Carta Abierta al Grupo de Lima, por Armando Martini Pietri

 

 

NO PUEDO NEGAR QUE, COMO VENEZOLANO Y CIUDADANO de indeclinable pensamiento demócrata, sumé fe y esperanza a la inminente salida de la dictadura castro madurista que ha llevado, a un país rico y hermoso, a la ruina moral y material que es hoy aval y causa de la espantosa crisis humanitaria.

La mesa quedó servida para ese cambio libertario cuando Juan Guaidó fue constitucionalmente electo como Presidente de la Asamblea Nacional y seguidamente juró, cumpliendo con esa misma Constitución, como Presidente interino de Venezuela, ante la descarada usurpación del cargo de un individuo impuesto a través de comicios fraudulentos, concebidos por el castrismo inescrupuloso experto en el fraude socio-político. Reconocido por más de 60 naciones, soberanas y democráticas, ¿cómo dudar entonces que la libertad de la auténtica patria de Bolívar estaba sólo a unos cuantos pasos? ¿Cómo no inferir que al impedir brutalmente el ingreso de la ayuda humanitaria y atacar sin el menor escrúpulo y públicamente a un grupo de voluntarios indígenas de la etnia Pemón resultaría motivo insoslayable para responder a la oprobiosa tiranía de manera contundente y proporcional?

Así nos unimos en expectativa la inmensa mayoría de venezolanos a la urgente reunión convocada por el Grupo de Lima, instancia internacional surgida para apoyarnos en el sinuoso camino a la libertad, de cuyo seno emanaron importantísimas resoluciones hasta diseñar la ruta crucial de la misión libertaria de la Venezuela anhelante: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres y transparentes.

¿Entonces qué pasó? en su última reunión del 25 de febrero en Bogotá, la alianza de 14 naciones produjo una declaración de 18 ítems que transfiguró la realidad nacional sepultando ilusiones, esperanzas, sueños y añoranzas, dando paso al estupor, desconsuelo, y decepción de cientos de miles de compatriotas que conmocionados no podían dar crédito a las resoluciones, en especial al punto 16 que transcribimos: “Reiteran su convicción de que la transición a la democracia debe ser conducida por los propios venezolanos pacíficamente y en el marco de la Constitución y el derecho internacional, apoyada por medios políticos y diplomáticos, sin uso de la fuerza”.

Pero si hay algo definitivo y palpable es que el pueblo de Venezuela no puede seguir solo, en su lucha por la libertad, contra un régimen violento y cruel que embiste ciudadanos inermes que manifiestan pacíficamente, que ejerce una administración criminal y cuyos mejores argumentos son la alienante propaganda, mentira descarada, vil persecución, represión salvaje, exilio, cárcel y tortura.

Es una desgracia para la justicia y una tragedia diplomática este retroceso que vacía de contenido al Derecho Internacional, y en cambio atiborra con algodones de absurda paciencia los pliegues de la tiranía. Una decisión sin el poder coactivo requerido para hacer valer su eficacia. Providencia lejana, sin entereza ni firmeza, que exhibe una vez más la inoperancia tantas veces manifiesta y cuestionada de los organismos multilaterales y el accionar timorato de la diplomacia frente a los abusos y atrocidades de un régimen autoritario, opresivo, corrupto y delictivo. Ello conlleva pensar que el mundo no es de los justos ni de los valientes, sino de los perversos abyectos y abominables. De nada sirven la solidaridad, condenas, denuncias ni tratados cuando en la praxis no es posible lograr ni mucho menos mesurar sus alcances reales.

La declaración del Grupo de Lima, fue, cuando menos, dolorosa y desconcertante, un inesperado empujón al régimen y a la barbarie de sus desmanes, para reavivar el tono gritón y pendenciero, envalentonado con sus secuaces para seguir oprimiendo a un pueblo noble y esperanzado. El Grupo de Lima le dio respiración artificial al culpable de la tragedia venezolana y su crisis humanitaria, caos político y social, éxodo multitudinario, inseguridad personal y jurídica, secuestro de instituciones, violación reiterada y sistemática de la Constitución, de los Derechos Humanos, con prescindencia de toda virtud, una situación internacionalmente pública y notoria, un despotismo apandillado que baila sobre los cadáveres de sus víctimas y fanfarronea sus pírricas victorias delictivas al ritmo burlón del guaguancó castrista, una burla grosera a la comunidad internacional a la cual ellos mismos pertenecen, esa que mayoritariamente desconoció al usurpador y aupó la esperanza de nuestro pueblo, representada en el joven Juan Guaidó.

