Está de moda estar de mal humor. Eso no solamente es comprensible, es necesario en momentos donde se nos prometen unas “Chavidades Felices” (Maduro dixit) y aquí uno ya discute si es que invierte los reales en un pino canadiense o si dibuja algo que se parezca a un pino en la pared.
Los recientes saqueos (u “organizaciones populares” según Diosdado), amén de la entrada del Diputado 99 por el cual el Gobierno salivó por meses para lograr la Ley Habilitante que le dará más poderes a Nicolás que Napoleón (cosa curiosa, con Chávez lo hubieran tenido al instante), ciertamente son causa para que uno se despierte pensando: “¿Lo soñé?” y se acueste diciendo: “Dios, ¿te costaría tanto ponerme a soñar con Sofía Vergara?”
La causa del mal humor no recae realmente en los precios. Tampoco en la cola que hace una señora cualquiera para llevarse dos miserables kilos de lo que sea. El venezolano es la prueba de que se puede quedar sin papel toilette, sin luz y sin whisky y sobrevive. A mí no me vengan con cuentos que esto es un país de locos. Si ocurre un holocausto nuclear, un venezolano de cajón que se salva. Por deslechado, pero se salva.
No, la causa verdadera del mal humor es que nosotros nos preparamos durante años para algo: salir de Chávez. Desde el año 1999, en mi casa no se habló de otra cosa que “cuando Chávez renuncie”; “cuando Chávez caiga”; “cuando Chávez pierda”; “cuando Chávez se vaya”. Para todos estos escenarios nos preparamos, algunos de manera más inocente que otros. ¿O acaso nadie recuerda aquel diciembre del paro petrolero cuando salíamos a las calles y pensábamos que un presidente que se confesaba democrático iba a renunciar? Ilusos.
Chávez se fue. Se suponía que con su partida por fin viviríamos como se habló durante catorce años cuando lo hiciera. Pero no fue así. Lo que sea que es la Revolución Bolivariana sigue en el poder y nadie, ni ellos mismos, se había preparado para un escenario del cual nunca se discutió. Chávez iba a gobernar hasta el 2021. Pero era Chávez. No otro. Nunca se habló de otro.
Nos gobierna otro.
¡De bolas que tenemos que estar de mal humor!
Pero no podemos estar así todo el tiempo. Es fatua mi aseveración y quizás alguien dirá que “estamos como estamos” (frase que detesto) porque nadie se arrecha. Yo no creo que sea el caso. Basta ir a un Banco de Venezuela donde no haya línea y a un supermercado donde haya muchas líneas. Ahí hay una concentración perenne de superhéroes arrechísima. Aquí la lucha por los derechos se hace todos los días. No “estamos como estamos” porque el venezolano no responda a la batiseñal. Aquí el que nunca le para es el Gobierno.
Yo estoy de acuerdo en que la defensa por los derechos civiles, humanos y económicos debe ser todo los días. Lo que no se puede hacer es renunciar completamente al intento del buen humor porque entonces ya no somos venezolanos. Somos unos extraños en una tierra extraña. Y encima atrapados porque no hay pasajes.
Hay que intentar ser feliz sin olvidar lo que tuvimos ni dejar de anhelar por lo que podemos tener. Así sea por media hora al día hay que buscar algo que nos haga estar de buen humor. Hay que apagar la televisión a la hora de la cena y concentrarse en la familia. Contar anécdotas, sonreír, así sea porque el loro se pasó a la casa del vecino y el vecino es alérgico a los loros. Debemos preguntarles a los hijos todos los días qué tipo de país quieren. ¿Los padres siguen preguntándoles a sus hijos qué quieren ser cuando sean grandes? Eso es una pregunta importante.
Por treinta minutos hay que sacar más libros y menos Twitter, hay que oír mucha música y poco discurso. Hay que vivir. Por media hora al día hay que concentrarse en que hay mangos por tumbar en el árbol de la cuadra. Hay que ver el Ávila. Y amarlo u odiarlo (porque el Ávila es medio cursi) pero hay que verlo. No implica hacer tiempo para ser un músico del Titanic, todo lo contrario. Es darse tiempo para recordar por qué es que uno sigue aquí. No conozco a ningún otro superhéroe que luche contra la injusticia las 24 horas al día. En algún momento Batman se debe ocupar de ser Bruce Wayne.
Después de esa media hora o de esa cena, pues con furia. Que se prendan pantallas, radios, cohetones y arrecheras. Que el mal humor entre a esa casa como Maléfica invadió el castillo del Rey Estéfano. Que la rabia los acompañen en su furia y que la cacerola suene como si el tamborero hubiera recibido el mensaje que le diere más duro ahora. Que se hable mal del Presidente, de la señora que hizo una cola por quince horas frente a Daka sin saber qué quería comprar, por la falta de pan o por el vivo ese que se coleó en el hombrillo aquel.
Pero no se puede olvidar una media hora al día del intento al buen humor porque ahí sí estamos perdidos. Somos una gente que directa o indirectamente ha sido atracada, secuestrada, gaseada, multada, botada, pegada, desmoralizada y vejada. Pero también somos los sobrevivientes de un grandilocuente showman reducido a pajarito. Nunca pudo quitarnos el bueno humor del todo. Nunca. El que está montado en su puesto tampoco. Eso jamás puede olvidarse. A fin de cuentas es nuestro más preciado superpoder. Contra eso, ni kryptonita.-
Toto Aguerrevere | @totoaguerrevere




