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La aventura del Telémaco, por Laureano Márquez P.

Barco Telémaco, que arribó a Venezuela en 1949 con 171 canarios a bordo que huían de las penurias del franquismo. Foto Europa Press.

@laureanomar

El origen del término “odisea” alude a un largo viaje “lleno de aventuras y de descubrimientos”, en palabras de Kavafis, protagonizado por un personaje de la Ilíada, Odiseo (Ulises en latín), que abandona Ítaca dejando a su mujer Penélope (la del bolso de piel marrón, zapatos de tacón y vestido de domingo) y a su hijo Telémaco para ir a la guerra de Troya.

Veinte años dura la ausencia de Odiseo (diez de guerra y diez del viaje de regreso a su patria) y los pretendientes acosan a su esposa. Para deshacerse de ellos, la fiel Penélope -que está tejiendo una colcha para una cama 2X2- dice que se casará cuando termine de tejer. Sin embargo, por la noche, desteje lo que ha hecho durante el día. Desbaratando encajes regresaba cada noche hasta el hilo, que diría Andrés Eloy Blanco, dándoles a sus pretendientes “una proximidad de lejanía”. Mientras Penélope teje, Telémaco vive su propia odisea cuando sale en busca de su padre por esos mundos de Zeus.

Pero existe otra odisea, de otro Telémaco, el emblemático nombre de un barco clandestino que zarpó de Canarias rumbo a Venezuela. Eran tiempos de emigración clandestina, los canarios escapaban de la miseria de la postguerra. La emigración era perseguida en ese entonces por Franco y 171 canarios -mayoritariamente oriundos de la isla de La Gomera, donde comenzó el viaje- decidieron tomar el riesgo de escapar en un pequeño motovelero de 27 metros de eslora.

Además de las 171 almas, llevaba el barco los siguientes suministros:

42 sacos de gofio (harina de trigo tostado, que también puede ser de maíz, garbanzos, centeno, etc. típico cereal canario heredado de los antiguos guanches que siempre le salva la vida a un isleño), 10 sacos de pescado salado (puede que parezca raro llevar pescado al mar, donde hay tanto pescado fresco, pero con esa angustia quién tiene paciencia para pescar), 1700 kilos de papas (un canario sin papas no es nada), una caja de latas de leche condensada (quizá para el famoso “cortado leche y leche”), una caja de botellas de coñac (bueno para celebrar el arribo a La Guaira), tres garrafas de aceite y dos cajones con carne de cerdo en salazón (tal vez por aquello de que “del cochino hasta la conversación”), además de toneles con agua dulce.

Luego de 19 días de travesía una tormenta arrasó con los suministros y casi con la vida de los viajeros. En medio de la tormenta el “capitán” del barco fue amarrado al timón para que pudiera conducir la nave sin que lo arrastrara la fuerza de la tempestad. Curioso hecho que nos recuerda que también Odiseo fue atado al mástil de su barco para evitar ser arrastrado por el canto de las sirenas.

Famélicos, los viajeros llegaron a Martinica, antes se habían topado con un barco español que les lanzó agua, arroz y poco más, lo que les permitió llegar hasta la isla caribeña.

Allí recibieron auxilio de gente muy humilde que compartió con ellos lo poco que tenían y continuaron rumbo a La Guaira, su Ítaca. Venezuela les restituyó la esperanza de futuro a esa gente y a los que vinieron luego, ya legalmente, a sus hijos y nietos.

Hoy llegan a Canarias otras gentes, en no menos duras odiseas, buscando también esperanzas que por múltiples razones en su patria no encuentran. Entre ellos, muchos venezolanos. Nosotros, que fuimos al albergue, somos hoy huida y diáspora.

De esta odisea del Telémaco naviero se cumplen este mes 70 años. La única mujer en la travesía, Teresa García Arteaga que con 22 años iba al encuentro de su marido con quien se había casado por poder (forma de matrimonio típica de los inmigrantes de ese entonces, que daba pie al pícaro chiste: “se casaron por poder y se divorciaron por no poder”) falleció en Cagua (estado Aragua) en 2018, quizá una de las pocas sobrevivientes de esta historia de velero clandestino, que dicho de paso no fue la única, aunque, quizá sí, la más emblemática.

