de frenos y contrapesos que se ha construido desde la antigüedad, y que se ajusta a la solicitud de cada época, los principios de la sociabilidad llamada republicana languidecen y desaparecen sin remedio.

Es un problema que no se aprecia a primera vista debido a que, como no hay reyes coronados ni estamentos nobiliarios como los del pasado colonial, nos sentimos no solo como republicanos, sino como creadores y custodios de una república moderna desde el siglo XIX. No advertimos la desaparición progresiva de las reglas del juego, ni su remplazo por sus enemigos jurados: la arbitrariedad, el personalismo y la enemistad con la deliberación. Son los rasgos dominantes del país desde el advenimiento del chavismo, que ha logrado liquidar los fundamentos de un modo de entender los negocios públicos planteado por los padres conscriptos y disminuido progresivamente, hasta el punto de que apenas se mantenga levantado solo uno de sus pilares.

Llevado a su máxima expresión el papel de Ejecutivo y del individuo que lo encarna, rodeada la cabeza del gobierno por una casta militar que domina sin tasa, domesticado el Poder Judicial, controladas las regiones por las decisiones inapelables de la autoridad central, asfixiada la posibilidad de comunicar libremente las ideas sobre los asuntos que incumben a la sociedad, ¿cómo pensar que hay un problema más trascendente en la Venezuela de nuestros días que el rescate de la república y la restauración del republicanismo? No hay posibilidad de que la democracia y la libertad vuelvan de nuevo por sus fueros, sin el trabajo previo de levantar el edificio desmantelado de una colectividad de ciudadanos capaces de asumir el compromiso de volver a los orígenes propuestos por los fundadores de la nacionalidad, que se mantiene en la fachada de la vida y en los rincones de la retórica, pero que no existe en el interior de un cuerpo social que no se ha dado cuenta de la magnitud de tal ausencia.

Pero el proceso de desmantelamiento llevado a cabo desde el advenimiento del comandante Chávez no tuvo ocasión de derrumbar una de las columnas del domicilio republicano, o no pudo atacarla de frente debido a la trascendencia histórica del adversario: el nexo de la ciudadanía con sus representantes reunidos en Congreso. De allí que, en medio del general destrozo de las fórmulas más caras y clásicas de cohabitación, se haya mantenido un vestigio del hacer republicano al cual nos hemos atado desde el nacimiento de la nación: la existencia y la influencia de una Asamblea Nacional que representa la soberanía nacional y que puede, por lo tanto, convertirse en fundamento de un reencuentro con el entendimiento de la vida y con las maneras cívicas de administrarla que forman el credo esencial de la patria venezolana desde su fundación.

Si tiene sentido la explicación, tenemos en Juan Guaidó, y en el poder público que provocó su elevación, el único vestigio de republicanismo que nos remite a una tradición venerable y a las luchas de los antepasados para custodiar la libertad e imponer la democracia. La raíz de su autoridad fue abonada en la única parcela de cuño republicano que se ha librado de la devastación chavista. Elegida por el pueblo en forma arrolladora, sede de los únicos debates de importancia política que pueden analizar con autonomía los entuertos domésticos, refugio de unos partidos que han limitado sus intereses específicos para llegar a un proyecto compartido, la Asamblea Nacional es el único hilo de la madeja en cuya permanencia puede encontrarse la esencia de una historia digna de memoria y retorno.

En su espejo podemos topar con la imagen del primer cuerpo colegiado de la Confederación, con los debates de la intrépida Convención de Valencia, con las empeños del Congreso asesinado por Monagas y con la resurrección del parlamentarismo en 1946, por ejemplo, fragmentos de una atalaya colectiva que se mantiene frente al antirrepublicanismo que la quiere borrar del mapa. Por consiguiente, la presencia de Guaidó, debido a que ejerce la presidencia del cuerpo y las funciones que la representación popular le ha encargado, merece una atención que traspasa la barrera de la actualidad para conectarse con sensibilidades primordiales de la sociedad, con capítulos sin cuya consideración la república puede llegar a un postrero abismo. Así debemos apreciarlo en la actualidad, pero también debe verse así él mismo, con el soporte de los colegas que lo pusieron en el cargo.

 

@eliaspino

El Nacional 

Los #Runrunes de Bocaranda de hoy 17.05.2019: MEDIO: ¡El avión!
MEDIO
¡EL AVIÓN!:

 

