De las crisis a las reconstrucciones, por Elías Pino Iturrieta - Runrun
De las crisis a las reconstrucciones, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Se ha tratado en la anterior serie de artículos de llamar la atención sobre las crisis que ha experimentado la sociedad venezolana. Como sentimos que solo existe la conmoción de la actualidad, que es la que de veras nos pesa y a la cual consideramos como fundamental por razones obvias, porque es la que nos ha tocado, se quiso llamar la atención sobre los fenómenos de destrucción y dolor que han retado a la colectividad desde su nacimiento como república.

Así apreciaríamos de manera distinta las penas que nos agobian, pensamos, debido a que seríamos capaces de relacionarlas con vivencias anteriores que nos permitirían juicios más equilibrados. De allí los escritos consecutivos sobre la Independencia, la Guerra Federal, el Gomecismo y el Chavismo, que circularon hasta la semana pasada. Pero tal serie puede llevar a un juicio unilateral.

Puede provocar la sensación de que todo ha sido terrible en el pasado y en nuestros días. Que hemos ido de mal en peor desde los primeros pasos que dimos en el sendero de la república en el cual todavía nos movemos, y que no parece dispuesto a ofrecernos una tregua.

Nadie puede dudar de la existencia de las crisis anteriores, porque se concretaron y llevaron a nuestros antepasados, como nos ha llevado la actual a nosotros, a un teatro de calamidades. Pero salimos de ellas, en muchos casos con notable éxito.

La lección de las crisis consiste en que deben llamar la atención sobre el hecho de que no fueron permanentes, sino etapas que tuvieron fin para permitir la entrada de situaciones diversas y auspiciosas.

Pero, ¿por qué terminaron esas crisis que se pintan con los colores más oscuros, con tonos fúnebres? No fue por obra del milagro, o por el auxilio de factores procedentes del exterior, ni por los caprichos del azar, sino por la voluntad de sobrevivencia y superación de los venezolanos de tres épocas fundamentales.

De la cuarta, la del Chavismo, no se puede decir lo mismo porque no ha tenido conclusión, aunque la deseemos con vehemencia, pero las otras ofrecen lecciones de optimismo y sabiduría que no se pueden echar en saco roto.

Del baño de sangre de la Independencia se pasó a la arquitectura de una república liberal que fue modelo de equidad y circunspección durante casi tres décadas. La depredación de la Guerra Federal condujo a un lapso de concertación que redujo los erizamientos y condujo a situaciones de progreso material y de armonía afectiva en las cuales nadie creía cuando se suscribieron los tratados de paz. La sociedad se fue alejando paulatinamente del horror del Gomecismo, mediante una transición que condujo a las primeras manifestaciones realmente democráticas de nuestra historia, y a una cohabitación respetuosa o civilizada.

Ninguna de tales crisis detuvo el movimiento de la historia, ninguna condujo a la decisión de apagar la luz y cerrar para siempre la casa, ninguna impidió que los venezolanos de cada tiempo levantaran cabeza, sino todo lo contrario.

De allí la necesidad de llamar la atención sobre los esfuerzos de fábrica que siguieron a los capítulos de devastación, que trataremos de realizar en próximos textos.

Cada época produce su salvación en fecha oportuna. En cada conjunto de protagonistas circunscritos a una época determinada, en este caso a la crisis de esa época, tienen asiento la idea de la reforma y el anhelo de tiempos mejores. Los que se han dedicado a la matanza deben dejar que la gente viva, los responsables de las tinieblas se rinden ante la luz y los ocupados en la destrucción deben parar para que se levanten flamantes edificios. Quizá no porque quedaran satisfechos con sus actos, sino debido a que sus semejantes, los que también están en ese allí y en ese ahora, les aconsejan un cambio de conducta, o los obligan a llevarlo a cabo. O simplemente por debilidad, por agotamiento, porque les llegó la hora.

Los hombres no esperan a la descendencia para que les remiende la vida, sino que buscan la aguja y el dedal para que sus hijos la encuentren mejorada, más hospitalaria o habitable cuando ellos abandonen el centro de la escena. Veremos lo que parece esencial de esas reconstrucciones en los textos de las semanas venideras. Ojalá nos aleccionen sobre cómo salir de la penuria actual.

 

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