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Diego Arroyo Gil

Exclusivo: Extractos del libro “La sal de ayer. Memorias de Margot Benacerraf”, de Diego Arroyo Gil

 

 
La cineasta venezolana cumple 93 años de edad mientras trabaja con el escritor la publicación de sus memorias

 

MARGOT BENACERRAF, conocida como la dama y la pionera del cine venezolano, ha llegado, este 14 de agosto, a los 93 años de edad. Ha vivido una vida larga y llena de incidencias, pero poco conocida para el gran público. Es como una gran película que se resiste a llegar a las pantallas. Con el objetivo de esclarecer un poco ese misterio hace un par de años el periodista Diego Arroyo Gil fue en busca de la señora Benacerraf para conversar con ella. El resultado de esos encuentros hacen el nuevo libro de Arroyo Gil, titulado La sal de ayer. Memorias de Margot Benacerraf, que está por publicar la editorial Planeta. A propósito de los 93 años de Benacerraf, Runrun.es publica aquí las primeras páginas y la portada del libro de Arroyo Gil, que se estima llegue pronto a las librerías.

 

***

 

La sal de ayer

Memorias de Margot Benacerraf

Por @diegoarroyogil

 

Al fondo de un corredor oscuro, desde una habitación iluminada, se escucha un hilo de voz. Si no supiera a quién pertenece –es una dama–, me preguntaría de qué ser humano procede ese sonido agudo, de una cadencia inconstante, tan peculiar. De pronto un bulto a contraluz (parece una mujer…, sí, es una mujer: pequeña, un poco robusta, dulce) me llama, me dice que pase. Me acerco, la mujer pequeña y un poco robusta se aparta y desde la puerta la veo a ella, a la dama del hilo de voz, con una mano apoyada sobre un escritorio. Me mira, sonríe y viene a mi encuentro, sin prisa. Temo que pierda el equilibrio, pero en un gesto resuelto me toma por los hombros y me saluda como si nos conociéramos de toda la vida: me besa en la mejilla y me dice mi amor. Al corresponderle el abrazo, que ha sido inesperado, me digo: qué flaca, y pienso que, aunque de baja estatura, parece una espiga. Una espiga que remata en un peinado cobrizo perfectamente abombado, echado hacia atrás, de otra época, pero que a ella le va de perlas. De boca muy fina, como sus dedos, lleva los labios de carmín, y detrás se asoman unos dientes como miniaturas japonesas. La nariz es de judía, de eso no cabe duda, lo que le da un carácter sólido y sobrio a un rostro a la vez tan delicado y sugerente. Todo en ella deja ver que es una mujer coqueta, pero la suya es una coquetería sin ambiciones exageradas, algo muy propio de otras mujeres caraqueñas de su tiempo que, como ella, son elegantes sin pose ni artificio y que optan mucho por una blusa blanca o negra, de rayas o ligeramente estampada, siempre a condición de que sea fresca. Margot se llama, Margot Benacerraf, y ahora que la tengo enfrente, sentados ambos a una mesa redonda de cuatro sillas donde dos quedan vacías, me siento extrañado de encontrarme cara a cara, de cuerpo presente, con una mujer que, además de una mujer, es una leyenda, un misterio.

Hace ya muchos años, en 1959, cuando Margot se hizo famosa, era una chica de apenas 32 que se alzaba en el Festival de Cannes con dos premios por su película Araya, la segunda y la última que hizo (la primera fue un cortometraje sobre Armando Reverón, en el 52), la cual le dio una figuración y luego le otorgó una gloria de la que aún goza, tanto después, al margen de quienes le riñen por no haber hecho ninguna otra a pesar de haber tenido la vida entera por delante. La leyenda, el misterio se deben un poco a eso precisamente: a que luego de Araya, que fue un logro tremendo por donde se le mire, Margot “no hizo más nada”, “no hizo más obra”, y que hoy por hoy sea la misma de 1959 pero ya no de 32 sino de más de 90 años, es decir, una mujer casi eterna, una mujer que, para algunos, incluso ya no vive. Yo mismo, antes de venir aquí, lo preguntaba: ¿Está activa? ¿Está lúcida Margot? Porque, como para muchos, para mí Margot Benacerraf era, claro, la mujer de Araya, pero vox pópuli era el nombre de la sala de cine del Ateneo de Caracas, una sala a la que habían bautizado así para honrar la memoria de una artista inconfundible, aunque de historia (casi) desconocida…

¡Cuánto hay siempre por descubrir! Esta tarde el hilo de la voz, el abrazo inesperado, la presencia de Margot me llevan de pronto a observar un cuadro que está en la habitación caraqueña en la que ella me recibe. Es el retrato de una mujer. Solo el rostro.

 

Margot Benacerraf, por Oswaldo Guayasamín

 

–Soy yo –dice Margot, que se ha dado cuenta de mi curiosidad–. Me lo hizo Oswaldo Guayasamín, el pintor ecuatoriano, que fue mi amigo.

–Es bello el cuadro.

–¿Te parece? –se asombra un poco–. A muy poca gente le gusta.

Me parece, sí. Además de que el cuadro es bello, me gusta su decidida rareza. Lo observo y en él reconozco a Margot, pero al mismo tiempo percibo que esa no es Margot o, más bien, se me ocurre, que esa es la otra Margot, la Margot secreta. Percibo que ese es su rostro, sí, pero atravesado… cómo puedo decirlo… atravesado por el teatro de la vida, por el teatro de la vida vivida. Fantaseo: ese cuadro es Margot como personaje de la memoria, el personaje que justamente he venido a buscar… La verdad, ¿estoy aquí para otra cosa? ¿Por qué razón he organizado esta cita si no es porque quiero escudriñar en ese rostro, atestiguar de cerca su belleza, su rareza?

La mujer pequeña, un poco robusta y dulce se llama Milvia y es la asistente de Margot. Ha traído a la mesa una taza de agua caliente y varios sobrecitos de té.

–Supe que te gusta el whisky –me dice Margot–, pero puedo ofrecerte un té, ¿está bien?

Carcajadas de mi parte y una sonrisa hospitalaria de su lado terminan de abrirle paso a la confianza que ya había anunciado el abrazo del saludo, pero no pierdo de vista el retrato del rostro indescifrable.

–También me gusta el té –concedo–, hay que variar.

Margot estudia con cuidado los sobrecitos de té. Escoge uno y se lo lleva a la nariz.

–¡Mariage Frères! El mejor té francés.

Milvia me mira y me hace un gesto como diciendo: “Adelante, no pierdas tiempo, cariño”. La experiencia me aconseja que para acceder mejor a la vida de un personaje casi mítico –Margot Benacerraf en este caso– siempre es mejor recibir antes el santo y seña de un daimon suyo protector. Pues bien, pienso, me ha dado acceso.

–Mariage Frères, entonces –digo, y echo el sobrecito dentro de la taza, desde la cual de inmediato se desprende un aroma a roble oscuro con flores de azahar.

Milvia se retira y quedamos Margot y yo. Y la pintura de Guayasamín.

 

I

 

–¿Le parece que comencemos por el principio?

–Por donde tú quieras.

–Yo quiero empezar como siempre empieza James Lipton sus entrevistas en Inside the Actors Studio, para entrar en ambiente: ¿cuándo y dónde nació usted?

–Yo nací el 14 de agosto de 1926, en Caracas.

Pero su padre nació en Tetuán, en Marruecos.

–Sí, en Tetuán. Mi padre se llamaba Fortunato, Fortunato Benacerraf, y aunque nació allá, en el Marruecos español, alrededor de 1885, era un venezolano absoluto. De 30 y pico de años, en un viaje a la Costa Azul, en el sur de Francia, a orilla de aquellas playas maravillosas decía que las de Carúpano eran mejores y más bellas. (Se ríe). En 1900, siendo un jovencito, un tío suyo de apellido Benzacar lo hizo venirse al estado Sucre para que trabajara con él en el negocio del cacao y el café. Por aquellos días a las costas de Carúpano llegaban barcos de muchas partes de Europa. Sobre todo, de Alemania. Era una época esplendorosa de la ciudad y yo me imagino que mi padre, por más que venía de Tetuán, que es una ciudad preciosa, se fascinó de inmediato con ese escenario que a sus ojos era el Nuevo Mundo. Hay que ver lo que era que un adolescente como él, judío sefardita, se encontrara de pronto en la faena de “hacer la América”, como se le decía a la aventura de cruzar el Atlántico para dedicarse a la conquista de otra vida.

