Elitismo exagerado y realismo acartonado

Según describe Augusto Mijares en su extensa biografía del Libertador, los colombianos históricamente han visto, despectivamente, la política venezolana como personalista y autocrática. Inversamente, los venezolanos juzgan la política colombiana como oligárquica. El historiador aragüeño rastrea este intercambio de reproches a las disputas entre, por un lado, Bolívar, y por el otro, las élites neogranadinas encabezadas en aquel entonces por Santander. De estar Mijares en lo correcto, Colombia sería la prima atípica en la familia latinoamericana, mientras que Venezuela se parecería más al resto en sus inclinaciones caudillistas. En efecto, los venezolanos no siempre, pero sí muy a menudo, concebimos la política a través de dirigentes individuales.

Así, la relación entre el dirigente y las masas con frecuencia es personal y emocional. El dirigente, más que atraerse partidarios y producir detractores en atención a sus ideas y opiniones, genera pasiones: adoración y odio. Pasa ahora con María Corina Machado. Cuesta por ello conseguir evaluaciones de su empeño que no estén moldeadas por tales emociones positivas y negativas. Y si bien es, por mucho, la dirigente política más popular entre venezolanos hoy, detractores no le faltan. Quien crea que todos ellos son simpatizantes del chavismo se equivoca. Los hay que siempre han adversado al chavismo con plena convicción. Pero eso no significa que, a la hora de emitir juicios sobre Machado, no estén menos predispuestos por sus sesgos que quienes por el contrario veneran a su “Santa María Corina del Bejucal”.

Para muestra, las reacciones a un reciente pronunciamiento de la líder opositora, en el cual advirtió que las negociaciones que se están llevando a cabo entre la élite gobernante y la Asamblea Nacional electa en 2015 (la cual a todas luces responde al Departamento de Estado norteamericano) “no deben terminar en un pacto de élites”. Ah, más vale que no. Sus críticos de inmediato la ridiculizaron por dizque no entender nada de política, puesto que las transiciones siempre son pactos entre élites. Según estos señores, toda expresión de Machado y sus seguidores (que, a propósito, constituyen una mayoría de la ciudadanía venezolana) exigiendo que se les tenga en cuenta en las negociaciones es fútil. Examinemos tal (des)consideración.

Efectivamente, las transiciones son acuerdos entre élites. Toda política pensada para el gobierno de un país lo es, como han expuesto los más agudos observadores de ese aspecto de la política: Pareto, Mosca, Michels (los italianos por alguna razón han estado a la vanguardia en estas tesis; quizá sea herencia intelectual de cierto florentino renacentista). Entonces, la pregunta importante en Venezuela hoy no es si unas élites van a pactar o no, sino qué elites pactan. Porque si se excluye a la única que cuenta con respaldo masivo, pues lo más probable es que el resultado produzca descontento masivo.

La idea no es caer en la ingenuidad de que las masas pueden y deben decidirlo todo directamente. Se trata de evitar que las élites se vuelvan un puñado de oligarcas que pisotean a las masas. Lo que la democracia moderna permite es que las masas elijan qué élites pactan. De esa manera, las élites se ven más o menos obligadas a tener en cuenta los intereses de las masas. Esto es lo importante, incluso si se parte de una visión de la política que enfatiza el papel de las élites o de los “grandes hombres”, como la de Carlyle. El “gran hombre” (o, si se quiere, la “gran mujer”) no puede ser un “héroe” al que “venerar” (términos del autor escocés) si condena a las masas a la miseria.

Pretender que la población se abstenga de tratar de influir en la res publica, porque las élites lo van a decidir todo por ellas, es una actitud particularmente perniciosa y de paso absurda viniendo de politólogos y demás profesionales de las humanidades, algunos de los cuales estuvieron en el coro de críticos de Machado mediante la invocación de un elitismo exagerado. Porque resulta que los estudios de dichos profesionales siempre buscan convencer a alguien de su acierto. Si no estuvieran dirigidos a alguien, toda esa ciencia y toda esa filosofía no tendrían sentido alguno. Nadie se dedicaría a ellas. Al final, sus cultores siempre están tratando de sugerir a la sociedad que haga algo. Así sea, paradójicamente, quedarse pasiva para legitimar un statu quo autoritario en el que las élites deciden todo, sin influencia externa. Son, pues, como esas personas que dicen que la filosofía es inútil y que todo el mundo debería abstenerse de ella, lo cual, irónicamente, es también un ejercicio filosófico, Jasper dixit.