Para recordarla -siempre hay que recordar que las tortillas se viran- el Parlamento de las Islas Canarias ha publicado el libro Viajar en el Telémaco. Navegación clandestina entre Canarias y Venezuela (1950), de los autores Manuel de Paz Sánchez, Manuel Hernández González, Ángel Dámaso Luis León, Maximiano Trapero y Francisco Pomares.

A los canarios de antes les gustaba registrar sus historias en punto cubano, un género de verso que también navega entre Canarias y América. Entre los pasajeros iba el poeta popular Manuel Navarro Rolo, quién con esta décima remata la apasionante odisea del Telémaco:

Ya terminó la jornada,

no hay que dudar del Destino

que nos conduce al camino

de la extranjera morada,

esta tierra codiciada

hija fue del pueblo hispano,

y como somos hermanos

de esta rama positiva,

nos alienta darle un viva

al pueblo venezolano“.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El billete roto, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Hoy quiero levantar mi voz por aquellos que no pueden hablar. Hay algunos que estuvieron de moda, que causaron furor, que despertaron pasiones, pero hoy son rechazados… los billetes rotos.

Hoy recibí una lección de “El Rosas” y “El Profesor”. Aclaro que no es el de La casa de papel, sino otro: Juan Manuel de Rosas, mejor conocido como el del billete de 20 pesos; y de Domingo Faustino Sarmiento (quien era maestro), también llamado “el señor del billete de 50 pesos”.

Todo ocurrió la mañana del lunes, cuando me levanté temprano y caminé a la carnicería para comprar algo de pollo para la semana, pues, para alguien que vive solo, lo mejor es comer lo mismo todos los días. De esta manera la neurona que usarías para decidir qué vas a comer cada día, la puedes enfocar en alguna idea por la que sí te pagan las compañías para las que trabajas.

En fin, cuando fui a la carnicería hice mi pedido y pagué con 200 pesos, que en dinero de Argentina son “dos evitas” o “dos rocas”, que no es por el actor de La falla de San Andrés sino por Julio Argentino Roca, el presidente que sale en los billetes viejos de 100 pesos. Luego de pagar, el carnicero me regresó un billete de 50 pesos (un sarmiento o un profesor ¿recuerdan?), pero demasiado enrollado para mi gusto, así que lo desplegué y vi que estaba roto. Acto seguido ocurrió esto:

Juanette: ¿Disculpa, me puedes cambiar este billete? está en mal estado.

Carnicero: La verdad yo no lo veo mal

Juanette: Está roto, le falta un pedazo

Carnicero: Cuando vayas a pagar lo enrollas y no se dan cuenta.

Juanette: Es decir, si yo te pagara con este billete ¿me lo recibirías?

Carnicero: Bueno ya no porque el billete ahora es tuyo así que agárralo y vete.

Juanette: Mejor hagamos algo, toma tus pechugas (bueno las del pollo), tu billete roto y dame mis dos evas…

Carnicero: Vas a dejar de comer por un billete roto ¿en serio?

Juanette: No, creo que llegó la hora de meterme a vegetariano.

Luego de tomar de dejar mi compra y tomar mis 200 pesos, dejé la carnicería de un portazo. Caminé unos metros y entre en la verdulería, compré algunos vegetales, una tapa de tarta y pagué con mis 200 pesos ¿Adivinen cuánto fue el cambio? Exacto, 50 pesos. Así que tomé mi sarmiento, bastante más derruido que el que me había dado el carnicero y me fui a mi casa.

En el camino me encontré en el piso un billete de 20, o un rosas ¿por qué nadie lo recogía? Porque no vale un carajo, pero como soy una persona de buen corazón lo recogí… obviamente también estaba en mal estado.

Chicos hoy les dejo dos lecciones: los vegetales no son más ricos que la pechuga grillada… y si te dan un billete roto, recíbelo porque si el destino quiere que sea tuyo, lo será.

Ahora que lo pienso, este sería un buen momento para ir a misa; tal vez pueda dejar a rosas y sarmiento en la cesta de la limosna y salir corriendo antes de que el cura me los quiera regresar.