–¿Qué le contaba su padre sobre su niñez y su juventud en Marruecos, antes del viaje a Venezuela?

–Ni papá ni mamá hablaban mucho de sí mismos. Ni de sus historias respectivas ni de su vida en pareja. Lo que sé de ellos antes de yo nacer se lo debo a lecturas que hice luego y a cuentos que otros me echaron. Me he arrepentido tanto de no haberlos puesto a hablar. (Calla). Es que eso no se estilaba, ¿me entiendes?

–Pero usted sabe cómo se conocieron sus padres, ¿o tampoco?

–¡Ah, claro, es una historia divina! Mamá era una mujer muy bella. Tenía los ojos verdes almendrados. Se llamaba Sete Coriat y formaba parte de la aristocracia sefardita de Tetuán. Su padre, mi abuelo, el Sr. Coriat, era nada menos que el cónsul de España en la ciudad. Mamá y papá se conocieron en 1923, durante un viaje que papá hizo a Marruecos para visitar a su familia. Papá entró a comprar algo en una farmacia y allí estaba mamá, buscando remedios para un resfriado. Papá se le acercó para recomendarle un jarabe y ella le respondió. Al cabo de unos días se hicieron novios, papá fue introducido en la familia de mamá y se casaron. La diferencia de edad que había entre ellos, él mayor que ella, no fue un impedimento para nada. Desde luego, papá supo demostrar que era un hombre bien instalado, que podía formar familia, y entonces el hombre que había “hecho la América” se trajo a Venezuela a la hija del cónsul de Tetuán. Papá fue el único de sus hermanos que se casó con una marroquí española. Los demás se casaron con mujeres provenientes de familias del protectorado francés. Gente de Orán, Argelia.

–Cuando sus padres se casaron, ¿su papá ya se había mudado a Caracas?

–Sí. Cuando mis padres se conocieron y se casaron, en Tetuán, en 1923, papá ya se había venido de Carúpano a Caracas. 1918. Sus otros hermanos, mis tíos, vivían aquí desde hacía años y lo habían invitado a que se uniera a ellos, como socio, en el manejo de Hermanos Benacerraf, una compañía de comercio que era propiedad de la familia. Durante unos años vivieron todos juntos, con sus esposas, en una casa entre las esquinas de Puente Yánez y Tracabordo, en el centro, hasta que un día mis tíos decidieron irse a París y dejaron a papá encargado del negocio. Luego, en el verano del 39, vinieron de visita para vernos y revisar cuentas, pero apenas unas semanas después de su llegada, a comienzos de septiembre de ese mismo año, explotó la Segunda Guerra y no les quedó otra opción que quedarse un tiempo en Venezuela. Cuando terminó la guerra, en el 45, se volvieron a ir. Nosotros nos quedamos.

–¿Por qué?

–Porque papá era muy venezolano y no se iba a ir de aquí. De modo que mis hermanos Moisés, el mayor, y Enrique, el menor, y yo, crecimos en Caracas… ¿Tú sabes que yo tuve un primo que se ganó el Nobel de Medicina?

–¿Un primo, primo? ¿Venezolano?

–Esa es la cosa. Baruj Benacerraf, premio Nobel de Medicina 1980, nació en Caracas en 1920 y vivió aquí hasta que sus padres se fueron para Francia. Luego volvió, como todos, en el 39, que fue cuando yo lo conocí, pero más tarde decidió irse para los Estados Unidos, donde estudió e hizo su vida. Cuando ganó el Nobel lo invitaron a Caracas. Miguel Otero Silva, que era mi amigo, me llamó: “Mira, voy a mandar a unos reporteros a recibir a tu primo el Nobel en el aeropuerto. Le voy a dar una página completa en El Nacional”. Pero resulta que cuando Baruj llegó a Maiquetía y lo entrevistaron, lo primero que dijo fue que él había nacido en Venezuela “por accidente”. Los periodistas se quedaron fríos. Después, cuando se enteró de que la comunidad judía quería hacerle un homenaje, dijo que él no creía en Dios. Viendo aquello le recomendamos que lo mejor era que no hablara más. (Se ríe). Baruj era inteligentísimo. Y también lo es Paul, su hermano, que fue decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Princeton.

–¿En su familia se fomentaba la búsqueda de una profesión propia, el desarrollo personal?

–No tanto. De hecho, mi tío no estaba de acuerdo con que Baruj estudiara Medicina. Quería que se dedicara al comercio, que siguiera la tradición familiar. Pero Baruj lo engañó y le dijo que se iba para Nueva York a estudiar Business Administration, y estando allá se zafó.

–¿Y usted?

–¿Yo?

–Sí, usted. ¿Tuvo libertad para hacer lo que quería?

–Bueno… (Calla). Yo recuerdo mucho la casa donde transcurrieron mi infancia y mi juventud. “La casa de los tres patios” la llamo yo, que quedaba de Miseria a Pinto 129. El primer patio era el lugar al que daban las habitaciones y el tercero era un corral, pero el mío era el segundo, donde había una mesita a la que yo me iba a escribir y a estar sola, siendo ya una muchacha de universidad. Era lo que me gustaba en aquel tiempo: la escritura. Y mis padres no me comprendían. Eran maravillosos, ambos, mamá una mujer muy dulce, pero no había comunicación alguna entre ellos y ese mundo mío. Mi otro sitio preferido era la cocina, que era como un cascarón donde lo principal era la presencia de Angelina, la cocinera, a quien recuerdo un día llorando a mares por la muerte de Carlos Gardel, a quien amaba. (Se ríe). Yo escribía con sentimiento de culpa. Tenía la sensación de que cometía un pecado. (Calla). Yo debo haber hecho sufrir mucho a mis padres. (Calla).

–¿Por qué?

–Porque sé que ellos hubieran preferido que yo viviera según otros parámetros.

–¿Según cuáles parámetros?

–Que me casara al terminar el bachillerato, que tuviera hijos y siguiera la rutina. Y ya en el bachillerato yo empecé a ser un bicho raro. (Se ríe). Comencé a interesarme por la literatura, por el teatro. Mi papá murió muy pronto y no tuvo tiempo de ver ni siquiera mi película sobre Reverón, pero mamá estuvo en el Festival de Cannes conmigo cuando me dieron el Premio de la Crítica por Araya y eso la hizo feliz, pero hubiera sido más feliz si mi vida hubiese sido distinta desde un principio.

–¿Y alguna vez habló de eso con ella?

–No, no. Había un cariño tremendo entre nosotras, pero nunca hablamos de eso. Yo encuentro que una de las cosas más bellas de hoy en día es que hay una relación más estrecha entre padres e hijos, me parece. Baruj fue una de las pocas personas que trataron de ayudarme. Estando al tanto de mis intereses, le dijo a mi padre que me mandara a estudiar en un colegio en los Estados Unidos, pero papá no quiso.

–Era conservador su padre.

–No sé. Papá tenía fama de haber sido enamoradizo y parrandero durante su juventud, y era un hombre de buen humor, pero como cabeza de familia se ajustó a la costumbre de la vida venezolana de la época, según la cual el lugar de la mujer era el hogar. En eso también influía su origen sefardí. Mamá tenía las virtudes que exigía ese mundo y hacía todo sinceramente y con un gran talento.

–¿Usted se recrimina por no haber encajado en ese molde?

–No. A fin de cuentas, en ese momento hice lo que sentía que tenía que hacer. Y es mi vida. Además, ellos nunca me reclamaron nada.

–Pero usted sí se lo reclamaba a sí misma.

–Yo era muy sensible a todo. (Piensa). Aún lo soy. Por ejemplo, a mí me enferman los días grises. Yo soy muy solar, me gusta la luz. No sé cómo sobreviví a tantos inviernos en Europa.

