¿Hasta cuándo y hasta dónde?, por Antonio José Monagas

Cualquier arenga política, busca enrolar actitudes que se dispongan a favorecer lo que exalta la perorata de marras. Para alcanzar tan ansiado propósito, la verborrea en cuestión hace trazos discursivos que sin llegar a concreción alguna, se pasea por parajes que, ni siquiera el orador de turno, alcanza a entender. El oyente-espectador, menos entiende lo que el discurso intenta esquematizar. Aun cuando lo que escucha lo lleva a sentirse profundamente confundido, tampoco reconoce su vergüenza. Pero que, sin embargo, complementa la escasa información que maneja en torno a lo expuesto. Aunque lo más grave en quien pasivamente presta su presencia siendo parte del conglomerado del acto proselitista, lo constituye la precaria cultura política. Problema éste que sin ser advertido por la persona, configura una importante cuota de la sumatoria de la cual se vale el dirigente político para justificar su trivial cháchara.

En medio de tan grosera realidad, se entretiene el venezolano carente de información, de civilismo, de conocimiento político y de juicio económico, particularmente. Pero que no por estas carestías, deja de actuar apegado a un comportamiento vanidoso, soberbio, egoísta o dicharachero. Sin embargo, esa actitud no es óbice para esconder un temperamento resignado, sumiso y vacilante. Tanto así, que muchas veces actúa de acuerdo a las circunstancias bajo las cuales se ve atrapado. Por eso vive momentos en que precisa pasarse por zalamero, adulador, jactancioso o presumido.

A esto ha arrastrado el populismo al venezolano, toda vez que las imposiciones del régimen socialista tienden a obligarlo a olvidar su dignidad pues las medidas gubernamentales buscan doblegarlo. Esto hace ver la depurada y solapada escrupulosidad de cada disposición política. Y de las mismas, se vale el autoritarismo revolucionario para conciliar las necesidades personales del venezolano a quien la vida se le ha recortado, con las decisiones tiránicas de un régimen absolutamente indolente, insolente y despótico.

De manera que no es difícil inferir el grado de perversión y tirantez que arropa cada dictamen gubernamental. No hay duda entonces de su capacidad destructiva para hacer que el hambre se convierta en el recurso político mediante el cual se permite su manipulación de la forma más inhumana posible.

El régimen, cuya concepto de revolución se tergiversó dada sus maléficas aprehensiones, ha podido salirse con la suya. A tal extremo, que sus dirigentes más “conspicuos” se han atrevido a revelar las intenciones más atroces que, seguramente, están consideradas subliminalmente en algún extracto del perturbado Plan de la Patria. Intenciones éstas que lejos de ser moderadas, constructivas y propias de quien forma filas de los cuadros de altos funcionarios de un Estado que debía preciarse de una historia de crudos embates por la democracia y las libertades, ponen al descubierto el nivel de bajeza de sus dirigentes toda vez que sus declaraciones, pronunciamientos o discursos están contenidos de improperios, amenazas, insultos, burlas y ofensas. Pero también, de inmoralidades características de la indecencia de quienes por ocupar puestos de gobierno, sin la preparación suficientes ni los principios y valores de quienes deben reconocer la responsabilidad y el compromiso como criterios de gobierno, se creen más que otros o superiores del resto de venezolanos.

La insolencia es lo que reviste la actitud de quienes fanfarronean por pertenecer al oficialismo. Pero, sin advertir que sus acciones sólo han retrasado el crecimiento de Venezuela en todos los ámbitos de desarrollo. Son tan impúdicos, que se atreven a decir que “antes de dejar el poder, convertiremos a Venezuela en cenizas”. Entonces, de ser ese un posible escenario ¿qué queda por hacer? De ahí que estos engreídos funcionarios ostentan la mediocridad como gran baluarte y símbolo de su retrógrada revolución. Así que frente al desastre imperante en el país y la inmediata necesidad de revertirlo desde la resistencia ciudadana, habrá que preguntarse ¿hasta cuándo y hasta dónde?

