“Simón” reaviva el debate sobre las protestas y la tortura en Venezuela - Runrun
“Simón” reaviva el debate sobre las protestas y la tortura en Venezuela

A pocos días de su estreno el 1 de marzo en la plataforma de streaming Netflix, la película “Simón”, del director Diego Vicentini, escaló hasta el puesto número uno de las más vistas en Venezuela. También se metió entre las diez más reproducidas en Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, Nicaragua, Panamá, Perú, Uruguay y el 5 de marzo se ubicó entre las diez películas más vistas en todo el mundo en Netflix. 

La cinta, que relata la historia de un activista venezolano que fue detenido y torturado tras liderar un grupo estudiantil que protestaba contra el gobierno y que huyó a Estados Unidos, fue estrenada en 2023, proyectada en las salas de cine del país y hasta recibió una nominación a los Premios Goya. Pero fue su incorporación en Netflix lo que movilizó un amplio debate  en redes sociales y masificó su impacto. 

No en vano el tópico #Simón permaneció entre las tendencias más comentadas en la red social X  en Venezuela durante los primeros cinco días de marzo de 2024, en una especie de ejercicio colectivo de catarsis, reflexión e identificación con los temas que trata, que no son ajenos a la vivencia de miles de venezolanos en la convulsionada y compleja última década de crisis política y económica, en donde las detenciones arbitrarias y denuncias de tortura han originado investigaciones de organismos internacionales, como la Misión de Determinación de Hechos de la Organización de las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional. 

Testimonial abierto sobre la represión y la tortura

En X predominan los comentarios de quienes se vieron tocados de cerca por “Simón”, tanto por ser víctimas directas o indirectas de persecución, detenciones arbitrarias y/o torturas o tratos crueles por motivos políticos o por participar en las masivas protestas tanto del año 2014 como de 2017. 

Benjamín Scharifker, exrector de la Universidad Simón Bolívar y de la Universidad Metropolitana, opinó que la película “expone descarnadamente la barbarie de la tiranía en Venezuela”.

“Miles de jóvenes lo han sufrido en carne propia. Muchos, millones de venezolanos, se han visto obligados a desplazarse fuera del país”, señaló Scharifker en su cuenta de X.

Elisa Trotta, defensora de DDHH y fundadora del Foro Argentino por la Democracia, también coincidió en que la película es un testimonial de  “la tortura, la represión, el terror, la detención arbitraria, los calabozos hechos para martirizar a los presos políticos del chavismo”.

“La película ha provocado lágrimas y conmoción en algunos, destapando realidades ocultas (e ignoradas) por demasiado tiempo. Otros sienten temor al enfrentar el dolor y revisar sus acciones durante esos años críticos. Estas reacciones, humanas, evidencian que como sociedad e individuos, aún nos queda camino por recorrer”, reflexiona Trotta en una publicación de redes sociales.

Juan Pablo Guanipa, dirigente de Primero Justicia, consideró que el régimen venezolano “convirtió en mártires a los miles de ‘Simón’ que salieron a las calles a protestar por la economía, la inseguridad, el hambre y la falta de oportunidades”.

“Simón es una película que nos interpela, nos hace reflexionar sobre la necesidad de hacer memoria histórica y nos ayuda a recordar siempre que los responsables son aquellos que han usado y disparado las armas de la República contra su pueblo, esos que hoy son investigados ante la CPI por crímenes de lesa humanidad”, añadió Guanipa en un mensaje que publicó en X.

Y más allá de las reflexiones, afloraron las historias de quienes vivieron en papel protagónico lo que “Simón” recrea en ficción.  Leonardo Manrique, coordinador de la Coalición por los Derechos Humanos y la Democracia, fue preso político en Venezuela. Lo detuvieron en el estado Táchira en el año 2014, momento político del país al que justamente hace referencia “Simón”. Fue la primera oleada de protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro en el marco de un movimiento denominado “La Salida”.

A propósito del filme, Manrique consideró que todo lo que refleja  el personaje principal  “es verdad”, y expresó que respecto a estos temas “hay heridas abiertas, sentimientos encontrados y miles de personas que quieren olvidar lo que ha pasado en sus vidas”.