May 13, 2019 | Actualizado hace 7 meses
Este 23 de mayo
Julie Restifo encarna a la polémica y fascinante Sofía Ímber en un monólogo basado en el libro de Diego Arroyo Gil, adaptado por Javier Vidal

 

SOFÍA ÍMBER DECÍA QUE NO le gustaba el teatro porque no soportaba estar sentada, pero a partir del jueves 23 de mayo –y hasta el domingo 26– el público venezolano tendrá la ocasión de ver, por primera vez, a Sofía Ímber sobre las tablas. Desde que, en 2016, salió a la venta el libro La señora Ímber, la biografía que sobre Sofía escribió el periodista Diego Arroyo Gil, un dramaturgo de tanta experiencia como Javier Vidal no ha dejado de trabajar en la adaptación del texto para llevar a los escenarios la vida de una de las mujeres más polémicas, inquietantes y misteriosas de Venezuela y de América Latina en el siglo XX.

Interpretada por la actriz Julie Restifo, en La señora Ímber veremos hablar a Sofía, en primera persona, sobre los momentos más relevantes de su vida, sobre sus amistades y sus detractores, sobre sus dos grandes amores, Guillermo Meneses y Carlos Rangel, sobre sus nexos con lo más destacado de la cultura occidental en una Venezuela moderna y cosmopolita, sobre su insólita temporada en París en los 50 y, sobre todo, sobre su insospechada pasión psicoanalítica. Sofía: la intransigente, la perfeccionista, la inconforme, la inspiradora, la difícil, una criatura con una gran capacidad para sobrellevar sus éxitos y sus tragedias con una entereza apabullante, cobra vida gracias a un espectáculo producido por Jota Creativa y patrocinado, entre otras instituciones y organismos, por la Embajada de España.

“Sofía se ha convertido en mi obsesión –dice Julie Restifo–. Para mí es un gran reto personificar a una de las mujeres más complejas y emblemáticas de nuestra cultura. La angustia existencial que ella decía padecer, y que ha sido uno de los enigmas de su vida, es mi fuente de inspiración para darle vida a una persona que considero era la pasión en persona”.

“Sofía fue mi maestra –agrega Javier Vidal–, y yo no podía dejar pasar la oportunidad que nos regala Diego Arroyo Gil con la biografía La señora Ímber para llevarla a las tablas en la piel de Julie Restifo. Es un reto, un honor, un homenaje a la que nos dejó tanto. Es una alerta a la resistencia, a la pugnacidad, a la rebeldía, a la obcecación y a la tozudez de vivir sin un instante de descanso. Sofía la incansable ni siquiera ahora descansa”.

La señora Ímber contará además con la actuación especial de Leo Aldana, que hará las veces de Diego Arroyo Gil –que aparece como personaje en la obra–, Guillermo Meneses y Carlos Rangel simultáneamente, en lo que resulta en una suerte de juego de reflejos entre el personaje de Sofía Ímber, sus dos maridos y su biógrafo.

El diseño de iluminación de La señora Ímber correrá por cuenta de Juan Carlos Ogando; el video arte, a cargo de Daniel Dannery; la asistencia de escena, a cargo de Sergio Malpica, y la intervención escénica a cargo de Miguel Marsan. Todos ellos bajo la producción de Samuel Hurtado. “Estoy sumamente emocionado por el trabajo que Javier Vidal y su equipo han hecho con mi libro sobre Sofía, que es quizá la persona más fascinante que yo he conocido jamás.

Me complace sobre todo que el teatro permita que una vida tan insólita y novelesca como la suya sea conocida por la mayor cantidad de gente posible”, concluye Diego Arroyo Gil.

 

*** LA SEÑORA ÍMBER Lugar Centro Cultural Chacao Estreno Jueves 23 de mayo de 2019, 7pm

Funciones Viernes 24 de mayo, 6pm

Sábado 25 de mayo, 5pm

Domingo 26 de mayo, 11am

Las entradas están a la venta en la taquilla del teatro y en la página web www.ticketmundo.com

Por Notre-Dame, regazo del alma, por Diego Arroyo Gil

LAS COMPARACIONES SON ODIOSAS. Cuando se trata de comparar obras de arte de incalculable valor para el mundo, además son estériles. Pero aunque solo sea para tratar de esclarecer un poco más lo que significa el incendio de la Catedral de Notre-Dame, es como si de pronto se perdiera, por efecto de un ácido o del mismo fuego, un pedazo de la Gioconda, o como si un cataclismo imposible hiciera que desaparecieran para siempre, sin posibilidad alguna de recuperación, cuarenta páginas del Quijote o de Hamlet. Estoy extremando el asunto, se comprende… ¿Qué nos ha sido arrebatado en la tragedia de Notre-Dame? Las llamas han devorado partes enteras de uno de los templos más importantes, no solo de la cristiandad, que ya es mucho decir, sino, en general, del espíritu humano. Recuerdo a Mandelstam, el poeta ruso: “Construir significa conquistar el vacío, hipnotizar el espacio. La bella flecha del campanario gótico está furiosa porque su función es apuñalar el cielo, reprocharle su vacío”. Hoy una de esas flechas se ha derrumbado en París. Verla venirse abajo, en una de las escenas más dramáticas y tristes jamás imaginadas, ha sido ver colapsar por un momento el alma entera de Occidente y quedarnos todos sus hijos expuestos, sin aviso, a una inmensidad aterradoramente abierta, sin una mediación que durante mucho tiempo nos había ayudado –nos diéramos o no cuenta de ello– a comerciar con lo invisible sin que lo invisible nos destruyera con su rayo. ¿No es para eso para lo que, entre otras cosas, existe el arte, para que podamos transar con una realidad que, descarnada hasta lo insoportable, nos liquidaría? En ese sentido Notre-Dame era –y estoy seguro de que lo seguirá siendo en lo sucesivo, pese a todo– un lugar excepcional de caluroso resguardo. Bastaba entrar allí para sentir de inmediato, con esa gratuidad que a veces avergüenza al que la recibe, que algo se ajustaba en el cuerpo y lo ennoblecía. Te descubrías acogido, de milagro, en un regazo inmemorial. Era la Virgen, claro, Nuestra Señora, pero también era la Belleza, esa dama entre las damas por la que hace ya tanto se lanzaron, como nos cuentan los clásicos, mil barcos al mar. Una dama, en este caso, llegada a tierra, e incomparablemente bien vestida y bienamada. Con los años quedarán las crónicas de este tiempo lejano en que una diosa de París, de Europa y del mundo estuvo a punto de ser reducida a cenizas. No tengo ninguna duda de que para entonces la flecha estará allí de nuevo conjurando el vacío.

Diego Arroyo Gil: “En el libro sobre Osmel yo he hecho el papel del mudo, y ha sido a propósito”

 

@CinziaProcopio

 

EN UN ENSAYO RECOGIDO EN EL LIBRO NUEVO PAÍS DE LAS LETRAS, editado en 2016 por Banesco, la escritora Elisa Lerner afirmaba que Diego Arroyo Gil es un “biógrafo de la herencia cultural” de Venezuela. Lerner lo decía porque Arroyo había publicado, hasta entonces, cinco libros, cada uno de ellos dedicado a un personaje relevante de la vida venezolana: la pintora Luisa “la Nena” Palacios, el profesor y museógrafo Miguel Arroyo, el político Simón Alberto Consalvi, el periodista Nelson Bocaranda y la intransigente Sofía Ímber. Tras la buena acogida de los libros sobre Bocaranda e Ímber, ambos editados por Planeta, Diego Arroyo regresa a las librerías con uno sobre Osmel Sousa, una figura que se distancia tanto de las anteriores que algunos se han preguntado a qué se debe su interés por el llamado “Zar de la belleza”. Aquí lo explica.

Nacido en Caracas el 23 de enero de 1985, un dato que a él le gusta resaltar “porque el 23 de enero es el día de la democracia”, Arroyo Gil se graduó de periodista en la UCV e hizo un posgrado en Edición en la Universidad Complutense de Madrid, en donde, según dice, le enseñaron “lo que Consalvi, mi maestro, ya me había enseñado, tal como Milagros Socorro me advirtió que ocurriría”. Con una expresión un poco indescifrable (a veces parece arisco, o bravo, y otras resulta simpatiquísimo), Diego tiene 33 años, y aunque trabaja desde los 19 como reportero, dice que todavía le cuesta reportear.

 

–¿Por qué?

