#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (I), por Elías Pino Iturrieta - Runrun
#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (I), por Elías Pino Iturrieta
Si llevamos meses tratando el tema militar aquí en Runrunes, no fue por llenar espacios. Se trata de un aspecto que ha sido tratado con ligereza y desdén

 

@eliaspino

Si llevamos meses en el tratamiento de tema militar, aquí en Runrunes, no fue por la necesidad de llenar espacios. Se trata de un punto esencial de nuestra historia, pero también de un aspecto que ha sido tratado con ligereza, especialmente con desdén, como si habitualmente produjera incomodidad.

Intentamos un tratamiento orientado por la ecuanimidad, o alejado de posiciones extremas, pero quizá convenga un remate como el que se intentará de seguidas.

No se exagera cuando se abunda en un asunto que en general no ha recibido tratamiento adecuado, y que no ha dejado de producir vergüenzas innecesarias, especialmente las que provienen de un civilismo supuestamente subestimado y vilipendiado.

El primer problema, falso problema, desde luego, depende de dilucidar el punto del origen de Venezuela como república independiente. Si fue un fenómeno fraguado en el calor de una guerra encarnizada, es evidente que lo militar ocupe el primer lugar en las explicaciones y, por supuesto, en la determinación de cómo los sucesos evolucionaron hasta llegar a la concusión prevista.

Los procesos iniciados en la primera década del siglo XIX, capitales en el plan de divorciarse del imperio español, tuvieron influencia del pensamiento moderno, o de otros pensamientos procedentes de la antigüedad colonial, pero hubieran quedado en nada sin el sustento de una fuerza militar que les concediera consistencia. No se trata de reducir la influencia de los letrados de la época, civiles y religiosos, sino de considerar las pocas posibilidades de éxito que podían tener las plumas, los discursos y la gran erudición, que los hubo, sin otros soportes capaces de mostrar no solo fortaleza, sino también resolución o intrepidez.

¿Hubieran llegado a buen puerto las reflexiones de un Roscio, o de un Palacio Fajardo, o de un López Méndez, y las intervenciones de los parlamentarios primerizos, si se hubieran limitado a aparecer en la naciente prensa que apenas leían unos pocos, o a sonar en los escaños del parlamento abarrotado de debutantes inexpertos? Desde luego que no. Había que hacer ejércitos de la nada para llevar a cabo un cometido riesgoso y con contadas probabilidades de triunfo.

Ese es el punto que ahora más interesa. Hacían falta los pensadores y los políticos que se estrenaban en los espacios públicos, desde luego, pero sin ofensas armadas no se llegaba a ninguna parte. De allí que, desde sus inicios, la república dependiera más de las bayonetas que de las reflexiones de los intelectuales, más del derramamiento de sangre que de las peroraciones cívicas de los hombres que vestían levita y lucían corbatín. No eran nada esas prendas, o no serían nada ante el uniforme militar. Por razones obvias.

De allí que necesariamente fuese un militar el eje de la situación. Han sobrado las intenciones de presentar a la figura estelar del proceso como un pensador moderno y como un hombre de lecturas y bibliotecas, pero se trata de un disfraz sin asidero en la realidad. Bolívar fue, esencialmente, un hombre de armas. El resto es adorno, en el más razonable de los casos. Solo estudió para soldado, en un breve lapso de su juventud, y se hizo grande en los campos de batalla. ¿Cuesta mucho detenerse en esa verdad del tamaño de una basílica? Si, cuesta mucho, porque las generaciones del futuro se empeñaron en presentarlo como un administrador civil y como un autor ilustrado, como una estatua de bronce rodeada de pergaminos. Tal vez como un remedo de Andrés Bello, o de alguien como el celebrado humanista de Caracas, pese a que jamás estuvo interesado en calzar esas botas alejadas del ejercicio pleno del poder y de lo que él llamaba gloria en sus discursos y en sus cartas. Su gloria no estaba en las bibliotecas, ni en la redacción de volúmenes enjundiosos, sino en ser, como fue, un mandatario poderoso y singular.

Estamos ante el primer punto que sobre la materia requiere aclaraciones contundentes. ¿Cuesta mucho afirmar que, como república, somos hechura de un militar? ¿Molestan tanto los militares, o molestarán en el futuro, hasta provocar rubores, como para ponerle ropa de prestado e ideas que jamás profesó a un pater que se ufanó de sus charreteras y de sus paseos triunfales por América, a la cabeza de una soldadesca? Conviene pensar en estas curiosas vergüenzas, antes de continuar con el primordial asunto.