“No sé si llamarlo resiliencia o aprendizaje, mi admiración a todos los que hemos vivido algo similar”, escribió Manrique en X.

Una ciudadana que pidió asilo fuera de Venezuela y quien prefirió mantener su identidad bajo resguardo comentó a Runrun.es que no ha sido capaz de ver la cinta. ¿La razón?: “Mi hijo, de alguna forma, fue Simón. No puedo recordar todo lo que pasó sin llorar”.

“A él lo detuvieron en una protesta, lo torturó un funcionario con acento cubano disfrazado de guardia nacional y le dispararon perdigones a quemarropa, aún cuando ya lo tenían esposado en el suelo. Fueron días de no saber de él, de angustias. Lo querían responsabilizar por terrorismo. Finalmente, logramos su libertad y tomé la decisión de sacarlo del país”, expresó.

Dylan Canache, quien fue detenido aún siendo menor de edad el 14 de enero de 2018 por el Sebin, también publicó en X memorias de su experiencia como preso político. Su detención se produjo en enero de 2018. Había protestado en 2017, pero meses después su familia denunció que le tendieron una emboscada mediante una “amiga” y lo arrestaron en una estación del Metro de Caracas. Fue excarcelado en junio de 2018.

«Cuando entré a El Helicoide (una de las sedes del Sebin) , luego de la primera sesión de golpes en busca de una confesión (que no obtuvieron), me llevaron al ‘C2’. Ahí me sentaron en un típico escritorio, frente a un comisario que me dice: ‘¿No te acuerdas de mí? ‘Yo soy el diablo, y tú estás en mi infierno”, narró a partir de lo que asegura fue su experiencia.

El comentario lo hizo tras citar en X un extracto de una escena de “Simón” en la que el actor  Franklin Virgüez, quien personifica al “coronel Lugo” – un militar de rango superior que da órdenes en los centros de tortura- incita al protagonista a firmar una orden para llamar a detener las protestas, no sin antes sugerir que un grupo de muchachos “que usan mascaritas de terroristas” son incapaces de lograr  con esas acciones un cambio político en el país.

Según lo relatado por el expreso político Canache su historia, sin duda, tiene muchos paralelismos con lo que se exhibe en “Simón”.

Me dieron un guion donde decía que yo era el líder de una célula terrorista financiada por María Corina, y estaba organizando actos desestabilizadores. Obviamente, no grabé nada diciendo esto, por ende, me golpearon una vez más antes de llevarme a poner las huellas. Me toman mis datos, y entra el tercero al mando del Sebin y me pregunta: ‘Que querías hacer tú, carajito? ¿Tú no sabes que eres un terrorista? ¿Sabes  lo que es un terrorista? Tú eres un terrorista, con tu mascarita, asustando a la gente, causando terror”, recordó. 

Esta escena a la que hizo alusión Canache también despertó la frustración de algunos ciudadanos por las detenciones y las bajas civiles en las protestas y por la impunidad en estos casos.

La usuaria en X @MMvickitoria expresó que este monólogo le afectó sensiblemente porque  “los muertos quedaron en el 2014, los presos siguen presos, y no pasó nada”.

El debate pospuesto de una herida nacional

Rafael Uzcátegui, defensor de los derechos humanos y codirector del Laboratorio de Paz, comentó que una película como “Simón” abona en el proceso de construir memoria colectiva, una reconstrucción que la sociedad hace de su pasado y que solo es posible con la suma de todos los recuerdos individuales que le dan sentido y explicación a un hecho sociopolítico.

Para Uzcátegui, la importancia de una película como “Simón”  es que “rompe un silencio impuesto y nos obliga a recordar que estas consecuencias crudas y horribles de la represión que, insisto, motivaron a la primera investigación en América Latina por parte de la Corte Penal Internacional continúan allí, impunes. esas prácticas continúan siendo ejercidas en el presente por el gobierno y por los organismos policiales y militares y, por supuesto, necesitamos mecanismos para que eso se investigue y se sancione”.

En Venezuela, así como es tarea pendiente la justicia y la reparación de las víctimas, también lo es reconstruir un aprendizaje colectivo sobre los sucesos sociopolíticos que han marcado esta última década. 