–Porque mi reportería siempre es muy lenta. Yo admiro mucho a mis colegas que llegan a la reunión de pauta a las 10 de la mañana y a las 11 salen a buscar la noticia porque ya la tienen en la mira. Yo nunca he logrado hacer eso. No tengo ese olfato. Una de mis quejas cuando estudiaba periodismo era que el periodismo se hacía muy rápido. Una profesora me miró alarmada y me dijo: “Pero, bueno, ¡desde luego!”. Yo me tardo un horror, y eso no funciona en el diarismo. Quizá por eso me he dedicado a escribir libros. Con los libros uno siempre puede decir: “No he terminado” y no se cae el mundo. En el periódico, si no has terminado, tienes que terminar o estás despedido.

 

–Pero eso no significa que no tengas olfato. Has publicado un libro sobre Osmel Sousa justo ahora cuando Osmel Sousa renunció a la presidencia del Miss Venezuela. Reaccionaste rápido.

–Es que la idea de escribir el libro sobre Osmel no surgió a propósito de su renuncia al Miss Venezuela. Osmel todavía era el presidente del concurso cuando yo le propuse entrevistarlo para hacer el libro. Su renuncia sucedió medio año después de nuestra primera sesión de trabajo, que duró un mes y pico. Renunció y volví a llamarlo, y hubo una segunda sesión, de un mes. Y luego hubo una tercera, que consistió en que yo lo citaba para aclarar dudas, para hacerle consultas puntuales, esas cosas.

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–Ahora, esta biografía…

–No, no. El libro sobre Osmel no es una biografía.

 

–¿Y cómo lo definirías?

–Yo diría que es una larga entrevista, solo que es una entrevista que está presentada de tal manera que no parece una entrevista, porque el entrevistador no habla nunca, no interviene, de modo que no te das cuenta siquiera de que él existe, y si te das cuenta, muy pronto te olvidas de él. El libro es una entrevista, no una biografía. Para escribir una biografía de Osmel hubiera tenido que proceder de una manera muy distinta. Para empezar, no hubiera escrito el libro en primera persona sino en tercera persona. Y hubiera sido un libro con más voces, no solo con la voz de Osmel. Pero desde el principio yo quise que el libro fuese solo él, porque él nunca había estado dispuesto a hablar así y me pareció que tenía que aprovechar el momento para escucharlo. No creas que no tuve dudas. El personaje es tremendamente polémico.

 

–El otro día lo comentaste en la radio, con Shirley Varnagy. Y dijiste que las dudas se debían a que Osmel te resultaba “ajeno”. ¿Ajeno en qué sentido?

–Es un personaje muy singular, ¿no? Con un mundo muy distinto al mío. No te olvides de que yo me he dedicado al periodismo literario. El Miss Venezuela era un fenómeno que me llamaba la atención, como a muchos venezolanos, pero hasta ahí.

 

–¿Y luego de esta experiencia crees que has cambiado? ¿Hay personajes sobre los cuales te atreverías a escribir que antes no hubieras considerado?

–A mí ahorita me gustaría escribir sobre Bibiana Fernández, la actriz española, sobre Chavela Vargas, sobre Celia Cruz, sobre Carolina Herrera, sobre Diana Vreeland. Pero esos son personajes que me interesan desde hace mucho tiempo, no es de ahora. Y son sueños, claro. Fantasías.

 

–Y puras mujeres.

–Es verdad. No me había dado cuenta. Son puras mujeres. Debe ser que yo cada vez me siento más a gusto con las mujeres. Siempre ha sido así, pero con el tiempo más. Yo nací y crecí en medio de un mujerero muy bien poblado, y luego me he rodeado de otras mujeres maravillosas: María Fernanda Palacios, Elisa Lerner, Sofía Ímber. Creo que hay algo en mí que sintoniza mejor con la manera como ellas viven el drama humano que con la manera como lo viven los hombres. Ciertos hombres. Porque fíjate que si me preguntas sobre qué hombres me gustaría escribir, te respondería que me gustaría escribir sobre Saint Laurent, sobre Diaghilev, sobre Bola de Nieve, hombres con una feminidad muy a flor de piel. Otra opción sería algún actor porno tipo Rocco Siffredi, del que por cierto hay un documental extraordinario en Netflix. A lo mejor lo que me interesa, finalmente, es que haya una pasión a la vista, se trate de un hombre o de una mujer. Eso es.

 

–Pero has escrito, hasta ahora, seis libros, y cuatro de ellos son sobre hombres: Miguel Arroyo, Consalvi, Bocaranda y ahora Osmel.

–Bueno, cuatro grandes pasiones: Miguel, la pasión por el arte. Consalvi, la pasión por la política. Nelson, la pasión por el periodismo. Osmel, la pasión por la belleza física.

 

–¿La experiencia con Osmel hizo que cambiara tu percepción de la belleza física? Osmel ha dicho en muchas oportunidades que la belleza interior no existe, y tú, que vienes de la literatura, pensarás que eso es un disparate.

–Sobre esa frase hablamos bastante él y yo. A mí no me gusta, pero entiendo la boutade. Él dice: “La belleza interior no existe, ese es un cuento que inventaron los feos. ¿Cómo van a ser bellas las tripas?”. Yo le rebatí, no lo de las tripas, que efectivamente son muy feas, pero le dije que una persona dulce, por ejemplo, es una bella persona, en el sentido de que es bella interiormente. Él me contestó: “¡Pero eso no es ser bello, eso es ser dulce!”. El asunto es que para Osmel la belleza es lo que se ve, lo que puede percibirse con la vista, no con la inteligencia. Osmel es un cultor absoluto de la belleza física, de la belleza superficial, pero cuando digo superficial me refiero a lo que la palabra significa literalmente, la belleza de la superficie. En ese caso “superficial” no es “irrelevante”. Podría llevarlo más lejos y recordar la frase de Wilde: “Solo la gente frívola no juzga por las apariencias”, o algo así. Me parece que es el mismo principio, aunque se trata de dos personas, Osmel y Wilde, muy, muy distintas. Lo aclaro para que no salgan algunos intelectuales amigos míos a decir que tengo la osadía de comparar a Wilde con Osmel, tú sabes, que están de a toque.

 

–¿Te han juzgado algunos amigos tuyos intelectuales?

–¿Por lo de Osmel?  Un poquito. Pero me lo esperaba. Sabía que iba a ser así. Al principio me dio temor, pero después se me quitó, creo.

 

–¿Cuál es la crítica?

–Que les parece un error, o un horror, que haya decidido escribir sobre un personaje de la farándula, porque para ellos la farándula es una cosa de segunda mano, ahí no hay nada que buscar. Un amigo escritor preguntó en una reunión en la que yo no estaba: “¿Por qué Diego está escribiendo sobre ese tipo? ¿Qué importancia tiene?”. Luego nos encontramos, y me dijo: “Me vas a disculpar, pero Osmel no me cae bien”. Yo quise saber por qué se disculpaba. ¿Cuál era el problema con que Osmel no le cayera bien? El comentario revelaba que mi amigo tenía una idea equivocada de lo que es un periodista. El hecho de que yo entreviste y escriba sobre Osmel Sousa no significa, en primer lugar, que yo sea Osmel Sousa. El problema de la identificación. Segundo, tampoco significa que yo sea un seguidor o un defensor de Osmel Sousa. Mi amigo se disculpaba porque no entendía que al periodista, tanto como al intelectual, le interesa el fenómeno humano, y que el fenómeno humano está en todas partes, entre ellas, en el espectáculo.

 

¿Te molesta esa confusión?

–No debería molestarme tanto. Tú misma has recordado que yo tuve dudas de si escribir o no sobre Osmel. Y esas dudas eran parte del mismo prejuicio. Cuando me comentaron la idea de entrevistar a Osmel para un libro, al principio yo me negué. Tenía en la cabeza que cualquier persona de la llamada “telerrealidad”, que es una palabra ciertamente repelente, no era digna de atención. ¿Por qué iba a importarme la vida de un hombre dedicado a hacer reinas de belleza? Un hombre, además, con fama de antipaticón, que está rodeado de una chismografía espantosa. Sofía estaba viva, mi libro sobre ella ya había salido, y me escuchó decir todo eso. Y me paró en seco: “¡No seas pendejo!”, me dijo. “No hay personajes menores sino periodistas menores”. Yo me quedé patidifuso, y me dio vergüenza. Una mujer que había entrevistado a media humanidad, y a quien yo quería y quiero tanto, me estaba dando una grandísima lección, una lección que nunca olvidaré. Me estaba diciendo: Mira, carajito, ¿quién te crees tú, que con esa pedantería rechazas un trabajo que no tienes ni la menor idea de qué aprendizaje puede darte? Sofía era feroz, y esa noche me fui de su casa con el rabo entre las piernas. Hablé con mi editora de Planeta, Mariana Marczuk, y le dije que iba a entrevistar a Osmel.