Era imposible ocultar la frustración, tristeza e indignación por la diplomática y cómplice proclama. La decencia venezolana ahora teme porque prevé lo que se le viene encima, radicalización del autoritarismo que ratifica a los malos como dueños de la vida y bienes ajenos, un régimen cuya única evolución es de dictadura militarizada a tiranía de colectivos y delincuentes, repotenciando, en principio, la perversa astucia comunista castrista que hoy estalla a carcajadas contra quienes sólo soñamos con libertad y democracia. Sin embargo, espero y deseo estar equivocado. Si así fuere, pediré perdón de rodillas por mi falta de fe.

Superado el furor y recuperada la sindéresis entiendo también que no estamos frente a una causa perdida, son innumerables los sacrificios para rendirnos ahora. Estamos obligados -por Venezuela y su futuro-, a recuperar e imponer ilusión, alegría y confianza, sin desánimo, ni desesperanza. Esta lucha ciudadana continúa, no será eterna, y no duden que la vamos a ganar. Derrotar a un estado fallido y sin escrúpulos no es tarea cómoda, es difícil, enorme, requiere de inteligencia, disciplina, coherencia, constancia y mucho, muchísimo, coraje.

Confiemos en que los miembros de la XI Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Lima, en la ciudad de Bogotá, entenderán que los tiempos de hambre y angustia de los venezolanos no son los mismos que observa la diplomacia. Nuestro país está agonizante mientras la diplomacia cuida las formas. En el drama venezolano, no es suficiente condenar la violencia, ni denunciar los crímenes de lesa humanidad. Venezuela requiere apoyo con decisión y valentía contra un régimen opresor y miserable.

Reflexión final: cuando un sistema político patibulario de cualquier ideología o nación, amenaza con su extinción, la intervención más que un compromiso y obligación, es un deber ciudadano, ético y moral.

¡Vamos Venezuela!

 

@ArmandoMartini

 

 

NO PUEDO NEGAR QUE, COMO VENEZOLANO Y CIUDADANO de indeclinable pensamiento demócrata, sumé fe y esperanza a la inminente salida de la dictadura castro madurista que ha llevado, a un país rico y hermoso, a la ruina moral y material que es hoy aval y causa de la espantosa crisis humanitaria.

La mesa quedó servida para ese cambio libertario cuando Juan Guaidó fue constitucionalmente electo como Presidente de la Asamblea Nacional y seguidamente juró, cumpliendo con esa misma Constitución, como Presidente interino de Venezuela, ante la descarada usurpación del cargo de un individuo impuesto a través de comicios fraudulentos, concebidos por el castrismo inescrupuloso experto en el fraude socio-político. Reconocido por más de 60 naciones, soberanas y democráticas, ¿cómo dudar entonces que la libertad de la auténtica patria de Bolívar estaba sólo a unos cuantos pasos? ¿Cómo no inferir que al impedir brutalmente el ingreso de la ayuda humanitaria y atacar sin el menor escrúpulo y públicamente a un grupo de voluntarios indígenas de la etnia Pemón resultaría motivo insoslayable para responder a la oprobiosa tiranía de manera contundente y proporcional?

Así nos unimos en expectativa la inmensa mayoría de venezolanos a la urgente reunión convocada por el Grupo de Lima, instancia internacional surgida para apoyarnos en el sinuoso camino a la libertad, de cuyo seno emanaron importantísimas resoluciones hasta diseñar la ruta crucial de la misión libertaria de la Venezuela anhelante: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres y transparentes.

¿Entonces qué pasó? en su última reunión del 25 de febrero en Bogotá, la alianza de 14 naciones produjo una declaración de 18 ítems que transfiguró la realidad nacional sepultando ilusiones, esperanzas, sueños y añoranzas, dando paso al estupor, desconsuelo, y decepción de cientos de miles de compatriotas que conmocionados no podían dar crédito a las resoluciones, en especial al punto 16 que transcribimos: “Reiteran su convicción de que la transición a la democracia debe ser conducida por los propios venezolanos pacíficamente y en el marco de la Constitución y el derecho internacional, apoyada por medios políticos y diplomáticos, sin uso de la fuerza”.

Pero si hay algo definitivo y palpable es que el pueblo de Venezuela no puede seguir solo, en su lucha por la libertad, contra un régimen violento y cruel que embiste ciudadanos inermes que manifiestan pacíficamente, que ejerce una administración criminal y cuyos mejores argumentos son la alienante propaganda, mentira descarada, vil persecución, represión salvaje, exilio, cárcel y tortura.

Es una desgracia para la justicia y una tragedia diplomática este retroceso que vacía de contenido al Derecho Internacional, y en cambio atiborra con algodones de absurda paciencia los pliegues de la tiranía. Una decisión sin el poder coactivo requerido para hacer valer su eficacia. Providencia lejana, sin entereza ni firmeza, que exhibe una vez más la inoperancia tantas veces manifiesta y cuestionada de los organismos multilaterales y el accionar timorato de la diplomacia frente a los abusos y atrocidades de un régimen autoritario, opresivo, corrupto y delictivo. Ello conlleva pensar que el mundo no es de los justos ni de los valientes, sino de los perversos abyectos y abominables. De nada sirven la solidaridad, condenas, denuncias ni tratados cuando en la praxis no es posible lograr ni mucho menos mesurar sus alcances reales.