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Superpoderes que da la teleeducación a un papá, por Reuben Morales

“El tercer ojo es uno de los superpoderes que desarrolla la teleeducación”. Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@ReubenMoralesYa

Si Simón Bolívar viviese hoy, su famosa frase “Un hombre sin estudios es un ser incompleto”, diría: “Un hombre sin teleestudios es un ser teleincompleto”. Quienes actualmente somos padres de un estudiante, no solo sabemos eso. También sabemos que la teleeducación es más difícil que liberar cinco naciones con un caballo y una espada. Y en dicho proceso, uno termina adquiriendo superpoderes que rebasan los que tuvo el propio Simón Bolívar en su momento. Miren los que he desarrollado y de los que me he enterado hablando con otros representantes:

 TERCER OJO

Es el ojo que siempre está pendiente de la teleeducación del niño mientras usted está teletrabajando, cocinando o en el baño. Es un superpoder que uno agradece enormemente. No porque permita ver otras cosas. Es porque el tercer, extrañamente, nunca sufre de miopía, astigmatismo o presbicia.

 DOBLE ESCUCHA MASCULINA

Todos los hombres envidiábamos profundamente que las mujeres pudiesen atender dos cosas a la vez, pero eso terminó. Gracias a la teleeducación, en este preciso instante estoy escuchando la clase que le dan a mi hijo mientras escribo este artículo sin ningún probñpqsdefw+.

 HACKEAR

La teleeducación permite acceder a TODO lo que hace tu hijo en el colegio. ¿Con quién habla en el salón? ¿Quién le hace bullying? ¿Cómo se comporta? ¿Entregó las tareas? (De vez en cuando es sabroso sentirse Google, ¿no?).

 TELEPATÍA CON LA MAESTRA

Es un talento que desarrollamos los padres cuando necesitamos la laptop ya. Se manifiesta caminando disimuladamente detrás de nuestro hijo para ejercer presión sobre la maestra. Aunque la técnica más avanzada de telepatía es sentarse al lado del niño (fuera de la toma de Zoom) y pellizcarle una pierna para que rompa la armonía de la clase con un grito.

 REJUVENECIMIENTO CEREBRAL

¡Atención, gurús de la llamada “gimnasia cerebral”! ¡Llegó algo más potente que tocarse la nariz y una oreja! ¡Más potente que rotar un brazo hacia adelante y otro hacia atrás a la misma vez! Es un revolucionario método llamado… “volver a aprender división de dos cifras con decimales sin calculadora para explicársela a tu hijo”. Llevo una semana practicándola y mi mente se ha vuelto más ágil que la de un verdulero calculando vueltos. Definitivamente, me siento mentalmente más joven. No sé si es porque ahora resuelvo todos más rápido o porque mi nuevo pasatiempo es ver Nickelodeon comiendo helado.

SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Tu hijo te tiene secuestrado. Te hizo perder el trabajo para atenderlo. Hizo que te comenzaras a comer los ahorros. Te amenaza con perder el año escolar si no envías las fotos de las tareas. No obstante, y a pesar de todo este maltrato, uno comienza a desarrollar afecto por ese captor. ¡Alerta de spoiler! Cuando se independice y se vaya de casa, terminarás llorándolo.

¿Quiere usted adquirir estos superpoderes, pero aún no tiene hijos? ¡No se preocupe! ¡Pase una semana en nuestra casa cursando el “Bootcamp de Telepapás”! Le tenemos planes de dos, tres y hasta cuatro hijos. Le garantizamos que saldrá como todo un Simón Bolívar. Bueno, tampoco así, porque según las investigaciones, El Libertador dejó 29 hijos. Sí, Bolívar se ganó el odio de españoles, canarios y un poco de mujeres más.

¿Puede imaginarse a Bolívar hoy coordinando la teleeducación de 29 hijos? La Independencia de seguro hubiese quedado descartada. Seguiríamos siendo españoles (lo cual no sería ni hasta malo, pues cobraríamos en euros y tendríamos pasaporte de la Comunidad). Situación ante la cual rectifico lo afirmado al inicio. Pues si Bolívar viviese hoy, su famosa frase sobre la educación más bien diría: “Un hombre sin estudios, que se espere a la educación presencial”.