El paroxismo de esta actitud es romantizar el orden político excluyente y ridiculizar como “ingenuos” a quienes lo cuestionan. Típica conducta del pretendido “basado” que cree que “dice las cosas como son” y que está purgado de ilusiones. En realidad, lo que hace es caer en la mala fe sartreana, al concluir “Mis aspiraciones no importan porque siempre va a haber un poder mayor que decidirá por mí”. Razonamiento pusilánime para rehuirle a su libertad inherente y no hacerse responsable de su futuro. Cosa que, además, está condenada al fracaso. Es un intento fútil de autoengaño. En el fondo saben que sí pueden hacer algo y por eso, como dije, tratan de influir en la opinión pública para decirle lo que creen correcto (así sea repito, la legitimación del statu quo).

Pienso que, verdaderos zafios aparte, los señores en cuestión entienden todo lo anterior. Pero como profesan a Machado una fuerte antipatía, se dejan llevar por sus sesgos y lo disfrazan de “realismo político”. Realismo político es entender, también, que, en tanto líder de la facción con apoyo mayoritario, Machado es considerada, al menos a los ojos de sus millones de partidarios, una figura de élite, y que, por su propia ambición de poder, va a buscar que la incluyan en la mesa de diálogo. Esa búsqueda se va a dar, aunque a los adversarios de Machado les choque. Quien no comprenda todo esto tiene de “realista político” lo que yo tengo de uzbeko. En todo caso, a Machado se le puede reprochar que se queje de las élites, aunque ella misma sea parte de una, la dirigencia opositora.

El problema de Machado no es, pues, si presiona o no para que la incluyan, sino cómo presionar. Con qué medios lo va hacer. Porque el único elemento de presión con el que cuenta es su respaldo masivo. Pero a ese respaldo le cuesta mucho manifestarse en tono de reclamo porque en Venezuela a las masas les sigue aterrorizando protestar, por el trauma de años de represión y persecución de opositores.

Si el diálogo que por los momentos la excluye produce dentro de un lapso razonable resultados que indiquen que hay una transición democrática en marcha, ella podrá darse el lujo de la pasividad y limitarse a mandar mensajes como el que desató la polémica sobre las élites. Pero si pasa el tiempo sin tales avances, Machado tendrá que decidir si se arriesga a que el resultado final sea opuesto a sus objetivos o si busca presionar de manera más contundente, pese al referido miedo de las masas. De ello pudiera depender que en Venezuela tengamos élites que se preocupen por el resto de la población o que, como ha venido ocurriendo por años, lo tengan bajo una bota.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Según describe Augusto Mijares en su extensa biografía del Libertador, los colombianos históricamente han visto, despectivamente, la política venezolana como personalista y autocrática. Inversamente, los venezolanos juzgan la política colombiana como oligárquica. El historiador aragüeño rastrea este intercambio de reproches a las disputas entre, por un lado, Bolívar, y por el otro, las élites neogranadinas encabezadas en aquel entonces por Santander. De estar Mijares en lo correcto, Colombia sería la prima atípica en la familia latinoamericana, mientras que Venezuela se parecería más al resto en sus inclinaciones caudillistas. En efecto, los venezolanos no siempre, pero sí muy a menudo, concebimos la política a través de dirigentes individuales.

Así, la relación entre el dirigente y las masas con frecuencia es personal y emocional. El dirigente, más que atraerse partidarios y producir detractores en atención a sus ideas y opiniones, genera pasiones: adoración y odio. Pasa ahora con María Corina Machado. Cuesta por ello conseguir evaluaciones de su empeño que no estén moldeadas por tales emociones positivas y negativas. Y si bien es, por mucho, la dirigente política más popular entre venezolanos hoy, detractores no le faltan. Quien crea que todos ellos son simpatizantes del chavismo se equivoca. Los hay que siempre han adversado al chavismo con plena convicción. Pero eso no significa que, a la hora de emitir juicios sobre Machado, no estén menos predispuestos por sus sesgos que quienes por el contrario veneran a su “Santa María Corina del Bejucal”.