“Lamentablemente, esa suma de recuerdos individuales no la hemos hecho en Venezuela con respecto a las protestas del año 2017 En mi opinión, esas manifestaciones han sido las más importantes, tanto por su magnitud como por su duración, después de las ocurridas en el año 1958 (…) Las de 2017 han sido un fenómeno que, en una situación normal, hubiese generado discusiones, libros, debates interminables sobre aquello que generó y significó ese proceso de movilización ciudadana”, argumentó.

Uzcátegui recordó que la represión y la instauración por vía ilegítima de una Asamblea Nacional Constituyente derrotaron esas protestas.  Y a pesar de que han transcurrido siete años, desde entonces,  “no hemos podido procesar como país ni como movimiento democrático esa derrota, no hemos podido hablar sobre lo que pasó para extraer los aprendizajes necesarios que le den sentido al momento en el que estamos ahora”.

La represión, el temor y el miedo entre los ciudadanos ha impedido tener esa conversación abierta. “En 2017 más de 140 personas perdieron la vida, muchas fueron detenidas, hubo casos horribles que motivaron la actuación de organismos internacionales de protección de DDHH por lo que pasó. Hay miedo, temor, y mucha gente ha preferido pretender olvidar aquella circunstancia”, recalcó Uzcátegui. 

Pero también, según destaca el defensor de derechos humanos, el propio liderazgo de partidos opositores intentó pasar la página con respecto a estos hechos. “Y este olvido o amnesia inducida lo que intentaba era no reconocer su propia responsabilidad en lo ocurrido como líderes de aquel movimiento, y además no solo no reconocer su responsabilidad, sino también evitar decir en qué falló la estrategia y por qué camino o por cuál otra nueva estrategia iba a ser sustituida o cambiada. Esa valoración política, que la hubiese hecho cualquier liderazgo responsable en otra parte del mundo, eso en Venezuela no ha ocurrido”, opinó.

Además de lo anterior, el gobierno capitalizó el estado de ánimo de esa derrota colectiva adelantando las elecciones presidenciales de 2018; se instaló en 2019 un gobierno interino que no logró el cambio político que prometió y el poder nuevamente se aprovechó de ese rosario de derrotas para desmoralizar. Luego, la pandemia emergió en el panorama para mantener a la población en confinamiento y se sumó a los factores que contribuyeron con la “amnesia colectiva” sobre la herida abierta de las protestas. 

A juicio del experto, la proyección de una película como “Simón” hace que esa discusión pendiente tenga lugar siete años después y en los términos en los que debía haber ocurrido a finales de 2017: “Con toda la rabia, frustración, con todas las interpretaciones posibles y con el estrés postraumático que la situación generó. Fue algo que nos obligaron a olvidar, y cuando apenas se presenta una oportunidad para el recuerdo, nos genera todas unas situaciones como si lo hubiésemos acabado de vivir, porque no hemos procesado como campo democrático todo aquello que ocurrió, porque no hemos hablado. Se ha convertido en un tabú político no solo para el gobierno, sino también para la oposición”.

El ADN crítico del cine venezolano

Bernardo Rotundo, presidente del Circuito Gran Cine y distribuidor y productor independiente, enfatiza que el cine venezolano, en el transcurso de su historia, ha sido “crítico y disidente”.

“Si revisas las obras cinematográficas de los 70 financiadas por el gobierno, cuestionaban la sociedad, al país, y hacían juicios sobre cómo se llevaban las prácticas democráticas. Es decir que en el ADN constitutivo del cine nacional siempre ha habido un pensamiento crítico y reflexivo. Y pienso que eso no debería cambiar, al contrario, ese sentimiento debería mantenerse y esa forma de narrar y de contar historias no debería perder su esencia o mirada crítica”, opinó. 

Sobre “Simón”, precisa que muestra una visión de los hechos ocurridos en las protestas populares que se registraron en todo el país en 2014 y 2017 y que la elite gobernante llamó “guarimbas”. 

“La represión se concentró fuertemente en los sectores populares y asfixió que se desarrollara cualquier expresión de inconformidad (….) pero en otros sectores de la ciudad hubo movilizaciones que fueron reprimidas. Que hubo excesos y situaciones que se salieron de control, eso sin duda, porque las tensiones eran sumamente altas. Pero hubo alta represión, mucha gente en las calles, y Simón recrea esos parajes, eso ocurrió en el país”, describió.

