Vio toda su vida en un instante, incluso la que no fue: la esposa que no tuvo, los hijos que no nacieron. Y entonces Peter voló, libre como el viento
(A 32 años de la caÃda del Muro de BerlÃn)
No está muerto, Peter está tendido en el suelo junto a la gruesa barrera de concreto que lo separa de la libertad. BastarÃa un último esfuerzo, escalar la pared como habÃan planeado, arrastrarse bajo la alambrada y ya. Pero no termina de entender qué sucede con sus piernas. No responden, como si se hubiesen largado corriendo, dejándolo allà abandonado. Está herido, escuchó el tiro, pero no se dio cuenta de que le habÃan dado hasta que se desplomó y palpó la humedad espesa de la sangre entre sus piernas. Su compañero, Helmut Kulbeik, sà logró saltar el muro y desde el otro lado le anima desesperado «¡Salta, Peter!, por Dios, ¡salta ya!». Es inútil. Intenta levantarse, pero su cuerpo no responde.
Un soldado de la guardia fronteriza le ha disparado sin odio, le ha disparado porque tenÃa que hacerlo, porque es la orden proteger a los ciudadanos del fascismo que amenaza desde occidente, porque estamos todos llamados a construir el socialismo que propiciará la verdadera libertad y nadie puede ausentarse de esta tarea. Eso, al menos, le han dicho sus superiores. En el fondo, él tampoco tuvo opción. Aunque sus compañeros de la guardia nocturna lo palmean en la espalda, como si hubiese hecho algo heroico, él está temblando de miedo. Nunca le habÃa disparado a alguien, es apenas un chico, quizá un par de años menor que él. Quiere ir a levantarlo, solo está herido, todavÃa puede librarse de ser un asesino, pero sus camaradas lo hacen desistir. Hay que dejarlo ahà para que todos lo vean, para que sirva de escarmiento a los que se les ocurra pensar que pueden hacer lo mismo. Es la primera que vez que alguien intenta saltar el muro desde que, hace hoy exactamente un año, se inició su construcción, dividiendo a BerlÃn en dos ciudades que separaron a parientes, amigos y vecinos.
Peter es un obrero de la construcción, tiene casi 20 años. Aunque su familia vivÃa en el lado occidental de BerlÃn, su trabajo está en el lado este, de modo que cuando la valla comenzó a levantarse se vio obligado a establecerse allà si no querÃa perder su trabajo. Jamás imaginó que esa pared, que de un dÃa a otro comenzaron a edificar sin avisar a nadie, lo separarÃa para siempre de sus seres queridos, de sus amigos y, en definitiva, de la libertad.
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Justo un par de meses atrás, después de casi un año sin poder visitar el otro lado, Peter y su amigo Helmut, urdieron la idea saltar el muro. SerÃa tarea fácil si lo planificaban bien. Estudiaron el mejor lugar para saltar y hacerlo lo más cerca posible del punto de control fronterizo norteamericano. Eran jóvenes y fuertes, no serÃa complicado para ellos brincar. Decidieron que lo harÃan el 14 de agosto de 1962. La tarde de ese dÃa, después de concluir sus jornadas de trabajo, se escondieron en un taller de carpinterÃa desde cuyas ventanas podÃan observar el movimiento de los guardias de la RDA y desde allà mismo escapar en el momento de mayor distracción.
Helmut Kulbeik era el cerebro del plan, a él no le movÃa el deseo de visitar a su familia, como a Peter. Helmut sà que querÃa huir del comunismo, no soportaba las crecientes restricciones que tenÃa que padecer, más sabiendo que podÃa acabar con todo ello solo con un salto. El resto de su vida Helmut lamentarÃa ese dÃa, asà como haber envenenado la cabeza de Peter con tan temeraria idea. El recuerdo de la tragedia que acabó produciendo su mala idea le arruinarÃa a Helmut la existencia, llevándolo al final al abandono, al alcoholismo y a preguntarse cada dÃa por qué no fue el destinatario de ese disparo.
Algunos quieren acudir en su auxilio, pero saltar equivaldrÃa a suicidarse, por algo llamaban a aquel espacio baldÃo entre los dos muros paralelos «el corredor de la muerte». Helmut se asoma, le tiende su mano. Si solo pudiera sujetarlo, pero recibe la voz de alerta del guardia que lo apunta desde ese otro lado, que hasta hace cinco minutos era el suyo, asà que desiste y se deja caer. Peter grita de dolor y pide ayuda. Todos lo oyen, también los soldados americanos del Checkpoint Charlie, pero estos solo intervienen para tratar de contener al creciente grupo de personas que se va reuniendo y que vocifera su rabia junto a la pared, tan cerca y a la vez tan lejos de Peter. Los americanos contienen a los que intentan saltar al otro lado. Ellos no pueden intervenir, por más que la gente insista, la «tierra de nadie» se encuentra en el lado este de BerlÃn. Es imposible.
Luego de casi media hora tendido en el suelo, Peter deja de gritar, ya no tiene fuerzas, se siente mareado, aturdido por pensamientos que se suceden uno tras otro. ¿Por qué todo habÃa cambiado tan drásticamente el último año? Esta era la ciudad en la que habÃa nacido, no entendÃa por qué ahora era un crimen transitar por ella. Pensó en el dolor que causarÃa a su madre y su hermana, ojalá pudieran perdonarlo. Se sintió mareado y ya no le quedó duda de que nadie vendrÃa en su auxilio, se iba a morir allÃ, ante la mirada de todos, ¡qué vergüenza! Su respiración se hizo más fuerte y ya no escuchaba los gritos de la gente, todo se mezclaba en su cabeza de manera desordenada. De pronto le sobrevino la extraña sensación de que todo aquello no estaba sucediendo, de que quizá se trataba de un sueño del que despertarÃa dentro poco. Se vio a sà mismo saltando el muro, elevándose cada vez más. Vio a Helmut, a la multitud que lo rodeaba, al soldado que le disparó. Y siguió subiendo, como si flotara en un mar de destellos luminosos, hasta que pudo ver las calles aledañas al muro, la casa de su familia, la ciudad entera, su ciudad. Vio toda su vida en un instante, incluso la que no fue: la esposa que no tuvo, los hijos que no nacieron. Y entonces Peter voló, libre como el viento.
Casi una hora más tarde, los soldados de la RDA recibieron la orden de acercarse, mientras desde ambos lados se oÃa el grito de «¡Asesinos, asesinos!». Peter Fechter habÃa muerto a causa de la hemorragia producida por el disparo. Fue la primera vÃctima de las 79 que se contabilizaron durante el tiempo que se mantuvo en pie esa barrera que como una cicatriz de guerra marcaba el rostro de la ciudad. Algunas fotografÃas de la época lo muestran tendido junto a la pared mientras agonizaba y luego, ya muerto, sostenido en los brazos de uno de los guardias fronterizos.
Después de casi tres décadas de existencia, el muro de BerlÃn fue derribado. Un monumento recuerda hoy el lugar en el que fue asesinado Peter Fechter. Debajo de su nombre, una breve frase resume su suplicio: «…él solo querÃa libertad».

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