Para muestra, las reacciones a un reciente pronunciamiento de la líder opositora, en el cual advirtió que las negociaciones que se están llevando a cabo entre la élite gobernante y la Asamblea Nacional electa en 2015 (la cual a todas luces responde al Departamento de Estado norteamericano) “no deben terminar en un pacto de élites”. Ah, más vale que no. Sus críticos de inmediato la ridiculizaron por dizque no entender nada de política, puesto que las transiciones siempre son pactos entre élites. Según estos señores, toda expresión de Machado y sus seguidores (que, a propósito, constituyen una mayoría de la ciudadanía venezolana) exigiendo que se les tenga en cuenta en las negociaciones es fútil. Examinemos tal (des)consideración.

Efectivamente, las transiciones son acuerdos entre élites. Toda política pensada para el gobierno de un país lo es, como han expuesto los más agudos observadores de ese aspecto de la política: Pareto, Mosca, Michels (los italianos por alguna razón han estado a la vanguardia en estas tesis; quizá sea herencia intelectual de cierto florentino renacentista). Entonces, la pregunta importante en Venezuela hoy no es si unas élites van a pactar o no, sino qué elites pactan. Porque si se excluye a la única que cuenta con respaldo masivo, pues lo más probable es que el resultado produzca descontento masivo.

La idea no es caer en la ingenuidad de que las masas pueden y deben decidirlo todo directamente. Se trata de evitar que las élites se vuelvan un puñado de oligarcas que pisotean a las masas. Lo que la democracia moderna permite es que las masas elijan qué élites pactan. De esa manera, las élites se ven más o menos obligadas a tener en cuenta los intereses de las masas. Esto es lo importante, incluso si se parte de una visión de la política que enfatiza el papel de las élites o de los “grandes hombres”, como la de Carlyle. El “gran hombre” (o, si se quiere, la “gran mujer”) no puede ser un “héroe” al que “venerar” (términos del autor escocés) si condena a las masas a la miseria.

Pretender que la población se abstenga de tratar de influir en la res publica, porque las élites lo van a decidir todo por ellas, es una actitud particularmente perniciosa y de paso absurda viniendo de politólogos y demás profesionales de las humanidades, algunos de los cuales estuvieron en el coro de críticos de Machado mediante la invocación de un elitismo exagerado. Porque resulta que los estudios de dichos profesionales siempre buscan convencer a alguien de su acierto. Si no estuvieran dirigidos a alguien, toda esa ciencia y toda esa filosofía no tendrían sentido alguno. Nadie se dedicaría a ellas. Al final, sus cultores siempre están tratando de sugerir a la sociedad que haga algo. Así sea, paradójicamente, quedarse pasiva para legitimar un statu quo autoritario en el que las élites deciden todo, sin influencia externa. Son, pues, como esas personas que dicen que la filosofía es inútil y que todo el mundo debería abstenerse de ella, lo cual, irónicamente, es también un ejercicio filosófico, Jasper dixit.

El paroxismo de esta actitud es romantizar el orden político excluyente y ridiculizar como “ingenuos” a quienes lo cuestionan. Típica conducta del pretendido “basado” que cree que “dice las cosas como son” y que está purgado de ilusiones. En realidad, lo que hace es caer en la mala fe sartreana, al concluir “Mis aspiraciones no importan porque siempre va a haber un poder mayor que decidirá por mí”. Razonamiento pusilánime para rehuirle a su libertad inherente y no hacerse responsable de su futuro. Cosa que, además, está condenada al fracaso. Es un intento fútil de autoengaño. En el fondo saben que sí pueden hacer algo y por eso, como dije, tratan de influir en la opinión pública para decirle lo que creen correcto (así sea repito, la legitimación del statu quo).

Pienso que, verdaderos zafios aparte, los señores en cuestión entienden todo lo anterior. Pero como profesan a Machado una fuerte antipatía, se dejan llevar por sus sesgos y lo disfrazan de “realismo político”. Realismo político es entender, también, que, en tanto líder de la facción con apoyo mayoritario, Machado es considerada, al menos a los ojos de sus millones de partidarios, una figura de élite, y que, por su propia ambición de poder, va a buscar que la incluyan en la mesa de diálogo. Esa búsqueda se va a dar, aunque a los adversarios de Machado les choque. Quien no comprenda todo esto tiene de “realista político” lo que yo tengo de uzbeko. En todo caso, a Machado se le puede reprochar que se queje de las élites, aunque ella misma sea parte de una, la dirigencia opositora.