Rescató que las protestas, más allá de algunos excesos, fueron la expresión de un pueblo “lleno de mucho pesar, inconformidad y descontento por la realidad que le ha tocado vivir”. Se refirió también a la cifra de más de 8.000.000 millones de migrantes -dato que indica, es tomado de las investigaciones del Observatorio Venezolano de la Diáspora, a cargo del sociólogo Tomás Páez– que han abandonado el país  y que también son el símbolo del “desgaste” por la situación. 

“Películas como Simón deberían generar una reflexión crítica de lo que ha estado ocurriendo en el país. Ha sido la película más vista a nivel nacional en las salas de cine y ahora al llegar a Netflix va a multiplicar sus visualizaciones. Esta reflexión de cómo en el país se han aplicado tratos crueles e indignos contra los ciudadanos es una situación que está latente. Recientemente, en el penoso caso del militar venezolano que fue encontrado muerto en Chile, aparentemente hay una publicación donde él escribió situaciones bastante cuestionables acerca de las prácticas inhumanas que se han llevado a cabo en los centros de detención del país y esa expresión la vemos en la película Simón”, mencionó Rotundo.

El caso al que hace referencia es el del exteniente Ronald Ojeda, quien estaba como asilado político en Chile, fue secuestrado dentro de su propia residencia por personas no identificadas y días después apareció muerto y sepultado.

Javier Ojeda, hermano del exteniente, reveló que el exmilitar asesinado en Chile dejó un escrito de 185 páginas en las que contaba sobre las torturas que sufrió cuando la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim) lo detuvo. Javier explicó que Ronald, tras salir de Venezuela huyendo de la prisión, comenzó a escribir sus vivencias y dejar registro de ello.

Chavismo busca contrarrestar el impacto

La ONG Cazadores de Fake News reveló que, tras estrenarse la película “Simón”, el oficialismo comenzó a promover la narrativa de que el asesinato de Oscar Figuera es un “crimen de odio”, para contrarrestar el impacto del filme “e invisibilizar las muertes a manos del Estado venezolano en el marco de las protestas gubernamentales de 2017”.

Figuera fue un joven de 22 años que murió el 4 de junio de 2017, 15 días después de ser apuñalado y quemado vivo en Altamira, Caracas, por terceros mientras se desarrollaba una protesta antigubernamental en la misma zona el 20 de mayo de 2017.

En su momento, el oficialismo promovió la versión de que Figuera fue atacado por miembros de la oposición por el hecho de “ser chavista”, y calificó el delito como un crimen de odio toda vez que ofreció un balance de 29 personas que fueron quemadas vivas, supuestamente por discriminación racial, política y socioeconómica, recordó Cazadores de Fake News.

Sin embargo, los informes del Ministerio Público sobre las víctimas fallecidas y lesionadas durante manifestaciones entre abril y junio de 2017 contradicen esta versión gubernamental.

¿Cómo procesar el “efecto” Simón?

 Rafael Uzcátegui, defensor de los derechos humanos y codirector del laboratorio de Paz, cree que apostar nuevamente al olvido y al silencio sobre el dolor colectivo que ha dejado en el país la represión y las protestas no puede ser una opción.

Obligarnos a olvidar lo que pasó no hará que eso mágicamente desaparezca: ni las protestas, ni los términos en los que ocurrieron, ni las consecuencias políticas, económicas, sociales y prácticas que de ellas se derivaron”, argumenta.

Mientras que Bernardo Rotundo, presidente del Circuito Gran Cine, considera que todos los venezolanos “debemos asumir la responsabilidad de lo que está ocurriendo en nuestro país”.

“Falta un punto de acuerdo donde podamos tratar de buscar un espacio para la coexistencia. Las expresiones de intolerancia y de desbordada emocionalidad que se ven en las redes sociales deben tratar de canalizarse, para evitar que sea la confrontación violenta la que trate de resolver nuestros problemas (…) Tenemos que intentar dialogar y negociar para propiciar que tanto la élite gobernante transite hacia la democracia como que los factores que hacen vida en la oposición también la ejerzan, porque el autoritarismo está presente en ambos lados”, concluyó.

Andrea González y Yakary Prado