Antonio José Monagas

@ajmonagas 

Cualquier arenga política, busca enrolar actitudes que se dispongan a favorecer lo que exalta la perorata de marras. Para alcanzar tan ansiado propósito, la verborrea en cuestión hace trazos discursivos que sin llegar a concreción alguna, se pasea por parajes que, ni siquiera el orador de turno, alcanza a entender. El oyente-espectador, menos entiende lo que el discurso intenta esquematizar. Aun cuando lo que escucha lo lleva a sentirse profundamente confundido, tampoco reconoce su vergüenza. Pero que, sin embargo, complementa la escasa información que maneja en torno a lo expuesto. Aunque lo más grave en quien pasivamente presta su presencia siendo parte del conglomerado del acto proselitista, lo constituye la precaria cultura política. Problema éste que sin ser advertido por la persona, configura una importante cuota de la sumatoria de la cual se vale el dirigente político para justificar su trivial cháchara.

En medio de tan grosera realidad, se entretiene el venezolano carente de información, de civilismo, de conocimiento político y de juicio económico, particularmente. Pero que no por estas carestías, deja de actuar apegado a un comportamiento vanidoso, soberbio, egoísta o dicharachero. Sin embargo, esa actitud no es óbice para esconder un temperamento resignado, sumiso y vacilante. Tanto así, que muchas veces actúa de acuerdo a las circunstancias bajo las cuales se ve atrapado. Por eso vive momentos en que precisa pasarse por zalamero, adulador, jactancioso o presumido.

A esto ha arrastrado el populismo al venezolano, toda vez que las imposiciones del régimen socialista tienden a obligarlo a olvidar su dignidad pues las medidas gubernamentales buscan doblegarlo. Esto hace ver la depurada y solapada escrupulosidad de cada disposición política. Y de las mismas, se vale el autoritarismo revolucionario para conciliar las necesidades personales del venezolano a quien la vida se le ha recortado, con las decisiones tiránicas de un régimen absolutamente indolente, insolente y despótico.

De manera que no es difícil inferir el grado de perversión y tirantez que arropa cada dictamen gubernamental. No hay duda entonces de su capacidad destructiva para hacer que el hambre se convierta en el recurso político mediante el cual se permite su manipulación de la forma más inhumana posible.

El régimen, cuya concepto de revolución se tergiversó dada sus maléficas aprehensiones, ha podido salirse con la suya. A tal extremo, que sus dirigentes más “conspicuos” se han atrevido a revelar las intenciones más atroces que, seguramente, están consideradas subliminalmente en algún extracto del perturbado Plan de la Patria. Intenciones éstas que lejos de ser moderadas, constructivas y propias de quien forma filas de los cuadros de altos funcionarios de un Estado que debía preciarse de una historia de crudos embates por la democracia y las libertades, ponen al descubierto el nivel de bajeza de sus dirigentes toda vez que sus declaraciones, pronunciamientos o discursos están contenidos de improperios, amenazas, insultos, burlas y ofensas. Pero también, de inmoralidades características de la indecencia de quienes por ocupar puestos de gobierno, sin la preparación suficientes ni los principios y valores de quienes deben reconocer la responsabilidad y el compromiso como criterios de gobierno, se creen más que otros o superiores del resto de venezolanos.

La insolencia es lo que reviste la actitud de quienes fanfarronean por pertenecer al oficialismo. Pero, sin advertir que sus acciones sólo han retrasado el crecimiento de Venezuela en todos los ámbitos de desarrollo. Son tan impúdicos, que se atreven a decir que “antes de dejar el poder, convertiremos a Venezuela en cenizas”. Entonces, de ser ese un posible escenario ¿qué queda por hacer? De ahí que estos engreídos funcionarios ostentan la mediocridad como gran baluarte y símbolo de su retrógrada revolución. Así que frente al desastre imperante en el país y la inmediata necesidad de revertirlo desde la resistencia ciudadana, habrá que preguntarse ¿hasta cuándo y hasta dónde?