El problema de Machado no es, pues, si presiona o no para que la incluyan, sino cómo presionar. Con qué medios lo va hacer. Porque el único elemento de presión con el que cuenta es su respaldo masivo. Pero a ese respaldo le cuesta mucho manifestarse en tono de reclamo porque en Venezuela a las masas les sigue aterrorizando protestar, por el trauma de años de represión y persecución de opositores.

Si el diálogo que por los momentos la excluye produce dentro de un lapso razonable resultados que indiquen que hay una transición democrática en marcha, ella podrá darse el lujo de la pasividad y limitarse a mandar mensajes como el que desató la polémica sobre las élites. Pero si pasa el tiempo sin tales avances, Machado tendrá que decidir si se arriesga a que el resultado final sea opuesto a sus objetivos o si busca presionar de manera más contundente, pese al referido miedo de las masas. De ello pudiera depender que en Venezuela tengamos élites que se preocupen por el resto de la población o que, como ha venido ocurriendo por años, lo tengan bajo una bota.

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Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La pregunta importante en Venezuela hoy no es si unas élites van a pactar o no, sino qué elites pactan. Porque si se excluye a la única que cuenta con respaldo masivo, pues lo más probable es que el resultado produzca descontento masivo
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Según describe Augusto Mijares en su extensa biografía del Libertador, los colombianos históricamente han visto, despectivamente, la política venezolana como personalista y autocrática. Inversamente, los venezolanos juzgan la política colombiana como oligárquica. El historiador aragüeño rastrea este intercambio de reproches a las disputas entre, por un lado, Bolívar, y por el otro, las élites neogranadinas encabezadas en aquel entonces por Santander. De estar Mijares en lo correcto, Colombia sería la prima atípica en la familia latinoamericana, mientras que Venezuela se parecería más al resto en sus inclinaciones caudillistas. En efecto, los venezolanos no siempre, pero sí muy a menudo, concebimos la política a través de dirigentes individuales.

Así, la relación entre el dirigente y las masas con frecuencia es personal y emocional. El dirigente, más que atraerse partidarios y producir detractores en atención a sus ideas y opiniones, genera pasiones: adoración y odio. Pasa ahora con María Corina Machado. Cuesta por ello conseguir evaluaciones de su empeño que no estén moldeadas por tales emociones positivas y negativas. Y si bien es, por mucho, la dirigente política más popular entre venezolanos hoy, detractores no le faltan. Quien crea que todos ellos son simpatizantes del chavismo se equivoca. Los hay que siempre han adversado al chavismo con plena convicción. Pero eso no significa que, a la hora de emitir juicios sobre Machado, no estén menos predispuestos por sus sesgos que quienes por el contrario veneran a su “Santa María Corina del Bejucal”.

Para muestra, las reacciones a un reciente pronunciamiento de la líder opositora, en el cual advirtió que las negociaciones que se están llevando a cabo entre la élite gobernante y la Asamblea Nacional electa en 2015 (la cual a todas luces responde al Departamento de Estado norteamericano) “no deben terminar en un pacto de élites”. Ah, más vale que no. Sus críticos de inmediato la ridiculizaron por dizque no entender nada de política, puesto que las transiciones siempre son pactos entre élites. Según estos señores, toda expresión de Machado y sus seguidores (que, a propósito, constituyen una mayoría de la ciudadanía venezolana) exigiendo que se les tenga en cuenta en las negociaciones es fútil. Examinemos tal (des)consideración.

Efectivamente, las transiciones son acuerdos entre élites. Toda política pensada para el gobierno de un país lo es, como han expuesto los más agudos observadores de ese aspecto de la política: Pareto, Mosca, Michels (los italianos por alguna razón han estado a la vanguardia en estas tesis; quizá sea herencia intelectual de cierto florentino renacentista). Entonces, la pregunta importante en Venezuela hoy no es si unas élites van a pactar o no, sino qué elites pactan. Porque si se excluye a la única que cuenta con respaldo masivo, pues lo más probable es que el resultado produzca descontento masivo.

