El espía ruso y el otro, por Ramón Hernández - Runrun
El espía ruso y el otro, por Ramón Hernández

ROBERT MAXWELL FUE ENTERRADO en el Monte de los Olivos, al este de Jerusalén, uno de los lugares más sagrados de Tierra Santa. Espía ruso, miembro de la Cámara de los Comunes del Reino Unido y empresario periodístico, dejó rastros de mala conducta, de negocios poco sanctos y de haber estafado a sus lectores tanto como a sus socios y clientes, pero a su sepelio asistieron importantes políticos, jefes de Estado, luminarias de la radio y la televisión y una numerosa representación de lo que se conoció como el jet-set internacional.

No era buen mozo ni de trato agradable, se imponía con su estatura –1,90 metros– y su ausencia de buenos propósitos. Nada le estaba vedado. La trampa, el engaño, la incuria, la abyección y la total falta de escrúpulos eran sus principios y sus fines. Sus empleados del Daily Mirror no se mostraron compungidos con su muerte; al contrario, sentían que se habían quitado un gran peso de encima, se sentían liberados de un editor que había llevado el amarillismo, el sensacionalismo y la “prensa popular” a sus peores extremos. Un diarismo que no respetaba camas ni cuartos de baño y que podía anunciar con letras bien gordas que había logrado fotografiar, y ahí estaba la muestra, el cáncer de garganta de Sammy Davis Jr. La imagen del príncipe Harry orinando en un parque apenas era una travesura banal.

Poco después de que se divulgaran pruebas de que era un espía del Mossad y tras una semana de fuerte polémica en la que reconoció que era un traficante de armas, Capitán Bob, como le decían, se fue de vacaciones al Atlántico, a los remansos canarios y se lanzó al agua en alta mar. Tenía 68 años de edad.

La verdad se fue conociendo por trozos y demostró que había sido un espía de la KGB, que desde sus inicios atesoró en sus filas hombres públicos, artistas y filósofos que mantenían ocupados a los pensadores para que no descubrieran las porquerías ocultas del socialismo real ni cuestionaran la viabilidad del marxismo-leninismo-estalinismo. La foto de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir pescando con Fidel en Cuba sirvió más que todos los manifiestos que firmaron en su vida, pero las “complicaciones” filosóficas que creaba Louis Althusser eran más útiles para la expansión del materialismo dialéctico y el materialismo histórico, las herramientas “científicas” del marxismo.

Althusser era alto y buen mozo, también maníaco-depresivo. Al contrario de Stalin, sabía escribir y pensar. Sus amigos dicen que era un spinozista triste, que le gustaba sufrir, que era un masoquista y que acudía a los electroshocks no para curarse sino para disfrutarlos; que asesinó a su esposa porque no soportó más que le leyera la correspondencia y se hubiese convertido en su alter ego. No fue a la cárcel. El Partido Comunista de Francia logró que se quedara en su casa, pero con el crimen se acabó el debate filosófico y el camino estructuralista del marxismo, su invento, su diversión, su estafa. Se acabó la idea de la ideología como una relación imaginaria con la realidad, y el principio gramsciano de la hegemonía. Aparecía otra discusión: la perestroika, que fue otra muerte de Stalin, pero por poco tiempo.

Después se supo, por su propia confesión, que este innovador del marxismo que separaba al Marx joven del Marx maduro, al igual que casi los demás “expertos”, nunca leyó a Marx completo, que no lo entendía, que no le encontraba sentido y que era más divertido inventar charadas, disquisiciones vacías.

Stalin descubrió antes la vaciedad de Marx y la aprovechó mejor. No siendo alto sino achaparrado y feo, con la cara marcada con la viruela, además de tosco y mal hablado, y falto de destreza en la escritura y lerdo en el arte de articular ideas, se atrevió –la ignorancia es audaz– a pergeñar un folletos de 40 páginas sobre el lenguaje y la revolución. Todavía se lo aplauden los más abyectos. Su secreto para tanto éxito no era el control que tenía sobre vidas y haciendas, que era exagerado, sino su lancinante complejo de inferioridad y su ignorancia supina. Vendo espejo de cuerpo entero, casi dos metros.