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#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (y V), por Elías Pino Iturrieta
En el intento del cuartelazo contra José María Vargas se observan dos concepciones del militarismo que se deben tener en cuenta cuando se estudien sucesos de la historia posterior

 

@eliaspino

En el artículo anterior vimos cómo sucede en Venezuela una alianza entre civiles y militares, que conduce a un ensayo de un republicanismo inimaginable en el pasado reciente y capaz de sentar las bases de una convivencia moderna que parecía inaccesible. Sin llegar al extremo de asegurar que entonces, a partir de las vísperas de 1830 y hasta pasada una década, la sociedad cumple las metas de convivencia civilizada que requería. Pero son evidentes los avances en áreas como el desenvolvimiento económico, la disciplina fiscal, el parlamentarismo, la libertad de imprenta, el pensamiento laico y un intento de reforma educativa, amparadas en la estricta separación de los poderes públicos y en la disminución de la prepotencia de los hombres de armas.

Estamos ante una hazaña, si se considera que la sociedad acaba de salir de las guerras de Independencia y apenas da unos primeros pasos después de separarse de Colombia.

Un logro semejante debe atribuirse a cómo los espadones más célebres y temidos, en cuya cima reina sin discusión Páez, aceptan el plan de desarrollo propuesto por los intelectuales de reciente cuño que se han incorporado a la vida del país y por los propietarios urgidos de reformas, quienes llegan a hacer propuestas de orientación capitalista que los más prudentes de la época consideran peligrosas y venenosas. Pese al atrevimiento de las sugestiones, una unión de lanzas y levitas que parece sólida se da a la tarea de convertirlas en realidad. Debe recordar el lector que hablamos de propuestas como la apología del trabajo y la glorificación de la riqueza, extrañas a la cultura tradicional, o de licencias inusuales para prestamistas y emprendedores cuyas actividades se consideraban pecaminosas y perniciosas desde la época colonial.

Una verdadera revolución, si se consideran las barreras que deben superar los promotores de la nueva Venezuela para que sus proyectos permanezcan. El simple hecho de que en 1835 gane las elecciones un civil, José María Vargas, y tome posesión de la presidencia sin una oposición preocupante, patentiza la trascendencia del designio modernizador. Pero también anuncia la cercanía de su frustración, debido a que un grupo importante de oficiales intenta un cuartelazo que conduce a una hostilidad que parecía superada. Estamos ante un capítulo primordial para el entendimiento del rol futuro del militarismo. Buena parte de sus figuras estelares ha congeniado con un plan de modernización capitalista, pero otra prefiere la permanencia de las maneras antiguas de entender el manejo de la sociedad. En especial si los cambios han logrado la eliminación de los privilegios de los militares y los religiosos, provenientes de la antigüedad y apenas molestados por la guerra contra España. Un sector apreciable de la oficialidad y la generalidad del cabildo eclesiástico, con el obispo presidiendo la procesión, están dispuestos a imponer sus intereses por la fuerza.

El movimiento contra Vargas se hace con el grito de “Religión y fueros”, es decir, desde la pugna por el retorno de los privilegios de los uniformados y los ensotanados que han sido eliminados por una indeseable trasformación de la vida. Si se considera que en el movimiento destacan figuras del Estado Mayor del venerado Ejército Libertador, personas reconocidas de la intimidad de Bolívar –Santiago Mariño, Pedro Briceño Méndez, Diego Ibarra, José Laurencio Silva…-, el arzobispo de Caracas y renombrados representantes del clero, estamos ante un choque que será habitual en el futuro y que, para los fines de nuestras reflexiones sobre el militarismo, que hoy terminan, son muy importantes.

En la pugna se ponen de relieve dos entendimientos del rol del poder militar que se presentará después, cuando las circunstancias inviten. Se observan dos concepciones del militarismo que se deben tener en cuenta cuando se estudien sucesos de la historia posterior. Pero también, en especial, el anuncio de una permanencia de factores retrógrados que se opondrán al republicanismo debido al énfasis de sus progresos y por el peligro que representan para los intereses de determinados sectores.

Los soldados afectos al proyecto de modernización triunfan entonces, después de concesiones y favores para sus pares alzados y en cuya dádiva no participan los políticos cercanos al presidente, ni los miembros del Congreso. Es un detalle susceptible de especial consideración porque no refieren a tratos pasajeros, a complicidades del momento, sino a un fenómeno que se repetirá con frecuencia, dice un lúcido testigo de la época. En sus Epístolas Catilinarias, escritas en 1836, el penetrante Francisco Javier Yanes predice que esos avenimientos alejados de la legalidad y dependientes de negocios entre los miembros de la misma logia castrense, serán recurrentes y difíciles de evitar. Son negociados peligrosos entre dos entendimientos del republicanismo, afirma Yanes, en los cuales siempre correrán riesgos los valores en los que, pese a la marcha del calendario, se debe afincar una convivencia moderna y hospitalaria. La memoria de las Epístolas Catilinarias puede ser colofón adecuado de nuestras reflexiones.