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Votar a juro, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Votar es un derecho y un deber. Algunas veces en el sentido legal de los deberes, esto es una obligación, pero otras, en el sentido ético. Uno debe votar como también debe conducir sin consumir bebidas, en el sentido etílico. Es un deber trascendente, porque somos corresponsables del rumbo del país. Es un deber porque con el voto escogemos a los que se ocupan de velar por los intereses de todos. Si algo hemos aprendido los venezolanos es que eso del voto no es cosa baladí: cuando un pueblo mete la pata votando -o no haciéndolo- (en las elecciones en las que ganó Chávez por primera vez la abstención fue del 36,55 % y el susobicho ganó con el 33,35 % de la totalidad de los electores), las consecuencias pueden ser que se arruine la vida de todos (bueno de casi todos). Verbi gratia.

En la fenecida Constitución de 1961 se proclamaba: “Artículo 110.- El voto es un derecho y una función pública. Su ejercicio será obligatorio, dentro de los límites y condiciones que establezca la ley”. Era una “función pública”, que te convertía en funcionario, votar era obligatorio, podías recibir una sanción si no lo hacías. Hasta donde uno tiene conocimiento, no se sancionó en aquellos viejos tiempos de la democracia a nadie por no votar. Si este artículo estuviese vigente sería de gran utilidad para el régimen en las actuales circunstancias.

En la Constitución “vigente”, el artículo 63 señala: “El sufragio es un derecho. Se ejercerá mediante votaciones libres, universales, directas y secretas”. El primer cambio que salta a la vista con respecto a la Constitución anterior es que el voto ahora no es obligatorio. Para que las elecciones sean libres necesitamos la garantía de una institución confiable para todos. La mayor parte de nosotros pensamos diferente y eso es buenísimo, mediante las elecciones nos ponemos de acuerdo, porque el respeto al voto es lo único en lo que, los que pensamos diferente, concordamos.

Claro está que, en la Venezuela actual, la distancia entre la Constitución y la realidad política del país es brutal. Para comenzar, no hay separación de poderes y por tanto, no hay un organismo imparcial que garantice el voto.

Es por eso que mucha gente es partidaria de no votar y la mayor parte de las fuerzas políticas opositoras se niegan a hacerlo en las venideras elecciones parlamentarias, porque piensan que ir a unas elecciones sin garantías ni confiabilidad, solo favorece a quien las convoca. Otros partidos sí quieren hacerlo. También tienen sus razones y argumentos: si esto no va a cambiar en largo tiempo es mejor mantenerse vigentes y activos en la vida política con lo que el régimen tenga a bien conceder y librar otro tipo de luchas menos radicales, más modestas, que también vayan en pro de la gente, pero que no constituyan amenaza a la supervivencia de quienes detentan el poder, al menos de momento. Es una opción, tan viable (o tan poco) como pedir que entren los marines ya o quedarnos en el desacato para siempre.

Pero la novedad en lo que respecta a las elecciones de diciembre es la “sugerencia” que entró en escena política esta semana de que el Plan República podría buscar a los electores en sus casas para que vayan a votar.

Conociendo las circunstancias, se imagina uno que además de buscarlos -de manera amable con la guardia y los colectivos-, para mayor seguridad lo acompañarán hasta el cuartico para garantizar, con su observación, el secreto del voto.

La noticia deja de asombrar, por más que uno haya perdido tal capacidad. No le falta verdad al juego irónico que circula por las redes y pone en boca de Tibisay (aunque ella ya no es la autoridad, 14 años en el CNE la hacen inolvidable) esta frase: “Ya tenemos los resultados, solo faltan las elecciones”.

¡¡¡¡¡A boooootarrrrrrr!!!!!

 

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Distancia social, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Desde hace 6 meses muchos en Argentina estamos confinados por el Decreto Nacional de Urgencia de dictó el Gobierno. Y sí, estamos cansados; muchos sin trabajo y tratando de sobrevivir. Para algunos el aislamiento preventivo y obligatorio es una pérdida de tiempo, mientras para otros es la posibilidad de ganar tiempo para evitar que se colapse el sistema de salud.

Es terrible la cantidad de gente que ha muerto por el coronavirus, y seguramente algunos dirán que el aislamiento no sirvió para nada. Pero la verdad fue que se dilató la llegada del pico de contagio. ¿Qué pasará ahora? Nadie lo sabe, todos esperan que en algún momento aparezca una vacuna.