La idea no es caer en la ingenuidad de que las masas pueden y deben decidirlo todo directamente. Se trata de evitar que las élites se vuelvan un puñado de oligarcas que pisotean a las masas. Lo que la democracia moderna permite es que las masas elijan qué élites pactan. De esa manera, las élites se ven más o menos obligadas a tener en cuenta los intereses de las masas. Esto es lo importante, incluso si se parte de una visión de la política que enfatiza el papel de las élites o de los “grandes hombres”, como la de Carlyle. El “gran hombre” (o, si se quiere, la “gran mujer”) no puede ser un “héroe” al que “venerar” (términos del autor escocés) si condena a las masas a la miseria.

Pretender que la población se abstenga de tratar de influir en la res publica, porque las élites lo van a decidir todo por ellas, es una actitud particularmente perniciosa y de paso absurda viniendo de politólogos y demás profesionales de las humanidades, algunos de los cuales estuvieron en el coro de críticos de Machado mediante la invocación de un elitismo exagerado. Porque resulta que los estudios de dichos profesionales siempre buscan convencer a alguien de su acierto. Si no estuvieran dirigidos a alguien, toda esa ciencia y toda esa filosofía no tendrían sentido alguno. Nadie se dedicaría a ellas. Al final, sus cultores siempre están tratando de sugerir a la sociedad que haga algo. Así sea, paradójicamente, quedarse pasiva para legitimar un statu quo autoritario en el que las élites deciden todo, sin influencia externa. Son, pues, como esas personas que dicen que la filosofía es inútil y que todo el mundo debería abstenerse de ella, lo cual, irónicamente, es también un ejercicio filosófico, Jasper dixit.

El paroxismo de esta actitud es romantizar el orden político excluyente y ridiculizar como “ingenuos” a quienes lo cuestionan. Típica conducta del pretendido “basado” que cree que “dice las cosas como son” y que está purgado de ilusiones. En realidad, lo que hace es caer en la mala fe sartreana, al concluir “Mis aspiraciones no importan porque siempre va a haber un poder mayor que decidirá por mí”. Razonamiento pusilánime para rehuirle a su libertad inherente y no hacerse responsable de su futuro. Cosa que, además, está condenada al fracaso. Es un intento fútil de autoengaño. En el fondo saben que sí pueden hacer algo y por eso, como dije, tratan de influir en la opinión pública para decirle lo que creen correcto (así sea repito, la legitimación del statu quo).

Pienso que, verdaderos zafios aparte, los señores en cuestión entienden todo lo anterior. Pero como profesan a Machado una fuerte antipatía, se dejan llevar por sus sesgos y lo disfrazan de “realismo político”. Realismo político es entender, también, que, en tanto líder de la facción con apoyo mayoritario, Machado es considerada, al menos a los ojos de sus millones de partidarios, una figura de élite, y que, por su propia ambición de poder, va a buscar que la incluyan en la mesa de diálogo. Esa búsqueda se va a dar, aunque a los adversarios de Machado les choque. Quien no comprenda todo esto tiene de “realista político” lo que yo tengo de uzbeko. En todo caso, a Machado se le puede reprochar que se queje de las élites, aunque ella misma sea parte de una, la dirigencia opositora.

El problema de Machado no es, pues, si presiona o no para que la incluyan, sino cómo presionar. Con qué medios lo va hacer. Porque el único elemento de presión con el que cuenta es su respaldo masivo. Pero a ese respaldo le cuesta mucho manifestarse en tono de reclamo porque en Venezuela a las masas les sigue aterrorizando protestar, por el trauma de años de represión y persecución de opositores.

Si el diálogo que por los momentos la excluye produce dentro de un lapso razonable resultados que indiquen que hay una transición democrática en marcha, ella podrá darse el lujo de la pasividad y limitarse a mandar mensajes como el que desató la polémica sobre las élites. Pero si pasa el tiempo sin tales avances, Machado tendrá que decidir si se arriesga a que el resultado final sea opuesto a sus objetivos o si busca presionar de manera más contundente, pese al referido miedo de las masas. De ello pudiera depender que en Venezuela tengamos élites que se preocupen por el resto de la población o que, como ha venido ocurriendo por años, lo tengan bajo una bota.

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