Patriotismo no es patriotería, por Alejandro Armas
Patriotismo no es patriotería, por Alejandro Armas

Patrioterismo

 

A Oscar Wilde se le atribuye una frase que, entre otras variantes, podría traducirse como “El patriotismo es la virtud de los depravados” o “El nacionalismo es la virtud de los canallas”. Así como hay diferentes transcripciones en castellano de la cita del escritor irlandés, existen diversas interpretaciones. ¿Grito de cosmopolitismo contra el culto exclusivo de las tradiciones propias? ¿Crítica ácida a algunos que reclaman la superioridad para sus respectivos terruños? Puede ser.

No soy de los que creen que el desiderátum del ser humano a estas alturas del siglo XXI debe dar al traste con cualquier apego a la identidad nacional, con el aprecio hacia las costumbres de la sociedad en la que uno nace y crece y con la preocupación primordial por el bienestar de los demás individuos en dicha sociedad. Tampoco veo razonables los argumentos a favor de todo esto esgrimidos por el anarcocapitalismo, en nombre de la libertad. Después de todo, la nación es solo uno de los componentes del Estado que tanto detestan, y no precisamente aquel sobre el que su disgusto se fundamenta. Pero, mientras no se pase del debate a la ofensa, cada loco (uno mismo incluido) con su cuento.

Hay, no obstante, una exégesis de la sentencia de Wilde con la que sí concuerdo. Es aquella por la cual el nacionalismo puede convertirse en una excusa para cometer atrocidades. Rara vez quienes desde el poder perpetran crímenes tan monstruosos que han hecho que sus nombres sean sinónimos de perversión han reconocido sus delitos. Ellos insisten hasta el final, en una argumentación que haría enrojecer a Maquiavelo, que todo lo hicieron por el bien de su pueblo, por defender a esa patria que aman más que nadie.

En este mismo espacio, hace una semana, se expuso el caso de los nazis. Hitler llegó al poder explotando el sentimiento nacionalista alemán, herido desde la derrota en la Primera Guerra Mundial, de la forma más aberrante. Convenció a millones de que el revés en el campo de batalla no fue por errores propios, sino por una puñalada trasera propinada por descendientes de Jacob que trataban de seducir con la bandera roja y las ideas puestas en el papel por uno de los suyos, ocultado por el muy teutón nombre Karl. Asimismo les prometió un destino, no de grandeza, sino de supremacía sobre toda Europa, y quizá el resto del globo. Tenía que ser así, porque los humanos más evolucionados en todos los sentidos eran los de la raza aria (una curiosa terminología para el racismo germano, por demás, dadas sus raíces en lo que hoy es Irán).

Pero la cuestión no era únicamente racial. Para el nazismo, los alemanes también estaban por encima de sus parientes más cercanos, ingleses, holandeses, daneses y noruegos. Aunque ellos también eran “humanos”, algo les faltaba, y Alemania debía velar por su conducción. Por eso todos sus países fueron invadidos, más allá de razones estrictamente militares. Británicos aparte, ninguno suponía una amenaza bélica para el Reich. Más territorio y más víctimas para los campos de concentración.

Otro ejemplo: el Japón militarizado. El Imperio del Sol Naciente fue la única nación del Lejano Oriente que se modernizó en el siglo XIX, lo que le permitió esquivar la dominación europea en la que cayeron China, India y las naciones del sureste asiático. Esos fueron los años del auge del imperialismo occidental no ibérico. Para las grandes potencias, tener colonias era un símbolo de estatus, algo así como una competencia por cuál de los miembros de un club social llegaba manejando el carro más lujoso. Japón, en su nuevo papel, no iba a quedarse atrás. Comenzaron arrebatando a Formosa (hoy Taiwán) y otras islas a China. Luego se apoderaron de Corea. Todo esto entre 1895 y 1910.