 

¿Cuál crees tú que hubiera sido la reacción de Consalvi al enterarse de que ibas a escribir sobre Osmel?

–Posiblemente hubiera dicho: “¡Coño!”, y se hubiera echado a reír, y luego se hubiese preocupado en saber a qué se debía mi interés. Consalvi era un hombre muy libre, amaba la libertad, y estoy seguro de que al final me hubiera apoyado, como me han apoyado María Fernanda [Palacios] y otra persona que es muy importante para mí, el profesor Jaime López-Sanz. No creo que Consalvi hubiese estado encantado, pero te aseguro que hubiera disfrutado mucho el proceso, porque Consalvi era un hombre al que nada humano le era ajeno, como dice el proverbio. A él le gustaba mucho esa frase. Consalvi era un ser maravilloso.

 

¿Cuál es la mayor enseñanza que te dejó Consalvi?

–Uy… Cultivar el amor propio, que quiere decir esforzarse por vivir con franqueza. Respetar y amar la vida, y no ser mezquino con la felicidad, celebrarla cuando aparece, no dudar de la felicidad.

 

¿Por qué el título de tu libro es Osmel, un hombre desconocido?

–Porque eso es lo que él es, aunque no parezca. Osmel es archifamoso, está claro, pero desconocido. Todos sabemos quién es, pero muy poca gente sabría responder de dónde salió, cuál es su historia. Hoy tú mencionas a Osmel Sousa en la calle y la gente te dice: “¡Claro, el del Miss Venezuela!”, pero más allá de eso nadie sabe nada, a pesar de que es una persona que creó un fenómeno social digno de estudio, el de las reinas venezolanas. Yo escribí el libro con la intención de conocerlo más a fondo. Quise acercarme para tratar de comprender cómo funciona esa cabeza.

 

¿Y cómo funciona esa cabeza?

–Para eso hay que leer el libro.

 

–Con lo de “reinas venezolanas” te refieres a las misses.

–Sí y no. Porque eso de “las misses”, dicho así, es muy genérico. Más que un preparador de misses, Osmel es un queenmaker. Piensa tú, qué sé yo, en Maite Delgado, por ejemplo. Sería erróneo decir que Osmel hizo a Maite. No, no, Maite se hizo a sí misma. Maite es Maite. Pero Maite pasa por Osmel, de alguna manera. O por el Miss Venezuela, pero es que el Miss Venezuela, para uno, es Osmel. Y Joaquín Riviera, desde luego. ¿Y quién es Maite hoy en día? Una reina. Maite sale a la calle y la gente se queda boba con solo mirarla. Yo no me había dado cuenta de eso hasta ahora, y me parece muy interesante porque además es algo muy natural. Nosotros no tenemos una realeza de sangre azul, faltaba más, pero tenemos a nuestras reinas, y son ellas: Maite, Irene, Viviana, Alicia, en fin, ¿cuántas son? Hay gente que dirá que eso es una pendejada, o una mariconería, pero me pregunto si nos hemos parado un momento a pensar en lo que significa la presencia de esas mujeres entre nosotros. Hace algunos años, cuando yo era chiquito, estaba en Maiquetía esperando que mi mamá llegara de un viaje y mi padrastro y yo nos encontramos con Viviana Gibelli en una tienda. Nos quedamos allí para verla, y nos fuimos, y al rato Carlos, mi padrastro, me dijo que regresáramos para verla una vez más. Porque impresionaba mucho. Tenía un aura que atraía. Algunas feministas de ahora dirán que éramos unos fetichistas y que estábamos “cosificando” a una mujer, etcétera, pero no importa.

 

¿No te gustan las feministas de ahora?

–Ya me vas a meter en un lío –se ríe–. No es que no me gusten “las feministas de ahora”. Eso sería injusto. El movimiento “Me Too” tiene una justificación. Hay desigualdades muy bravas. Lo que rechazo es el fanatismo, el hecho de que alguna gente, entre la que hay mujeres y hombres, se valga de la lucha por reivindicaciones sociales muy serias, necesarias y legítimas para emprender una suerte de venganza contra el mundo. Entonces ven ultrajes por todas partes y viven llamando a capítulo. A mí me recuerdan un poco a Savonarola, aquel monje loco que durante el Renacimiento llamó a insurreccionarse en contra de Venus y organizó “la hoguera de las vanidades”. Todo lo bello, a la candela. Desde cuadros con motivos mitológicos hasta espejos y maquillaje.

 

–¿Maquillaje?

–Sí, maquillaje. Porque el maquillaje era un elemento del demonio, pues el maquillaje “adultera”. Hoy se diría que convierte a la mujer en “objeto” del deseo. No hay que dar muchas vueltas: en casos como ese la cosa es contra la belleza. Edgar Alfonzo-Sierra, un periodista venezolano que vive en Madrid, me contó hace unos días que un amigo suyo vio en la calle a una bebé muy bonita en un cochecito. La llevaba la mamá. La vio y comentó: “¡Ay, pero qué niña tan bella!”, algo que le podría pasar a cualquiera en cualquier parte. Y la mamá, al escucharlo, reaccionó: “¡Pues la belleza no es ningún mérito!”. Eso yo no lo entiendo. Y una actriz española decía hace poco en El País que a ella le molesta que la llamen “guapa” porque siente que la están “adjetivando”. ¿En España, donde llamar a alguien “guapo” o “guapa” es algo tan antiguo y tan hondo que a los primeros a los que llaman así son al Cristo de Triana y a la Macarena? Por favor. Lo que pasa es que uno dice estas cosas y algunos creen que estás defendiendo al monstruo de Harvey Weinstein. Eso es fanatismo puro y duro: no ver ni aceptar matices, y hay algo de eso en un sector del feminismo actual. Ojo, en un sector.

 

¿Estas son cosas que tú hablaste con Osmel?

–¿Con Osmel? No, no, para nada. En todo caso, no en estos términos, no. Con Sofía sí. Sofía hubiera apoyado el movimiento “Me Too”, estoy seguro, lo he pensado, pero lo hubiera apoyado con un tremendo sentido crítico. Y no hubiera durado mucho. A los tres días la hubieran expulsado, porque Sofía no se autocensuraba mucho a la hora de expresar sus opiniones.

 

Pero Sofía es un ícono del feminismo para muchas mujeres.

–Sí, pero una cosa es apoyar una causa que consideramos justa e incluso jugarse el tipo por ella, y otra muy distinta es hacerse un fanático en nombre de esa causa. El problema es el fanatismo. El fanatismo acaba siempre en la guillotina, porque el fanatismo es irreflexivo. Frente a ciertas realidades se puede ser hasta radical, como dijo hace poco el padre [Luis] Ugalde, pero ser fanático son palabras mayores.

 

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Ya que has mencionado varias veces a Sofía, en 2016 publicaste unas memorias suyas, pero escritas por ti, como también has hecho ahora con Osmel. ¿Cómo alguien puede escribir las memorias de otro, y además en primera persona?

–Es extraño, tú tienes razón. Lo es incluso para mí. Yo había comenzado a escribir el libro sobre Sofía como tres o cuatro veces, siempre en tercera persona: era yo hablando sobre ella, pero luego de algunas páginas lo desechaba. Sofía tenía mucha fuerza al hablar y yo no lograba que mi voz transmitiera esa fuerza. Un día me llama Manuel Gerardo Sánchez y me pide una semblanza de Sofía para la revista Clímax. Yo le dije que sí sin saber cómo iba a escribir lo que me pedía, porque yo estaba enredado, pero una mañana me desperté con una frase en la cabeza: “Mi nombre es Sofía Ímber, y tengo 90 años. Hay quienes dicen que son más…”, etcétera, etcétera. Me senté y escribí varias páginas de una vez, como si fuera Sofía, y dije: “¡Esto es!”. Entendí que para mostrar a Sofía debía renunciar a tratar de describirla. Ella debía llevar la voz cantante y yo hacerme el invisible. Seguí por ese camino, la semblanza se publicó e hice el libro.

