¿Ilusión de democracia?, por Antonio José Monagas - Runrun
¿Ilusión de democracia?, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

La teoría política explica el concepto de democracia acogiéndose a los valores de “libertad e igualdad política”, fundamentalmente. Pero ahí no queda todo, pues sobre “democracia” se ha escrito y debatido mucho. Así se han forjado múltiples definiciones, nociones y explicaciones de “democracia”. Sin embargo, en el curso de la historia política, la praxis democrática ha fluctuado según las circunstancias. Pero también, ateniéndose a lo que abrace todo discurso político que busque seducir ilusos. Tanto como afilar apetencias. Envalentonar sectarios. Ideologizar expectativas. O afianzar utopías.

Sin embargo, al mismo tiempo se sabe que la democracia ha cruzado históricamente por distintas transiciones. De esa manera, su ideario y postulados han logrado afinar su correspondiente teoría. Y es así que de su teoría (teoría de la democracia) proceden reflexiones, proposiciones y discernimientos que han marcado acontecimientos, decisiones y realidades.

Si bien la teoría de la democracia habla de la tradición aristotélica y de la tradición medieval de la soberanía, como concepto capital aducido por la teoría política, igual refiere la tradición bajo la cual se debate la concepción republicana moderna de democracia. Dichas tradiciones, por las que ha trascendido la teoría de la democracia, son vistas como estadios fácticos que indujeron mejores procedimientos al ejercicio de la política. Y que luego permitieron que la política se afincara y afianzara en prácticas más refinadas de sistemas políticos. La democracia fue uno, entre otros. Quizás, el de mayor envergadura conceptual. Aunque, tan amplia intención, no fue del todo alcanzada.

Esta perspectiva permite hablar de la relación entre democracia y liberalismo. Asimismo, de su correspondencia con el socialismo. Así como con otras corrientes del pensamiento político.

Circunstancias como estas dieron origen a la llamada “teoría de las élites”. Incluso a interesantes debates que han revelado contradicciones del ejercicio político en el contexto de la “democracia”. Incluso, han llegado a advertir cómo el gobernante, basándose en su ámbito de poder, manipula las realidades en provecho de intereses políticos particulares.

Un sistema permanentemente inconcluso

Esta introducción al tema, da cuenta del recorrido que, en el tiempo, se convirtió en razón para debatir el concepto de “democracia”. En consecuencia, se han tocado tópicos ante los cuales no podría negarse que su praxis se ha visto atribulada como resultado de múltiples objeciones. Y no menos conformidades. Algunas, sin suficientes argumentaciones de valor. Otras, soportadas en infundadas exageraciones. Pero siempre confrontada, reñida o exaltada hasta las nubes.

No ha habido momento de la historia política en que el concepto de “democracia”, tanto como su praxis, no haya sido objeto de pertinentes críticas. Para vigorizarla o extenuarla. Aunque deberá reconocerse que la “democracia” no es un concepto enteramente terminado. Razón por la que las mismas contingencias, o circunstancias reinantes, han ejercido la influencia suficiente para que se ajuste a las coyunturas vigentes. O para que sincronice sus criterios a las necesidades que establecen los distintos regímenes políticos.

No obstante, en medio de todo el afán teórico o práctico que el concepto de “democracia” acarrea, su ejercicio no se ha visto exceptuado de crisis políticas que han tendido a desnudarla. No hay país alguno cuyo sistema político democrático no haya sido víctima de alguna conjura que busca desplazar la democracia. De suplirla. O de vulnerar sus fortalezas, capacidades y potencialidades.

No hay duda que debajo de las estruendosas secuelas causadas por tan variadas crisis políticas que el mundo conoce, se esconde una nueva descendencia de paradigmas. Muchos de estos tienen como propósito desencajar los paradigmas vigentes demostrando su incapacidad para superar conflictos estructurales o circunstanciales.

La sobrevivencia de estos cansados paradigmas estriba en algoritmos que no han podido responder al urgente llamado de problemas que, no por pesados o irresolutos, se han acumulado a lo largo de problemas indeterminados. Y es ahí cuando la inercia propia de la gravedad social, económica o política vence la resistencia del paradigma hasta hacer que comience a desvanecerse sin que pueda evitar los atisbos de su fatiga funcional.

Y se imponen la desigualdad, la inconsistencia de políticas públicas, la segregación, la intolerancia como conducta colectiva e individual, la solidaridad invalidada, la inmoralidad como comportamiento de irrupción, la mediocridad política, la ética en abandono, la pobreza solapada, la desproporcionada dilapidación de recursos escasos, contravalores justificados e institucionalizados, derechos burlados, libertades violadas, la vida humana condicionada.

Estas y otras más son causas que han contribuido al derrumbe de paradigmas. Paradigmas esos para los cuales el positivismo, el liberalismo, el integracionismo, el desarrollismo, el humanismo, el cooperativismo sirvieron de cimiento o punta de lanza de sus preceptos y atenciones al funcionamiento de la vida misma en sus más integradas manifestaciones.

El desbarajuste de la democracia

No hay que observar tan atrás en la historia para advertir que las tendencias siempre buscan un cambio necesario. Solo queda rezar que dichos cambios inciten el escape necesario y suficiente de la esclavitud de identidad, de la sumisión de la inteligencia y de la renuncia de la conciencia. Estos son los problemas que, en los últimos tiempos, han magullado, despreciado y soslayado la dignidad del hombre. O quien que por vivir atado y acallado en medio de tan urdidas crisis, o seducido por el estado de confort en que suscribe su desempeño, haya aceptado vivir entre holguras y placeres que derivaron en la recrudescencia de sus debilidades y males de espasmódicas razones e inseguros efectos.

Todo ello podría explicar el problema de cómo la democracia ha venido resquebrajándose por desajustes que perturbaron los paradigmas sobre los cuales buscó cimentar sus objetivos. Pudiera ser la razón para entender cuán difícil es advertir que (por ahora) se vive aferrado a una teoría de la democracia que ha sorprendido a muchos haciéndole creer al “hombre político”, que lo que tiene ante sus ojos es solo una ilusión de democracia.

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