Vivimos, pues, en un país absurdo, desdibujado por caprichos de los poderosos una y otra vez. Reescrito a su antojo en caótica sucesión de palimpsestos
A veces, en mis labores de observación del entorno político, económico, social y cultural venezolano, me siento como en una especie de zoológico. No en el sentido del documental homónimo de Fernando Venturini, con sus viñetas fascinantes sobre el zeitgeist estético del país finisecular. Es más bien estar ante un montón de imágenes raras, como la fauna exótica que uno se encuentra en los parques de Caricuao o El Pinar. Pero mientras que el confinamiento de esos animales a unos recintos controlados transmite una sensación de que son ellos los que están integrados a una realidad que les es ajena debido a una fuerza superior, las imágenes extrañas de las relaciones sociales en Venezuela invierten las cosas. Es uno el que se siente alienado, físicamente presente pero psicológica y antropológicamente vinculado solo a medias. Es una confusión y una perplejidad perennes de cara a un dislocamiento, a algo mal puesto, que no debería ser.
Vivimos, pues, en un país absurdo, desdibujado por caprichos de los poderosos una y otra vez. Reescrito a su antojo en caótica sucesión de palimpsestos. Un país como al que le tocó la mala suerte de caer en manos de Ubú rey, ese remedo satírico de Macbeth que cambió las leyes de la física y hasta de la metafísica por las de la “patafísica”. Un sinsentido total.
Originalmente, se suponía que Chávez y sus secuaces refutarían el “fin de la historia” encarnado por Fukuyama en un orden democrático “neoliberal”, llevándonos al paraíso socialista y demostrando que ese camino sigue siendo no solo transitable, sino también el mejor para la humanidad. Toda una nueva ilusión para la izquierda trasnochada luego de la caída del Muro de Berlín, la llegada pragmática de los gatos multicolores en la China de Deng y el anquilosamiento del experimento cubano, “bloqueo imperial yanqui” mediante. Claro, para quien no se dejó llevar por el fanatismo ideológico, aquello siempre fue motivo de alarma.
Pero al menos había cierta coherencia dogmática en las emanaciones de Miraflores. La idea era redistribuir una riqueza dizque injustamente concentrada en pocas manos, aunque ricachones y el capital extranjero lloraran y patalearan. El Estado tenía que acometer esa labor titánica y hacerse con el control de toda la economía para garantizar resultados. Los grandes empresarios como Lorenzo Mendoza eran los malos de esta película de Eisenstein versión tropical, con canciones de Alí Primera para la banda sonora en vez de las sinfonías que Shostakovich dedicó a la rebelión de 1905 y a la resistencia en el Sitio de Leningrado. No podía ser de otra forma, si esos burgueses estaban advirtiendo que tales medidas solo podían dar al traste con la producción de bienes que necesita el pueblo, lo cual por supuesto solo era una engañifa para preservar las viejas usanzas de las que dependían sus privilegios exclusivos.
Todo eso parece que ocurrió hace un milenio. Ahora, con la perestroika bananera en marcha pese a que Maduro y compañía mantienen su retórica marxistoide, tenemos este montón de escenas disparatadas a las que aludí previamente. Los directivos de Fedecámaras, otrora blanco predilecto de la furia chavista con todo y marchas de militantes enardecidos hacia la sede de la patronal en la urbanización El Bosque, intercambian sonrisas con Maduro, hablan de progreso económico (aunque se vaya al demonio el Estado de derecho que ello exige) y se suman al exhorto para que cesen las medidas punitivas internacionales sobre la elite gobernante en vista de que “empobrecieron a Venezuela”. Vi por estos días una foto de Maduro con Adán Celis, nuevo presidente de Fedecámaras, y Fernando Camacho, quien fuera (no sé si sigue siendo) presidente de Fedeindustria. Para quienes no lo recuerdan, Fedeindustria era una suerte de Fedecámaras tapa amarilla formada por “empresarios patriotas” (i.e., bien conectados con el gobierno). Considerando la nueva relación del gremio original con Miraflores, el paralelo me parece superfluo. Redundante. Innecesario.
Mientras, las masas siguen efectivamente empobrecidas, pero no por las sanciones. Y como muchos no se tragan el cuento de un culpable externo, pues el malestar social se ha traducido en protestas de trabajadores públicos exigiéndole a su empleador salarios dignos. Protestas que han sido ignoradas o suprimidas mediante el encarcelamiento de activistas sindicales, asunto ya abordado en esta columna hace dos semanas.
No es esa la única arbitrariedad que pudiéramos considerar antinómica viniendo de un gobierno que se dice de izquierda revolucionaria. Ahí está la intervención del Partido Comunista de Venezuela por el Tribunal Supremo de Justicia. La más reciente añadidura a una lista de organizaciones políticas reventadas por un poder judicial adicto a Miraflores para reducirlos a guiñapos y monigotes que asienten ante todo lo que diga el chavismo. No importa que hayan sido camaradas, como demuestra el caso del PCV, al igual que los de Patria Para Todos, Podemos y Tupamaro. Es más, no descarto que esa decisión de dar la espalda haya generado saña adicional en el reprendido. Después de todo, el chavismo, con su mentalidad cuartelaria y valoración de la lealtad personal por encima de cualquier escrúpulo axiológico abstracto, ve todo deslinde como una traición imperdonable. Miguel Rodríguez Torres y, sobre todo, Raúl Isaías Baduel sufrieron en carne propia esa furia vengativa. En fin, de vuelta al PCV, lo cierto es que se volvió molesto para los mandamases por su crítica al discreto abandono de las directrices socialistas que emprendió el gobierno. Desde entonces, pudiera decirse que ha hecho más oposición que partidos del viejo establishment opositor que hoy quieren ser baluartes de una pretendida convivencia plural que no es otra cosa que sumisión al statu quo autoritario (es con ustedes, Un Nuevo Tiempo).
De manera que el PCV, le guste o no la proximidad, tiende cada vez más hacia un tipo de oposición antisistema y proscrita de facto para participar en competencias por cargos de elección popular. Una oposición en la que se encuentra su antítesis doctrinaria: la derecha liberal de María Corina Machado. Por cierto, para completar nuestra galería de imágenes extrañas, Machado fue la única precandidata presidencial opositora que hizo acto de presencia en un evento reciente en Caracas para expresar solidaridad con sindicalistas condenados a 16 años de cárcel bajo acusaciones ridículas. He ahí lo que algunos, y no solamente desde el chavismo, descalifican como “extrema derecha”.
No tengo dudas de que veremos otras curiosidades y rarezas, las más de las veces negativas, hasta que Venezuela encuentre un nuevo sendero hacia la democracia. Me gustaría decir que ese día llegará pronto, pero el mejor uso que puedo dar a mis facultades mentales no me permite semejante optimismo.
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