La declaración del Grupo de Lima, fue, cuando menos, dolorosa y desconcertante, un inesperado empujón al régimen y a la barbarie de sus desmanes, para reavivar el tono gritón y pendenciero, envalentonado con sus secuaces para seguir oprimiendo a un pueblo noble y esperanzado. El Grupo de Lima le dio respiración artificial al culpable de la tragedia venezolana y su crisis humanitaria, caos político y social, éxodo multitudinario, inseguridad personal y jurídica, secuestro de instituciones, violación reiterada y sistemática de la Constitución, de los Derechos Humanos, con prescindencia de toda virtud, una situación internacionalmente pública y notoria, un despotismo apandillado que baila sobre los cadáveres de sus víctimas y fanfarronea sus pírricas victorias delictivas al ritmo burlón del guaguancó castrista, una burla grosera a la comunidad internacional a la cual ellos mismos pertenecen, esa que mayoritariamente desconoció al usurpador y aupó la esperanza de nuestro pueblo, representada en el joven Juan Guaidó.

Era imposible ocultar la frustración, tristeza e indignación por la diplomática y cómplice proclama. La decencia venezolana ahora teme porque prevé lo que se le viene encima, radicalización del autoritarismo que ratifica a los malos como dueños de la vida y bienes ajenos, un régimen cuya única evolución es de dictadura militarizada a tiranía de colectivos y delincuentes, repotenciando, en principio, la perversa astucia comunista castrista que hoy estalla a carcajadas contra quienes sólo soñamos con libertad y democracia. Sin embargo, espero y deseo estar equivocado. Si así fuere, pediré perdón de rodillas por mi falta de fe.

Superado el furor y recuperada la sindéresis entiendo también que no estamos frente a una causa perdida, son innumerables los sacrificios para rendirnos ahora. Estamos obligados -por Venezuela y su futuro-, a recuperar e imponer ilusión, alegría y confianza, sin desánimo, ni desesperanza. Esta lucha ciudadana continúa, no será eterna, y no duden que la vamos a ganar. Derrotar a un estado fallido y sin escrúpulos no es tarea cómoda, es difícil, enorme, requiere de inteligencia, disciplina, coherencia, constancia y mucho, muchísimo, coraje.

Confiemos en que los miembros de la XI Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Lima, en la ciudad de Bogotá, entenderán que los tiempos de hambre y angustia de los venezolanos no son los mismos que observa la diplomacia. Nuestro país está agonizante mientras la diplomacia cuida las formas. En el drama venezolano, no es suficiente condenar la violencia, ni denunciar los crímenes de lesa humanidad. Venezuela requiere apoyo con decisión y valentía contra un régimen opresor y miserable.

Reflexión final: cuando un sistema político patibulario de cualquier ideología o nación, amenaza con su extinción, la intervención más que un compromiso y obligación, es un deber ciudadano, ético y moral.

¡Vamos Venezuela!

 

@ArmandoMartini

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NO PUEDO NEGAR QUE, COMO VENEZOLANO Y CIUDADANO de indeclinable pensamiento demócrata, sumé fe y esperanza a la inminente salida de la dictadura castro madurista que ha llevado, a un país rico y hermoso, a la ruina moral y material que es hoy aval y causa de la espantosa crisis humanitaria.

La mesa quedó servida para ese cambio libertario cuando Juan Guaidó fue constitucionalmente electo como Presidente de la Asamblea Nacional y seguidamente juró, cumpliendo con esa misma Constitución, como Presidente interino de Venezuela, ante la descarada usurpación del cargo de un individuo impuesto a través de comicios fraudulentos, concebidos por el castrismo inescrupuloso experto en el fraude socio-político. Reconocido por más de 60 naciones, soberanas y democráticas, ¿cómo dudar entonces que la libertad de la auténtica patria de Bolívar estaba sólo a unos cuantos pasos? ¿Cómo no inferir que al impedir brutalmente el ingreso de la ayuda humanitaria y atacar sin el menor escrúpulo y públicamente a un grupo de voluntarios indígenas de la etnia Pemón resultaría motivo insoslayable para responder a la oprobiosa tiranía de manera contundente y proporcional?

Así nos unimos en expectativa la inmensa mayoría de venezolanos a la urgente reunión convocada por el Grupo de Lima, instancia internacional surgida para apoyarnos en el sinuoso camino a la libertad, de cuyo seno emanaron importantísimas resoluciones hasta diseñar la ruta crucial de la misión libertaria de la Venezuela anhelante: cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres y transparentes.