Creo que, en este tiempo, al menos yo, he aprendido a cultivar dones como la paciencia y la templanza; y cada día trato de hacerle más llevadero a mis hijos este trance. Pero no desde la confusión o de la desinformación, sino ayudándoles a entender que tenemos que cuidarnos, y tomar todas las medidas para evitar el contagio.

Usted amigo lector se estará preguntando ¿por qué este tipo escribe de esto ahora? Porque, desde este fin de semana, en la ciudad de Buenos Aires ya se permite tomar una café en la vereda (acera), lo que está bien si se hace con distanciamiento social, pero mi preocupación es que esa distancia depende de cada uno de nosotros.

No es por ser desconfiado, pero dejar el destino de la humanidad en manos de la humanidad históricamente no ha salido bien.

Y antes que de empiecen a atacarme les aclaro que el problema, a mi parecer, no es que podamos salir; el inconveniente pasa porque “sepamos salir” y no solo a la calle sino de la pandemia. Y la verdad es preocupante, pues la actitud de muchos gobiernos del mundo es: “Bueno chicos nosotros llegamos hasta acá”, y me parece que por esta vez tienen en parte razón, pues depende de cada uno el cuidado. Esa frase que se ha vuelto trillada en este tiempo y que dice: “Cuídate y cuídanos” tiene que estar más vigente que nunca.

Por naturaleza, a los seres humanos no nos gusta hablar de la muerte, pero como dice el músico venezolano Mauri Mix en su canción Distancia social, “Este virus te puede matar”.

Y acá me quiero detener, porque el tema de Mauri demuestra que los humanos somos capaces de adaptarnos y hacer cosas maravillosas sin salir de nuestras casas. Acá les dejo el video de Distancia social, no solo para que lo escuchen, ni para qué bailen, sino también para que entiendan el mensaje:

No se trata de no salir chicos, no pasa por ahí. Pasa por saber salir, pero no solo a la calle a tomar una cerveza, se trata también de saber cuidarnos y cuidar a los demás.

 

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El sentido común, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Dicen por ahí que el sentido común es como el desodorante: el que más lo necesita es el que menos lo usa. Del sentido común han hablado desde los filósofos hasta los odiósofos. Bergson, el filósofo francés, por ejemplo, decía que es “la facultad de orientarse en la vida práctica”. El sentido común podría definirse como aquello que una comunidad considera prudente, sensato, lógico. Sin embargo, es muy común ver en las redes videos caseros que muestran la total ausencia de sentido común en gente que hasta tiene la apariencia de ser inteligente.

Algunos creen de manera irrestricta en el sentido común, como el escritor Max Jacob quien afirma que: “El sentido común es el instinto de la verdad”. Otros, sin embargo, no creen en él, como el caso de otro escritor, esta vez Saramago, que dijo: “No te dejes engañar, el sentido común es demasiado común para ser realmente sentido; en el fondo no es más que un capítulo de la estadística, y el más vulgarizado de todos”. De lo que señala el novelista portugués se infiere que el hecho de que todo el que se lance de un rascacielos muera, es un dato meramente estadístico que no tiene por qué ser una ley universal y -ciertamente- se han visto casos de gente que se ha lanzado y ha sobrevivido; pero más casos se evidencian de gente probando suertes a gran altura con fatal desenlace.

Parece que vivimos tiempos que dan validez a aquella frase de Ramón Gómez de la Serna que decía que el sentido común “es el menos común de los sentidos”.

El sentido común es en definitiva una colección de conocimientos que resultan evidentes y que no debemos desafiar. Por ejemplo: es de sentido común que si conduces de noche, enciendas las luces del vehículo; sin embargo, en nuestro país nos hemos topado en la autopista no pocas veces con vehículos que andan en la total penumbra, como el carro de Drácula.

Es también de sentido común dejar salir a la gente que viene en el vagón del metro antes de entrar, sin embargo, tal cosa no siempre sucede. Es de sentido común no usar el teléfono mientras se maneja o cuando se habla con otra persona o cuando se camina por la calle (bueno este último ejemplo no es válido para Venezuela donde el sentido común recomienda desde hace mucho tiempo no sacar el celular en la calle ni de vaina, pero por seguridad). En fin, la vida cotidiana está llena de ejemplos.