LA DECISIÓN DEL GOBIERNO de Estados Unidos de prohibir los vuelos desde su territorio hacia o desde Venezuela tiene otros destinatarios además de los simples y llanos pasajeros comerciales que ahora tendrán que pasar mas tiempo y gastar mas dinero para viajar entre los dos países. Las decenas de enchufados con aviones matriculados en Estados Unidos y reconocidos por la letra “N” en sus siglas así como algunos de los aviones oficiales del régimen propiedad de Citgo y PDVSA también se ven afectados. Muchos eludían, tanto oficialistas como privados, rutas mas largas aprovechando el poder transitar por cielos estadounidenses para luego desviarse hacia Europa, Asia y África ahorrándose combustible y tiempo de vuelo. Muchos tienen sus aviones en Opa-locka, Florida, y en otros aeropuertos de EE. UU. Hoy los viajeros normales tendremos (al tener mi pasaporte retenido por Maduro) que triangular con los destinos de Bogotá, Panamá, Dominicana y Costa Rica ya que desde las islas cercanas como Aruba y Curazao no hay vuelos con Venezuela, por ahora. Aruba, cuya frontera con ese país fue “trancada por un ímpetu de Maduro” y reabierta por Venezuela hace una semana, ahora esta cerrada por Aruba en retaliación a ese cierre sin motivo alguno. Quienes pagamos esos platos rotos somos los ciudadanos. Al régimen no le importa sino mas bien les agradan esas vicisitudes a los viajeros respondiendo con el estribillo falso y cansón de que “Venezuela se respeta”…

 

INSÓLITO:

La velocidad con la que desde el año pasado, mas aún desde el comienzo de 2019, se han estructurado mas de 50 apoyos globales al reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela ha sido sorprendente para todo el mundo. El hecho de que esta misma semana Rusia y China hayan tenido alguna deferencia hacia el respeto a los parlamentarios o hacia el camino democrático o que en la OEA se haya logrado la petición de libertad para los diputados detenidos o que México rechazara esas detenciones es harto significativo. Indicativo de que hasta los socios comerciales o políticos no pueden desconocer la realidad del régimen de Nicolás Maduro.

 

EL CONTROL DE LA AYUDA:

Esto es en referencia a la Cruz Roja Venezolana: “En cada entrega se constituye una junta contralora conformada por el director del hospital, algún representante de la Federación Farmacéutica y la sociedad civil. Son entre 3 y 6 personas en cada junta y ellos, en coordinación, hacen el seguimiento y garantizan que la última milla de la ayuda llegue a los más necesitados”, explicó Luis Farías, director de Comunicación de la Cruz Roja Venezolana. En tales juntas, los directores de los centros de salud son los responsables entregar los datos de los beneficiarios de la ayuda humanitaria, así como el motivo y la fecha en la que se le entregó. Los reportes se hacen mensual o semanalmente. “Los medicamentos los está trayendo y desembarcando la Cruz Roja directamente en el hospital. Es una mentira que se le haya entregado un cargamento al Ministerio de Salud para que lo distribuya, no es así. La Cruz Roja gestiona su ayuda porque es independiente y trae la ayuda al hospital a donde se va a implementar y en ese hospital queda la junta contralora constituida”, subrayó.

 

Juan Guaidó: Indulto a Simonovis forma parte de la Operación Libertad

JUAN GUAIDÓ, PRESIDENTE INTERINO de Venezuela, informó este jueves que el preso político Iván Simonovis fue liberado como parte de la Operación Libertad.

“Celebro la liberación de Iván Simonovis del secuestro que le tenían impuesto. Ha debido salir hace mucho tiempo, pero hoy está libre debido a este proceso de la Operación Libertad”, dijo Guaidó en una rueda de prensa desde el Colegio de Ingenieros en Caracas.

El presidente encargado aseguró que aquí en Venezuela no habrá más presos políticos. A pesar de la afirmación del presidente encargado de la República, todavía se desconoce la ubicación actual del ex comisario.

LA ALTA COMISIONADA para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michelle Bachelet respondió a la invitación que le hiciera el mandatario Nicolás Maduro, para visitar Venezuela y constatar la situación del país en materia de Derechos Humanos

En entrevista concedida al Canal de Noticias CNN, en el espacio conducido por el periodista Fernando del Rincón, Michelle Bachelet confirmó que recibió la invitación formal del mandatario Nicolás Maduro, para visitar Venezuela y poder certificar la situación de los Derechos Humanos en el país.

La alta comisionada aseguró que indagará sobre las condiciones de la visita y dice que espera poder reunirse con todas las partes, tanto gobierno como oposición, así como también con las víctimas del conflicto social y de la crisis humanitaria.

Bachelet comentó que: “habrá que evaluar en qué momento es posible hacer la visita, en qué condiciones, para viajar y tener la posibilidad de conversar con el gobierno y con todas las partes que corresponda”.

En el espacio informativo fue leída una petición emanada de sectores opositores venezolanos, de parte de la activista por los derechos humanos, Lilian Tintori, esposa del preso político Leopoldo López, en la cual le piden a Michelle Bachelet que venga a Venezuela, para constatar en persona las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, conseguir justicia para los héroes caídos, así como libertad plena para los presos políticos.

Por lo pronto, no se tiene prevista ninguna fecha en concreto para la visita.

Con información de CNN

La batalla de testaferros y representados, por Armando Martini Pietri

EN LA GESTA QUE LOS VENEZOLANOS con coraje y valentía, mantienen a diario en defensa de la libertad y por el retorno a la democracia, subyace una pugna que pocos conocen y aún menos conviene comentar, que puede y está torpedeando subrepticiamente la propuesta de cambio que anhela el colectivo.