¿Entonces qué pasó? en su última reunión del 25 de febrero en Bogotá, la alianza de 14 naciones produjo una declaración de 18 ítems que transfiguró la realidad nacional sepultando ilusiones, esperanzas, sueños y añoranzas, dando paso al estupor, desconsuelo, y decepción de cientos de miles de compatriotas que conmocionados no podían dar crédito a las resoluciones, en especial al punto 16 que transcribimos: “Reiteran su convicción de que la transición a la democracia debe ser conducida por los propios venezolanos pacíficamente y en el marco de la Constitución y el derecho internacional, apoyada por medios políticos y diplomáticos, sin uso de la fuerza”.

Pero si hay algo definitivo y palpable es que el pueblo de Venezuela no puede seguir solo, en su lucha por la libertad, contra un régimen violento y cruel que embiste ciudadanos inermes que manifiestan pacíficamente, que ejerce una administración criminal y cuyos mejores argumentos son la alienante propaganda, mentira descarada, vil persecución, represión salvaje, exilio, cárcel y tortura.

Es una desgracia para la justicia y una tragedia diplomática este retroceso que vacía de contenido al Derecho Internacional, y en cambio atiborra con algodones de absurda paciencia los pliegues de la tiranía. Una decisión sin el poder coactivo requerido para hacer valer su eficacia. Providencia lejana, sin entereza ni firmeza, que exhibe una vez más la inoperancia tantas veces manifiesta y cuestionada de los organismos multilaterales y el accionar timorato de la diplomacia frente a los abusos y atrocidades de un régimen autoritario, opresivo, corrupto y delictivo. Ello conlleva pensar que el mundo no es de los justos ni de los valientes, sino de los perversos abyectos y abominables. De nada sirven la solidaridad, condenas, denuncias ni tratados cuando en la praxis no es posible lograr ni mucho menos mesurar sus alcances reales.

La declaración del Grupo de Lima, fue, cuando menos, dolorosa y desconcertante, un inesperado empujón al régimen y a la barbarie de sus desmanes, para reavivar el tono gritón y pendenciero, envalentonado con sus secuaces para seguir oprimiendo a un pueblo noble y esperanzado. El Grupo de Lima le dio respiración artificial al culpable de la tragedia venezolana y su crisis humanitaria, caos político y social, éxodo multitudinario, inseguridad personal y jurídica, secuestro de instituciones, violación reiterada y sistemática de la Constitución, de los Derechos Humanos, con prescindencia de toda virtud, una situación internacionalmente pública y notoria, un despotismo apandillado que baila sobre los cadáveres de sus víctimas y fanfarronea sus pírricas victorias delictivas al ritmo burlón del guaguancó castrista, una burla grosera a la comunidad internacional a la cual ellos mismos pertenecen, esa que mayoritariamente desconoció al usurpador y aupó la esperanza de nuestro pueblo, representada en el joven Juan Guaidó.

Era imposible ocultar la frustración, tristeza e indignación por la diplomática y cómplice proclama. La decencia venezolana ahora teme porque prevé lo que se le viene encima, radicalización del autoritarismo que ratifica a los malos como dueños de la vida y bienes ajenos, un régimen cuya única evolución es de dictadura militarizada a tiranía de colectivos y delincuentes, repotenciando, en principio, la perversa astucia comunista castrista que hoy estalla a carcajadas contra quienes sólo soñamos con libertad y democracia. Sin embargo, espero y deseo estar equivocado. Si así fuere, pediré perdón de rodillas por mi falta de fe.

Superado el furor y recuperada la sindéresis entiendo también que no estamos frente a una causa perdida, son innumerables los sacrificios para rendirnos ahora. Estamos obligados -por Venezuela y su futuro-, a recuperar e imponer ilusión, alegría y confianza, sin desánimo, ni desesperanza. Esta lucha ciudadana continúa, no será eterna, y no duden que la vamos a ganar. Derrotar a un estado fallido y sin escrúpulos no es tarea cómoda, es difícil, enorme, requiere de inteligencia, disciplina, coherencia, constancia y mucho, muchísimo, coraje.

Confiemos en que los miembros de la XI Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Lima, en la ciudad de Bogotá, entenderán que los tiempos de hambre y angustia de los venezolanos no son los mismos que observa la diplomacia. Nuestro país está agonizante mientras la diplomacia cuida las formas. En el drama venezolano, no es suficiente condenar la violencia, ni denunciar los crímenes de lesa humanidad. Venezuela requiere apoyo con decisión y valentía contra un régimen opresor y miserable.

Reflexión final: cuando un sistema político patibulario de cualquier ideología o nación, amenaza con su extinción, la intervención más que un compromiso y obligación, es un deber ciudadano, ético y moral.

¡Vamos Venezuela!

 

@ArmandoMartini

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