 

¿Cuánto de ti se coló en lo que pusiste en boca de Sofía y de Osmel?

–De mí se cuela en esos libros mi lectura de sus vidas, pero esa lectura se transmite no de una manera directa sino a través de la organización de la crónica que yo armé con lo que ellos me contaron. Y esa lectura se hacía, poco a poco, con la escritura. Todo es muy informe cuando uno se sienta a escribir. La escritura es un trabajo que te ayuda a darle forma a inquietudes y percepciones que te asaltaron cuando empezaste.

 

¿Hay una violencia en la escritura?

–¿Violencia? ¿Por qué? Yo no lo diría de ese modo, no. Pero tampoco es que tenga mucho que decir. Yo no me considero un escritor lo que se dice un escritor. Prefiero presentarme como periodista, que es como me siento, y con salvedades. Yo lo que soy es un curioso y un obsesionado por la experiencia humana, por los misterios de la vida en nosotros, y esa curiosidad y esa obsesión me empujan a compartir algún hallazgo de interés. ¿Cómo se llama quien se dedica a eso? No sé. Yo soy un reportero de personas, digamos así, pero a diferencia del reportero que es un tigre, yo me quedo delante de todo como un búho. Así me decía Michaelle Ascencio, otra de mis amigas. Que yo investigo por observación, no por movimiento, y por eso sé que soy un pésimo reportero de calle, lo que me avergüenza un poco ante mis colegas. Cada vez que he salido a reportear, en vez de meterme en todas partes y de hablar con la mayor cantidad de gente posible, me quedo en un rincón viéndolo todo sin hacer más nada. Quizá por eso se me ha dado lo de escribir perfiles. Porque yo me siento con una persona y la escucho hablar, y la veo expresarse sin decir mucho, y de pronto la persona se olvida de que yo estoy allí y se revela, y entonces me la “robo”, entre comillas. Pero sin violencia, para responder a tu pregunta. Me gusta la intimidad, pero para acceder a la intimidad de alguien hay que hacer que el periodista en uno se esconda un poco. La intimidad exige que el micrófono desaparezca, aunque siga estando allí, porque uno igual registra todo lo que puede.

 

¿Tu proceso con Sofía fue igual a tu proceso con Osmel?

–Sí en cuanto a mi actitud mientras conversaba con ellos. Todo eso que te he contado sobre la relación entre el periodista y la vida ajena que ese periodista trata de esclarecer. Pero Sofía y Osmel son dos personas distintísimas. Aunque desde un punto de vista profesional haya coincidencias entre un trabajo y el otro, el trato personal con cada uno de ellos fue único. Yo me llevo bien con Osmel, nos respetamos, él ha sido una persona muy amable conmigo. Durante nuestras entrevistas hubo momentos duros, momentos en que yo lo puse entre la espada y la pared, como es natural. Tanto que un día me dijo que yo parecía un policía. Pero ni siquiera en esos momentos llegamos a estar cerca de que se interrumpiera la conversación. Osmel está bien curtido y sabe manejarse cuando alguien lo enfrenta. Pudo no haber sido así. Pudimos habernos peleado, habernos caído a gritos, esas cosas que alguna gente confunde con el buen periodismo, pero si hubiéramos caído en eso no habría habido ni entrevistas ni testimonio ni libro ni nada, y la idea era precisamente dejar que Osmel hablara, él que no habla casi nunca. Al menos no extensamente. Con Sofía sí peleé, fíjate tú. O más bien fue ella la que peleó conmigo.

 

¿Y por qué?

–Porque un día se molestó porque pasé cuatro horas en su casa revisando papeles mientras ella estaba allí, sentada. No interactuamos mucho, y cuando me levanté para irme me dijo que yo era un “canalla”, porque mi único objetivo era aprovecharme de su vida para tener “éxito”. Era lunes de Carnaval, y le respondí que yo estaba ahí a pesar de que podía estar en la playa. Fue peor. Me dijo que, además de canalla, era un “cínico”, que no me bastaba con haberme ido de vacaciones en diciembre, además pretendía irme a la playa en Carnavales. A mí me dio un ataque de risa, pero me di cuenta de que ella estaba brava de verdad. Agarré mis cosas y me retiré, y a los cinco segundos me gritó: “¡Dieguito, ¿a qué hora vienes mañana?!”. Al día siguiente le reclamé, y me contestó: “Si no te quisiera, no te hubiera dicho todo eso”, y me ofreció un whisky. Eso te dice que mi relación con Sofía no fue igual a mi relación con Osmel. Sofía y yo tuvimos una amistad muy cercana. Con Osmel yo no he tenido esa relación.

 

¿Sofía u Osmel te pidieron que censuraras algo en sus libros?

–Sí, ambos.

 

¿Qué cosas?

–Sofía, la historia de un amor eventual y sin mayores consecuencias. Daba igual. Y Osmel, su año de nacimiento. También da igual. Cuando uno permite que un periodista lo entreviste sabe a lo que se expone, y ellos lo sabían, porque además yo no soy una persona muy expresiva, a veces a mi pesar. Sofía, con toda la cercanía que hubo entre nosotros, siempre dijo que yo era un hielo. Pero eso fue algo que yo hice adrede, porque si no, no hubiera podido escribir. Cuando murió, lloré mucho, y el hielo se derritió. Sofía se convirtió en una persona muy querida para mí. Sofía tenía la capacidad para instalarse en el centro de tu vida, no sé cómo, pero lo hacía. Y conmigo lo hizo, y fue un placer. Boris [Izaguirre] me dijo que a él le había pasado lo mismo, y me preguntó si era verdad que yo había logrado acceder a su vestier. Una de las mejores cosas que me dejó Sofía fue la amistad con sus hijas y con Boris. Son parte de mi familia elegida, como diría Isaac Chocrón.

 

¿Sobre qué estabas entrevistando a Osmel que te dijo que parecías un policía?

–Sobre su renuncia al Miss Venezuela y las acusaciones de proxenetismo.

 

Me pregunto cómo manejaste esos temas, que son tan graves.

–Hice lo que hubiera hecho cualquier periodista, ahí no había para dónde coger: puse los temas sobre la mesa y pregunté. Yo no suelo llegar a las entrevistas con actitud de inquisidor, no es mi estilo, pero pregunto de todo. Se puede preguntar de todo si uno sabe cómo y cuándo preguntar. Eso se te lo va dando el tiempo. A mí me lo enseñó Edgar Alfonzo-Sierra, en El Nacional. Edgar es siempre mi primer lector. Todo lo que publico pasa primero por él.

 

¿Tú crees que Osmel te dijo toda la verdad?

–Él mismo lo dice al final del libro: “No se puede decir toda la verdad”, una frase que deja la puerta abierta a muchas historias que vendrán a partir de ahora. Eso sí: Osmel respondió a todas mis preguntas. Y eso siempre lo agradece un periodista.

 

¿El libro es una defensa de Osmel Sousa?

–No. Osmel presenta su testimonio, eso es todo. De hecho, en el prólogo yo digo que no tengo ningún inconveniente con que el libro se lea como un informe. En el libro sobre Osmel yo he hecho el papel del mudo, y ha sido a propósito.

 

¿Por qué crees que Osmel aceptó hablar contigo?

–Esa es una buena pregunta. Osmel me conoció el día que yo le propuse entrevistarlo. Él no sabía quién era ni a qué me dedicaba. A lo mejor el hecho de que hubiera escrito sobre Nelson y sobre Sofía, que fue lo primero que le dije cuando nos presentaron, lo convenció, no sé. O quizá yo aparecí en un momento en que él quería hablar, por su edad o quién sabe. Nunca le he preguntado por qué aceptó mis entrevistas. Se lo voy a preguntar, pero seguro va a salir con algo gracioso.

 

¿Sobre quién vas a escribir ahora?

–Estoy escribiendo sobre Margot Benacerraf, la mujer que hizo Araya [la película]. La he entrevistado mucho, durante casi dos años, y espero terminar de escribir a tiempo. Margot tiene 92 años. Es la dama blanca.

 

¿Eso qué significa?

–Estoy escribiendo para ver si lo descubro.

 

–¿Pero de dónde sale lo de “la dama blanca”?

