Quedados en el apparatchik, por Alejandro Armas - Runrun

Quedados en el apparatchik, por Alejandro Armas

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RECUERDO QUE CUANDO ERA PEQUEÑO, MIS PADRES, como todos los padres, me hablaban de lo destructivas que son las drogas y me advertían que me mantuviera alejado de ellas. Me decían que en su juventud era difícil conseguir a alguien que no las consumiera, al menos con poca frecuencia, y que algunos de sus conocidos sucumbieron a una adicción de la que nunca se liberaron, lo cual comprometió permanentemente sus posibilidades de conseguir un buen trabajo y prosperar. En alusión a aquellos días de pocas responsabilidades y mayor margen para la experimentación que caracterizan la adolescencia y la adultez temprana, se referían a aquellos individuos como “quedados en el aparato”.

Ahora bien, hay varias formas de quedarse en el aparato y no todas tienen que ver con estupefacientes. El pensamiento dogmático, la militancia ideológica rígida, como explicó Sartori, puede preservar de manera milagrosa posiciones políticas que de otra forma tendrían fecha de caducidad. No importa que haya, no digo una montaña, sino una Cordillera de los Andes de evidencia empírica contra los postulados de la teoría seleccionada. El fanático siempre buscará una forma de rechazar esas pruebas, por más irracionales que sean los argumentos empleados. Pasa, por ejemplo, con la ortodoxia marxista-leninista, que ve la sociedad del siglo XXI con los mismos lentes de un antagonismo de clases propio de hace centuria y media.

Los simpatizantes de esta extrema izquierda llevan un par de semanas emitiendo comentarios furibundos sobre Venezuela, ahora que el país nuevamente suele aparecer en las portadas de periódicos a lo largo y ancho del mundo. Según ellos, hay en marcha “un golpe de Estado conducido desde Washington contra el gobierno revolucionario y ampliamente popular de Nicolás Maduro, cuyo propósito es restablecer un orden neoliberal mediante el cual trasnacionales anglosajonas y oligarcas criollos se lucrarían de la riqueza petrolera y dejarían por fuera de cualquier beneficio a las masas humildes”. Añaden que “en Venezuela hay democracia plena, los problemas económicos son culpa de las sanciones norteamericanas, el gobierno de Maduro ha intentado incontables veces dialogar con sus detractores y una oposición violenta se empeña en derrocarlo”. Es como ver Telesur en otros idiomas.

Entre quienes se han dado a la tarea de pontificar así está Roger Waters, destacado músico británico mejor conocido por haber sido el bajista y principal fuerza creativa detrás de la banda Pink Floyd, durante su período de mayor éxito. Todo comenzó con un mensaje en su cuenta de Twitter defendiendo el régimen de Maduro y afirmando que en Venezuela hay una “democracia real”. Un par de días más tarde, Waters difundió un texto más extenso, en el que admitió haber recibido una avalancha de críticas por su comentario. Pero, en una muestra de arrogancia sobrecogedora, desestimó las reacciones caricaturizando a toda la oposición venezolana como un grupo de privilegiados de piel blanca y que vive en el extranjero (“en Nueva York”, dijo específicamente, a pesar de que los venezolanos que vivimos en la Gran Manzana somos muy pocos). No conforme con ello, Waters presentó como pruebas de lo que los venezolanos pensamos una encuesta… De Hinterlaces, revelada en el programa televisivo de José Vicente Rangel, siempre dando a entender que se trata de información confiable y objetiva, de fuentes muy respetables. Asumo que Waters ignora que Rangel es un connotado miembro de la elite gobernante venezolana. O que Hinterlaces es encabezada por Óscar Schemel, un miembro de la ANC.

Hablando de nuevo de mis progenitores, fue gracias a ellos que desde la infancia me enamoré de la música de Pink Floyd. Las notas de sus dos obras más conocidas, The Dark Side of the Moon y The Wall, sonaron en mi casa desde que tengo uso de razón. Ya más maduro descubrí por mi cuenta las vibras psicodélicas de sus primeros discos, así como esa maravilla que es Wish You Were Here. Su sucesor, Animals, inspirado en la más famosa novela de George Orwell, me parece un concepto fascinantemente congruente con la Venezuela actual y su sociedad dividida en “cerdos, perros y ovejas”.

Los pronunciamientos de Roger Waters me hirieron. Mucho. Yo ya sabía que el hombre tenía inclinaciones de izquierda, lo cual está bien. Pero no pensé que sería capaz de unas declaraciones tan ignorantes e infelices. Estoy convencido de que no se puede juzgar una obra de arte por el artista, pero por los momentos me cuesta escuchar esa música sublime sin recordar las odiosas palabras de Waters, que también me recordaron una vez más los peligros del fanatismo político. Sobre los peligros de quedarse en el aparato advertidos por mis papás.