El sentido común tiene, sin duda, un componente histórico: llegamos a ciertas conclusiones porque miles de años de vivencias humanas sobre el planeta nos brindan un conjunto de certezas sin las cuales  correríamos grandes riesgos. Por tanto, desconocer la historia nos hace vulnerables. Si no tenemos -por ejemplo, en el caso de los venezolanos- el conocimiento de que cada vez que los militares han intervenido en política ha sido contraproducente para el destino del país y la libertad de los ciudadanos, podemos incurrir en el error de aupar a un militar e incluso elegir a uno para que nos gobierne.

Quien esto escribe, está más en la línea de Jacob que en la de Saramago. No apostaría nada a la premisa de que la división en la oposición venezolana nos va a sacar de este atolladero.

El sentido común indica que la unidad en estos difíciles momentos es más que indispensable y que el único que gana con la división es quien tiene el poder.

Pero parece que, en el caso de los políticos, el sentido común es, la más de las veces, el menos común de los sentidos. Si hacemos una introspección retrospectiva de nuestra historia lo más común ha sido la contravención del sentido común al punto de que se pregunta uno: ¿Será que nuestro sentido común es no tener ninguno y vivir en la imprevisibilidad permanente?

 

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El humor como problema, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

El otro día escuché en el pódcast Que se vayan todos , que cada vez son más las personas que se informan a través de los humoristas. Y no solamente estoy de acuerdo con ese comentario, sino que soy una prueba viva de eso.  

Desde hace unos meses me informo únicamente por pódcast de humor, tipo el Pulso de la república, PDB, Reporte semanal, etc. Porque la verdad no soporto los noticieros… Sí, sé que soy periodista y también sé que hacer esta afirmación podría costarme espacios en alguno de los medios que publica mi columna, pero la verdad estoy un poco cansado.

Les pido disculpas por hacer de esta columna un espacio para desahogarme, pero cuando decidí escribir me puse como objetivo que solo fuesen textos graciosos; claro, la idea del humor es hacer reír mientras se invita, como quien no quiere la cosa, a la reflexión.

Toda esta introducción la hago para decirles: Señoras y señores, ¡está pasando! El humor, que es un un ejercicio tan peligroso, invadió los espacios de los medios de comunicación.

Y ya las personas, sean de izquierda o de derecha, se darán cuenta de que muchas de las cosas que se dicen o escriben (capaz también esta columna), sirven para mostrar una sola cara de la verdad ¿Cuál? La que más les convenga a los políticos de su preferencia. Pero ahora que el humor está tomando el lugar de los medios, todo se puede ir al garete. Imagínense ¿qué pasaría si los políticos no pudieran manipular a las masas? Justo por eso es que los humoristas son perseguidos, porque hay que evitar ese nuevo “desorden mundial”.

Ahora quiero mencionar un libro de Teodoro Petkoff que leí hace mucho. El libro me ayudó a entender que la política no es un dogma religioso, y que la mayoría de las veces los políticos se equivocan (aunque ellos, sus partidos y sus fanáticos digan lo contrario).

Teodoro también me enseñó la importancia de aprovechar el tiempo a través de una frase: “Bueno, muévete carajo, que no tengo todo el día”… pero eso se los contaré en otra ocasión.

Perdón, me desvié. Les decía que había leído un libro que me enseñó a entender la política: Checoslovaquia: el socialismo como problema, publicado por Teodoro en 1968, el mismo año del Mayo francés. En sus páginas Petkoff cuenta cómo, a partir de la invasión a Checoslovaquia, el socialismo soviético mostró lo que pasaría con el resto de los países que terminaron “invitados amablemente” a pertenecer a la Unión Soviética.

En aquel entonces nadie dijo nada, pues, “El comunismo no se equivoca” se decía en aquel tiempo. Y ahora se repite que “El Capitalismo es la única solución”. Así que quiero decirles algo: el mundo es más que un juego de Caracas Magallanes, o de un Boca Vs. River. ¿Saben cómo me di cuenta? Por dos cosas: primero, porque cubrí política algunos años, y conozco a muchos de un lado y del otro. Y segundo por culpa del humor, pues cuando eres comediante aprendes a cuestionarte todo.

Además, el humor es un antipoder, lean bien, no solo contra el gobierno de turno, sino de cualquier poder que quiera trastocar la sociedad. El humor es una alarma que nos avisa sonreídamente que algo no está bien…

Lo que pasa es que, en este contexto de todos contra todos, muchos humoristas se han convertido, casi sin querer, en la única guía para saber qué está pasando realmente.