–De las montañas de sal que vemos en Araya, y de lo difícil que es una mujer que se reserva en exceso. No la estoy criticando, ella es así, y eso me resulta fascinante.

 

¿Será un libro también en primera persona?

–No. Es un libro de pregunta y respuesta, así lo he planteado. La primera persona no es el joker de la baraja. No es una fórmula. Es solo una posibilidad de la escritura, y con Margot la primera persona necesita de un interlocutor visible.

 

¿Y para cuándo Bibiana Fernández, o Celia, o Carolina Herrera, o Rocco Siffredi?

–A lo mejor jamás y nunca. No te apures. Morante de la Puebla, el torero, dijo una vez que en la vida siempre es mejor hacer las cosas lentamente. No todas, desde luego. A veces hace falta que caiga un rayo.

Exclusivo: Extractos del libro
¿Quién es Osmel Sousa? El enigmático “zar de la belleza” publica su primera biografía junto con el periodista Diego Arroyo Gil , autor de los libros de Nelson Bocaranda y Sofía Ímber. Aquí varios fragmentos de edición de Planeta

 

YO NACÍ EN CUBA, EN EL PUEBLO DE RODAS, PROVINCIA DE CIENFUEGOS, no voy a decir en qué año, el que quiera saber que vaya y lo averigüe. Toda la vida me he sentido joven y a estas alturas no pienso estropearlo. Soy, eso sí, del 26 de septiembre, signo Libra, que no sé qué significa. Mi nombre es Osmel Sousa, pero también soy conocido entre la gente como el Zar de la Belleza y el Hacedor de Reinas. Desde que me inicié en el mundo de las misses, a mediados de los años sesenta, hasta el día en que abandoné la presidencia del Miss Venezuela, llevé a siete mujeres hasta la corona del Miss Universo, a cinco a la corona del Miss Mundo y a siete a la corona del Miss International. Un récord para el Libro Guinness. Las recuerdo muy bien a todas. Viví grandes momentos junto a cada una de ellas, y sin embargo hoy muy pocas de ellas me llaman en mi cumpleaños, en Navidad y el día de Año Nuevo. Cuando se encuentran conmigo, me saludan con cariño. Yo sé que me quieren, y yo a ellas, pero no somos amigos íntimos y, la verdad, eso no me quita el sueño. Me basta con haberlas visto conquistar el triunfo. Me basta con haber presenciado, desde la primera fila, cómo la perfección que habíamos alcanzado juntos, ellas y yo, era premiada con la corona, pues de esa manera la corona también se hacía mía. El poder de la belleza tiene pocos sustitutos y yo he consagrado mi vida a conseguirlo.

 

***

 

El rostro de mujer más bello que yo he visto nunca es el de María Félix, María Bonita. Así sería de poderoso que yo ya lo dibujaba, de niño, antes de que se me pusiera por primera vez delante de los ojos. Yo no había tenido todavía el placer de saber que María Félix existía en la vida real y sin embargo su rostro era una realidad de mi imaginación. Fue cuando estaba en el colegio y no servía para nada. Ni para Castellano ni para Historia y mucho menos para Matemáticas. Yo no servía para nada sino para dibujar, y dibujaba el rostro de María Félix. Cuando la conocí en persona, en los años setenta, durante un viaje que hizo a Caracas, el encuentro me sirvió para confirmar que esa era la mujer que me había obsesionado cuando yo era un pésimo estudiante y me pasaba todas las horas de clase haciendo bocetos de sus rasgos maravillosos. La fascinación que ella me ha causado me ha hecho decir incluso que, si la reencarnación existe, a mí me encantaría reencarnar en María Félix.

Lo de que yo era un incapaz para los estudios no es una exageración. Yo era brutísimo, o por lo menos así pensábamos todos. Luego supe, muchos años más tarde, adulto e independizado, que padezco déficit de atención en el mayor grado posible, tanto que cuando se revelaron los resultados del examen que determinó esa condición, la doctora que me atendía me dijo, asombrada: «Yo no sé cómo usted se acuerda de su propio nombre…». Un diagnóstico así de especializado era imposible en Rodas en mi época. Allá sencillamente yo era medio burro, cuando menos un torpe, un muchacho al que nadie sabía qué le pasaba por la cabeza. Mis padres me pusieron profesores particulares para ver si mejoraba, pero fue inútil. Llegué a sexto grado por puro milagro, y para pasar al bachillerato hubo que convencer al director del colegio de que me hiciera el favor.

 

***

 

Las mujeres son mucho más interesantes que los hombres, de eso no cabe duda. Como ser, la mujer es divina, y como cuerpo, mucho más armoniosa. Mencioné a María Félix, que es como la cumbre, pero yo me pongo a pensar, por ejemplo, en Lupita Ferrer, la gran actriz venezolana y también diva de América Latina, y me parece evidente que es un personaje de un magnetismo que yo, por ejemplo, no tengo. Así sería que Lupita tenía una abuela, terrible, que cuando salía a la calle con ella se llevaba un bate de béisbol por si algún hombre se acercaba y trataba de propasarse con su nieta. Cuando yo la conocí, a Lupita, en Maracaibo, me di cuenta de que tenía esa cosa de que despertaba pasiones y, desde luego, de que las vivía ella misma con gran intensidad.

Lupita fue una de mis primeras amigas en Venezuela. La conocí gracias a Waldo, de cuyo grupo de teatro ella formaba parte. Aquella obra del Club Creole fue protagonizada por Lupita. Me acuerdo de que estaba basada en Gigi, una novela de Colette, la escritora francesa. Años antes se había hecho, en Hollywood, con mucho éxito, una película con la misma historia, y estos amigos míos la llevaron al teatro. La destreza que Waldo demostraba en todo lo que hacía era increíble. Era capaz de una cosa como esa, tan difícil: montar una obra, y a la vez ser decorador y dibujante profesional. Lo mejor que a mí me pudo pasar cuando vivía en Corito fue caer en su entorno, porque eso me permitía estar cerca de personas interesantes, gente del teatro y de la cultura en general. Los amigos de Waldo eran escritores, pintores, músicos, y así.

 

 

***

 

A finales de los años sesenta yo incluso fui modelo. Como era delgadito, toda la ropa me quedaba bien y me veía impecable. La gente me echaba muchos menos años de los que en verdad tenía. Álvaro Clement era el nombre de uno de los sastres principales de Caracas. Tenía una boutique en la urbanización Chacaíto, y allí mismo presentaba sus colecciones una o dos veces al año. Chacaíto estaba en boga porque recién habían inaugurado en esa zona el primer centro comercial de la ciudad, un lugar adonde ibas y te sentías en la civilización. Ahí conseguías lo que querías. Había ropa y zapatos de todas las grandes marcas del mundo. Yo me dediqué al modelaje en pleno auge de Chacaíto. Una época inolvidable. Recuerdo que un día Clement, a quien conocí en mis andanzas de dibujante publicitario que no se perdía una sola fiesta, me hizo salir a la pasarela acompañado de una niña muy bella y divertida, Margarita Zingg, que luego se hizo diseñadora y trabajó conmigo en el Miss Venezuela. Desde que yo la conocí ya Margarita llamaba la atención por su elegancia y su buen gusto. Atraía a los fotógrafos sociales como una estrella. Estaba siempre perfecta y era simpatiquísima. ¡Todavía!

 

***

 

Hoy hay gente que me critica porque yo tengo amistades en el Gobierno venezolano. Pues esas amistades no son nada nuevo y además no perjudican a nadie. Trabajar para el concurso de belleza más importante del país me puso en contacto, desde el principio, con todo tipo de personas, muchas de ellas con poder, desde actrices y animadores de televisión, hasta ministros, magistrados y presidentes de la República.

Mi primera incursión en las esferas de la política ocurrió gracias a «Polvo de estrellas», aquella columna mía de la revista Páginas. Muñeca de Morales Bello, la esposa de un dirigente muy influyente del partido Acción Democrática, era una mujer que se vestía bastante bien, siempre estaba arregladita, y se me ocurrió dibujarla y hablar bien de ella en mi columna. En la página opuesta, sin ofensas, pero con cierto atrevimiento, dibujé a Blanca de Pérez, la esposa de Carlos Andrés, y comenté que estaba gordita y que debía cuidar un poco más su aspecto. Es decir, Muñeca era la bella y Blanca era la fea.

