
El mundo se acercaba al nuevo milenio y Venezuela a la promesa de una nueva era en la cabeza de un hombre que hablaba bonito y convencÃa a la gente. “El pasado contra el presente”, he allà el primer intento de distinguir entre lo que dejábamos y lo que empezarÃamos, en teorÃa, a vivir. Pero más allá de un elemento de discriminación cronológica, esta categorización devino cada vez más una etiqueta, apoyada por quienes desde los micrófonos aupaban al pueblo a poner fin a la “cuarta República” y dar paso a la “quinta”.
Los que se oponÃan poco a poco fueron siendo excluidos de las nuevas definiciones polÃticas de pueblo, nación y Estado. La patria era lo que se construÃa y los patriotas sus constructores. Pasamos más allá del ellos y nosotros, se comenzó a establecer un nuevo concepto de lo que significaba ser venezolano y quien se quedaba fuera era quizás “escuálido” o “apátrida”, pero venezolano no.
Los enemigos del “proyecto de cambio” no solo eran “poquitos”, sino reaccionarios, se repetÃa con insistencia desde el discurso oficial. Asà fue como el contrincante polÃtico pasó a ser enemigo y el disidente poco menos que persona. Se deshumanizo la polÃtica, porque las etiquetas tienen ese efecto, pasamos entonces de la polarización a la confrontación.
La conflictividad, que rendÃa buenos frutos electorales para quien la utilizaba, fue en escalada. Cuando se tiene un contrincante se busca ganarle, cuando se tiene un enemigo el objetivo es destruirlo. El odio hizo efecto aguas abajo, pueblo contra pueblo, vÃnculos rotos, familias separadas. TenÃa raÃces profundas.
Cuando hoy se habla de crÃmenes de odio toca buscar más allá de los autores materiales, ir contra quienes hicieron de Venezuela tierra fértil para la intolerancia y la violencia polÃtica. Otro parte de un legado que no sólo nos toca padecer, sino del que ahora nos harán responsables.
@Brianfincheltub

El mundo se acercaba al nuevo milenio y Venezuela a la promesa de una nueva era en la cabeza de un hombre que hablaba bonito y convencÃa a la gente. “El pasado contra el presente”, he allà el primer intento de distinguir entre lo que dejábamos y lo que empezarÃamos, en teorÃa, a vivir. Pero más allá de un elemento de discriminación cronológica, esta categorización devino cada vez más una etiqueta, apoyada por quienes desde los micrófonos aupaban al pueblo a poner fin a la “cuarta República” y dar paso a la “quinta”.
Los que se oponÃan poco a poco fueron siendo excluidos de las nuevas definiciones polÃticas de pueblo, nación y Estado. La patria era lo que se construÃa y los patriotas sus constructores. Pasamos más allá del ellos y nosotros, se comenzó a establecer un nuevo concepto de lo que significaba ser venezolano y quien se quedaba fuera era quizás “escuálido” o “apátrida”, pero venezolano no.
Los enemigos del “proyecto de cambio” no solo eran “poquitos”, sino reaccionarios, se repetÃa con insistencia desde el discurso oficial. Asà fue como el contrincante polÃtico pasó a ser enemigo y el disidente poco menos que persona. Se deshumanizo la polÃtica, porque las etiquetas tienen ese efecto, pasamos entonces de la polarización a la confrontación.
La conflictividad, que rendÃa buenos frutos electorales para quien la utilizaba, fue en escalada. Cuando se tiene un contrincante se busca ganarle, cuando se tiene un enemigo el objetivo es destruirlo. El odio hizo efecto aguas abajo, pueblo contra pueblo, vÃnculos rotos, familias separadas. TenÃa raÃces profundas.
Cuando hoy se habla de crÃmenes de odio toca buscar más allá de los autores materiales, ir contra quienes hicieron de Venezuela tierra fértil para la intolerancia y la violencia polÃtica. Otro parte de un legado que no sólo nos toca padecer, sino del que ahora nos harán responsables.
@Brianfincheltub