Así que el llamado es a que cada cual retome su rol: los políticos a presentar propuestas serias para solucionar los problemas, las personas siendo críticas y cuestionando todo y a todos. Y los humoristas a hacer bromas. De no pasar esto, y tal como va el mundo, ¡todo terminará siendo un chiste!

Hasta la semana que viene (eso espero).

 

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¿Te sabes todas tus contraseñas?, por Reuben Morales

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@ReubenMoralesYa

“Evite contraseñas como 12345 o la palabra CONTRASEÑA”. Esto es lo que nos suele recomendar cualquier página actual de internet. Cosa ante la cual uno se pone creativo y acaba colocando claves pegajosas como “hakunamatata”. Y para no complicarse la vida, termina aplicando el protocolo más robusto de ciberseguridad jamás conocido en la historia: mete la misma contraseña en todos lados.

El problema muchas veces no es ese. El problema llega cuando cada una de las páginas te pide actualizar la contraseña. “Utilice mayúsculas, números y signos”, te dicen. Entonces tu clave evoluciona (o más bien degenera). Cambia de “hakunamatata”, a “HakunaMata7a”, a “H4kun4Mata74”, a “¿SimbaNoTienesMasAmigosEnLaPelicula?”.

Por tal motivo, entonces los portales te simplifican la vida diciendo: “Accede con tu cuenta de Facebook” (haciendo que llegue don Diego de La Vega y marque toda tu propiedad intelectual con la “Z” de “Zuckerberg”). O si no, terminas creando el tesoro más preciado que todos tenemos en la computadora: el documento que contiene todas nuestras contraseñas. Un documento que escondemos de forma muy celosa, segura y precavida para blindarnos: lo dejamos en el escritorio de la computadora bajo el nombre de “Contraseñas”.

Hay gente que es más osada. Jamás crea ese documento porque dice: “Para eso están las preguntas de seguridad”. Claro, el tema es que las preguntas de seguridad suelen ser cosas muy obvias de nuestra biografía. Cualquiera que nos medio conozca, puede saberse las respuestas. Por eso hago un llamado a todos los asesores de seguridad cibernética para que generen preguntas de seguridad muchos más complicadas. Cosas como:

¿La parte más peluda de tu cuerpo es la derecha o la izquierda?

¿Al bañarte empiezas con jabón o champú?

¿Usas espejo para afeitarte?

¿Termino medio, tres cuartos o bien cocido?

¿Desodorante en gel o roll on?

Aunque si de verdad quiere evitarse la creación del fulano documento de las contraseñas, genere claves con cosas que nadie relacionaría con usted. Si usted es del Barsa, ponga “Madrid”. Si usted es Nicolás Maduro, ponga “SoyDeDerecha”. Si usted es Donald Trump, ponga “Humildad”. Si usted es Kardashian, ponga “Virginidad”. Y si usted es un reguetonero malandro con prontuario criminal, coloque “DaleAlegriaATuCuerpoMacarenaEeeeehMacarenaAaaah”.

Si no, puede agarrarse de una empresa famosa e ir cambiando sus contraseñas según las marcas que tiene dicha empresa. Si hizo esto con Apple, entonces ha podido garantizarse años de seguridad con contraseñas como “iPhone1”, “iPhone2”, “iPhone3”… (hasta que se dio cuenta de que era muy frustrante escribir esta contraseña desde un Xiaomi).

Como ve, el tema de las contraseñas en internet ha progresado tanto, que ya nadie sospecha de lo obvio.

Es como esconderse billetes en el cuerpo. Si un ladrón moderno viene a atracarnos, buscará el dinero directamente en las medias, la ropa interior o los zapatos (haciendo que el sitio más seguro para esconder nuestro dinero, hoy en día, sea el bolsillo delantero del pantalón). Así mismo sucede con las contraseñas de internet. Las hemos evolucionado a niveles tan sofisticados como “B0B3sponja4877**”, que ya nadie sospecharía si usted guarda sus tesoros informáticos con claves básicas. Por eso, la próxima que le pidan crear una contraseña en internet, ponga la clave más segura que alguien jamás podría tener actualmente en internet: “12345” o la palabra “contraseña”.

 

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