Es la que libran ocultos desde otros frentes los llamados testaferros y representados, relacionados en contratos sórdidos e indocumentados por razones obvias, donde el tema del cambio promueve una disputa distinta, en reserva, agazapada entre gritos y murmullos, donde las garantías de retorno del botín al corrupto enajenante son mínimas, a pesar de que el asunto, con todo y su enmarañado engranaje, se ha hecho del dominio técnico de la cleptocracia -desarrollo del poder basado en el robo de capital, institucionalizando la corrupción y sus derivados como el nepotismo, clientelismo político y/o peculado-, castro chavista luego de años vaciando las arcas del Tesoro Nacional de manera inveterada, grosera, inescrupulosa y sin ninguna limitación ética ni moral.

El sistema mediante el cual se busca dejar fuera del alcance de cualquier investigación el dinero mal habido es recurrir a la tradicional figura del testaferro, es decir, confiando el producto de la concusión a un tercero que presta su identidad, firma, custodia, capacidad jurídica y, especialmente, complicidad, para esconder o revestir de legalidad la apertura de cuentas en paraísos fiscales y operaciones sobre bienes adquiridos con dinero “sucio”, que de esta forma se pretende “lavar”. Así, el testaferro, que no es más que un vulgar aguantador, administra con ánimo de dueño los negocios del corrupto burócrata, a cambio de estatus y jugosas remuneraciones, mientras éste permanece en funciones de gobierno, contemplando la rentabilidad de “sus inversiones” entre labores buenas y especialmente malas de administración.

Claro está que en estos años dilapidando los ingresos de la cuantiosa renta petrolera en los tiempos de bonanza, los saqueadores optimaron su creatividad con vergonzosa destreza, para crear una ingeniería financiera compleja y sofisticada, que les ha permitido acumular fortunas inexpugnables, maximizando igualmente el riesgo de que esos “aguantadores” se queden o traten de quedarse con todo, ante la mengua evidente que experimentan los factores de poder del castro-madurismo en instancias que, hasta hace poco, dominaban a voluntad y placer, entiéndase “burócratas corruptos”, debido al inocultable resquebrajamiento de la unidad de mando dentro de las FAN y demás cuerpos de seguridad del régimen, a la pérdida de “la calle” por el enorme, cada vez mayor descontento y consiguiente rechazo popular, además de la contrapartida que aporta el repunte vertiginoso de la oposición política que parece reencontrarse.

En palabras más populares, que el testaferro, en circunstancias que escapan al control del encubierto, se torne pícaro, agalludo, mal acostumbrado y decida manejar con exclusiva libertad los atributos del derecho de propiedad de aquel a quien ha suplantado.  

La exposición precedente viene a colación como aperitivo para el tema de la guerra soterrada y que preocupa seriamente, pues existen fundadas sospechas de que estos grupos de testaferros, “bolichicos”, enchufados o comoquiera que se les identifique, financian en la actualidad estrategias que persiguen socavar el cese de la usurpación y el gobierno de transición, asociados con factores de la oposición política colmados de ambiciones inconfesables proclives a la continuidad del período usurpado, en un conato destemplado y antipatriótico por mantener incólumes los intereses crematísticos acumulados en las mal habidas fortunas.

Y es que no siempre todos los apoyos suman. La debacle ético-moral en la que nos sumergió el chavismo castrista constituye una plaga difícil de combatir cuando los ideales libertarios se subordinan al poder económico en detrimento del gentilicio que nuestra historia independentista selló con orgullo, hoy día deshonrado sin el menor escrúpulo por quienes en nombre de Bolívar pisotean nuestra soberanía y se colocan al servicio de chupópteros extranjeros, cual ruines mercaderes.

 Estamos en una encrucijada para sortear con pie de plomo e impedir que las huestes de la traición infiltren con sus tentáculos el floreciente movimiento de la esperanza, den al traste con los avances y logros alcanzados desde el 23 de enero próximo pasado. No es cuestión de soslayar la rebelión de los testaferros motorizada por la inminente y seguro final de la dictadura castrista, porque mientras el burócrata ladrón mantenga el mando o control de sus parcelas de poder, los sustitutos seguirán siendo obsecuentes y sumisos; pero en el supuesto contrario, representados o suplantados pueden sucumbir ante las endebles garantías del “contrato” y quedar “más limpios que talón de lavandera” porque “ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón”.

No será fácil para los corruptos librarse de futuras investigaciones (o actuales, los peritos han estado trabajando y acumulando montañas de datos y conclusiones). Lo mejor es reivindicarse ante el pueblo que han robado sin misericordia, buscando la manera de devolver lo sustraído de las finanzas públicas con ilícitos negocios malsanos. De lo contrario, les espera el desprecio popular y una “peladera” donde no podrán llamar a “María” mientras el testaferro estará millonario. Interesante estudiar la posibilidad de aplicar una Ley de Amnistía para testaferros, negociadores y parlanchines, no para darles impunidad sino para recuperar los dineros ciudadanos.

Un testaferro que negocie buena información nunca quedará pobre, siempre algo podrá conservar, y es mejor ser un limpio por honestidad, que ser dejado limpio por la corrupta terquedad. Putrefactos, corrompidos y deshonestos, mejor confesarse con autoridades que ser arrasados por sus testaferros.

 

@ArmandoMartini