Propongo al lector un ejercicio psicológico: imaginemos que estamos en 1968. La efervescencia revolucionaria conmociona Occidente. La juventud, desencantada con el statu quo y también con los viejos dirigentes comunistas, exige cambios radicales. Los afroamericanos luchan por sus derechos. Igual las mujeres. Un supremacista blanco (excusen el feo anglicismo con raíces latinas) asesina a Martin Luther King. La Guerra de Vietnam es blanco frecuente de las protestas. La “nueva izquierda” marca la pauta filosófica de los rebeldes. Hasta Moscú hiede a revisionismo burgués y es Mao, al frente de la Revolución Cultural, quien encarna el futuro del comunismo, como ilustra el filme La Chinoise, de Godard. El Gran Timonel es una de las tres grandes “M” (las otras dos son Marx y Marcuse). Los estudiantes sacuden París. En Tlatelolco los masacran. La moralidad sexual victoriana agoniza. La marihuana y el LSD están por doquiera. Suena The Doors, Jefferson Airplane, Jimi Hendrix… Y Pink Floyd, en su primera etapa.

Hasta cierto punto es comprensible que una juventud en la que Roger Waters y sus compañeros de banda eran ídolos, se comprometieran en aquel entonces con las ideas de ultraizquierda. Después de todo, es cierto que en buena parte de Occidente las normas sociales y culturales eran dictadas por elites reaccionarias y retrógradas. No es falso que, en nombre de la lucha contra el comunismo, el Gobierno de Estados Unidos estaba apoyando activamente dictaduras sanguinarias en América Latina, África y Asia (aunque por otro lado los soviéticos estaban acallando a sangre y fuego el reclamo democrático checoslovaco). Lo insólito es que hoy, tras la caída del Muro de Berlín, tras la evidencia del fracaso del socialismo revolucionario como generador de igualdad y prosperidad generalizada, tras conocerse los crímenes aberrantes de Stalin, Mao, Pol Pot y otros; lo insólito después de todo esto, digo, es que haya personas asumiendo que todo régimen de izquierda es democrático y productor de bienestar, y que por lo tanto cualquier intento por cambiarlo merece absoluto repudio.

Lo peor es que en Estados Unidos y Europa lo hacen desde la libertad y la comodidad que les brinda ser ciudadanos de Estados democráticos, republicanos y con sistemas económicos de mercados libres o regulados moderadamente. Derechos con los que no cuentan los subyugados por los regímenes que admiran. Ah, la pasión por el “buensalvajismo” disecada por Carlos Rangel. En el caso de Waters, el señor nos espeta su defensa del socialismo extremo desde la holgura que brinda haber sido una fábrica de discos exitosos. The Dark Side of the Moon es uno de los álbumes más vendidos de la historia, con decenas de millones de copias certificadas. Forbes estima que el ex líder de Pink Floyd tuvo un ingreso de 68 millones de dólares entre junio de 2018 y junio de 2019. Aun quitando impuestos y comisiones, es evidente el volumen de dinero del que hablamos. No sé si alguien la habrá comentado a Waters que Chávez en una ocasión expresó que “ser rico es malo e inhumano”.

Soy consciente de que este espacio es leído exclusivamente o casi exclusivamente por venezolanos. Por lo tanto, no veo necesidad de ahondar en detalles sobre las diferencias enormes entre la situación política venezolana y el contexto de Guerra Fría con el que Roger Waters y demás trazan comparaciones alegremente. Venezuela hoy no es Guatemala en 1954, ni Maduro es Allende. Lo peor de estos símiles es que no son inocuos. La elite gobernante venezolana siempre ha buscado el favor de la opinión pública mundial. Ciudadanos comunes de otras latitudes que por lejanía sientan poco interés por Venezuela pudieran ver en los artistas “políticamente conscientes” una fuente apropiada de información al respecto.

La crisis venezolana no es un antagonismo entre derecha e izquierda. No son solo Trump y Bolsonaro quienes se han pronunciado contra la elite imperante de Caracas. También lo han hecho los gobiernos socialdemócratas de España, Portugal, Ecuador y República Dominicana, así como miembros de primer orden del Partido Demócrata de Estados Unidos, como la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi. Hay izquierdistas que han entendido que esto es entre la democracia y su negación. Son quienes no se quedaron pegados en el aparato. ¿O en el apparatchik de la izquierda caviar mundial?

 

@AAAD25

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