Al cabo de unos días estoy en mi oficina, en Últimas Noticias, y me avisan que hay una señora de Acción Democrática que quiere que la reciba. «Ya está. Les cayó mal la columna a las adecas», me dije yo. Cuando veo, aparece en la puerta la propia Muñeca de Morales Bello, simpatiquísima. «¡Esas páginas te quedaron perfectas!», comentó. «Tanto que vengo a pedirte que asesores a Blanca para la campaña electoral». Muñeca se refería a la campaña de Carlos Andrés, el candidato de Acción Democrática para la presidencia. Agregó: «Blanca va a ser la Primera Dama y debe verse perfecta». La propuesta era tan inesperada que la acepté, a lo que Muñeca se detuvo para hacer hincapié en que nadie podía enterarse de aquello. Blanca me exigía discreción total.

“Venezuela volverá a ser un país digno de Sofía Ímber”

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Maria Alesia Sosa C.

@MariaAlesiaSosa

Después de tres años, cientos de encuentros y 200 horas de conversaciones guardadas en un grabador, Diego Arroyo Gil, el biógrafo de Sofía Ímber, llegó a la casa de ella con el manuscrito prácticamente listo.

“Eran 170 páginas, y ella me pidió que se las leyera. Al terminar de leer, me dijo: ‘Yo estoy horrorizada’. Solté unas risas, porque ya la conocía demasiado, y le pregunté por qué. ‘Porque esa soy yo”.

Así lo relató el autor en la presentación en Miami de aquel resultado final de las 170 páginas que se convirtieron en La Señora Ímber: Genio y Figura, publicado por Editorial Planeta.

El Centro Koubek del Miami Dade College en La Pequeña Habana, sirvió de espacio para un acto íntimo y emotivo, en donde homenajearon a promotora de arte más importante de la historia de Venezuela, a propósito de la presentación de su biografía. La obra es la bitácora de una vida dedicada a dos pasiones: el periodismo y el mundo de las artes.

El periodista y escritor Carlos Alberto Montaner dirigió un panel en el que participaron Arroyo Gil, Rina Carvajal, quien trabajó en el Museo de Arte Contemporáneo (MACSI) y el periodista Alejandro Marcano.

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Montaner consideró que el autor acertó en escribir el libro en primera persona, y que la obra refleja a la perfección la personalidad e impacto de Sofía Ímber en su país, así como para otras latitudes. Reveló que siempre la había admirado, pero se sorprendió luego de leer su biografía: “Yo creía que la conocía bien y la admiraba mucho, pero ahora la conozco mejor y la admiro más todavía”.

El periodista cubano apuntó que la historia de Ímber demuestra que Venezuela era un país con una movilidad social admirable. “Era una tierra donde podía llegar una rusita a los 6 años, sin un centavo y que ni siquiera hablaba el español, y podía convertirse en una de las figuras clave de la intelectualidad venezolana, y una persona central en el debate de ideas políticas”.

El panel destacó también la enorme influencia que tuvieron los dos esposos de Sofía Ímber: Guillermo Meneses, quien la introdujo en los círculos diplomáticos, y Carlos Rangel, con quien compartió la pasión por la política y el periodismo.

Precisamente una de las grandes revelaciones del libro es la publicación de la carta que le dejó Rangel a su esposa, antes de suicidarse.

Boris Izaguirre escribió el prólogo de la obra, y por su cercanía con Ímber confesó que él siempre pensó que sería él, el encargado de hacer la biografía de la icónica venezolana. “Pero yo escribo ficción, la vida de esta mujer es mucho más interesante y maravillosa que la de los personajes de mis novelas”, dijo al público.

El escritor venezolano dijo que la agasajada “siempre ha apostado con amor y desapego por un país que no le ha respondido igual”. Sin embargo, dio un mensaje alentador: “Sofía representa una Venezuela que va a existir. Algún día seremos ese país digno de Sofía Imber”.

Montaner calificó el prólogo de “muy inteligente y muy bien pensado”. Además, Arroyo Gil contó que recibir el prólogo y las observaciones de Izaguirre fue muy útil y determinante. “Se fijó en detalles e hizo precisiones que pueden hacer que un libro sea excelente o sea un desastre”, declaró el autor.

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Premio a una ciudadana mundial

Además, en la ceremonia, el Instituto Interamericano de la Democracia aprovechó la ocasión para otorgarle a Ímber, el Premio a la Ciudadanía Mundial, distinción que recibió de manos de Carlos Alberto Montaner, presidente del instituto y Beatrice Rangel, su directora.

“Es una mujer excepcional, no solo en Venezuela sino en toda América Latina. Merece este reconocimiento, y merece cien reconocimientos más”, dijo Montaner, quien además, le manifestó su amor y admiración.

Por su parte, Rangel dijo que este homenaje pretende resaltar la generosidad que tuvo Ímber con las mujeres de una generación al apoyarlas en el sueño de ser profesionales excelentes. “Otra virtud que este premio quiere destacar es su tolerancia: La casa de Sofía siempre estuvo abierta para personas de distintos pensamientos e ideas, y eso la acercaba más a la realidad venezolana. Ojalá que, algún día, Venezuela recupere la sindéresis de Sofía, para que pueda restituir su democracia”.

Al momento de cerrar su ponencia, Diego Arroyo Gil, dijo que mantener el legado de Ímber es un guía para la reconstrucción de Venezuela: “En medio del oscurantismo que vive nuestro país , Sofía y su historia, son una luz, si somos capaces como venezolanos de mantener esa llama ardiendo, habremos hecho el trabajo, y podremos estar satisfechos”.

El cierre del evento fue un espectacular recital de la cantautora venezolana, Soledad Bravo, también amiga de Ímber, desde hace más de 50 años. Bravo le dedicó a su amiga todas las canciones que interpretó: Palabras de Amor, Ojos Malignos, Pajarillo Verde y Alfonsina y El Mar.

Fotos: María Alesia Sosa

Sofía Ímber:

Sofíaímber

 

Esta vez a Nelson en #ElShowDeBocaranda lo acompañaron la periodista, promotora del arte venezolano y fundadora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, Sofía Ímber, y el periodista y escritor de su nuevo libro “La Señora Ímber: Genio y Figura”, Diego Arroyo Gil.

Comenzaron la entrevista conversando sobre la vida de Ímber, sobre los gratos momentos que han compartido ella y Bocaranda, en donde en medio de risas dijeron: “nos han botado de muchas partes”; posteriormente, la periodista explicó que eso pasó por “no doblegarme”. Luego conversaron, con la ayuda de Diego, de todos sus años viviendo en París, sus amigos artistas allá y aquí, de todos sus programas hechos junto a su compañero Carlos Rangel. Hablaron de sus vivencias y de su “intransigencia” , dónde ella agregó “no ser intransigente, sino exigente” y Arroyo también expuso que ella no sólo es exigente con los demás sino, con ella también.

 

 

Procedieron a platicar sobre su trabajo en el MAC de Caracas, todas su experiencias y exigencias en el mismo y comentó que “las instituciones en Venezuela sólo dejan sino deudas, yo dejé dinero en el Museo”. Para finalizar, Nelson le pide un mensaje para Venezuela en el que su silencio se hizo presente en la sala y Diego agrega que ella siempre dice que “yo no soy pesimista, yo soy venezolana”.

Como es de costumbre, Bocaranda finalizó el programa con su clásica ronda de “Runrunes” y chistes con la musicalización de Los Hermanos Naturales. Si quieres ver este episodio y mucho más de nuestra programación, suscríbete a VIVOplay.net y búscalo #onDemand por: http://goo.gl/VIWOxm

Circuito Éxitos Dic 02, 2015 | Actualizado hace 4 años
53 años de periodismo en un libro

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Cortesía Circuito Éxitos

Los periodistas Nelson Bocaranda y Diego Arroyo Gil hablaron con Shirley Varnagy del libro El poder de los secretos.

La editorial Planeta de Libros es la encargada de darle forma a esta obra del profesional, que recopila las anécdotas de Bocaranda a lo largo de sus 50 años de carrera periodística.

Arroyo Gil hizo la compilación de esas historias mediante entrevistas sobre la historia contemporánea de Venezuela.

Escuche la entrevista completa por el Circuito Éxitos.