Antonio José Monagas

@ajmonagas 

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Cualquier arenga política, busca enrolar actitudes que se dispongan a favorecer lo que exalta la perorata de marras. Para alcanzar tan ansiado propósito, la verborrea en cuestión hace trazos discursivos que sin llegar a concreción alguna, se pasea por parajes que, ni siquiera el orador de turno, alcanza a entender. El oyente-espectador, menos entiende lo que el discurso intenta esquematizar. Aun cuando lo que escucha lo lleva a sentirse profundamente confundido, tampoco reconoce su vergüenza. Pero que, sin embargo, complementa la escasa información que maneja en torno a lo expuesto. Aunque lo más grave en quien pasivamente presta su presencia siendo parte del conglomerado del acto proselitista, lo constituye la precaria cultura política. Problema éste que sin ser advertido por la persona, configura una importante cuota de la sumatoria de la cual se vale el dirigente político para justificar su trivial cháchara.

En medio de tan grosera realidad, se entretiene el venezolano carente de información, de civilismo, de conocimiento político y de juicio económico, particularmente. Pero que no por estas carestías, deja de actuar apegado a un comportamiento vanidoso, soberbio, egoísta o dicharachero. Sin embargo, esa actitud no es óbice para esconder un temperamento resignado, sumiso y vacilante. Tanto así, que muchas veces actúa de acuerdo a las circunstancias bajo las cuales se ve atrapado. Por eso vive momentos en que precisa pasarse por zalamero, adulador, jactancioso o presumido.

A esto ha arrastrado el populismo al venezolano, toda vez que las imposiciones del régimen socialista tienden a obligarlo a olvidar su dignidad pues las medidas gubernamentales buscan doblegarlo. Esto hace ver la depurada y solapada escrupulosidad de cada disposición política. Y de las mismas, se vale el autoritarismo revolucionario para conciliar las necesidades personales del venezolano a quien la vida se le ha recortado, con las decisiones tiránicas de un régimen absolutamente indolente, insolente y despótico.

De manera que no es difícil inferir el grado de perversión y tirantez que arropa cada dictamen gubernamental. No hay duda entonces de su capacidad destructiva para hacer que el hambre se convierta en el recurso político mediante el cual se permite su manipulación de la forma más inhumana posible.

El régimen, cuya concepto de revolución se tergiversó dada sus maléficas aprehensiones, ha podido salirse con la suya. A tal extremo, que sus dirigentes más “conspicuos” se han atrevido a revelar las intenciones más atroces que, seguramente, están consideradas subliminalmente en algún extracto del perturbado Plan de la Patria. Intenciones éstas que lejos de ser moderadas, constructivas y propias de quien forma filas de los cuadros de altos funcionarios de un Estado que debía preciarse de una historia de crudos embates por la democracia y las libertades, ponen al descubierto el nivel de bajeza de sus dirigentes toda vez que sus declaraciones, pronunciamientos o discursos están contenidos de improperios, amenazas, insultos, burlas y ofensas. Pero también, de inmoralidades características de la indecencia de quienes por ocupar puestos de gobierno, sin la preparación suficientes ni los principios y valores de quienes deben reconocer la responsabilidad y el compromiso como criterios de gobierno, se creen más que otros o superiores del resto de venezolanos.

La insolencia es lo que reviste la actitud de quienes fanfarronean por pertenecer al oficialismo. Pero, sin advertir que sus acciones sólo han retrasado el crecimiento de Venezuela en todos los ámbitos de desarrollo. Son tan impúdicos, que se atreven a decir que “antes de dejar el poder, convertiremos a Venezuela en cenizas”. Entonces, de ser ese un posible escenario ¿qué queda por hacer? De ahí que estos engreídos funcionarios ostentan la mediocridad como gran baluarte y símbolo de su retrógrada revolución. Así que frente al desastre imperante en el país y la inmediata necesidad de revertirlo desde la resistencia ciudadana, habrá que preguntarse ¿hasta cuándo y hasta dónde?

Antonio José Monagas

@ajmonagas 

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