Pero la más fuerte oleada de imperialismo japonés llegó en la década de 1930. Los militares asumieron la conducción del país y fomentaron una idea según la cual los nipones, por su rápido desarrollo en el continente, estaban encaminados a ser amos y señores de Asia. Rápidamente conquistaron todo el este de China, donde se concentra la enorme mayoría de la población. Su alianza con la Alemania nazi, ni más ni menos, le permitió arrebatar a los europeos Birmania, Indochina e Indonesia. Pero para los habitantes de estos pueblos, el opresor asiático resultó igual o peor que el blanco. Los japoneses las más de las veces los trataron como basura, como seres inferiores. Llegaban a extremos como ejecutarlos si no les hacían la reverencia correcta. Todo esto bajo la premisa de que estaban actuando según los intereses de la madre patria y la iluminación de esos supuestos bárbaros con su ilustrada cultura. Vaya forma siniestra de ser “altruista”, ¿no?

Estos son solo dos ejemplos de un nacionalismo exagerado que generó monstruosidades. Pero, como notarán, los desagravios fueron contra pueblos ajenos. Ahora veremos un caso en el que este fenómeno ha actuado en perjuicio para el propio pueblo exaltado desde el poder, y no porque, como en los dos ejemplos anteriores, lo haya llevado a una guerra de la que salió derrotado. Ese caso es Venezuela hoy.

Nuestro país está sufriendo como nunca antes en su historia contemporánea. La falta de comida ha cobrado protagonismo por los terribles saqueos que ha provocado, pero no es en ella en la que me voy a detener, sino en la escasez de medicamentos. El gremio farmacéutico advirtió años atrás sobre este problema, pero el Gobierno lo desoyó con soberbia. La pesadilla llegó, peor incluso que lo imaginado por quienes escuchamos con consternación el llamado de atención. Ahora se ha vuelto noticia común que venezolanos mueran, no por enfermedades cuya cura se desconoce, sino porque no hay los medicamentos o insumos para que reciban un tratamiento eficaz. El episodio más dramático ha sido el de Oliver Sánchez, niño fallecido por un cáncer que pudo haber sido mantenido a raya en otras circunstancias. Pero al suyo se han sumado muchos más.

Hay personas a las que se les avisa sobre un desastre próximo, y que solo luchan contra él cuando ha comenzado a hacer estragos. La dirigencia chavista ni eso hace. Para justificarse recurre, justamente, al nacionalismo. “No creo que haga falta aceptar ayuda humanitaria. Venezuela tiene cómo abastecerse sola de medicamentos”, dijo hace unos meses el diputado Héctor Rodríguez. “¡Venezuela no necesita pedirle limosna a nadie!”, vociferó, encolerizada, la canciller Delcy Rodríguez ante la OEA esta semana, a propósito del mismo asunto.

En otras palabras, suponiendo que se tomen las medidas necesarias para la autarquía medicinal (y nada indica que se estén tomando), hasta que esa meta no se cumpla, no habrá respuesta a las necesidades urgentes de venezolanos enfermos. Sus vidas son secundarias frente a la imagen de que, gracias a la “revolución”, somos un pueblo libre y soberano.

La cúspide de este razonamiento nacionalista es la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia que declaró inconstitucional la Ley Especial para Atender la Crisis de Salud, texto que habría obligado al Ejecutivo a aceptar la ayuda humanitaria. El fallo considera que esta mano tendida en realidad es un garfio de pirata para desgarrar la patria, al condicionar la política económica y social de las naciones a los intereses de empresas y gobiernos extranjeros.

Para los que piensan así, quienes piden la asistencia allende nuestras fronteras son unos desalmados que no quieren a Venezuela. Falso. El patriotismo no es patriotería. Reconocer que el país tiene dificultades que no puede resolver solo es una genuina preocupación por él y por su gente, la que sufre. Por el contrario, pretender que todo está perfecto y rechazar cualquier crítica constructiva, recomendación o gesto de apoyo no solicitado por el Gobierno con un furioso “¡A nosotros nadie nos dice qué hacer!”, aun a sabiendas de que ello implica más penas para los ciudadanos, revela una inclinación hacia otros intereses por encima del bienestar de la nación.

Podrían rectificar, pero ya es muy tarde para hacerlo intactos. La mancha que la jerarquía oficialista, con el pretexto patriotero, ha puesto sobre sí misma, no se quitaría ni con todo el jabón que alguna vez hubo aquí.

@AAAD25